Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 9

ISABELLA apenas podía respirar.

No quería sentir aquello. Aquel hombre destruía su capacidad de razonar, de contro larse.

—Sólo estuvimos juntos una noche —murmu ró.

—Si eso era todo lo que querías, no deberías haberme entregado tu virginidad —Edward volvió a inclinarse para besarla, pero en aquella ocasión lo hizo en los labios.

Y no fue un beso precisamente delicado.

Para cuando se apartó, Isabella sentía que la cabeza le daba vueltas.

Cuando Edward la soltó, fue incapaz de mover se.

—La inocencia es algo muy valioso.

—No soy tan inocente...

—Sabes mucho menos de lo que crees —dijo Edward antes de volver a besarla.

Sus lenguas se encontraron e Isabella se sintió como si estuvieran haciendo estallar fuegos ar tificiales en su interior. Cuando Edward le acarició un pecho con su mano mojada temió derretirse, y cuando deslizó las manos entre sus muslos y entreabrió delicadamente los labios de su sexo temió enloquecer.

—Edward...

—¿Sí, Bella?

—Me estás volviendo loca.

—Entonces ya sabes cómo me siento —acari ció un pecho de Isabella antes de apartarla. Luego se volvió para tomar una toalla—. Y ahora es hora de vestirse, bambina.Vamos a salir a cenar y no podemos llegar tarde.

Isabella salió del baño, tomó la toalla y se cu brió con ella rápidamente.

—¿Vamos a salir?

—Sí.

—¿A un lugar público?

—Esa es la idea.

—¿Y adónde vamos a ir?

—Tenemos reserva en Henri's.

Henri's era el mejor restaurante de Mejia. Estaba en una zona escarpada y un tanto inacce sible, pero nadie protestaba cuando llegaba y disfrutaba de las impresionantes vistas que ofre cía el lugar. Solía decirse que no se podía cenar en Henri's sin ver media docena de los rostros más famosos del mundo.

Isabella miró a Edward, perpleja. Las pocas oca siones en que había comido en Henri's había sido con su familia, pero acudir allí con alguien como Edward...

—¿Por qué? —preguntó.

—Eres mi prometida —al ver que no decía nada, Edward tomó a Isabella por la barbilla y la besó en la comisura de los labios—. Ya has comido antes en público conmigo.

—Sí, pero recuerdo muy bien cómo fueron las cosas. Las bebidas, la cena...

—¿Y el postre?

—Por supuesto.

Edward volvió a besarla e Isabella sintió que su deseo aumentaba.

—Voy a vestirme —murmuró.

—Buena idea.

Cuando entró en el vestidor, Isabella compro bó que gran parte del vestuario que sus herma nas y ella tenían en la villa de Mejia había sido trasladado allí. Eligió un corto vestido rojo bor dado con cuentas que Rose solía ponerse alegan do que cuando lo usaba normalmente siempre conseguía lo que quería.

Una vez vestida y maquillada, salió a la sala de estar.

—¿Lista? —pregunto Edward mientras dejaba a un lado el periódico que estaba leyendo.

—Sí.

—Bien —Edward se levantó—. Tengo algo para ti que te sentará muy bien con ese vestido —tomó una cajita que había en la mesa a su lado, alzó la tapa y se lo enseñó a Isabella.

Una pulsera. Una pulsera ancha. De plata.

—Qué bonita —dijo Isabella, desconcertada.

Edward se la puso en torno a la muñeca. Luego le dio un ligero apretón y la pulsera se encogió misteriosamente.

Isabella la alzó para mirarla.

—Gracias —murmuró.

—De nada. Ha sido una suerte que tu cuñado la llevara consigo.

—¿Emmett o Jasper?

—Jasper, por supuesto. Es él quien está especializado en vigilancia y seguridad.

Isabella sintió un escalofrío y miró de nuevo la pulsera.

—¿Qué es esto?

—Un artilugio para rastrear a quien lo lleva.

—Una especie de esposas.

—Es lo que se pone a los criminales de guan te blanco cuando están bajo arresto domicilia rio.

—Unas esposas —repitió Isabella. Aquel hombre estaba completamente loco. Y lo peor era que estaba comprometida con él. O eso al menos creía su familia.

—Sabes que no son unas esposas. No estás encadenada.

—No, pero sabrás dónde estoy cada vez que quieras.

Edward tuvo el valor de sonreír.

—Sí.

La serenidad de su sonrisa hizo que Isabella sintiera ganas de gritar.

—Quiero que me lo quites.

—No.

—Ahora mismo.

—No.

Isabella tiró de la pulsera con todas sus fuer zas, pero fue en vano.

—No puedes hacer esto, Edward.

—Ya lo he hecho.

—¡Quítamela! Me está haciendo daño.

—No es cierto. Eres tú la que se está haciendo daño. Relájate.

—¿Cómo voy a relajarme con esto en la mu ñeca?

—Es sólo una banda de titanio. La gente pen sará que es una pulsera. Tú lo has pensado.

Isabella estaba tan conmocionada, que sintió náuseas.

—¿De verdad crees que vas a resolver algo con esto?

—No volverás a escaparte.

—Nunca me he escapado.

—Te he encontrado esta mañana en el embar cadero de Mejia y se suponía que tenías que es tar haciéndote unas fotos conmigo en Forks.

—Sólo eran unas fotos...

—Que significaban mucho para tu abuelo.

—Jamás te perdonará cuando descubra lo que has hecho conmigo.

—Tu abuelo me ha sugerido que aproveche a fondo estas dos semanas contigo.

Isabella no pudo ocultar su incredulidad.

—No.

—De hecho, ha sentido un gran alivio al saber que estás aquí, a salvo y conmigo. Me ha confe sado que ya no sabe qué hacer contigo. Puede que yo tenga más éxito que él —Edward dio un paso atrás para inspeccionar de nuevo a Isabella—. De hecho, la pulsera no te queda mal.

—¿No me queda mal? —repitió Isabella—. ¡Pero si es un maldito localizador!

—Pero nadie sabrá para qué es. A menos que se lo digas —Edward miró su reloj—. Y ahora será mejor que nos vayamos. No quiero perder nues tras reservas.

¿Y eso era todo?, pensó Isabella mientras mi raba con asombro la espalda de Edward alejándose.

—No pienso ir —dijo, tensa, a la vez que bus caba con su mano la cremallera del vestido—. Puedes ir tú si quieres, pero yo me quedo.

—Nos vamos ahora —Edward ni siquiera se mo lestó en volverse.

—Puedes irte cuando quieras —Isabella bajó la cremallera del vestido, se lo quitó y luego se quitó los zapatos, consciente de que, antes o después, él se volvería.

¿Por qué no había podido resistirlo hacía un rato? ¿Por qué la afectaba tanto que la tocara?

Porque lo amaba demasiado, por eso.

Edward se volvió lentamente. Su expresión se endureció al verla.

—No estoy de humor para esto, querida.

—Ni yo —los ojos de Isabella se llenaron de lá grimas a causa de la vergüenza. ¿Cómo podía esperar alguien que se casara con un hombre tan arrogante y machista, un hombre capaz de ponerle grilletes?

Agitó la muñeca, irritada. Edward había sido ca paz de ponerle aquel artilugio para tenerla loca lizada de continuo.

—Tu vestido.

Isabella no se movió.

—¿También vas a obligarme a vestirme, Edward? ¿Así es como imaginas una relación?

—No. No es mi idea de lo que debe ser una relación. Creía que era la tuya. No has hecho más que pelear conmigo...

—Porque desprecias todo lo que quiero, todo lo que necesito...

—Necesitas un marido. Me querías a mí.

—Necesitaba un marido, y te quería, pero an tes de descubrir que eras mi prometido y que el único motivo por el que fuiste a Nueva Orleans fue porque dudabas de mi integridad.

—Estaba preocupado por ti.

—Y en lugar de decirme quién eras...

—Te dije quién era y lo hice con bastante cla ridad. Pero tú no me reconociste. Y no te encon tré precisamente en un exclusivo conservatorio, sino en un club de mala muerte, contoneándote ante un montón de hombres babeantes —Edward miró su reloj con gesto impaciente—. ¿Podemos irnos ahora?

Isabella sabía que las cosas podían complicar se mucho si se enfrentaba abiertamente a Edward.

—Iré, pero quiero que la pulsera desaparezca de mi vista en cuanto regresemos a casa. ¿Está claro?

El viaje a Henri's en la limusina fue muy tenso. Isabella permaneció todo lo apartada que pudo de Edward en el asiento. Aquel hombre era una bestia. Un monstruo. Un diablo.

¿Cómo podía haber aceptado alguna vez ca sarse con él? ¿Pero cómo iba a haber imaginado que, en lugar de una persona normal pertene ciente a la realeza, era un príncipe demente con ideas medievales sobre el matrimonio?

Cuando la limusina se detuvo ante el restau rante, tuvo que hacer acopio de todo su coraje para salir. La cena en Harri's con Edward no iba a ser fácil, y la perspectiva no resultaba especial mente alentadora.

Una vez en el interior, Edward saludó cálida mente al maître.

—Es un placer tenerlo aquí de nuevo, Exce lencia —dijo el maître con una inclinación de ca beza—. Y no sé si es una coincidencia o no, pero su madre también está aquí. Está cenando en una sala privada, pero me ha pedido que le diga que espera reunirse con usted más tarde.

La expresión de Edward no se alteró externa mente, pero Isabella notó que toda emoción aban donaba sus ojos. Siguió sonriendo, pero su ros tro pareció volverse de granito.

Mientras se sentaban, Isabella se preguntó si el maître se habría referido a la princesa Elizabeth, o a Esme, la segunda esposa del padre de Edward. A pesar de que nunca se había interesado por los cotilleos de la realeza en Europa, sabía que el divorcio de los padres de Edward había sido muy desagradable.

Cuando el camarero de los vinos se acercó a la mesa, Edward hizo un gesto para que esperara. Estaba lívido. Parecía totalmente desolado.

—¿Edward? —murmuró Isabella al ver que pasaban los minutos sin que dijera nada.

Él se movió en el asiento, incómodo.

—¿Sí?

—No tenemos por qué quedarnos.

Edward miró a Isabella a los ojos con una intensi dad que hizo que ella bajara la mirada.

—No voy a permitir que ella nos eche de aquí.

—¿Te refieres a Esme?

—No, claro que no —Edward estuvo a punto de reír—. Esme es una santa. La que está aquí es Elizabeth, mi madre.

—¿Y eso es malo?

Edward se limitó a mirarla y luego hizo una seña al camarero. Tras encargar las bebidas, se le vantó bruscamente.

—Enseguida vuelvo —dijo.

Isabella supo por su expresión adónde iba. Mientras esperaba se preguntó qué habría pasa do entre su madre y él.

Edward no tardó. Regresó cuando acababan de llevarles las bebidas. Tras sentarse, tomó un lar go trago de su martini.

—Ya está arreglado.

Por su expresión, parecía que acabara de tra garse una caja de clavos.

—¿Qué...?

—No va a reunirse con nosotros. Ha com prendido.

—Pero yo no —susurró Isabella. En su familia había peleas y conflictos, como en todas, pero nada parecido a aquello.

—Más vale que sigas sin saber nada.

—¿Y si quisiera saberlo?

—No te lo contaría.

Edward supo que su respuesta había dolido a Isabella, pero no sabía qué decirle para aliviarla.

Su madre estaba allí. Su madre, la princesa Elizabeth, la princesa más bella, vivaz y descon certante de la realeza de su tiempo, como la describió en una ocasión una revista. Pero no estaba allí por casualidad. Debía haber sabido que él iba a ir.

Pero la revista había olvidado unos cuantos adjetivos, pensó Edward mientras se esforzaba por controlar su enfado. Podrían haber incluido también las palabras «egoísta», «voraz», «ines table»...

Debería haber sabido que no podía volver a Mejia. Debería haber permanecido en el otro extremo del mundo.

En el reflejo de la ventana más cercana vio que Isabella lo estaba observando. Estaba preocu pada. Por él. Y aquello lo dejó anonadado. Observó su rostro, sus ojos, su boca, y vio lo que no había querido ver. Su juventud. Su inexpe riencia.

—Eres preciosa —murmuró.

Isabella negó rápidamente con la cabeza y tomó su copa de champán a la vez que sus ojos se llenaban de lágrimas.

¿Qué estaban haciendo?, se preguntó Edward. ¿Qué estaba haciendo él? ¿Cómo iba a lograr algo de aquel modo? Aquél no podía ser preci samente el camino hacia la felicidad.

O tal vez no creía en la felicidad. Tal vez la felicidad no existía.

Él no quería hacerle daño a Isabella, ni a nadie, pero las cosas no eran nunca fáciles y, obvia mente, ellos no eran dos personas normales to mando decisiones normales. Ninguno de los dos podía permitirse olvidar sus responsabilidades.

Eran unos seres privilegiados. Y malditos.

La diferencia entre ellos era que él había aceptado su maldición y Bella no. Ella estaba convencida de que aún podía conseguir algo di ferente... algo más.

Pero ese algo más no existía. Él lo sabía muy bien.

Impulsivamente, se inclinó hacia ella y la besó. Oyó que contenía el aliento y sintió cómo se le ablandaban los labios bajo la presión de los suyos. Su cuerpo se endureció al instante. Deseó poder olvidar la cena y regresar a la vi lla. No quería seguir allí.

—Vamonos de aquí —dijo con aspereza.

En el trayecto de regreso se sentó muy cerca de Isabella. Mientras trataba de ignorar el calor que emanaba de él, Isabella pensó en las miradas que le había dedicado en el restaurante. Nadie la había mirado nunca tan directamente, con tanta concentración.

Trató de no pensar durante el trayecto y él tampoco habló. Pero la quietud de Isabella no se debía precisamente a la calma. Por dentro se sentía desesperada y asustada.

Cuando entraron en la villa, Edward la tomó de la mano y se encaminó con ella directamente hacia las escaleras.

—Vamos a la cama —dijo sin rodeos.


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Besos: K. O'Shea ;)