Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 4
DE manera que pensaba seguir adelante.
Edward abrió la puerta de su habitación en el hotel y dejó que Isabella pasara delante.
Parecía muy relajada, y Edward no podía sopor tar pensar que estuviera acostumbrada a hacer aquello. Quería creer que no era una mujer pro miscua, pero lo cierto era que acababan de co nocerse y en aquellos momentos estaba con él a solas en la habitación de su hotel a las dos de la mañana.
Era cierto que él la había invitado, que la ha bía tentado deliberadamente y que aquello era una prueba. Era imprescindible que supiera dónde se estaba metiendo.
Sólo faltaban tres semanas para la boda. ¿Cómo podía comportarse Isabella de aquel modo sólo tres semanas antes de casarse? ¿Acaso la lealtad y la fidelidad no significaban nada para ella? Y si no era fiel antes de la boda, ¿cómo se ría después?
Edward ya había conocido mujeres como Bella entre la realeza, incapaces de ser fieles. Había conocido mujeres muy bellas con tales necesida des emocionales, que no les bastaba con un solo hombre. Sabía muy bien el daño que podían ha cer a todos aquellos que las rodeaban.
—¿Te apetece beber algo? ¿Champán, vino?
—No, gracias.
Edward captó el tono nervioso de Isabella y sintió una momentánea esperanza. Quería que se echara atrás, que fuera firme y disciplinada. Ne cesitaba a su lado una mujer madura y capaz de controlarse, no una mujer dominada por sus emociones y caprichos.
Isabella se volvió hacia los ventanales de la suite.
—Hay unas magníficas vistas del Misisipi desde aquí —dijo—. Me encanta el río y ver pasar los barcos. No puedo imaginarme a mí misma viviendo lejos del agua. Mi vida ha sido confor mada por las mareas, las tormentas y los barcos —se volvió a mirar a Edward por encima del hom bro—. Supongo que tú no has tenido eso donde has vivido, ¿no?
—En Londres tenía el Támesis, y en Suiza los lagos —contestó Edward.
Pero no le apetecía hablar de sí mismo. Si Isabella no iba a formar parte de su futuro, y mu cho se temía que no iba a haber boda, no tenía por qué conocer nada de su pasado.
Se acercó al mini bar y sacó una botella de agua mineral de la que tomó un largo trago. Pero el agua no sirvió para calmar su rabia.
Ni su deseo.
Deseaba a Isabella. Aquello era lo peor de todo. No entendía cómo podía sentir aquella ra bia y aquella sensación de haber sido traiciona do y seguir sintiéndose atraído físicamente por ella.
No debería desearla. Isabella no era quien se suponía que debía ser.
Pensaba que iba a casarse con la inocente princesa Swan, y recordaba muy bien el in forme que sus servicios secretos le habían en viado sobre ella.
La princesa Isabella Swan, la más joven de las hijas del príncipe Charlie, ha sido eclipsada por sus hermanas, mayores y más ambiciosas. Aunque muy bien educada y con un gran talen to musical, la princesa Isabella es la menos extro vertida de las hermanas y tiende a mostrarse tí mida en público. Carente de experiencia social, la princesa apenas sale y prefiere la compañía de su familia a la de otros jóvenes de su edad.
Edward dejó la botella en la mesa con un golpe seco que hizo volverse a Isabella.
—Estás muy callado.
—Estaba pensando.
Mientras se encaminaba hacia ella, Edward vio un destello de emoción en sus ojos. «Tiene mie do», pensó, y su pecho se contrajo. No quería que sintiera miedo, pero tampoco quería que se comportara estúpidamente. La vida era difícil, exigente, incluso cruel, y no era fácil ser confia do.
Él había crecido sin saber lo que era la con fianza, había crecido necesitado de estabilidad, de madurez, de normalidad... pero todo ello le fue negado. Su padre tenía tales deseos de li brarse de su esposa que, cuando lo hizo, tam bién se libró de él... y eso que se suponía que era su padre el que tenía los pies en la tierra, el que iba a protegerlo.
Menuda broma.
Edward observó el pálido rostro de Isabella. No la entendía, pero sabía que no podía casarse con una mujer carente de madurez y estabilidad emocional. Podía aceptar la juventud, pero no la falta de madurez.
Apoyó las manos en sus hombros mientras luchaba con sus conflictivas emociones, sin sa ber si echarla de allí o arrojarla en su cama.
Quería abrazarla, acariciarla... y sin embargo sabía que no había futuro para ellos. Necesitaba una esposa en la que pudiera confiar plenamen te.
Y no confiaba en Isabella. Nunca confiaría en ella.
La decepción que se había llevado resultaba muy dolorosa, y culpaba a muchos por aquella farsa de compromiso, incluyéndose a sí mismo. Debería haber conocido antes a Isabella. Debería haber investigado minuciosamente su pasado.
Llamaría al abuelo de Isabella por la mañana. Y a su padre. Ellos podían ocuparse de dar la noticia a la prensa como quisieran. Le daba igual cómo lo hicieran. Él sólo quería que aque llo acabara cuanto antes.
Isabella seguía totalmente confusa, aunque la atracción entre ellos era casi palpable. El deseo era evidente en la mirada de Edward, pero también había algo más en ella.
—Debes de estar pensando en cosas muy se rias —murmuró.
—Sí.
La breve respuesta de Edward no fue tan inquie tante como la lenta y ardiente mirada que le de dicó.
—¿Hasta dónde piensas seguir con esto, Bella? —preguntó a la vez que deslizaba las manos por sus brazos hasta tomarla por las muñecas.
Isabella sintió una descarga eléctrica y quiso salir corriendo de allí, pero su cuerpo no obede ció.
—¿Hasta dónde? —repitió él, implacable.
Isabella tragó con esfuerzo mientras trataba de controlar el revoloteo que sentía en el estóma go.
—Antes has dicho que querías mi cuerpo y mi mente y... disculpa que sea tan franca, pero, ¿por qué me consideras interesante? Tengo veintidós años. Tú eres diez años mayor. ¿Qué puede atraerte intelectualmente de mí?
Edward no contestó, pero su boca se comprimió en un silencioso gesto que hizo comprender a Isabella.
Quería su cuerpo porque estaba unido a su mente, pero no era su mente lo que quería. Era su cuerpo.
Edward la tomó con delicadeza por la barbilla para hacerle alzar el rostro.
—Tu cuerpo es precioso, pero también tienes talento. No olvides que te he escuchado cantar. También tocas la guitarra bien, y es probable que otros instrumentos.
—El piano y el violín.
—Conoces mundo, hablas tres idiomas...
—Cuatro.
Edward arqueó una ceja.
—¿Cuál es el cuarto?
—Español.
—Por supuesto —Edward asintió—. Y aunque para cantar te vistes como una corista de Las Vegas, se nota que tienes buenos modales.
—¿Y a los hombres les gustan los buenos mo dales?
Edward sonrió.
—A algunos nos gustan —dijo, y su sonrisa se esfumó al instante—. Pero lo que está pasando aquí no tiene nada que ver con el amor, sino con el sexo. Creo que lo sabes y creo que lo que quieres es sexo.
La palabra «sexo» sonaba tan cruda, tan direc ta... pero era su elección, pensó Isabella, y probable mente sería la última que podría tomar en su vida.
—Si esperas algo más —añadió Edward—, no...
—Comprendo —interrumpió Isabella.
—No tienes por qué quedarte.
—Eso también lo entiendo —Isabella sentía que Edward estaba tratando de librarse de ella. La desea ba, pero no la quería allí. Se sentía atraído por ella, pero luchaba contra aquella atracción. Era probable que, bajo aquella dureza y sofistica ción, fuera un hombre realmente anticuado.
Era una lástima que ella no fuera otra perso na. Era una lástima que se hubieran conocido de aquel modo.
Indecisa, alzó ambas manos y las apoyó con tra su fuerte pecho. Necesitaba descubrirse a sí misma a través de aquel hombre, necesitaba descubrir la vida, el sexo...
La emoción que experimentó al tocarlo le produjo un estremecimiento.
Edward pasó una mano tras sus espalda y la atra jo hacia sí.
—¿Tienes frío?
—No —Isabella sintió el calor del cuerpo de Edward emanando hacia el suyo... y también la eviden cia de su excitación presionada contra su vien tre—. Es la adrenalina.
—¿La adrenalina?
—Creo que el suspenso me está matando —Isabella se sentía a la vez excitada y asustada—. Yo... —se interrumpió, pues sabía que si le decía que prácti camente carecía de experiencia podría espantar lo—. Da igual. No tiene importancia.
Edward inclinó la cabeza para besarla de nuevo. Fue un beso superficial, pero hubo algo casi fie ro en él, tan ardiente y peligroso, que Isabella apartó el rostro y lo apoyó contra su pecho.
—Siento tu corazón —murmuró Edward—. Late muy deprisa.
—Ejerces ese efecto sobre mí.
Edward hizo que Isabella alzara el rostro para mi rarla a los ojos.
—Seguro que les dices eso a todos los hom bres.
—No —Isabella trató de sonreír. En lugar de ello, alzó una mano para acariciar el rostro de Edward.
Deslizó lentamente un dedo desde el hoyue lo de su barbilla hacia su mandíbula.
—Tienes un rostro muy bello —dijo.
—Es un rostro normal y corriente.
—No hay nada normal ni corriente en ti.
Isabella ya empezaba a reconocer la sarcástica sonrisa que curvó los labios de Edward. Nunca ha bía conocido a un hombre tan joven y a la vez tan viejo. ¿Cómo podía estar tan hastiado de la vida a los treinta y dos años?
La sonrisa abandonó el rostro de Edward cuando volvió a inclinarse para besarla. Fue un beso se ductor, que despertó los sentidos de Isabella y es timuló su imaginación. Sintió que se derretía por dentro a la vez que sus pechos y sus pezo nes se volvían increíblemente sensibles.
De pronto, el beso cambió y los labios de Edward se volvieron exigentes, firmes. Isabella entre abrió instintivamente los suyos y él deslizó la punta de la lengua por ellos antes de introducir la en su interior, diciendo sin palabras que pen saba poseerla y disfrutar de ella, pero en sus tér minos.
Luego deslizó una mano por su costado has ta apoyarla sobre uno de los pechos de Isabella, que se estremeció bajo su contacto. Cuando volvió a acariciarla, sintió que su vientre se contraía de placer.
Respiró profundamente para tratar de despe jar su mente, para alejar el aturdimiento que se había apoderado de ella, pero las caricias de Edward eran demasiado cálidas, demasiado agrada bles...
Cuando le alzó el sujetador por abajo y sin tió la cálida piel de su mano directamente sobre su pecho temió derretirse allí mismo.
Nadie la había acariciado así nunca.
Nadie la había hecho sentirse tan impotente y anhelante a la vez.
Imaginó las manos de Edward en su vientre, en sus caderas, entre sus muslos... Tal vez le dole ría, pensó con el corazón desbocado, pero tal vez no, y si le dolía, se alegraría de que fuera con alguien tan experimentado como Edward Masen.
De pronto, Edward la empujó delicadamente ha cia atrás y la hizo sentarse en el borde de la cama. Permaneció quieto ante ella, grande, silencioso, pensativo. La electricidad que había entre ellos era casi palpable.
De pronto, se inclinó hacia ella, le hizo alzar el rostro y la besó de un modo casi salvaje, como pretendiendo dejar bien claro que era suya. Los movimientos de su lengua en la boca de Isabella hicieron imaginar a ésta que él estaba dentro de ella, moviéndose, dándole placer, y la sangre corrió ardiente por sus venas.
—Quítate la ropa —ordenó Edward roncamente contra sus labios.
Isabella había olvidado por un momento su ac titud autoritaria, pero aquella orden bastó para hacerle comprender que iba a ser él quien con trolara la situación.
—¿Ahora? —susurró.
Edward se había erguido de nuevo y la mirada que le dedicó hizo que Isabella se sintiera ya des nuda.
—Sí.
«Quiero hacer esto», se recordó Isabella para darse valor. «Quiero conocer la vida».
Sus manos temblaron mientras desabrochaba las cintas que sujetaban su blusa por detrás. El tiempo pareció detenerse cuando se la quitó y la dejó a un lado, sobre la cama.
Edward no dijo nada.
No hizo nada.
Isabella se ruborizó, sintiéndose ridícula en va queros y sujetador. Tuvo que armarse de valor para levantarse y quitárselos.
Los vaqueros acabaron en la cama, junto a la blusa.
Debajo llevaba una sencillas braguitas blan cas de seda con las que se sintió aún más desnu da que antes.
Miró a Edward, y al no ver ningún indicio alen tador en su rostro sintió que las lágrimas aflora ban a sus ojos. ¿Por qué estaba haciendo aque llo? ¿Qué estaba haciendo allí?
Pero en realidad sabía lo que estaba hacien do. Iba a entregar su virginidad a Edward Masen para evitar dársela a Anthony Cullen, príncipe de Milán, conde de Venecia... o cualquiera que fuese su título.
No iba a casarse por amor. Ni siquiera había conocido aún a su prometido y éste no se había molestado en ir a visitarla. Se limitó a enviar a un representante para que la «inspeccionara» y para que firmara los papeles necesarios.
Los papeles. Era una prometida contractual. Una princesa de ganga.
Un hombre auténtico no habría enviado a un representante para ocuparse de su compromiso matrimonial. Un hombre de verdad sabría que ninguna mujer querría ser tratada como un asunto de negocios.
Y su abuelo no había hecho nada por organi zar un encuentro entre ellos. Se limitó a asegu rarle que Anthony Cullen era un buen hombre y que Forks necesitaba aquella boda.
Era posible que su abuelo supiera lo que necesitaba Forks, pero era obvio que no tenía ni idea de lo que necesitaba ella. Todos habían asumido que ella era como sus hermanas Alice y Rose, para las que asumir su deber lo significaba todo.
Pero el deber era lo último que le importaba a ella. Lo que le gustaba era la música, con pa sión, con todo su corazón. Cuando cantaba y to caba su guitarra dejaba de ser una pobre prince sa sin poder ni posición. Se sentía fuerte. Capaz. Bella.
—Si has cambiado de opinión...
La voz de Edward hizo regresar a Isabella al pre sente. Negó firmemente con la cabeza. Otros habían decidido por ella cuál iba a ser su futuro, pero aún contaba con aquella noche. Iba a hacer el amor con él porque quería hacerlo, porque quería sentir algo especial, porque era lo que quería. Y lo que necesitaba.
—No he cambiado de opinión —dijo con fir meza, pero con la voz rota.
Con el pulso desbocado, llevó las manos atrás para soltar el cierre del sujetador. La pren da cayó por sus hombros, dejando expuestos sus pechos.
A pesar de que las manos le temblaban, alzó la barbilla valientemente cuando miró a Edward.
Él se reunió con ella en la cama con expre sión impenetrable. Isabella contuvo el aliento cuando se tumbó a su lado.
Por fin había llegado el momento de la verdad.
¿Pero qué sabía ella sobre hacer el amor? ¿Qué sabía ella sobre el cuerpo de los hombres?
Cuando Edward apoyó una mano sobre uno de sus muslos cerró los ojos.
—Supongo que llevas protección.
¿Protección? Isabella se ruborizó de los pies a la cabeza. Había olvidado aquel detalle.
—Oh... sí. Tengo un... preservativo en el bol so.
Edward alzó una ceja.
—¿Sueles llevar tus propios preservativos?
Hasta aquella noche, Isabella jamás había lle vado un preservativo consigo. Pero sus planes la habían impulsado a comprar uno aquella no che en la máquina de los servicios del club. Por si acaso.
—He pensado que... debía hacerlo. Ya sabes... tomar precauciones y eso...
—Como debe ser —Edward se inclinó para tomar un neceser de la mesilla de noche del que sacó un preservativo—. Pero yo tengo los míos.
Lo dejó en la almohada, junto al hombro de Isabella y se inclinó para besárselo. El contacto de sus labios hizo que los pezones se le excita ran al instante.
Luego, Edward fue deslizando los labios por su cuello hasta detenerlos en la base de su gargan ta.
—Desvísteme —murmuró.
—¿Que te desvista?
—Sí.
Isabella se sentía tan expuesta, con los pechos desnudos, el pelo suelto sobre la almohada y con sólo las braguitas puestas... Pero se obligó a ignorar su desnudez y a pensar sólo en él.
Se irguió en la cama y trató de controlar el temblor de sus manos mientras las llevaba hasta el primer botón de la camisa de Edward. Lo desa brochó y pasó al siguiente mientras aspiraba el seductor aroma que emanaba de su cuerpo.
Unos momentos después, se encontraba des nuda bajo el poderoso cuerpo de Edward, también desnudo. Cuando él deslizó una mano desde sus caderas hasta sus pechos, se estremeció.
—Aún no ha pasado nada —dijo Edward.
—¿Tan poco atractiva te resulto?
El sonido que hizo Edward fue una mezcla de risa y gruñido.
—Eres muy atractiva.
Chicas si las historias tienen estatus complete, es porque anteriormente estaban completas. No es porque quiera más lectoras a engaños.
Besos: K. O'Shea ;)
