Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 11

ISABELLA no entendía qué podía querer la madre de Edward a aquellas horas de la maña na.

—Esperaré aquí —dijo.

—¿Vas a perderte los fuegos artificiales? —preguntó Edward burlonamente mientras abría la puerta y salía.

Al cabo de un momento, Isabella fue por unos pantalones y una blusa. Se estaba abrochando ésta cuando oyó el sonido de unas voces exage radamente altas. Edward y su madre se estaban gri tando sin la más mínima contención.

Cuando salió al pasillo, pudo oír lo que esta ban diciendo y se quedó paralizada.

—Te divertirías más si te relajaras un poco, príncipe...

—Ahora no, madre.

—No, ahora no, claro. Ya nunca tienes tiempo para mí. Estás demasiado ocupado recolectando países pequeños con problemas económicos y añadiéndolos a tus posesiones.

Isabella sintió que se le erizaba el vello de la nuca. No quería oír aquello, pero se sentía total mente paralizada.

—Príncipe Edward Cullen, rey de Forks y Me jia. Debe de sonar maravilloso.

El silencio de Edward fue más revelador que cualquier palabra.

—Pronto serás dueño del mundo —añadió su madre displicentemente—. ¿Quién podría resis tirse a ti? Eres rico, atractivo, tienes títulos...

—Todo eso no significa nada para mí. Lo de jaría todo a cambio de haber disfrutado de un día normal mientras crecía...

—Te lo di todo.

—No, madre. Me lo quitaste todo. Incluso ahora necesitas demasiado, y yo no puedo dár telo.

—¡Ni siquiera lo intentas!

Edward rió con aspereza.

—Tienes razón. No lo intento. Estoy cansado. Harto.

De pronto, se oyó claramente el sonido de una bofetada.

—¡Egoísta! ¡Miserable egoísta! —la voz de la princesa Elizabeth se quebró—. ¡Eres un bastardo egocéntrico como tu padre!

A continuación, se oyó el sonido de unos za patos de tacón en el vestíbulo e Isabella vio a una mujer alta y rubia que se encaminaba decidida mente hacia la puerta. La mujer se volvió y la miró un momento antes de salir y cerrar de un portazo.

Edward apareció a continuación en el vestíbulo.

—Has perdido la ocasión de conocer a mi ma dre —dijo al ver a Isabella en lo alto de la escalera.

Isabella sintió que su pecho se encogía.

—La he visto un momento...

—Se le dan de maravilla las salidas, ¿verdad?

«Y las entradas», pensó Isabella.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con cautela.

—Lo habitual.

Isabella miró a Edward, consciente de que estaba experimentando una docena de emociones dife rentes y también de que no tenía intención de hablar de ellas.

—No te comprendo —dijo.

—¿Y qué crees que conseguirías si me com prendieras?

Isabella trató de controlar su irritación.

—Si estuviera embarazada y me viera obliga da a casarme, me gustaría saber algo sobre el padre de mi bebé.

Edward suspiró y encendió la luz del vestíbulo.

—Podemos hablar mientras comemos —dijo, y se encaminó hacia la cocina.

Isabella lo siguió y se sentó a la mesa mientras él sacaba unos huevos de la nevera y empezaba a preparar una tortilla con hierbas y queso.

Cuando fue a tomar el queso de una estante ría, Isabella se fijó en la marca que le había deja do la bofetada de su madre en el rostro.

¿Cómo podía hacer alguien algo así? ¿Cómo era posible que una madre tratara así a su propio hijo? Sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

—Tu madre te ha abofeteado —dijo, sin poder contenerse.

Edward alzó la cabeza y la miró. Su expresión era inescrutable.

—He sufrido cosas peores —contestó mientras seguía cocinando.

Cuando terminó, sirvió la tortilla en dos pla tos y entregó uno a Isabella.

—¿Sabe bien? —preguntó tras esperar a que la probara.

Ella asintió y tragó con esfuerzo. La tortilla estaba rica y tenía hambre, pues apenas habían comido, pero tenía el estómago encogido.

Edward fue el primero en terminar. Apartó un poco su plato y se quedó mirándolo. Isabella tuvo la sensación de que no estaba mirando nada. Estaba pensando y, por su expresión, sus pensa mientos no debían ser precisamente alegres.

—Estoy... preocupada por ti —dijo.

Él hizo una mueca y se pasó una mano por el pelo.

—No hace falta que te preocupes. No es nada.

Pero las acusaciones de su madre, el resenti miento, la rabia... ¿cómo podía decir que no era nada?

—Pero tu madre te ha pegado...

—Estaba frustrada —Edward sonrió, pero la expre sión de sus ojos era desolada—. La paciencia no ha sido nunca una de sus virtudes.

—¿Qué quería esta noche?

—No lo sé. En realidad nunca lo sé. Creo que ni ella misma lo sabe. A veces se pone así de frenética y de pronto quiere y necesita todo y no sabe cómo conseguirlo.

—¿Y entonces te pega?

—Pega a quien sea que tenga delante. Pero creo que yo soy su diana favorita. Soy fácil —Edward se levantó, recogió rápidamente los platos y los llevó al fregadero—. ¿Quieres un café?

Isabella sintió que Edward necesitaba hacer algo para mantenerse ocupado y asintió.

Unos minutos después, el café estaba listo y él volvió a sentarse.

—Voy a contarte una historia —dijo—, pero tie nes que prometerme que no me interrumpirás y que no dirás nada cuando termine.

Isabella arqueó una ceja.

—¿No puedo decir nada?

—No. Cuando acabe de contarte la historia, no quiero preguntas ni comentarios, nada que pueda avergonzarme ni que requiera tus mani festaciones de compasión.

—Eso no me parece muy justo.

—La vida no es justa.

—Ya lo sé, pero no se puede ofrecer contar algo a alguien y luego poner condiciones...

—Aunque no se pueda, eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Isabella tomó su taza de café y le dio un sorbo. No entendía a aquel hombre. No entendía qué lo motivaba, qué lo emocionaba, qué quería de la vida.

—De acuerdo —dijo—. Cuéntame tu historia y prometo no decir una palabra cuando hayas ter minado.

Edward permaneció largo rato callado, como si no encontrara las palabras adecuadas para em pezar. Finalmente, suspiró.

—Mis padres se separaron muy pronto. Por motivos en los que no voy a entrar, se decidió que yo estaría mejor con mi madre. Después de la separación, no vi a menudo a mi padre.

—Pero ahora tienes una buena relación con él...

Edward dedicó a Isabella una severa mirada.

Ella asintió rápidamente.

—Nada de preguntas ni comentarios. Lo siento.

—A mi madre no le gustaba estar sola —conti nuó Edward—. Pero mi madre no se comporta como las demás personas, de manera que no paramos de viajar por todo el mundo. Trataba de hacer nuevas amistades, o más bien nuevas alianzas, y a veces tenía éxito y otras no, pero su inesta bilidad lo estropeaba siempre todo. No era ca paz de estar sola un sábado por la noche, de no salir. La desesperaba perderse cualquier cosa —Edward sonrió sin humor—. Y las cosas empeora ban si tenía que estar conmigo. No creo que se diera cuenta de lo cruel que podía llegar a ser. Solíamos jugar a un juego. Ambos nos ponía mos nuestras mejores ropas y salíamos como si tuviéramos una cita. Íbamos a lugares de moda donde siempre había hombres ricos y atractivos y mamá me tomaba de la mano y me sonreía como si fuera su hombre. Su hombre favorito.

Edward apartó la mirada y permaneció un mo mento en silencio antes de continuar.

—Me encantaba esa parte de las noches. Me encantaba que me tomara de la mano y me be sara. Nadie me parecía más bella que mi madre cuando salía. Una vez en el restaurante, el club, o el sitio que fuera, mamá buscaba la mejor mesa, la más visible y con mejor visibilidad, ya que el propósito de todo el asunto era ver y ser visto. Durante un rato, era capaz de contenerse si todas estaban ocupadas, pero si nadie se iba empezaba a desesperarse —rió con aspereza—. Me tomaba de la mano e iba de mesa en mesa preguntando si podían cedérnosla...

—¿Cederos la mesa? —interrumpió Isabella sin poder contenerse—. ¿Pretendía que quien ocupa ba la mesa os la cediera?

La sarcástica sonrisa de Edward lo dijo todo.

—Siempre decía que era mi cumpleaños. Era su hijo de cinco años. De seis. De siete. Etcéte ra. Jugamos a ese juego durante años. A veces conseguía que le dejaran la mesa y otras no, pero ella nunca se rendía. Acababa encontrando un lugar y me dejaba fuera, en algún lugar don de pudiera tenerme controlado pero con aspecto de estar mucho más disponible que cuando me tenía a su lado.

Isabella empezaba a sentirse enferma. No po día imaginar a ninguna madre llevando a su hijo a un lugar para adultos y abandonándolo luego.

—Normalmente nos quedábamos hasta media noche, a no ser que alguien ofreciera a mamá llevarla a casa. Pero solían pasar muchas horas desde que mi madre encontraba la mesa hasta que encontraba un acompañante. A veces llega ba a olvidarse de que yo estaba esperando fue ra. Podía pasarme fuera horas. Alguien acababa apiadándose de mí casi siempre, normalmente una mujer o algún abuelo que me llevaban a su mesa. Entonces era cuando mi madre se acorda ba de mí, justo antes de que alguien fuera a avi sar al dueño del local, y sonreía alegremente, como si todo fuera maravilloso y estuviera enormemente agradecida por que alguien se hu biera molestado en hablar conmigo, sobre todo teniendo en cuenta que era mi cumpleaños.

Isabella sintió que su corazón no podía enco gerse más.

—Tuviste muchos cumpleaños —dijo.

—Docenas cada año.

En el silencio que siguió, Isabella se preguntó cómo era posible que una madre pudiera ser tan insensible, tan egoísta.

Sin duda, la princesa Elizabeth debía ser una mujer desesperada, se dijo, tratando de justifi carla de algún modo.

Su madre había sido muy distinta. Renunció a todo, a su profesión, a su identidad, a su cultura y a su país, para ofrecer a sus hijas la esta bilidad necesaria.

—Edward... —empezó, pero él la interrumpió con un seco movimiento de su cabeza.

—Déjame tu mano —dijo y tomó a Isabella por la muñeca para quitarle la pulsera, que a conti nuación tiró a una papelera cercana—. Eso ya no es necesario.

Isabella se frotó la muñeca. No había ninguna marca en ella, ningún indicio de que había esta do allí, pero ambos sabían que así había sido. Y ambos sabían lo que significaba aquel gesto.

Edward la estaba dejando ir.

El también sabía que todo había acabado.

—Lo siento —dijo con voz ronca—. Perdóna me.

Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas. Parpadeó y asintió.

—Lo comprendo.

—Mereces algo mejor. Mereces alguien que pueda amarte adecuadamente. Cariñosamente —Edward hizo una mueca—. Yo no soy de esa clase de hombres.

Isabella no sabía si su corazón podría encoger se más.

—Somos lo que somos —dijo, y apartó la mi rada para tratar de contener las lágrimas.

Edward no confiaba en ella y probablemente nunca sería capaz de hacerlo. Y lo cierto era que ella tampoco confiaba en él.

Sin embargo, y a pesar de saber que era libre para levantarse e irse, no se sentía capaz de ha cerlo. Al menos todavía.

—Vamos a tomar un poco el aire —dijo Edward—. Podemos ir a la playa.

A pesar de la hora, Isabella pensó que sería mejor dar un paseo que pasarse la noche dando vueltas en la cama.

Mientras salían de la cocina, Edward se preguntó por qué habría sentido el impulso de contarle todo aquello a Isabella. Nunca hablaba de su pa sado con nadie, y menos aún sobre la vida que llevó con su madre.

Había vuelto a perder el control, algo nada habitual en él hasta que había ido a Nueva Orle ans.

A pesar de la hora, soplaba una brisa cálida. Edward se encaminó directamente a la orilla y, ya descalzo, dejó que el agua de las olas cubriera sus pies.

De pronto estaba sintiendo demasiado. Pen sando demasiado.

Metió las manos en sus pantalones y miró a lo alto. Unas nubes cubrían parcialmente la luna. No podía ver mucho, pero sí sentir. Era in creíble. Uno podía pasarse quince o veinte años reprimiendo el dolor y de pronto, en unos días, todo lo acumulado le estallaba en la cara.

—Los niños son tan malditamente atentos y serviciales... —dijo, sin mirar a Isabella. Se pre guntó cómo había podido ir todo tan mal. Años atrás, tras escapar a un internado y luego a la universidad, juró que nunca volvería a ser vul nerable. Nunca permitiría que nadie se le acer cara demasiado. Y lo había logrado... hasta ha cía poco.

Se suponía que no tenía que enamorarse de Isabella. Había buscado un matrimonio concerta do precisamente por eso. Y, según el rey, Isabella era todo lo que él necesitaba: inteligente, estable y hogareña.

La miró de reojo. Inteligente, sí. Estable, bastante. Pero no precisamente hogareña.

Se estaba enamorando de ella de todos mo dos, y Charles no se había equivocado al decir que era una joya. A él le recordaba a un esplén dido rubí; lujoso, fiero, apasionado, lleno de luz. Veía el mundo diferente a través de sus ojos, veía cosas que nunca había visto y, de al gún modo, se encontraba necesitado, anhelante, enamorado...

Y no estaba preparado para unas emociones tan intensas, algo que lo asustaba y enfadaba a la vez.

De manera que había hecho lo que su madre solía hacer. Había tratado de encadenarla a él, había utilizado la culpabilidad, la intimidación, para someterla...

—De todas las princesas que hay en el merca do, ¿por qué me elegiste a mí? —preguntó Isabella de pronto.

Edward la miró y pensó que nunca había estado más bella que en aquellos momentos, a la luz de la luna.

Se sintió duro y cruel como nunca.

—Eras una perfecta adición para mi imperio —parecía absurdo pensar que la había querido por su título, por su linaje, por su país. Pero aquel era precisamente el motivo por el que ha bía querido hacerse con ella.

—Forks —se limitó a decir Isabella.

—Es un país increíble. Siempre me he sentido atraído de un modo especial por su gente y su paisaje.

—¿Y qué va a pasar con tu imperio ahora?

—Que va a quedar reducido.

—Lo siento.

—No lo sientas. Es mejor así.

¿Lo era?, se preguntó Isabella mientras se aga chaba a tocar el agua. Ella necesitaba un marido y Forks necesitaba una boda. En muchos aspec to, Edward podría haber sido el príncipe ideal para ella.

No sabía si alguna vez volvería a conocer a un hombre como él, que la hiciera sentirse viva e increíblemente bella en la cama. Pero no po día construir un futuro basado en el sexo, ni en la relación que tenían en aquellos momentos. Sólo faltaban dos semanas para la fecha concer tada para la boda, tiempo insuficiente para co nocerse como era debido.

Por muy romántico e inverosímil que fuera, ella quería un matrimonio como el de sus pa dres, en el que lo más importante siempre fue el amor que se profesaron y sus hijas. Su padre siempre amó a su madre tal cual era, sin tratar de hacerla cambiar.

Ella anhelaba aquella aceptación por parte del hombre con el que fuera a casarse.

—¿Conociste a mis padres? —preguntó al pen sar que no habría sido extraño que sus caminos se hubieran cruzado en algún momento.

—No —Edward dudó—. Pero asistí a su funeral.

—Yo no recuerdo el funeral —dijo Isabella.

—Sólo tenías cuatro años.

Isabella se encogió de hombros y por un mo mento deseo ser Rose o Alice. Al menos ellas tenían recuerdos de sus padres. Tenían algo a qué aferrarse. Ella sólo tenía unas cuantas fotos. Y las historias que le habían contado otros.

De pronto, todo el cansancio acumulado du rante aquel tenso día cayó sobre sus hombros como una losa.

—¿Qué te parece si regresamos a casa? —pre guntó.

De vuelta en el dormitorio, hubo un momen to de tenso silencio mientras se miraban, cons cientes de que había llegado el final y de que ya todo era cuestión de formalidades.

Edward pasó una mano tras la cintura de Isabella y la atrajo hacia sí.

—¿Volveremos a vernos? —preguntó ella, lu chando con uñas y dientes para no romper a llo rar.

Edward la tomó con ambas manos por el rostro.

—Tal vez —murmuró antes de besarla.

El beso fue distinto a todos los anteriores. Fue dulce, inocente, dolido...

Isabella lo rodeó por el cuello con los brazos y lo estrechó contra sí, esforzándose por acumu lar todos los recuerdos posibles de aquella últi ma noche.

Hicieron el amor despacio, pausadamente, sin la desesperación de otras veces.

A la mañana siguiente, Isabella no recordaba haberse quedado dormida. Estaba en brazos de Edward, con el rostro húmedo a causa de las lágri mas y los labios presionados contra su pecho mientras alcanzaba un segundo orgasmo y de pronto estaba despierta. Y sola.

Se irguió con el pecho oprimido. Algo había sucedido. Algo malo. Entonces se dio cuenta de qué se trataba. Las cosas de Edward habían desapa recido.

Se había ido mientras ella dormía.

No tardó en encontrar la nota que dejado para ella.

Mientras la leía una y otra vez, las lágrimas no dejaron de brotar de sus ojos.

El mundo es tuyo, bella.

Edward


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Besos: K. O'Shea ;)