Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 6
YA ha llegado, Excelencia —la joven don cella hizo una reverencia desde el um bral de la puerta del dormitorio de Isabella—. El príncipe Cullen la espera con su abuelo.
—Gracias. Enseguida bajo.
Isabella sintió que el coraje la abandonaba en cuanto la doncella se fue y cerró la puerta.
¿Por qué había esperado al último minuto?
¿Por qué no había comunicado ya a su abue lo que había tomado la decisión de no casarse con el príncipe Anthony?
Respiró profundamente y volvió a repetir las palabras que tenía preparadas para decírselo a ambos a la vez.
Se disgustarían, tratarían de convencerla y su abuelo la reprendería severamente, pero ella ya no era una niña y no pensaba pasarse el resto de su vida tratando de satisfacer a los demás. Ha bía necesitado la noche que pasó con Edward para entender que, por mucho que quisiera ser como Rose y Alice, no podía. Era posible que ellas hubieran aceptado dócilmente sus matrimonios concertados, pero ella no estaba dispuesta a ha cerlo, especialmente con un hombre que ni si quiera se había molestado en conocerla.
«No soy sólo una princesa. También soy una mujer», se dijo con firmeza mientras salía de la habitación con paso decidido.
Bajó las escaleras tratando de no pensar, de no sentir. El abuelo celebraba su fiesta de cum pleaños aquella tarde y todos sus amigos esta ban invitados, incluido Anthony Cullen.
Aquella noche era su encuentro oficial y a Isabella le pareció irónico que el príncipe hubiera esperado al cumpleaños del abuelo, dos semanas antes de la boda, para conocerla. No podía de cirse que fuera un novio precisamente anhelante.
Pero durante aquella semana había compren dido que no podía casarse con él, sobre todo después de lo sucedido en Nueva Orleans.
Tal vez, si no se hubiera acostado con Edward...
Pero no era el hecho de haber perdido su vir ginidad con él lo que le había hecho cambiar de opinión; el causante había sido el propio Edward y los sentimientos que había despertado en ella.
Desde aquella noche nada había sido lo mis mo. Edward le había hecho el amor tan maravillo samente, que sabía que nunca olvidaría su cali dez, su pasión.
Cuando entró en el salón en que aguardaba su abuelo y lo vio solo en un rincón, sintió que se le encogía el corazón.
Tenía ochenta y cinco años y aquella iba a ser la segunda ocasión en que iba a celebrar su cumpleaños sin su mujer.
Cuando avanzó hacia él, la gente que había en el salón se apartó y fue entonces cuando Isabella notó que se había equivocado. Su abuelo no estaba solo.
De pronto, se quedó paralizada y fue incapaz de dar un paso más.
El abuelo estaba de espaldas al magnífico Ti ziano que tanto gustaba a su mujer, y miraba atentamente al invitado que tenía a su lado, un hombre moreno, alto, de anchos hombros...
Un invitado que Isabella reconoció a pesar de estar viendo tan sólo su espalda.
Sólo conocía a un hombre que irradiara aquella sensación de poder, de autoridad.
A lo largo de aquellos siete días había hecho todo lo posible por apartar a Edward Masen de su recuerdo... y de pronto lo encontraba allí, char lando tranquilamente con su abuelo. El esfuerzo de olvidarlo, de asumir que no podía casarse con Anthony Cullen porque sus sentimientos por Edward no le permitirían casarse con otro hom bre... la había dejado agotada.
No entendía nada. No comprendía cómo era posible que hubiera aparecido repentinamente en su mundo, en su palacio...
Pero tal vez no fuera él, se dijo mientras sentía que se le ponía la carne de gallina. Tal vez su ne cesidad fuera tan intensa, que lo había imaginado.
«Avanza», se dijo al darse cuenta de que los demás invitados empezaban a mirarla con cu riosidad.
Cuando llegó junto a su abuelo, éste le dedi có una sonrisa a la vez que el otro hombre se volvía hacia ella.
Edward.
Era Edward, que la miró como esperando a que dijera algo, pero Isabella fue incapaz de pronun ciar palabra.
¿Qué hacía allí? ¿Y por qué parecía tan enfa dado con ella?
Abrió la boca para pronunciar su nombre, pero ningún sonido surgió de ella.
Y él seguía sin decir nada.
Evidentemente, ya sabía quién era ella y es taba al tanto de su compromiso... y por su mira da se notaba que estaba furioso.
—Isabella, cariño.
La voz del abuelo atrajo la mirada de Isabella hacia él. Apenas pudo verlo a través de las lá grimas que amenazaban con derramarse de sus ojos. Parpadeó rápidamente para alejarlas y se obligó a sonreír.
—Feliz cumpleaños, abuelo —susurró, y se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.
—Gracias, pequeña —el rey Charles pasó una mano por su cintura para hacerla volverse hacia su invitado—. Supongo que ya sabrás quién es nuestro invitado, ¿no?
«Sí» pensó Isabella, cuyo corazón latía tan fuerte, que temió que todo el mundo pudiera es cucharlo. «Claro que lo sé. Él es la causa de que no pueda casarme con Anthony, la causa de que no pueda entregarme a otro hombre».
Isabella tuvo que esforzarse por recordar lo que había bajado a hacer. Debía verse con el abuelo y el príncipe Anthony antes de poder pensar en Edward.
—Es preciosa, ¿verdad? —dijo su abuelo a la vez que la estrechaba contra su costado.
—Desde luego —dijo Edward, pero su voz surgió áspera como una lija.
Su helada expresión alarmó intensamente a Isabella, que apartó la mirada. ¿Por qué estaba tan enfadado? ¿Qué motivos tenía para estar dis gustado con ella? ¿Estaría el rey Charles al tanto de lo sucedido?
No, se dijo de inmediato. De lo contrario no le estaría sonriendo como lo estaba haciendo. El abuelo era muy anticuado.
Una camarero se acercó a ellos con una ban deja llena de copas de champán.
—Excelente —dijo el rey, claramente compla cido. Tomó dos copas y ofreció una a su nieta y otra a Edward—. Un brindis para celebrar el regreso de mi querida nieta. No podría haber pedido mejor regalo de cumpleaños. Es maravilloso te nerte de vuelta en casa, querida.
—Gracias, abuelo.
Isabella se esforzó por sonreír mientras brinda ban y luego tomó un trago de su copa con au téntico esfuerzo.
Volver a encontrarse con Edward en aquellas cir cunstancias era una auténtica crueldad del desti no.
Por supuesto que quería verlo de nuevo, pero no allí, no en la fiesta de cumpleaños de su abuelo, no cuando aún estaba comprometida con otro hombre.
—¿Lista para la boda? —preguntó su abuelo, sonriente.
—¡Abuelo! —exclamó Isabella, ruborizada.
—Sólo faltan dos semanas —añadió el rey, sin dejar de sonreír.
—Por favor, abuelo. No... no hace falta que hablemos de eso ahora...
—No tienes por qué estar nerviosa. El prínci pe Cullen no te va a presionar. Sabe que eres joven, inexperta...
Isabella tomó a su abuelo con firmeza por el brazo. Él se interrumpió y la miró.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Pero Isabella no fue capaz de pronunciar pala bra. Sentía que se le había helado la sangre en las venas y temía que la copa se le fuera a caer de la mano en cualquier momento.
El rey le palmeó el hombro.
—Todo irá bien, querida. Las novias siempre se ponen nerviosas, pero...
—Tenemos que hablar sobre la boda, abuelo —dijo Isabella rápidamente—. Quería hablar conti go y con el príncipe Cullen al mismo tiempo, pero ya que no está aquí...
—¿Que no está aquí? —repitió su abuelo, clara mente confuso—. ¿De qué estás hablando, Isabella?
—No puedo casarme con el príncipe Cullen. No tengo los sentimientos adecuados para...
—¿Sentimientos? —interrumpió su abuelo con el ceño fruncido—. No sé de qué estás hablando, Isabella. Es lógico que no sientas nada por Edward, ya que acabáis de conoceros.
—Te refieres a Anthony —corrigió Isabella.
Su abuelo golpeó impacientemente el suelo con su bastón.
—¿Quién es Anthony?
Isabella se dio cuenta de que estaban llamando la atención y bajó la voz.
—El príncipe Cullen. Anthony Cullen.
—No hay ningún Anthony. Sólo está Edward.
—¿Qué?
—No hay ningún Anthony —repitió su abuelo—. No sé de dónde te has sacado ese nombre.
De pronto, Isabella sintió que le faltaba el aire.
—Y la boda seguirá adelante —dijo su abuelo con firmeza.
Aquellas palabras parecieron flotar en la mente de Isabella. ¿Qué estaba diciendo el abue lo? No era posible... Edward no era Anthony...
—No me siento muy bien —murmuró.
Pero su abuelo no debió oírla, pues alzó la copa para proponer un nuevo brindis.
—Por el futuro —dijo.
Isabella sabía que su abuelo no oía muy bien y que solía bajar el volumen de su audífono en circunstancias como aquéllas, pero, dadas las circunstancias, su gesto le pareció inusualmente cruel.
—Por el futuro —repitió Edward a la vez que alza ba su copa.
El futuro...
Su futuro...
Isabella agitó la cabeza, aturdida, desorientada. Nada tenía sentido. Necesitaba una silla, algún lugar en que sentarse para recuperar la compos tura.
—Me siento... —se interrumpió, parpadeó... y sintió una mano en su codo.
—¿Débil? —concluyó Edward por ella.
Isabella sintió que su mano le quemaba el codo. Hacía una semana que la había vuelto loca con aquella misma mano y de pronto esta ba allí, con su abuelo, brindando y diciendo co sas que la confundían.
No era posible.
No podía ser él.
Cuando se animó a mirarlo a los ojos, vio la fría furia que había en ellos y comprendió que, de algún modo, había cometido un gran error.
De pronto, la copa se deslizó de su mano, se estrelló ruidosamente contra el suelo y el cham pán empapó los pantalones de Edward.
—Oh, lo siento. Cuánto lo siento —sin saber si sentirse aliviada o avergonzada, Isabella tomó rá pidamente una servilleta de papel y se agachó para limpiar el suelo de mármol.
—Déjalo, querida —dijo su abuelo—. El servi cio se ocupará de eso.
Isabella negó con la cabeza.
—Alguien podría caerse —las manos le tem blaban tanto, que apenas podía sostener el pa pel.
Pero Edward no le permitió seguir agachada. La tomó del brazo y la hizo erguirse sin miramien tos.
—Vas a estropear tu vestido.
El vestido blanco que llevaba era la menor de las preocupaciones de Isabella.
—Lo siento —repitió, sin saber qué decir—. Lo siento. He montado un lío...
—Depende de tu definición de lío.
Algo en el tono de Edward hizo que Isabella alzara la mirada hacia sus ojos.
Le estaba sonriendo, pero no era una sonrisa real. Lo conocía y sabía que estaba realmente furioso.
—Lo sabías —murmuró, aterrorizada—. Lo sa bías en Nueva Orleans.
—Sí.
Parecía tan calmado, tan controlado...
Había simulado que no sabía quién era.
La había seducido sabiendo que iba a con vertirse en su esposa.
Había jugado con ella como si no fuera na die. Nadie importante, desde luego.
—Confié en ti —dijo con la voz ronca a causa de la emoción—. Pensaba...
Edward arqueó una ceja.
—¿Qué?
El abuelo golpeó de nuevo el suelo con el bastón.
—¿Qué es todo esto? ¿Qué estás diciendo, Isabella? Habla alto, querida. Ya sabes que no oigo tan bien como solía.
—Discúlpeme, Excelencia —dijo Edward respe tuosamente—, pero la princesa estaba expresan do el desagrado que siente hacia mi persona. Asegura que no me conoció en Nueva Orleans.
—¿Que no te conoció? —repitió el rey—. ¿Qué quiere decir eso?
—Significa que no se dio cuenta de que yo era su príncipe.
Isabella se quedó boquiabierto. Aquello no po día estar pasando. Era una completa locura.
—¡Pero claro que se dio cuenta! —exclamó el abuelo—. Te vio la última vez que estuviste en los Estados Unidos. Dijiste que tuvisteis la oportunidad de pasar algo de tiempo juntos en Nueva Orleans.
Isabella trató de protestar, pero fue incapaz de articular ningún sonido.
—¿No recuerdas a Edward? —preguntó su abuelo con el ceño fruncido—. Sólo ha pasado una se mana... ¿Cómo has podido olvidarlo?
—Yo... —Isabella respiró profundamente para tratar de calmarse— yo... sí lo recuerdo.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No hay ningún problema —dijo Isabella mientras sentía que su corazón estallaba en mil peda zos.
—Sólo está abrumada —la sonrisa de Edward fue un calco de la anterior—. Tal vez sería conve niente que nos viéramos un rato a solas.
—No creo —contestó ella con un estremeci miento—. Es el cumpleaños del abuelo y no quiero dejarlo solo...
—Tonterías —interrumpió el rey—. Es obvio que necesitáis pasar tiempo juntos. Salid a to mar un poco el aire, pero regresar para cuando sirvan la comida. Tú vas a sentarte conmigo. El príncipe Cullen es mi invitado de honor.
Sin dar tiempo a que Isabella dijera nada, giró sobre sí mismo con sorprendente agilidad y se alejó.
Se produjo un momento de tenso silencio.
—¿Sorprendida? —dijo Edward finalmente.
El corazón de Isabella latía con la fuerza de un yunque. Lo conocía. No lo conocía. Era un des conocido, pero no lo era. ¿Cómo era posible que hubiera sucedido tanto entre ellos y sin embargo fuera tan poco? Una noche, una breve aventura...
Pero no había sido una breve aventura para ella. Había sentido algo por él, algo auténtico... y sin embargo estaba comprobando que para él sólo había sido un juego. La había manipulado y el sexo había sido una especie de test.
—Te odio —murmuró, horrorizada.
—No me odiabas cuando estábamos en la cama.
Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas mientras sentía un dolor lacerante en el cora zón.
Edward la había traicionado.
Se obligó a mirarlo.
—¿Sabías quién era desde el principio?
—Sí.
Isabella dio un paso atrás, mientras el pánico daba paso a una fría furia en su interior.
—Me mentiste.
—No.
—Dijiste que eras Edwar Masen...
—Y lo soy.
—¿Y qué ha pasado con Anthony?
—Como ha dicho tu abuelo, no hay ningún Anthony.
—Pero...
—Te equivocaste.
—¿Y el título de príncipe de Cullen? ¿Sim plemente se te olvidó mencionarlo en Nueva Orleans?
Edward se encogió de hombros.
—No conocías mi nombre y yo no quería for zarte a escucharlo.
—¡Oh, por favor!
—¿Por favor qué, bella? ¿Qué desea tu cora zoncito ahora? Seguro que deseas algo... —susu rró Edward con voz acariciadora.
Pero aunque una semana antes Isabella se ha bría quedado extasiada ante la perspectiva de casarse con él, todo había cambiado tras descu brir cómo la había engañado, como había trai cionado su confianza.
—No pienso casarme contigo —espetó.
—No seas tonta.
—¿Tonta? Lo que es una tontería es esto. No sotros. El compromiso y la boda quedan cance lados —mientras hablaba, Isabella trató de quitarse el anillo—. No pienso seguir adelante con esto.
Edward le cubrió la mano con la suya.
—Déjatelo puesto.
—No —Isabella siguió tirando de su anillo en vano—. Me engañaste. Me dejaste creer...
—¿Qué te dejé creer? —preguntó Edward sin sol tarla—. ¿Que todo era perfecto y maravilloso? ¿Que eras increíblemente sexy e insaciable en mi cama?
—No hace falta que hables tan alto —dijo Isabella, preocupada por los invitados de su abuelo.
—Eres tú la que está hablando alto.
—Y tú el que está siendo cruel.
La gente empezaba a volverse y a mirarlos con curiosidad.
—Como ha dicho tu abuelo, creo que nos vendría bien tomar un poco de aire —Edward tiró de Isabella en dirección a las puertas que daban a una amplia terraza de piedra.
En cuanto salieron, Isabella dio un tirón para librarse de su mano. Lo odiaba. Se odiaba a sí misma. Sobre todo por sentir tanto incluso en un momento como aquél.
—No puedes obligarme a casarme contigo. Éste iba a ser un matrimonio concertado, pero también consensuado.
—Como el sexo del que disfrutamos en Nue va Orleans.
—Lo que sucedió aquella noche no tiene nada que ver con nosotros.
—¿No?
—Fue algo... único. Algo al margen de todo. Algo que no iba a pasar nunca más.
—Creo que estás confundida, Isabella... Bella... o quien quiera que seas. Porque éramos tú y yo los que estábamos en Nueva Orleans, los que fuimos a mi hotel, los que acabamos en mi cama.
—No. Tú eras un desconocido. Eras alguien seguro.
—¿Seguro? Es evidente que no me conoces, bella.
—¡No me amenaces!
Edward sonrió sin humor.
—No te estoy amenazando. Todavía.
Qué inocente era aquella mujer, pensó mien tras ella seguía alejándose de él con una mano sobre la balaustrada de la terraza. Pero quería obtener respuestas. Isabella había roto todo tipo de reglas fundamentales y él necesitaba enten der por qué.
—Te acostaste conmigo.
—¿Lo notaste? —replicó Isabella con ironía.
—Eso no me parece gracioso.
—No pretendo hacerte reír.
—Quiero una respuesta verdadera. ¿Por qué te acostaste conmigo?
Los ojos de Isabella brillaron a la luz de la luna.
—Porque quise hacerlo.
—No me basta esa respuesta.
—Es una lástima, porque es lo único que vas a obtener.
—Te equivocas. Ya obtuve más. Obtuve pre cisamente lo que no querías darme.
Isabella se ruborizó, consciente de que estaba acorralada.
—Eso es lo que te disgusta, ¿verdad? Creías que te estabas librando de tu virginidad y en reali dad se la estabas entregando a tu futuro marido.
—Cometí un error.
—¿Por qué entonces? ¿Y por qué yo? Nunca te habías acostado con otro hombre.
—No te escandalices tanto. Ya me viste en el club. Viste mis pantalones de cuero, mi maquillaje, me viste interpretar y asumiste lo que quisiste asumir: que era una chica casqui vana que ya conocía a fondo la vida —Isabella sonrió, dolida—. Pero te equivocaste. Simple mente sentía curiosidad. Así que me acosté contigo. Eso fue todo —añadió antes de volverse.
La cálida brisa de junio agitó levemente su larga falda blanca. Viéndola con el pelo sujeto en un moño y el colgante de oro que llevaba en tre los pechos, Edward pensó que parecía Diana, la iracunda diosa de la mitología griega a la que el cazador Acteón encontró bañándose.
—Eso fue todo —repitió burlonamente.
—Haz el favor de irte —dijo ella con firmeza.
—No pienso ir a ningún sitio hasta que acla remos las cosas.
—¿Qué hay que aclarar? ¿Que tenía menos experiencia que tú? ¿Que fuiste el primer hom bre que se acostó conmigo? ¿Que yo no quería ser virgen cuando me casara? Tenías razón. ¿Satisfecho?
—¿Por qué no querías ser virgen?
—Tú no lo eres, ¿verdad?
—Claro que no.
—Ahí tienes la respuesta.
Edward observó el perfil de Isabella, su nariz pe queña y recta, sus delicados y carnosos labios. Era aún más preciosa de lo que había pensado la semana anterior. Y sus fotos no le hacían jus ticia. Su belleza era demasiado cálida y sensual para ser captada por un aparato.
De pronto, se encontró reaccionando a su be lleza, como le sucedió en Nueva Orleans.
Aquella mujer lo afectaba como ninguna otra lo había hecho hasta entonces. Le hacía sentir cosas, desear cosas que nunca hasta entonces había deseado... y de una forma totalmente na tural.
Había llegado a sentir que era suya, que esta ba en el mundo para él. El recuerdo de su actitud desinhibida y sexy en la cama, de su curiosidad y capacidad de respuesta lo estaba volviendo loco.
—Una mujer no se acuesta con un hombre sin advertirle de ese tipo de cosas —murmuró.
—No sabía que tendría que haberlo anunciado a los cuatro vientos. Gracias, Edward —dijo Isabella sin abandonar su tono irónico—. La próxima vez lo haré mejor.
—La próxima vez no serás virgen.
Pronto terminamos :D
Besos: K. O'Shea ;)
