Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)
Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.
La princesa y el italiano -Jane Porter
Compromiso Real
Capítulo 7
ISABELLA vio que la mirada de Edward se oscure cía. Su arrogancia le hizo ver rojo.
—No entiendo por qué das tanta importancia a algo tan importante como el himen. Es sólo un trocito de tejido totalmente irrelevante en el esquema general de las cosas.
Edward masculló una maldición y la tomó del brazo.
—No puedo creer que estés hablando así. Tu abuela se desmayaría si te oyera.
—Ni la conociste, ni sabes nada de ella, y además ya no está con nosotros.
—Ella no. Pero yo sí —en lugar de soltarla, Edward atrajo a Isabella hacía sí y la aprisionó contra su cuerpo—. ¿Por qué te fuiste antes de que me despertara? —preguntó.
La intensidad de su mirada hizo que Isabella bajara la vista.
—Ya te lo dije —contestó mientras trataba de aferrarse a su rabia para no ceder a las sensacio nes que se estaban adueñando de su cuerpo por culpa de la cercanía de Edward.
—En una nota.
—Podría haberme ido sin dejar la nota.
—Me diste las gracias por haber tomado tu virginidad.
Isabella sintió que se acaloraban sus mejillas.
—Dije que apreciaba tu generosidad y que ha bías sido una pareja perfecta para mi primera vez.
—Y firmaste, afectuosamente, Bella. Afectuo samente —repitió Edward, furioso. De pronto incli nó la cabeza y cubrió con su boca los labios de Isabella—. Vas a pagar por eso, Bella.
Su beso desconcertó a Isabella, que enseguida sintió que su rabia comenzaba a transformarse en pasión. Pero no debía dejarse llevar. No podía hacerlo. Ya se sentía como si perteneciera a aquel hombre, y él lo sabía. Él sabía que sólo tenía que esperar para volver a poseerla. Y, por estúpido que fuera, ella aún deseaba que la hiciera suya.
Pero aquel hombre suponía una auténtica amenaza para ella.
Se apartó de él con firmeza y respiró profun damente para calmarse. Volvió la cabeza hacia el salón.
—Ya se han ido todos a comer.
—Deberíamos entrar.
«Deberíamos». Como si fueran una pareja. Isabella sonrió con amargura.
—No pienso entrar. Discúlpate con mi abuelo. Dile lo que quieras, que me dolía la cabeza, que estaba mareada...
Edward rió.
—No pienso decirle nada parecido. Le hemos dicho que íbamos a ir y eso vamos a hacer.
—No puedo, Edward. No puedo ir...
—Lo siento mucho, pero tu abuelo nos espe ra.
Su tono autoritario fue como una bofetada para Isabella. Miró a Edward a los ojos y, al ver la emoción, el orgullo y la arrogancia que había en ellos, comprendió que lo que había pretendido lograr en Nueva Orleans había sido un fracaso. Acostándose con Edward sólo había logrado con vertirse en su propiedad.
—No voy a casarme contigo —dijo con firme za—. Y si crees que voy a dedicarme a interpre tar el papel de tu feliz futura esposa, estás muy equivocado.
—Ni siquiera tú eres tan egoísta como para estropearle el cumpleaños a tu abuelo.
—Sobrevivirá —replicó Isabella, que sintió que se le encogía el corazón al darse cuenta de la dureza de su tono.
—¿Tú crees? Estos últimos meses ha estado bastante mal.
—Eso no es cierto.
—¿Cómo puedes saberlo? Ni siquiera estabas aquí.
—No te atrevas a sermonearme. Tú eres el fo rastero aquí. Éste no es tu sitio. Este es mi ho gar, mi familia...
—Si eres una nieta tan devota, ¿por qué no regresaste cuanto tu abuelo sufrió una neumonía? ¿Por qué no viniste la noche que creyeron que lo perdían?
Isabella sintió que su corazón dejaba de latir. Edward tenía que estar inventándose aquello.
—Nunca ha estado tan malo.
—Estuvo a punto de morir.
—Estás exagerando.
—Ojalá fuera así, pero te estoy diciendo la verdad. A diferencia de ti, yo sí estaba aquí. Es tuve junto a su cama en el hospital y sostuve su mano cuando los médicos temían que no fuera a superar la noche.
—Nadie me dijo nada. Nadie me llamó.
—¿Y tú te molestaste en llamar?
—Hubo conversaciones.
—¿Cuántas?
—Me había tomado el año libre... —empezó Isabella, pero se interrumpió al darse cuenta de que Edward nunca entendería hasta qué punto la afectó la muerte de su abuela—. Pero habría vuelto sin dudarlo un instante si me hubiera en terado.
—Tu abuelo ya es mayor. Perdió a su esposa hace un año. ¿Y tú necesitabas unas vacacio nes? —dijo él con expresión desdeñosa.
—No fue así...
—¿No? —la expresión de Edward era implacable—. No sabes lo que tienes. No lo sabrás hasta que lo hayas perdido.
Tal vez aquello fuera cierto, pensó Isabella, pero Edward no tenía idea de lo afectada que se sin tió por la muerte de su abuela, ni de cuánto le había costado aparentar firmeza en los funerales y el entierro.
—¿Por qué haces esto? —murmuró—. ¿Qué quieres?
—¿Que qué quiero? —repitió Edward, incrédulo—. Quiero que hagas lo correcto, bella.
—¿Y qué es lo correcto?
—Cumplir los compromisos que tienes.
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La cena se sirvió en el salón contiguo al del baile. Isabella fue muy consciente del interés que Edward y ella despertaron cuando se sentaron junto al rey. Alice y Rose estaban sentadas a la mis ma mesa, pero se hallaban demasiado alejadas como para entablar conversación con ellas.
—Todo el mundo nos está mirando —susurró, incómoda.
—Sienten curiosidad —dijo Edward, que se inclinó hacia ella para añadir en voz baja—: Estarán imaginando lo que hemos estado haciendo para retrasarnos.
Isabella se ruborizó y apartó la mirada.
Mientras les servían el primer plato, su abue lo se inclinó hacia ella.
—Edward es un buen hombre. Y será bueno para ti.
Isabella tuvo que morderse la lengua, pero Edward tenía razón. No habría sido justo darle un disgusto precisamente aquella noche, estando rodeado de su familia, sus nietas y sus amigos, algo que no sucedía a menudo.
Miró su plato y deseó estar en cualquier lu gar menos allí. No tenía ningún apetito y no sa bía si iba a ser capaz de pasar la siguiente hora sentada junto a Edward y simulando que todo iba bien y que se iban a casar.
Pero no iba a haber matrimonio. No le iba a quedar más remedio que simular aquella noche, pero a la mañana siguiente pensaba aclararle las cosas al abuelo.
—¿Estás disfrutando de la cena? —preguntó Edward un rato después. Su muslo rozó el de Isabella una y otra vez, haciéndole entender que el contacto no había sido casual.
Ella apartó la pierna.
—No me toques —dijo, sonriendo entre dien tes.
—La semana pasada te encantó que te tocara.
—Eso fue la semana pasada. Podrías habernos ahorrado muchos problemas a ambos si me hu bieras dicho quién eras.
—¿Te habrías acostado conmigo si lo hubie ras sabido?
—No.
—¿Por qué no?
Isabella jugueteó un momento con la langosta que tenía en el plato.
—No quería nada definitivo. Se suponía que iba a ser una aventura de una noche.
—¿Una aventura de una noche? —repitió Edward tras un tenso silencio. Cuando lo miró, Isabella reconoció la furia que había en su mirada.
—No me hagas ser demasiado franca.
La mandíbula de Edward se tensó visiblemente.
—Te agradecería que lo fueras.
—No arruines el recuerdo de lo que comparti mos.
—Para mí ya está arruinado.
Isabella suspiró.
—Lo que sucedió no fue nada personal, Edward. Se suponía que sólo iba a ser una noche. No quería nada más de ti. Y ambos obtuvimos lo que queríamos. Yo, experiencia, y tú pudiste probar la mercancía.
—Ése no fue el motivo por el que me acosté contigo —replicó Edward.
Isabella lo miró a los ojos.
—¿Estás completamente seguro?
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Cuando concluyó la cena, que para Isabella fue interminable, todos se trasladaron al salón de baile. Afortunadamente, Edward no le pidió que bailara con él y pudo ir a reunirse con sus her manas y sus cuñados.
—¿Qué tal te ha sentado volver a casa des pués de haber pasado un año fuera? —preguntó Rose que, apoyada contra su sultán, hacía esfuer zos por contener los bostezos. Estaba embara zada de nuevo y todo el mundo estaba convencido de que iba a tener otro niño. Rose y sus hi jos vivían en Baraka, eran necesarios allí. Era extraño, pero el futuro de Baraka dependía tan to de Rose como el de Forks dependía de Isabella.
—Bien —contestó Isabella, que evitó mirar a Edward. No quería saber nada de él. Había regresa do a Forks dispuesta a cumplir con sus compromisos como habían hecho sus hermanas, pero después de lo sucedido, lo último que quería era casarse con él.
Alice miró con curiosidad a Edward.
—Has pasado mucho tiempo aquí durante los últimos meses, Edward. ¿Crees que tendrás dificul tades para llegar a sentirte en Forks como en tu hogar?
Edward miró a Isabella y sonrió.
—Ninguna.
Una hora después, subía con ella las escaleras de palacio para acompañarla hasta su dormitorio.
—No hace falta que te molestes —dijo ella con frialdad, intensamente consciente de su cerca nía—. No era necesario que te fueras de la fiesta.
—Estabas cansada.
Isabella apretó los dientes.
—No necesito que me escolten. He vivido aquí toda la vida y sé dónde está mi dormitorio.
—Pero eres mi futura esposa y todo el mundo espera que necesitemos un momento a solas para darnos las buenas noches.
El tono de suficiencia de Edward hizo que Isabella sintiera deseos de empujarlo por la escaleras.
—No hay nadie mirando ahora, así que ya puedes irte.
—¿Y dejar un trabajo a medio hacer? Nunca. Te acompaño hasta la puerta.
—¿También vas a encerrarme? —pregunto Isabella con exagerada dulzura cuando se detuvieron ante su dormitorio.
—Si tuviera la llave, lo haría —dijo Edward, y no estaba bromeando.
—¿Crees que intentaría huir? —preguntó Isabella burlonamente, con intención de bromear un poco.
—Ya huiste una vez.
—¿Cuándo?
—A Nueva Orleans.
—Eso no fue huir.
—No, eso fue escabullirse mientras todo el mundo dormía —los ojos de Edward brillaron peli grosamente—. Como la semana pasada, cuando te fuiste antes del amanecer tras dejar una nota. Se te da bien eso de dejar notas de despedida, ¿no?
Isabella apretó los dientes.
—Veinte años de severa educación —dijo, pen sando que, después de todo, la idea de huir no era tan mala. No tenía intención de casarse con Edward, y si éste no estaba dispuesto a aceptar su negativa, tal vez tendría que asumirla cuando ya no la tuviera a su alcance.
Trató de entrar en sus habitaciones sin que Edward la siguiera, pero éste no parecía dispuesto a quedarse en el pasillo. ¿Por qué no se iba de una vez? Lo había arruinado todo. Había des trozado incluso el encantador recuerdo de la no che que pasaron juntos.
Se dejó caer en una silla que había a los pies de la cama con un suspiro de frustración.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó. Su habita ción era su refugio. Allí no solía entrar nadie, excepto los miembros de su familia directa.
Edward miró a su alrededor y su mirada se detu vo en las fotos que colgaban de una de las pare des. Casi todas eran de la madre de Isabella; en otra época estuvieron en el estudio de su padre.
Edward tomó una de las fotos enmarcadas que había sobre un pequeño tocador. El fotógrafo había atrapado a la madre de Isabella medio vesti da, inclinándose hacia el espejo mientras se aplicaba el maquillaje antes de salir a escena. Aunque aún era joven cuando le hicieron la ins tantánea, en ella parecía especialmente inocen te. Como la chica que debió de ser en otra época.
—Tu madre está preciosa en esa foto —dijo Edward.
Isabella asintió, incapaz de mirarlo. Su madre siempre fue guapa, pero sabía a qué se refería Edward. Para convertirse en la cantante Star su ma dre tuvo que reinventarse, tuvo que olvidarse de la joven pueblerina que sólo había pasado ham bre para convertirse en alguien especial. Pero en aquella foto, tomada en la cima de su popularidad, podía verse a la joven pueblerina refle jada en el espejo. Su madre triunfó teniéndolo todo en contra.
Su madre hizo lo impensable.
—Es mi foto favorita —dijo Isabella—. Cuando la miro, casi pienso que la conozco.
—Alice dice que estás obsesionada con ella, que lo estás desde que eras una adolescen te.
Isabella sintió que se le hacía un nudo en la garganta y permaneció un momento en silencio. No era justo que Alice le hubiera dicho aque llo a Edward... si es que había sido ella.
—¿Cuándo te ha dicho eso?
—La noche que me quedé en el hospital con tu abuelo.
—Supongo que eso la animó a confiar en ti —dijo Isabella con amargura.
—Estaba preocupada por tu futuro. Estaba preocupada por ti.
—En ese caso, debería haberme llamado para hablar conmigo —Isabella apretó los puños mien tras hablaba. No le gustaba nada que su familia hubiera acogido con tanta facilidad a Edward como uno de los suyos. No era uno de ellos. Le había hecho daño, la había engañado—. Evidentemen te, sabían dónde estaba. Incluso tú lo sabías.
—¿Y eso te molesta?
—¿No te molestaría que los de tu alrededor nunca te consultaran y actuaran como si siem pre supieran lo que es más conveniente para ti? —Isabella dedicó a Edward una dura mirada—. Pero puede que tú nunca hayas sufrido. Probable mente todo ha sido fácil para ti en la vida.
—He conocido el sufrimiento, pero no vivo en el pasado. El pasado no tiene poder sobre mí.
—Qué afortunado —Isabella apartó la mirada—. Alice tenía doce años cuando nuestros padres murieron. Rose, nueve. Yo casi cinco. Rose y Alice recuerdan a mamá. Yo no recuerdo nada.
Edward dejó la foto donde estaba.
—¿Por eso fuiste a Louisiana? ¿Para reencon trarte con tu madre?
—Tal vez.
Isabella había ido a Nueva Orleans siguiendo un impulso, una intuición, pero hasta que no es tuvo allí no entendió qué estaba buscando.
Familia.
Conexiones.
Su historia.
Conocía de sobra la historia de la familia de su padre, pero no la de los misteriosos Dwyer de Baton Rouge.
Una vez en los Estados Unidos, sus parientes no la recibieron precisamente con los brazos abiertos. Sus primos y tíos la miraron con suspicacia, dudando en principio de que fuera quien decía ser y luego preguntándose qué que ría de ellos.
Isabella no tenía ningún plan elaborado y no sabía con exactitud lo que quería. No sabía lo que había esperado encontrar. ¿Amor?¿Espe ranza? ¿Aceptación?
La hicieron sentir con toda claridad que no era uno de ellos, pero tras la muerte de la abue la, tampoco se sentía una Swan. A veces se preguntaba si alguna vez llegaría a saber real mente quién era.
—Puedes reírte si quieres, pero pensé que si lograba encontrar las raíces de mi madre me en contraría a mí misma.
Edward no se rió.
—¿Y lo lograste?
—No creo.
Edward se acercó a ella y alargó una mano para tocarla en lo alto de la cabeza.
—¿Podemos empezar de nuevo? ¿Quieres que lo intentemos?
Isabella no contestó. No podía. Edward estaba de masiado cerca, irradiando poder, autoridad, ca risma. Tal vez aquello fuera lo que aturdía su mente. No sólo era guapo. Era rico, pertenecía a la realeza. Y era muy fuerte, tanto física como mentalmente.
—No sabría cómo empezar de nuevo —dijo fi nalmente a la vez que se levantaba con inten ción de apartarse de él. Pero Edward no se movió. Era evidente que no pensaba dejar que se eva diera así como así.
—¿Por qué no?
«Porque pensaba que eras alguien que no eres». Isabella sintió de nuevo el escozor de las lágrimas. «Porque pensaba que me querías por mí misma». Pero no podía admitir lo vulnerable que era, hasta qué punto necesitaba ser amada por sí misma.
—Saber lo que sé lo cambia todo —contestó con cautela, sin mirarlo—. Comprendo tus... mo tivos.
—¿Mis motivos?
—Estabas examinándome, investigándome, ¿no?
Edward no dijo nada y el dolor de Isabella se in tensificó. Aquella noche, aquella preciosa no che, se estaba convirtiendo a pasos agigantados en un recuerdo muy feo.
—No confiabas en mí —continuó—, y por eso no me dijiste quién eras. Querías demostrarte a ti mismo, o al abuelo, o a quien fuera, que no era la princesa que te habían prometido, que no era un modelo de virtud y bondad —miró a Edward a los ojos antes de añadir—: ¿Ya estás satisfe cho?
—No. No quería hacerte daño. Y tienes razón. No confiaba en ti y tenía que saber quién eras antes de que nos casáramos.
—Podrías haber ido a visitarme en Forks. Po drías haberme dado una oportunidad...
—Lo hice. Lo estoy haciendo.
—¿Cuándo? —Isabella sintió que una creciente rabia suplantaba su dolor—. ¿En Nueva Orleans? ¿O ahora?
—Da igual.
—No da igual.
—¿Por qué?
—Porque ésta no es una relación unilateral. No se trata sólo de ti. Yo también necesito con fiar en ti. Y no confío.
Edward permaneció un momento en silencio y luego sus ojos sonrieron.
—Tal vez ayudaría que pensaras en mí como en Anthony.
Isabella comprendió que estaba tratando de bromear, de aligerar el ambiente, pero Edward no entendía que se había enamorado de él... y sin embargo el hombre del que se había enamorado no era real.
El hombre al que quería no existía.
—Tú no eres Anthony —dijo.
—Pero podría serlo.
Seguía intentando aligerar el ambiente y Isabella quiso sonreír, pero el pánico que sentía se lo impidió.
—No. Eres Edward —alzó la mirada para contem plar su rostro—. Eres definitivamente Edward.
Él alargó una mano y le quitó con delicadeza una horquilla del pelo. Isabella contuvo el aliento ante la intimidad del gesto, pero fue incapaz de moverse. El más mínimo contacto con Edward la afectaba intensamente, le hacía desear más y más.
Edward fue quitándole las horquillas del moño hasta que el pelo cayó libre por su espalda.
—Las cosas mejorarán —dijo a la vez que des lizaba un mechón entre sus dedos—. Sólo tienes que darnos una oportunidad.
—Edward...
—Funcionará. Confía en mí.
Confiar en él. Aquellas palabras fueron como veneno para Isabella.
Pero no pudo evitar cerrar los ojos cuando vio que él se inclinaba a besarla. El beso fue lento, sensual, e hizo que un delicioso cosqui lleo recorriera su cuerpo de arriba abajo. Cuan do la besaba así la hacía sentirse delicada, bella, femenina. Le hacía sentir que su belleza no sólo era exterior, sino que surgía de su interior.
Si no le hubiera ocultado la verdad, si le hu biera dicho quién era y por qué estaba allí...
Edward alzó la cabeza y deslizó un pulgar por los labios de Isabella.
—No olvides la sesión de fotos de mañana. Es a las once en punto.
Isabella frunció el ceño. No recordaba nada so bre una sesión de fotos.
—¿Qué sesión?
—Van a hacernos la foto oficial del compro miso. Tu abuelo dijo que es una tradición de la familia Swan.
—Edward...
—Mañana a las diez. Abajo —Edward acarició una vez más los labios de Isabella antes de encami narse hacia la puerta—. No te retrases.
Pronto terminamos :D
Besos: K. O'Shea ;)
