Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 3

ISABELLA sintió una sacudida al escuchar las palabras de Edward. Y cuando lo miró a los ojos, supo que había cometido un error.

Nunca había mirado tan de cerca y tan ínti mamente el rostro de un hombre. Sus ojos eran verdes, pero no tan claros, como había pensa do, sino de color verde oscuro, como el de las aceitunas de la Toscana.

Eran unos ojos serenos, cálidos, inteligen tes... preciosos.

La mesa era demasiado pequeña. Estaban sentados demasiado cerca. Edward era demasiado grande...

Sintió que se le ponía la carne de gallina y que sus pechos se henchían, haciendo que sus pezones presionaran contra el sujetador.

Cuando Edward movió una pierna bajo la mesa y la rozó, Isabella bajó la mirada a la vez que apretaba instintivamente las rodillas y trataba de ignorar la corriente de deseo que recorrió la parte interior de sus muslos.

Edward la había excitado con su primera mirada y estaba consiguiendo que se derritiera por den tro.

Cuando volvió a mirarlo, vio que su expre sión se había suavizado y sintió el loco impulso de besarlo en los labios.

Desconocía tantas cosas, tenía tanto que aprender...

—¿Quieres mi mente? —susurró, deseando que fuera cierto. Nadie le había dicho nunca aque llo. Nadie había querido conocerla nunca.

—¿Tan malo es eso?

Isabella fue incapaz de contener una sonrisa.

—Dicen que el mejor sexo empieza con el ce rebro.

Edward sonrió, pero su sonrisa fue diferente a la de ella. No fue una sonrisa cálida ni divertida. Más bien parecía que estaba a punto de declararle la guerra.

Isabella agradeció estar sentada, pues de lo contrario habría sido incapaz de mantenerse en pie.

Edward dejó de sonreír.

—Desde luego. El cerebro es el principal ór gano sexual.

Isabella se ruborizó, pero no por sus palabras, sino por la intensidad de su mirada. No había sentido nada parecido en los once meses que llevaba allí.

Aquello era puramente sexual. Aquello era lo que había creído que quería...

—Pareces sedienta —dijo Edward en tono abiertamente sensual, y se inclinó para rellenar la copa de Isabella.

Pero bajo su implicación sexual ella captó una cálida, compleja y tentadora sensualidad.

Estaba sedienta, pensó. Llevaba años sedien ta. Sedienta de todo lo que no había hecho, de experiencia y sabiduría, de conocimiento, de ser más ella misma.

—Bebe —dijo Edward a la vez que se apoyaba contra el respaldo de su asiento.

Pero Isabella ya era incapaz de comer o beber algo.

—Creo que no puedo.

—¿Por qué?

—Demasiada adrenalina.

Al verla en el escenario, Edward había pensado que Isabella era una belleza realmente sexy, pero aquello no era nada comparado con el efecto que le producía escuchar su voz, ligeramente ronca y cargada de sueños y blues.

—¿Qué te preocupa?

—Tú —replicó Isabella abiertamente—. No te pa reces a la mayoría de hombres que conozco.

—¿Y cómo son esos hombres?

—Encantadores. Sencillos. Inofensivos.

—Así soy yo.

Isabella rió.

—Tú eres imposible.

—Tal vez —de pronto, Edward extendió un brazo y acarició la mejilla de Isabella—. Tienes una risa preciosa, bambina. Deberías reír más.

Isabella se ruborizó y apartó la mirada a la vez que el camarero se acercaba con el segundo pla to. Cuando se dio cuenta de que no estaba tan nerviosa como creía, logró relajarse y comenzar a disfrutar de la cena.

Mientras comían, Edward le habló sobre su vida y le dijo que no vivía en un solo lugar, sino en varios. Tenía casas en Londres, Santiago de Chile y Zurich. Consideraba que su país era el mundo, no un lugar concreto.

A Isabella le gustaba el sonido y la fuerza de su voz, y no pudo evitar sonreír de vez en cuan do mientras lo escuchaba.

—Supongo que tú también has viajado bas tante —dijo Edward cuando terminó de hablar de sí mismo—. ¿Dónde te has sentido más a gusto?

—Aquí —contestó Isabella sin dudarlo. No había viajado menos que Edward, pero en ningún lugar se había sentido como en Nueva Orleans—. Aquí me siento bien.

—¿Y piensas seguir viviendo aquí?

—No.

—¿Por qué no?

Isabella miró a Edward a los ojos y vio que su interés era sincero. Nadie la había mirado nunca tan in tensamente ni la había escuchado con tal atención, y se preguntó si podría disfrutar de algo parecido después de casada. ¿Volvería a sentarse en una mesa sintiéndose especial? ¿Deseable? ¿Querría escucharla Anthony como lo estaba haciendo aquel hombre que era prácticamente un desconocido?

—Tengo que irme.

—¿Es una obligación? Ya eres una mujer adulta. Puedes hacer lo que quieras.

—No es tan sencillo. Todos tenemos un pro pósito, una meta... algo que se supone que de bemos hacer.

—De manera que es el deber el que te llama.

—Sí. Tengo un nuevo trabajo esperando.

—¿Qué clase de trabajo?

Isabella rió sin humor.

—Es un trabajo terrible. Te lo aseguro.

—¿Tan malo es?

Isabella parpadeó al sentir en sus ojos la pun zada de las lágrimas.

—Peor.

Edward la miró un largo momento y murmuró algo ininteligible. Luego se levantó y sacó su cartera.

—Es hora de que nos vayamos.

Volvía a estar enfadado. Isabella no sabía qué pensar. ¿Qué había hecho?

—¿Edward?

Pero Edward ya se encaminaba hacia las escale ras.

Isabella lo siguió con piernas temblorosas. Cuando salieron del restaurante, él se encaminó por Royal Street en dirección contraria a la que habían llegado. El barrio francés de Nueva Or leans no era demasiado grande y si seguían por allí llegarían a Canal Street.

—¿Edward? —repitió Isabella, insegura.

—¿Qué?

—A... ¿Adónde vamos?

Edward se detuvo bruscamente y se volvió hacia ella.

—¿Adónde crees tú que vamos?

En el silencio que siguió, Isabella captó la frustración que había en la mirada de Edward, la mezcla de rabia y pasión que reflejaba. No en tendía por qué la miraba así. No entendía nada.

—Hemos tomado una copa —dijo Edward.

—Sí.

—Hemos cenado.

Isabella asintió sin decir nada mientras él se arrimaba a ella y la arrinconaba contra un por tal.

—Hemos tomado el postre y el café. ¿Y ahora me preguntas adónde vamos?

Isabella apretó las rodillas mientras experi mentaba una inquietante mezcla de temor y de seo.

—No lo sé.

—Claro que lo sabes.

Era difícil ver el rostro de Edward en la penum bra reinante, pero Isabella sintió el calor que ema naba de su cuerpo sin necesidad de tocarlo. Desde que lo había conocido se sentía como una especie de péndulo que fuera constante mente de una emoción a otra.

Parpadeó para alejar las repentinas lágrimas que afloraron a sus ojos, consciente de que eran lágrimas de cansancio y tensión. Había sido una semana difícil, cargada de actividad y despedi das, pero las lágrimas también eran una libera ción. Se había sentido tan inquieta toda la no che, asediada por una necesidad a la que no podía dar respuesta...

Pero Edward sí podía.

Sintió que se arrimaba aún más a ella e incli naba la cabeza. Contuvo el aliento, convencida de que iba a besarla. La cabeza le daba vueltas. Necesitaba aire, pero no se atrevía a respirar.

—Dímelo —murmuró Edward a la vez que alzaba una mano para acariciarle la mejilla.

Isabella abrió la boca sin aliento y temió que Edward pudiera escuchar los fuertes latidos de su corazón.

Cuando notó que Edward deslizaba el pulgar por su labio inferior, sintió que todo su cuerpo se tensaba.

Lo deseaba, pero ni siquiera sabía por dónde empezar, qué decir. Sabía que allí no podía pa sar nada. Aunque se encontraban en un portal, no pensaba que Edward fuera la clase de hombre capaz de tomar a una mujer en medio de la ca lle.

Alzó una mano y acarició el cuello de su ca misa, temiendo entrar en contacto directo con su piel.

—Vamos a...

—¿Sí?

Isabella cerró los ojos y trató de despejar su mente.

—Vamos a tu...

—¿A mi...?

—Hotel...

Al escuchar lo que quería oír, Edward silenció a Isabella con un beso.

Sus labios eran firmes y su aliento fresco. Isabella había besado antes, pero aquello no fue un mero beso. No se pareció a nada de lo que había experimentado anteriormente.

Edward deslizó los labios sobre los de ella con una delicadeza destinada a revivir cada célula de su cuerpo. Y lo consiguió. Un delicioso cos quilEdward se extendió desde sus labios hasta su vientre, que se acaloró y tensó a causa de la ne cesidad.

Pero aquello fue sólo el comienzo. La lenta exploración de los labios empezó a volverse más fiera y exigente. Presionó su duro cuerpo contra el de ella y la retuvo contra la puerta.

Isabella sintió los duros planos de su torso contra sus pechos, la presión de uno de sus po derosos muslos entre los suyos mientras la ha cía entreabrirlos para rozarla.

El gemido que escapó de su garganta sólo sirvió para alentar el fuego que había prendido en Edward.

La evidencia de su deseo anonadó a Isabella. A pesar de ser consciente del poco control que te nía sobre la situación, lo quería todo: la pasión, la furia, el temblor...

Cuando sintió que Edward deslizaba una mano por su cuello, se arqueó instintivamente hacia él, buscando su cuerpo. Y cuando él deslizó la mano hasta uno de sus pechos, entreabrió los labios, y gimió de nuevo cuando notó que la in troducía bajo su blusa para acariciar su ardiente piel.

Aquel segundo gemido hizo recuperar la cor dura a Edward. Estaba a punto de desnudarla allí mismo y de hacerle el amor en la calle.

¿En qué diablos estaba pensando?

Se apartó de ella y pasó una mano por su pelo, tratando de apaciguar la pasión que se ha bía apoderado de su mente y cuerpo. Hacía años que no perdía el control de aquella manera.

—¿Qué sucede? —murmuró Isabella.

Su voz ronca y sensual resultaba incongruen te en comparación con sus grandes ojos color aguamarina. Parecía aún tan joven, tan inocen te... Edward sintió que su instinto de protección afloraba con más fuerza que nunca.

¿Dónde diablos estaban sus guardaespaldas? ¿Dónde estaba su abuelo? ¿Y sus hermanas?

La princesa Isabella sabía demasiado poco so bre el mundo. Su familia debería protegerla, y en lugar de ello, la habían dejado sola en una gran ciudad como Nueva Orleans, una ciudad pensada para seducir los sentidos, una ciudad que vivía de noche.

—¿Qué estás haciendo, bambina?—preguntó, incapaz de resistir la tentación de acariciar la delicada curva de sus pómulos.

Ella se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que suele decirse. Las chicas sólo quieren divertirse.

Aquello era cierto y no lo era, pensó Isabella mientras él la miraba. Quería un hombre que la deseara, un hombre que no estuviera dispuesto a esperar años por ella, que fuera incapaz de es perar para tomarla, que quisiera estar con ella tanto como ella con él.

—Divertirse —repitió él, y la palabra quedó como suspendida entre ellos, cargada de signifi cado.

—Sí —murmuró Isabella, y vio que Edward tragaba convulsivamente.

—Más valdría que fueras a casa a prepararte unos macarrones con queso.

Isabella tuvo que morderse la lengua. Maca rrones con queso. Comida para niños. Apartó la mirada, ofendida.

—No soy ninguna niña.

—No he dicho que lo fueras.

De pronto, Edward la sujetó por detrás por el pelo, la obligó a alzar la cabeza y volvió a be sarla. El contacto con su boca aturdió a Isabella.

Entreabrió los labios a causa de la sorpresa y sintió que le acariciaba con la punta de la len gua el interior de su labio superior.

Se sentía como una marioneta manejada por él, pero no pudo evitar las oleadas de deseo que recorrieron su cuerpo ni la repentina debilidad que se apoderó de ella.

Alzó las manos y las apoyó contra su pecho, y en algún lugar del fondo de su mente pensó que aquello era lo que quería. Pero la mano que sujetaba su pelo no era la de un hombre amable y comprensivo, sino la de un hombre posesivo, sensual, un hombre que no tendría ningún pro blema en hacer suya a una mujer.

Aquello era lo que quería, pero no era aque llo lo que debía tener. Se había dicho que podía tener una aventura, pero Edward Masen no le pare cía precisamente un hombre sencillo, la clase de hombre que permitiría que una mujer se fuera así como así.

«Pero ya estás prometida», le recordó su conciencia. «No puedes romper tu compromi so»

«Y no voy a hacerlo», respondió a su con ciencia. «Va a ser una aventura de una sola no che. Una sola vez. Lo prometo».

Edward debió sentir su indecisión, pues alzó la cabeza y se quedó mirándola. Isabella parpadeó.

—¿Esto te ha parecido divertido?

Isabella no pudo contestar. Su cabeza y sus sentidos parecían haber perdido el norte. Se ha bía sentido valiente durante la cena, pero sus te mores habían regresado multiplicados.

—¿Has cambiado de opinión? —preguntó él en un tono suavemente burlón.

Isabella estaba a punto de hacerlo, pues sabía que, si quería una aventura, debía tenerla con alguien sencillo. Y no creía que una relación con aquel hombre fuera a ser precisamente sen cilla.

Quería adquirir experiencia, pero quería ha cerlo en sus términos. Y si ni siquiera podía controlar su conversación con Edward, ¿cómo iba a esperar controlar lo que sucediera en la cama?

—El hotel está a la vuelta de la esquina —dijo él a la vez que se apartaba—. Cuando lleguemos, te meteré en un taxi.

Isabella se sentía aturdida y desconcertada, pero no estaba dispuesta a que la enviara a casa.

—No pienso huir asustada.

—No he dicho que fueras a hacerlo.

—Entonces, ¿por qué quieres meterme en un taxi? —preguntó Isabella con una temblorosa son risa—. Aún no he visto tu habitación en el hotel.


Chicas si las historias tienen estatus complete, es porque anteriormente estaban completas. No es porque quiera más lectoras a engaños.

Besos: K. O'Shea ;)