Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 1
Nueva Orleans. Once meses después
—¿Una bebida, señorita Dwyer?
La pregunta, formulada por una grave voz masculina, inquietó de inmediato a Isabella. Aquella clase de voces sólo provenían de años de poder.
De la clase de poder y autoridad que había dejado atrás en Europa.
Y la voz era de él.
Él.
El hombre que había estado sentado en pri mera fila sin apartar la vista de ella y que la ha bía hecho perderse en dos ocasiones en medio de una canción, cosa que no solía sucederle nunca en el escenario.
Y de cerca la hacía sentirse directamente desnuda, expuesta. Nunca le había importado vestirse de un modo especialmente sexy para subir a un escenario, pero por la mirada que le estaba dedicando aquel hombre supo que no aprobaba su atuendo.
Su censura era casi tan pesada como la funda de la guitarra que colgaba del hombro de Isabella.
—¿Una bebida? —repitió para ganar tiempo, mientras su mente le decía absurdamente que si alguna vez llegara a pertenecer a algún hombre no sería a alguien como él, tan exageradamente masculino y tan intensamente controlado.
Quería sencillez. Encanto.
Aquel hombre no era sencillo.
—Sí, algo de beber —repitió él con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Su oscura y penetrante mirada revelaba a las claras que quería poseerla de un modo que no tenía nada de civilizado.
Isabella sintió que se le erizaba el vello de la nuca y ciñó la funda de la guitarra a su cadera como si fuera una armadura.
—Comprendo el concepto. También tenemos bebidas en los Estados Unidos —dijo, haciéndo le comprender que se había dado cuenta de que era extranjero y que no podía intimidarla. Por su acento y su aspecto parecía italiano.
—En ese caso, permita que la invite a beber algo —dijo a la vez que señalaba su mesa.
—Tengo otros planes —replicó Isabella, y era cierto. Tenía que poner la colada y hacer las maletas. Debía prepararse para regresar a casa.
—Cámbielos.
—No puedo.
La expresión del hombre se endureció.
—Debe hacerlo. Es importante.
Isabella frunció el ceño.
—¿Lo ha enviado alguien? —cuando sus ojos se encontraron con los del hombre fue incapaz de apartar la mirada. Aquel hombre práctica mente exigía atención y mientras lo miraba sin tió un cosquilleo a lo largo de todo el cuerpo.
—No.
Isabella movió la cabeza para tratar de romper la tensión reinante. No le gustaba lo que estaba pasando. Sentía el cuerpo extraño y el pecho oprimido.
—La verdad es que estoy cansada. He pasado dos horas en el escenario...
—Lo sé. Estaba aquí —el hombre dudó, como cuestionándose la sabiduría de lo que iba a de cir—. Canta muy bien.
—Gracias.
El hombre volvió a señalar su mesa.
—Tome algo conmigo.
Isabella iba a protestar, pero el hombre ya se había vuelto hacia la mesa. Hizo una seña a una camarera y pidió una botella de champán.
Cuando se volvió hacia Isabella, le dedicó la sonrisa de alguien acostumbrado a ganar.
Ella se encaminó hacia la mesa con paso fir me.
—No voy a sentarme con usted.
—Pero ha venido hasta aquí.
A Isabella no le gustó la expresión irónica del hombre.
—No quiero que malgaste su dinero.
—Es sólo dinero.
Isabella pensó en su reino y en lo cerca que ha bía estado de arruinarse. Pensó en sus hermanas, que habían hecho matrimonios de conveniencia para salvar Forks. Pensó en el año transcurrido desde su marcha y en cómo había luchado para salir adelante, en cuánto había tenido que traba jar para conseguir lo esencial.
—De todos modos es un despilfarro.
—Sobre todo si no se bebe el champán.
Isabella sintió los fuertes latidos de su corazón.
—¿Qué quiere?
No había nada suave en los marcados rasgos de aquel hombre, e Isabella sintió que algo se re movía en su interior, que su cuerpo la traicionaba.
A su cuerpo le gustaba cómo la estaba mi rando.
Su cuerpo quería que siguiera mirándola así.
Él la contempló pensativamente.
—Creo que la pregunta debería ser, ¿qué quiere Bella Dwyer de la vida?
—No estamos hablando de mí.
—Claro que sí —el hombre señaló una silla—. He recorrido un largo trayecto para verla, así que haga el favor de sentarse.
¿Quién era aquel hombre? La soñadora que Isabella llevaba dentro rogó para que fuera al guien de la industria de la música. Un agente, por ejemplo. O un productor.
O tal vez fuera un espía del palacio. Uno de esos hombres sin rostro que la habían protegido durante aquel año, porque estaba segura de que ninguno de sus cuñados habría permitido que se fuera de casa sin protección.
Finalmente, se sentó y dejó la funda de la guitarra a sus pies. Mientras se apartaba el pelo del rostro pensó en su actuación de aquella no che. Normalmente lograba tranquilizarse ya en el primer pase, pero aquella noche nada había ido bien. Había tratado de convencerse de que sus nervios se debían a su inminente regreso a Forks y a la perspectiva de tener que casarse con un hombre al que no conocía y del que ja más había visto una foto. Pero su deber y la perspectiva de aquel matrimonio jamás habían interferido en su actuaciones. Le encantaba su birse a un escenario y sentirse bajo los focos. Siempre le había gustado cantar y disfrutaba cuando la audiencia lo hacía.
No. No era su inminente regreso a Forks lo que la inquietaba. Era aquel hombre. Se había dedicado a taladrarla con la mirada, haciéndola sentirse desnuda y muy vulnerable.
—¿Por qué eligió Nueva Orleans? —preguntó el hombre.
—¿Qué quiere decir?
El hombre se cruzó de brazos y Isabella sintió que estaba conteniendo su genio.
—¿Por qué canta aquí? ¿Por qué no en Nash ville, o en Nueva York, o en Los Ángeles?
—Nueva Orleans es una ciudad famosa por su blues y su jazz.
—¿No quiere cantar en Europa?
Isabella sintió que los nervios volvían a atena zarle el estómago.
—Nueva Orleans es... mi hogar.
—Entonces, ¿nació aquí?
—Mi madre nació aquí —«o muy cerca», aña dió Isabella para sí.
—¿Su madre también es una Dwyer?
—Lo era —corrigió Isabella—. Antes de casarse.
A diferencia de sus hermanas, Isabella no re cordaba ni a su madre ni a su padre. Siempre había pensado mucho en ambos, por supuesto, pero era la personalidad de su madre la que más la desconcertaba. Renée fue una cantante pop de gran talento que renunció a todo para casarse con un príncipe extranjero.
Era irónico que ella, una princesa, hubiera estado dispuesta a renunciar a todo por tener la oportunidad de ser una estrella como su madre.
—De manera que Bella Dwyer es su nombre real.
—Más o menos.
El hombre rió con suavidad e Isabella sintió que se le secaba la boca. Su mirada era tan in tensa, que casi daba miedo. Su expresión era li geramente arrogante y divertida. Curiosa. Era casi como si la conociera.
Pero aquella idea era ridícula.
Aquel hombre no la conocía y no podía sa ber quién era. Llevaba once meses en Nueva Orleans y nadie había llegado a sospechar nada sobre su verdadera identidad.
—Más o menos —repitió el hombre—. Lo que en realidad significa que está mintiendo...
—No estoy mintiendo.
—Pero no está siendo sincera.
—Mi trabajo me expone a la curiosidad públi ca y debo proteger mi intimidad.
—Demasiado tarde.
Isabella sintió que se le erizaba de nuevo el ve llo de la nuca. ¿Qué sabía aquel hombre?
—Me recuerda a alguien —continuó él—. A al guien de Europa...
—Tengo esa clase de rostro. La gente siempre piensa que me parezco a alguien que conocen.
—Pero no es estadounidense, ¿verdad?
—Mi madre...
—Era de aquí. Eso ya lo ha dicho. Pero eso no explica su acento francés, ¿no?
—No tengo...
—Claro que lo tiene. Bajo el acento sureño hay una inflexión muy francesa que surge cuan do habla deprisa. Cuando está disgustada.
—Veo que tiene buen oído —Isabella sonrió para ocultar su ansiedad. Aquel hombre no podía sa ber quién era. No debía saberlo—. Tiene razón. Crecí hablando francés. La familia de mi madre es de Louisiana.
—Pero usted no se crió aquí, ¿verdad?
—Ha vuelto a acertar. No me crié aquí —Isabella miró al desconocido con dureza. ¿Qué sabía aquel hombre de ella? ¿Acaso sabía lo que era querer conquistar el mundo y sin embargo ser consciente de que lo único que ibas a obtener era una pequeña isla? Se inclinó bruscamente hacia él—. Y a todo esto, ¿quién es usted?
—Edward Masen.
Isabella miró al hombre un largo rato mientras repetía en silencio su nombre.
—Es todo un nombre, ¿no?
El príncipe Edward Masen, de la casa Cullen, se apoyó contra el respaldo de su asiento.
Aquello estaba resultando peor de lo que ha bía esperado...y se había preparado para lo peor. Su prometida no lo había reconocido, pero ni siquiera sabía su nombre.
—¿De dónde es, señor Masen? —preguntó Isabella.
—Edward —corrigió él. Era evidente que aquella mujer no estaba lista para sentar la cabeza ni para los rigores de la vida matrimonial. Aún era demasiado joven, algo que lo había preocupado desde el principio, pero los oficiales de palacio habían insistido en que era madura para su edad—. La familia y los amigos siempre me lla man Edward. Y nunca he vivido en Italia.
—¿No?
Edward captó un destello de curiosidad en los ojos marrones de Isabella. Eran unos ojos que habla ban de inocencia, de falta de experiencia... aun que el resto de ella rezumaba sexo.
¿Quién era la verdadera Isabella Swan?
—Bella —un hombre se acercó a la mesa y se detuvo ante Isabella. Edward se puso inmediatamen te en guardia, pero Isabella parecía muy relaja da.
—Eres asombrosa —dijo el desconocido—. He venido a escucharte cada noche esta semana y... nunca había oído ni visto a nadie como tú.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabella con una sonrisa.
—Jack.
Edward Cullen recordó los rostros embelesa dos de varios hombres entre la audiencia y vio la misma combinación de lujuria y anhelo en el rostro de Jack. El estilo de Isabella era una ronca mezcla de blues, soul y jazz que podía resultar realmente insinuante.
No era de extrañar que todos los Jack del mundo se sintieran atraídos por ella.
—Gracias, Jack —dijo a la vez que se levanta ba y se situaba estratégicamente entre el admi rador de Isabella y ésta—. Siempre es agradable escuchar comentarios agradables sobre nuestra Bella. Adiós. Que pases buena noche.
Jack asintió a regañadientes y, tras dedicar una melancólica mirada a Isabella, se alejó.
—¿Nuestra Bella? —dijo Isabella en tono bur lón—. ¿Cómo ha podido hacer algo así? —pre guntó, furiosa.
—Ese tipo estaba bebido.
—Era un tipo agradable.
—Me parece que desconoce el significado de la palabra «agradable», bambina.
—Me llamo Bella, no bambina, señor Masen, y encuentro su actitud condescendiente además de machista.
Edward jamás olvidaría la conmoción que había sentido al ver salir a Isabella al escenario con unos pantalones de cuero bajos de cintura, una diminuta blusa bordada y unas botas de tacón. Su ovalado rostro parecía pálido y luminoso bajo las luces de los focos mientras sostenía el micrófono ante su boca como si fuera un aman te al que no viera hacía tiempo.
«Ésa no puede ser mi prometida», fue lo pri mero que pensó al verla, horrorizado.
Y aún seguía conmocionado. Su prometida de veintidós años era una cantante de club. Había pasado el último año interpretando sus canciones en aquel pequeño club de Bourbon Street.
—No quiero que te hagan daño —contestó con aspereza.
—¿Y qué más le da? —espetó Isabella—. Usted no sabe nada sobre mí.
—Cierto.
—Y Jack sólo se estaba mostrando amistoso.
—Un perro salvaje también puede mostrarse amistoso.
—Es usted el que no está siendo agradable —replicó Isabella con las mejillas encendidas—. Es prepotente, dominante, arrogante...
—¿Porque soy sincero?
—Porque es grosero. Jack sólo me estaba ha ciendo un cumplido.
—¿Y tú necesitas esos cumplidos? —preguntó él, incrédulo.
—Lo que yo necesite o deje de necesitar no es asunto suyo.
«En eso te equivocas», pensó Edward, incapaz de apartar la mirada de los ojos de Isabella, de un marrón claro, como la más deliciosa y dulce miel.
Aquella noche, a pesar de su conmoción, de su enfado por haber sido engañado por el rey Charles y las personas a cargo de Forks, la había deseado en el sentido más directo y crudo de la palabra. Había querido tomarla, poseerla... por que era suya.
Pero el deseo no había formado parte de la ecuación cuando había aceptado casarse con la más joven de las Swan. Había sido un asunto de negocios. Él era un príncipe sin reino y ella una princesa con un reino que necesitaba here deros. Juntos se multiplicarían. El tendría un reino e hijos, Forks contaría con un rey e Isabella cumpliría su destino.
¿O no?
La camarera llegó en aquel momento con el champán y dos copas. Isabella ni siquiera la miró. Su enfado era evidente.
Pero Edward no tenía tiempo para aquel teatro. Era él quien debía estar enfadado, no ella. Seis semanas atrás, había oído rumores sobre la pre sencia de la princesa en Nueva Orleans. Cuando se puso en contacto con Forks, le dijeron que también habían oído los rumores, pero que no podían ser ciertos, pues Isabella estaba a salvo en Europa, estudiando música en un exclusivo conservatorio y preparando su boda con gran ilusión.
Pero no se había encontrado precisamente con la personificación de una ruborizada y an helante novia.
—Te estaba protegiendo —dijo finalmente, exasperado por su tozudo silencio.
—No necesito su protección —contestó Isabella con descaro mientras la camarera llenaba las copas.
—Eres muy ingenua —replicó Edward cuando la camarera se fue.
—Y tú eres italiano.
—¿Y eso supone algún problema?
—Sí.
—¿Por qué?
La mirada de Edward fue tan dura, que Isabella se estremeció. Aquel hombre no le desagradaba. La aterrorizaba. Y la aterrorizaba especialmente su reacción hacia él. La hacia sentirse dolorosa mente consciente de sí misma.
—¿Cuál es tu problema con los hombres ita lianos, bambina?
Chicas si las historias tienen estatus complete, es porque anteriormente estaban completas. No es porque quiera más lectoras a engaños.
Qué dicen chicas ¿la terminamos?
Besos: K. O'Shea ;)
