Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 2
CUÁLES eran sus problemas con los hom bres italianos?
De pronto, Isabella sólo fue capaz de pen sar en cómo se sentía. Y se sentía hecha un au téntico caos. Por un momento pensó que todo lo que la asustaba, todo lo que siempre había temi do, era todo lo que siempre había querido cono cer.
Como por ejemplo el sexo. Quería saberlo todo sobre el sexo. Quería vivirlo, sentirlo, comprenderlo. Quería formar parte del mundo antes de verse encerrada en su torre de marfil en Forks.
—Estoy esperando —dijo Edward.
Acalorada, Isabella pensó que aquel hombre le estaba haciendo pensar en todas aquellas cosas que desconocía.
—Los hombres italianos son...difíciles.
—¿Por qué?
—Son exigentes.
—Como deben ser.
—Son posesivos.
—Una auténtica virtud.
—Son orgullosos.
Edward alzó una copa y se la entregó a Isabella.
—Sin duda.
Ella dudó antes de tomar la copa. En cuanto lo hizo, él le dedicó una sonrisa de auténtico de predador.
—Y harás bien en no olvidarlo, bambina —añadió él con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
Bambina. Nena. Niña. Pero ella no era nin guna niña. Y eso era precisamente lo que nadie parecía comprender en Forks. Era posible que sólo tuviera veintiún años, pero por dentro era mayor. Los once meses transcurridos desde su marcha le habían servido para madurar, para ha cerse más fuerte. Haría lo que tuviera que hacer. Cuando regresara. Pero aún no había regresado.
Todavía tenía un día de libertad. Un día para seguir siendo Bella, una mujer, no Isabella, la princesa.
—Salud —dijo Edward a la vez que chocaba su copa con la de ella.
Mientras lo miraba, Isabella se preguntó si aún estaría a tiempo de vivir esa aventura romántica que la ayudaría a superar los largos años de re laciones maritales cordiales pero carentes de fuego.
Y ella quería fuego. Quería sexo. Pasión.
—Salud —susurró, sabiendo que si su abuela hubiera podido escuchar sus pensamientos estaría revolviéndose en aquellos momentos en su tumba. Siempre se empeñó en inculcar a sus nietas los valores tradicionales y la integridad de la que, según ella, carecían las jóvenes no bles de aquellos tiempos.
«Lo siento, abuela, pero necesito esta no che», pensó Isabella mientras se llevaba la copa a los labios. «Necesito una experiencia tan inten sa, que pueda recordar siempre, algo que nadie pueda quitarme nunca».
Cuando dejó la copa en la mesa, Edward la tomó de la mano.
—¿No llevas anillo? —preguntó, sin aparente intención de soltársela.
Una oleada de calor recorrió a Isabella de la cabeza a los pies.
—No estoy casada.
—Pero alguien habrá pedido tu mano, sin duda.
Isabella sintió una punzada de culpabilidad. Jamás habría sido capaz de seguir allí si hubiera podido visualizar el rostro del príncipe Anthony, si lo hubiera conocido en persona. Pero su prome tido sólo parecía un ser de ficción, un misterio so príncipe de gran fortuna que había aceptado casarse con una princesa pobre...
¿Pero por qué no había tratado de conocerla el príncipe? ¿Por qué se había preocupado tan poco por ella? Había acudido a Forks para ins peccionar su futuro reino, pero no se había mo lestado en presentarse.
—No me gustan en exceso las joyas —contes tó.
Edward le estrechó la mano con más fuerza.
—No estarás saliendo con alguien, ¿no?
Isabella captó la intensidad de su expresión. Estaba enfadado. ¿Pero por qué?
—Suelo salir, sí.
Edward soltó la mano de Isabella y ésta la retiró rápidamente. ¿Cómo era posible que la hubiera afectado tanto aquel mero contacto? ¿Cómo era posible que lamentara que la hubiera soltado?
Tal vez... tal vez aquel hombre podía ser...
Cuando sus miradas se encontraron, Isabella vio algo en sus ojos que hizo que se acalorara de nuevo.
Aquel hombre la deseaba.
Aquello era una locura. Era absurdo. Pero tal vez fuera el hombre destinado a liberarla de su virginidad, a ofrecerle la experiencia que nece sitaba para enfrentarse a su boda como una mu jer de mundo, no como una incompetente pro metida.
Llevaba tiempo esperando a que apareciera el hombre adecuado, pero había sido demasiado quisquillosa y se había quedado sin tiempo. Sólo faltaban tres semanas para su boda y una para el cumpleaños de su abuelo, lo que signifi caba que necesitaba actuar deprisa o aceptar el hecho de que iba a casarse con el príncipe Cullen sin saber lo que necesitaba saber. Lo cierto era que el sexo la desconcertaba.
—¿Pero qué estoy haciendo aquí? —dijo débil mente—. ¿Qué estoy haciendo aquí sentada con tigo?
—Satisfacer tu curiosidad, supongo —replicó él sin apartar la mirada de su boca.
Por un momento, Isabella fue incapaz de pen sar, abrumada por la intensidad de las sensacio nes que aquel desconocido despertaba en ella. Pero tenía razón. Sentía curiosidad, como siem pre le había sucedido con todo en la vida. Su abuela siempre la había sermoneado por su afán de conocerlo y experimentarlo todo. «La curio sidad mató al gato», solía decirle.
—Es cierto que siento una curiosidad insacia ble por todo —contestó, sintiéndose tan tonta como una polilla atraída por una llama que po día ser su perdición.
—¿Y sientes curiosidad por mí?
Isabella asintió sin decir nada.
—¿Puedo ofrecerte un consejo, bambina?
Isabella volvió a asentir.
—Deberías tener más cuidado.
—Lo tengo —dijo Isabella con cautela.
Edward no parecía convencido.
—Hay muchos hombres que se aprovecharían de tu naturaleza curiosa sin el más mínimo es crúpulo.
Avergonzada, Isabella apartó la mirada. Aquel hombre la desconcertaba. Hacía que su mente se nublara a la vez que hacía revivir su cuerpo. Cada vez le costaba más esfuerzo pensar con claridad.
Hacía tiempo que sabía que la vida era dura, fiera, incluso fea. En la lucha por la superviven cia sólo sobrevivían los más fuertes.
Y así era como había tratado de vivir. Pero en aquellos momentos no se sentía fuerte. Se sentía confundida.
Nunca debería haber aceptado un matrimo nio de conveniencia, pero ya era demasiado tar de como para decepcionar a su abuelo, a su fa milia y a la gente de Forks.
Desafortunadamente, cuanto más se acerca ba la boda, menos tranquila se sentía. Ya era duro saber que iba a casarse con un hombre al que no conocía y que no quería conocerla, un hombre al que ni siquiera reconocería por la ca lle si lo viera. ¿Pero cómo iba a casarse con él sin saber nada de sexo?
Y aquella era la verdadera cuestión. No que ría casarse siendo virgen. El príncipe Cullen necesitaba una esposa. Y no era imprescindible que esa esposa tuviera experiencia. Ya iba a conseguir su país. No necesitaba su virginidad.
Siempre había querido ser como su hermana Rosalie, lanzada, segura de sí misma... Sin embargo se parecía más a Alice, que era or gullosa, tímida y bastante reservada.
Pero no quería sentirse como una tonta en su noche de bodas. No estaba dispuesta a dejarse in timidar por su falta de experiencia. Prefería saber qué esperar, comprender la secuencia de los acon tecimientos, las sensaciones, las emociones...
Y estaba convencida de que aquel hombre podría enseñarle. Ella aprendía rápidamente. Le bastaría con una noche.
Tomó repentinamente su copa y la consumió de un trago. Su estómago se encogió.
—Debería comer algo. Las burbujas se me su ben directamente a la cabeza.
—¿No has comido?
—Normalmente no como antes de cantar. No puedo. Demasiada adrenalina.
Edward sacó su cartera y dejó dos billetes de cien dólares en la mesa.
—Si nos vamos ahora, aún podemos llegar a Brennan's.
—¿Me estás invitando a cenar?
Edward buscó la mirada de Isabella.
—Tú querías que lo hiciera.
Era cierto. No tenía sentido discutirlo.
Isabella carraspeó.
—Antes necesito pasar por los aseos —dijo, con el pulso desbocado.
Una vez en los aseos, se desmaquilló un poco y se cambió de ropa.
«¿Estás segura de querer seguir adelante?», preguntó a su reflejo, hecha un manojo de ner vios. Pero ella ya sabía la respuesta. Sí. Quería seguir adelante.
Cuando Edward se levantó para recibirla, vio que se había quitado el maquillaje y que se ha bía puesto unos vaqueros y una blusa holgada con cuello de encaje. Parecía aún más joven que antes, y le bastó con verla para sentir que ardía.
Nada volvería a ser lo mismo para ninguno de los dos a partir de aquella noche, pensó con dolorosa perspicacia.
Isabella sintió que Edward la observaba mientras se encaminaba hacia la mesa, y se obligó a en frentarse a su mirada. Cuando él entrecerró sus ojos se vio a través de ellos, vio su larga melena castaña, su sencilla blusa, los vaqueros ceñidos, las sandalias abiertas...
—¿Sabes lo que estás haciendo, Bella? —pre guntó él finalmente.
Isabella exhaló el aire contenido en sus pulmo nes y forzó una sonrisa.
—Eso espero, desde luego.
En cuanto salieron al cálido aire de aquella noche de junio se relajó por completo. Adoraba Nueva Orleans y había disfrutado del tiempo que había pasado en los Estados Unidos, pero de lo que más había disfrutado era de haber sido alguien real.
Odiaba su rutinaria vida de princesa, con to das sus formalidades y rígidas costumbres. Nunca le había gustado, y su disgusto se había agravado tras la muerte de su abuela.
¿Cómo iba a sonreír principescamente des pués de haber perdido a la persona que más le había importado en el mundo y que más incon dicionalmente la había querido?
La abuela era la única que había sabido cuánto le pesaba la presión de su vida real, cuánto la mentaba aún la pérdida de sus padres, cuánto anhelaba reunirse con un pasado que echaba de menos con tanta desesperación.
La emoción se adueñó de ella, superándola.
La abuela sabía que ella necesitaba amar y ser amada, y nunca la ridiculizó ni la hizo sen tirse mal por ello. Sólo la hizo sentirse buena, generosa y amable.
Pero la abuela había muerto y ella tenía que madurar. Al día siguiente, tomaría el avión de regreso a Forks. De regreso a sus responsabili dades.
Y estaba dispuesta a asumirlas como lo habían hecho previamente sus hermanas Alice y Rosalie.
—Ése es el segundo suspiro que te escucho —dijo Edward antes de alzar bruscamente el brazo para detener a Isabella en la acera. Un taxi pasó junto a ellos a toda velocidad.
Isabella se estremeció al sentir el brazo de Edward presionado contra sus pechos.
—Estaba distraída —dijo a la vez que se apar taba. Edward había alzado el brazo como si fuera una cría impulsiva.
—Eres un poco imprudente.
—No lo soy. Sé lo que hago. Vuelvo cada no che andando a casa y conozco la ciudad...
—¿Vuelves andando a casa cada noche?
—Cuando termino en el club Blue.
—¿Dónde vives?
—A unos seis bloques de aquí.
—¿Y vuelves andando? ¿Sola? —el tono de desaprobación de Edward era evidente.
—Ya que te parece mal prácticamente todo lo que hago, ¿por qué has decidido invitarme a ce nar?
—Trato de comprenderte.
—¿Qué hay que comprender? Tengo veintidós años, tengo éxito y soy independiente. Hago lo que quiero, voy donde quiero y tomo mis pro pias decisiones.
—¿Aunque sea peligroso?
—No estoy en peligro.
Edward movió la cabeza, frustrado.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que yo no soy peligroso?
Isabella observó un momento sus duros rasgos. Aunque aquel hombre la asustara, no parecía violento ni cruel.
—Tú no me harías daño. No eres de esa clase de hombres.
—Eso no puedes saberlo.
En cuanto entraron en el restaurante fueron conducidos a una mesa en la planta alta que daba a un elegante patio interior lleno de flores. Tras echar un rápido vistazo al menú, pidieron la comida. Pero cuando se la sirvieron, Isabella descubrió que tenía menos apetito del que creía. Una cosa era encontrar a aquel hombre increí blemente atractivo y otra sentarse a comer fren te a él.
Edward notó enseguida que apenas estaba to mando la sopa.
—¿No te gusta?
Cuando la miraba de forma tan directa e in tensa, Isabella se sentía totalmente perdida.
—Me encanta. Está deliciosa —replicó, y se obligó a tomar una cucharada.
—¿Entonces qué sucede?
—¿Cuántos años tienes? —preguntó de pronto Isabella.
—Treinta y dos.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El cuatro de mayo.
Isabella sonrió y pensó que aquella fecha ex plicaba muchas cosas.
—Así que eres Tauro.
Edward hizo un gesto despectivo con la mano.
—No sigo ninguna de esas tonterías.
El gesto, unido al condescendiente tono de Edward, irritó a Isabella.
—No hace falta que sigas nada. Es lo que es. Existe aunque tú no creas en ello.
—Pero tú sí crees, ¿no?
—Es divertido.
—Es una estupidez.
Isabella parpadeó.
—¿Por qué eres tan sentencioso?
—Porque se supone que eres una mujer inteli gente. Se supone que piensas por ti misma, no que te dejas llevar por todas esas tonterías de la New Age.
—Disculpa, pero en ningún momento he dicho que estuviera interesada en el misticismo de la New Age. No he mencionado bolas de cristal ni lecturas de aura. Sólo te he preguntado cuándo era tu cumpleaños y, cuando has contestado, he dicho que eras Tauro. Eso es todo —Isabella no en tendía nada—. Sé que no te parece bien lo que hago, aunque no entiendo por qué. Pero ni me drogo, ni fumo, ni tomo pastillas. No tengo el cuerpo cubierto de piercings ni tatuajes y bebo moderadamente. Simplemente me gusta cantar. Y disfruto entreteniendo al público —mientras hablaba, su larga melena cayó hacia delante y su voz se transformó en un susurro mezcla de sen sualidad y furia—. Es evidente que hay muchas cosas que no te gustan de mí. ¿Hay alguna que te guste?
Edward sintió que su cuerpo reaccionaba al ins tante ante la provocativa pregunta.
—Tus ojos —dijo abiertamente. Isabella tenía unos ojos preciosos, de largas y espesas pesta ñas—. Tú pelo —le habría encantado enredar sus manos en él, sentir su peso—. Tu boca —añadió y detuvo la mirada en sus carnosos labios.
Isabella prácticamente se estaba retorciendo a causa de la tensión. Edward captó el deseo que os cureció su mirada, el rubor que cubrió sus meji llas, su inquietud.
¿Se iría a la cama con él? ¿Sería capaz de acostarse con él, un completo desconocido, tres semanas antes de su boda?
—Tu cuerpo —añadió, y al hacerlo se sintió casi cruel, aunque necesitaba aquella informa ción.
—¿Y eso es todo lo que te gusta de mí? —pre guntó Isabella débilmente—. ¿Mis labios, mi pelo y mi cuerpo?
Las cosas se estaban complicando. Edward per maneció en silencio, pensando, sopesando la si tuación.
Si le revelaba a Isabella quién era, estaba segu ro de que la vería cambiar ante sus ojos. Se ocultaría y se transformaría en la princesa Swan. Pero él no quería sólo una parte de ella. Lo quería todo.
Quería conocerla. Quería conocer lo bueno, lo malo, lo feo. Quería saber con quién iba a ca sarse.
O si debía hacerlo.
Pero aquello no sirvió para aliviar su eviden te deseo.
Se suponía que Isabella era un princesa ino cente.
Se suponía que él era un buen príncipe.
Desgraciadamente, nada era como debía ser.
—No —dijo con suavidad, mirándola a los ojos—. No sólo quiero tu cuerpo. También quie ro tu mente.
Chicas si las historias tienen estatus complete, es porque anteriormente estaban completas. No es porque quiera más lectoras a engaños.
Besos: K. O'Shea ;)
