Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 5
EDWARD inclinó la cabeza y la besó, tomándo se su tiempo, hasta que Isabella sólo fue ca paz de pensar en él y en su deseo de estar más cerca de él.
Quería sentirlo en ella. Quería sentir su calor y su fuerza como era debido.
Entonces, Edward empezó a acariciarle el cuer po, los pechos, los muslos, los pezones, dejando un rastro de fuego a su paso y despertando en ella un deseo casi salvaje.
Impotente, se arqueó hacia él, necesitando más. Suspiró cuando él tomó en su boca uno de sus pezones a la vez que le hacía separar las piernas con una rodilla.
Cuando alzó el rostro para mirarla, Isabella pensó que así habría sido su noche de bodas si hubiera decidido esperar, con la diferencia de que no se habría sentido tan atraída y excitada. Era mucho mejor que su primera vez fuera con Edward. Mucho mejor hacer aquello a su manera, poder decidir al menos en aquel aspecto de su vida.
—Te estoy perdiendo —dijo Edward con voz ron ca.
—No. Estoy aquí.
—Estás pensando en otra cosa.
Isabella alzó una mano para acariciarle el ros tro.
—Estoy pensando en ti —al ver que Edward ar queaba una ceja con expresión incrédula, son rió—. ¿Tan poca fe tienes en mí?
—No confío fácilmente.
—Bien. Yo tampoco —Isabella atrajo el rostro de Edward hacia sí y lo besó cómo él la había besado antes. Un momento después, sintió que su resis tencia se disolvía.
Edward se colocó sobre ella y empujó las cade ras contra su pelvis.
La insistente presión de su erección contra el vientre de Isabella dejó a esta sin aliento.
—Te deseo —dijo, armándose de valor.
—Estoy aquí.
—Pero aún no estás dentro de mí.
Y de pronto sintió la dureza de Edward contra su sensible carne, con su gran cuerpo empujando hacia delante. Notó que deslizaba la mano entre ellos para cerciorarse de que estaba lista y luego tomaba en ella su miembro para frotar el extre mo contra los delicados y húmedos pliegues de su sexo. Ella respondió instintivamente y sepa ró las piernas a la vez que posaba las manos so bre las caderas de Edward.
El deslizó una vez más la punta de su miembro contra su sexo y, cuando Isabella alzó las ca deras, sintió que la penetraba unos centímetros. Abrió la boca, sorprendida por el punzante do lor que sintió.
¿Sería aquello lo que sentía todo el mundo? ¿Dolería siempre así?
Respiró profundamente para controlar su pá nico. Aquello tenía que ser normal. Lo único que sucedía era que Edward estaba rompiendo su himen. Sintió que volvía a empujar. Con más fuerza de la que esperaba. Lo suficiente como para hacerle sentir la punzada de las lágrimas.
Debió de hacer algún sonido, porque Edward dejó de moverse.
—¿Te he hecho daño?
Isabella trataba de adaptarse a su tamaño, de aceptar la sensación de tenerlo dentro.
—Es muy grande...
—¿Quieres que pare?
—No —Isabella apoyó las manos en la espalda de Edward y apretó los puños. Le estaba doliendo más de lo esperado. Tal vez debería haberle di cho que carecía de experiencia, que nunca...
Pero ya era demasiado tarde, se dijo, tratan do de no sentirse tan sola, tan asustada. Aquello era lo que quería y así era como quería que su cediera.
—No me moveré hasta que deje de dolerte —dijo Edward—. Tu cuerpo necesita acostumbrarse al mío.
Isabella agradeció aquellas palabras, sobre todo porque tras pronunciarlas Edward le dio un apasionado beso que la dejó sin aliento.
Cuando Edward empezó a moverse de nuevo, Isabella sintió que su cuerpo se relajaba un poco y era conquistado por las deliciosas sensaciones que sus movimientos estaban despertando en ella. Alzó las caderas para ver si podía prolon gar la sensación y el placer creció cuando Edward la penetró más profundamente. Sus movimien tos empezaron a volverse más rítmicos e inten sos y la intensidad del placer que experimentó deslumbró a Isabella. Aquello era mil veces mejor de lo que había imaginado.
De pronto sintió que sus músculos se tensa ban más y más a la vez que algo amenazaba con estallar en su interior.
—No puedo...
—Déjate llevar —susurró Edward junto a su oreja, y ella movió la cabeza de un lado a otro, sin sa ber qué hacer o cómo hacerlo—. Déjate llevar —repitió, sin dejar de penetrarla una y otra vez.
Isabella se estremeció impotente bajo el cuer po de Edward mientras sentía que el suyo renacía.
Sintió que él enterraba las manos en su pelo y susurraba su nombre antes de arquear su cuer po hacia atrás para dejarse ir como ella acababa de hacerlo.
Más tarde, aún conmocionada por lo que acababa de experimentar, Isabella se movió y sin tió que Edward aún seguía dentro de ella. Cuando abrió los ojos vio que la observaba atentamente.
—¿Qué haces? —murmuró.
—Mirarte.
—¿Por qué?
—Porque eres preciosa.
Isabella sonrió tímidamente y él la besó en los labios antes de retirarse. Bajó de la cama, entró en el baño y, cuando salió, Isabella vio que sólo había ido a quitarse el preservativo.
Se ruborizó al ver que se acercaba a la cama completa y magníficamente desnudo. Pero su vergüenza se esfumó en cuanto la tomó entre sus brazos. Era tan difícil creer que acababan de...
—Ha sido asombroso —murmuró.
—¿Eso crees?
Isabella rió suavemente, anonada, feliz.
—Esta noche ha sido... —su voz se fue apagan do. No tenía palabras para expresar lo que sen tía. Con un suspiro, se tumbó de espaldas y miró al techo—. Ojalá pudiera quedarme más tiempo aquí. No estoy lista para irme. Me gus taría hacer aún tantas cosas... Sería un placer poder dedicarme a hacer turismo una tempora da.
—¿Ése es el motivo por el que no quieres re gresar a casa?
—No. No quiero volver porque no quiero tra bajar, pero la razón por la que no quiero irme es que adoro Nueva Orleans —se volvió a mirar a Edward y arrugó la nariz a la vez que sonreía—. Eso no ha tenido mucho sentido, ¿no?
—No demasiado.
Isabella rió y pensó que el nombre de Edward le sentaba muy bien. Parecía tan viril, tan primario en la cama... Todo músculos dorados, todo se xualidad...
—Aunque he pasado aquí un año, aún me quedan muchas cosas por hacer.
—¿Por ejemplo?
Isabella se estremeció de placer cuando Edward le acarició un pecho.
—Me habría gustado hacer todas las visitas turísticas que ofrece la zona, ir a ver los panta nos, las plantaciones...
—Estás bromeando.
Isabella se retorció bajo las caricias de Edward mientras sentía que su deseo renacía.
—No —dijo con esfuerzo. Quería volver a sen tir lo que acababa de experimentar, pero no po día ser tan desvergonzada. Debía ser capaz de controlarse. Se obligó a pensar en lo que le ha bría gustado hacer en Nueva Orleans—. Me en cantaría ir al parque Audobon y al zoo, hacer un crucero por el Misisipi...
—Mírame.
El tono autoritario de Edward impulsó a Isabella a obedecer. Cuando miró sus ojos, tan oscuros que parecían casi negros, su corazón se contra jo.
—Has pasado aquí un año, bella. ¿No has te nido tiempo de hacer todo eso?
Isabella pensó que estaba perdida, perdida en él, y había hecho lo impensable acostándose con él. No sólo le había entregado su cuerpo. También le había entregado su corazón.
«Estúpida Bell», pensó. «Estúpida, estúpida Bell».
—He trabajado prácticamente a diario —Isabella trató de sonreír para ocultar sus emociones.
—Tal vez mañana.
—Tal vez —contestó ella, consciente de que mañana sería demasiado tarde.
Edward no dijo nada y ella sintió que la miraba casi con compasión.
—No me mires así. Puede que parezca joven, pero sé que todo el mundo tiene que madurar en algún momento. Incluso los rebeldes como yo.
—No me preocupo. Me gusta la acción y hago lo que hay que hacer cuando hay que ha cerlo.
—¿Como esta noche? —bromeó Isabella para tratar de ocultar la intensidad de sus emociones.
—Esto es sólo el principio, bella.
Pero ella sabía que aquello no era el comien zo, sino el fin... al menos para ellos. Parpadeó rápidamente para alejar las lágrimas.
—¿Cómo he estado? —preguntó para tratar de averiguar si Edward había notado su falta de expe riencia.
—¿Estás pidiendo que evalúe tu comporta miento en la cama?
Isabella quiso reír, pero no pudo. No se perdía la virginidad a diario.
—Sí.
Edward la miró un momento y le acarició el pelo.
—Has estado bien. Muy bien.
Isabella no entendía por qué sentía una necesi dad tan intensa de complacerlo.
—¿Estás seguro de que no he hecho ninguna tontería?
—No deberías preocuparte por eso...
—Las mujeres nos preocupamos por eso.
Edward suspiró.
—Pues tú no deberías hacerlo. Eres preciosa. Has estado increíble.
—Bien —contestó Isabella suavemente. Trató de sonreír pero una repentina tristeza ocupó el lu gar de su ansiedad. Qué extraño todo... qué sen sación tan agridulce.
Su primera vez con Edward.
Su última vez con Edward.
Se arrimó más a él, consciente de que tendría que irse pronto. Vestirse. Ir a casa.
—Quédate esta noche —dijo Edward.
—A la mayoría de los hombres no les gusta esa clase de cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Ya sabes... Que una mujer se quede a dor mir en su cama, el compromiso...
Edward rió.
—Sabes demasiado del mundo para tener sólo veintidós años, bambina.
—Tengo dos hermanas mayores.
—¿Estáis muy unidas?
—Solíamos estarlo.
—¿Qué pasó?
Isabella se encogió de hombros.
—Que todas crecimos.
La expresión de Edward se volvió repentinamen te distante.
—Mañana por la mañana tengo que atender una llamada importante, pero no tienes por qué irte. Puedo hablar desde la otra habitación.
—¿Una llamada importante?
«Muy importante», pensó Edward. Iba a llamar al abuelo de Isabella y a su padre. Y no iba a ser una llamada agradable.
De pronto, Isabella lo besó en el pecho, justo encima de un pezón.
—En ese caso, lo que necesitas es dormir. Lo último que te conviene es preocuparte por mí.
.
.
Isabella despertó y miró la hora. Aún no eran las cinco y media de la mañana. Se vistió silen ciosamente en el baño para no despertar Edward.
Se le daban fatal las despedidas, y temía que despedirse de Edward pudiera ser lo más duro que se había visto obligada a hacer en la vida.
Tras haber pasado la noche entre sus brazos se sentía emocionalmente agotada. A pesar de ya sabía a qué se exponía y una parte de su mente trataba de aceptarlo, otra se negaba a hacerlo.
«Sabías que sería una sola noche», se sermo neó. «Sabías que iba a ser una experiencia úni ca».
Por una noche había sido alguien que se su ponía que no era. Había sido libre, había podido dar rienda suelta a su pasión. Había experimen tado lo que la mayoría de las mujeres de su edad ya habían experimentado hacía tiempo. Por una noche había sido Isabella, no una prince sa, una especie de propiedad privada sometida a un constante y minucioso análisis bajo el mi croscopio.
Le encantaba que lo sucedido entre Edward y ella perteneciera al terreno de lo privado. Nadie se enteraría. Nadie tenía por qué enterarse.
Una vez vestida, excepto por las braguitas, que no logró encontrarlas, fue al cuarto de estar para dejar una nota escrita a Edward.
Tras unos momentos de duda, comenzó a es cribir y pronto llenó la hoja. Esperaba que sus palabras de agradecimiento tuvieran sentido para Edward.
Regresó al dormitorio y dejó la nota en la al mohada, junto a Edward. Estaba profundamente dormido, con un musculoso brazo por detrás de la cabeza y ésta vuelta de lado. Lo contempló un largo momento, como si quisiera dejar gra bada para siempre en su mente aquella imagen.
Sabía que no volvería a verlo... pero también sabía que nunca lo olvidaría.
Cuando salió del hotel, apenas había empezado a amanecer. Respiró profundamente el aire aún fresco de la mañana.
Había pensado que una noche con Edward res pondería a todas sus preguntas, que aplacaría su intenso deseo de conocer lo que era el sexo, y no había duda de que lo había logrado. Pero no sólo había descubierto que le gustaba el sexo. Le gustaba aún más Edward. Mucho.
Tomó el primer taxi que aguardaba en la pa rada del hotel y, tras dar la dirección de su casa al taxista, se arrellanó en el asiento.
«No pienses en él», se repitió una y otra vez durante el trayecto. «No pienses en él».
Lo hecho, hecho estaba, y no tenía remedio. Pero repetirse aquello no le sirvió para aliviar el peso de su corazón.
Se había mentalizado para el peor panorama posible, no para el mejor. Había querido saber lo que era hacer el amor con un hombre de ver dad, fuerte y experimentado.
Y lo había logrado. Edward la había iniciado en aspectos del sexo que ni siquiera sabía que exis tían y le había hecho conocer con sus caricias una asombrosa variedad de placeres.
Y todo había sido realmente hermoso, mejor de lo que jamás habría imaginado.
Por desgracia, sabía con certeza que las co sas no irían igual con el príncipe Cullen. No pudo evitar pensar, aunque demasiado tarde, que tal vez habría sido mejor permanecer en la oscuridad, en la ignorancia.
Una vez en casa, tomó una larga ducha con intención de sosegarse un poco, pero no le sir vió de alivio. No podía dejar de pensar en Edward, en cómo se había sentido entre sus brazos, en cómo había sentido que florecía su cuerpo con cada beso...
Creía que lo tenía todo controlado y se había mentalizado para sufrir un poco... pero en nin gún momento se le había pasado por la cabeza que acabaría loca por él. Había pensado que, tanto si era buen o mal sexo, al menos habría vivido la experiencia, pero lo que estaba suce diendo en su interior no tenía nada que ver con el sexo.
Se estaba secando cuando oyó que llamaban a la puerta del baño. Era Angie, su compañera de piso.
—Si no te das prisa, vas a perder el vuelo, Bella.
—Enseguida salgo.
.
.
Edward supo que Isabella se había ido en cuanto despertó. Lo supo antes de abrir los ojos, y per maneció unos momentos tumbado, con el bra zo sobre los ojos, hirviendo de frustración.
Se suponía que no iba a acostarse con ella.
Se suponía que debía haber frenado antes de que las cosas se le fueran de las manos.
Pero había perdido el control en el momento menos apropiado.
Enfadado consigo mismo, apartó el edredón y al hacerlo vio que las braguitas de Isabella habían quedado debajo. Al ir a tomarlas se quedó hela do. Junto a ellas había una inconfundible mancha de sangre.
Pero Isabella no era virgen. No podía serlo. Y aunque lo hubiera sido, ¿por qué perder su vir ginidad pocas semanas antes de su boda? Aque llo no tenía sentido... pero algo le decía que po día ser cierto.
Había querido demostrar que Isabella era un fraude, que no era la perfecta princesa que le habían descrito en Forks. De manera que había decidido demostrar que estaban equivocados. Y para ello la había seducido deliberadamente uti lizando sus conocimiento sobre las mujeres y el sexo. Pero había asumido que...
Movió la cabeza al recordar ciertos detalles de la noche pasada, como su inseguridad en de terminados momentos, y lo tensa y estrecha que la había encontrado. Le había costado penetrar la, pero lo había achacado a los nervios. Duran te unos momentos se había preguntado si habría hecho el amor antes, pero ella lo había alentado de tal manera a seguir, con tal pasión...
Al salir de la cama vio la nota que había de jado Isabella. Leyó lo que estaba escrito y soltó una maldición en italiano.
No podría haber pedido una «primera» vez mejor, Edward, ni un amante más generoso. Gracias por todo. Has estado maravilloso. Afectuo samente, Bella.
Edward se quedó paralizado.
Era una nota de agradecimiento.
Le había dejado una nota de agradecimiento por haberla desflorado.
Todo aquello resultaba demasiado absurdo como para ser real.
Dejó caer la nota sobre la cama y descolgó el teléfono, pero enseguida se dio cuenta de que no tenía el teléfono de su casa.
Maldijo de nuevo, se sentó en el borde de la cama y volvió a leer la nota.
Aquello no tenía sentido. ¿Por qué lo había elegido a él? ¿Y por qué tres semanas antes de su boda? ¿Trataría de librarse de su boda? Y si no era así, ¿cómo había podido permitir que un desconocido tomara lo que pertenecía por dere cho a su futuro marido?
Aquellas preguntas le hicieron devanarse los sesos mientras se duchaba y decidió que lo úni co que podía hacer para aclarar las cosas era ir a verla.
Diez minutos después, estaba en el asiento trasero de su Mercedes negro mientras su chó fer lo llevaba al barrio francés. No lograba apartar de su mente el recuerdo de lo dulce que había sido Isabella en la cama, de la suavi dad de su piel, de su sabor a miel... Era más sexy que cualquier mujer que hubiera conocido, y hasta la noche anterior había sido virgen. Increíble.
Cuando llegó ante la puerta del apartamento de Isabella, tuvo que contenerse para no tirarla de una patada. Llamó al timbre y esperó. Unos momentos después, la puerta se abrió y una mu jer joven con el pelo revuelto como si acabara de levantarse se asomó a ésta.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—Busco a Bella Dwyer.
—Se ha ido.
—¿A trabajar? ¿De compras? ¿Adónde? —pre guntó Edward, impaciente. Tenía tantas preguntas que hacerle...
La joven sonrió con expresión de disculpa.
—A casa. Hace más de una hora que ha salido para el aeropuerto.
Chicas si las historias tienen estatus complete, es porque anteriormente estaban completas. No es porque quiera más lectoras a engaños.
Besos: K. O'Shea ;)
