Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 12

Nueva Orleans, Louisiana

—¿Te dejó una nota y eso fue todo? —repitió Angie, incrédula.

—Eso fue todo —Isabella se apoyó contra el res paldo de su silla en el balcón del apartamento que compartía con Angie.

Hacía un día que estaba de vuelta pero pla neaba quedarse indefinidamente, y si iba a ha cerlo, necesitaba librarse de aquella parte y dar todas las explicaciones de una vez antes de se guir adelante.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Angie.

Por un instante, Isabella tuvo dificultades para respirar.

—Fatal.

—Lo siento.

—Estas cosas pasan.

Angie miró a Isabella con expresión preocupa da.

—Creo que te quería.

—Sólo era deseo —corrigió Isabella, que tuvo que esforzarse por ocultar su amargura—. Uno no se enamora en diez días.

—Por lo que me has contado, fueron diez días bastante intensos.

—Todo con Edward era intenso. Además, él no tenía ni idea de lo que yo quería o necesitaba —Isabella respiró profundamente. No pensaba llo rar. No iba a desmoronarse. El cuerpo de Edward era magnífico, pero lo que ella había buscado había sido su corazón, su respeto, su fe en ella. Sin todo aquello, la increíble atracción física que había entre ellos no era nada—. Pensé que podría casarme basándome en el sentido del de ber, pero es obvio que no me conocía a mí mis ma. No sabía hasta qué punto me importaba que me amaran por mí misma, tener a alguien que me quisiera a mi... no mi título o mi país —se obligó a encogerse de hombros a la vez que in tentaba librarse de sus opresivos pensamien tos—. De manera que el compromiso y la boda se han cancelado y estoy lista para volver al tra bajo y seguir adelante con mi vida.

—¿Y tu abuelo está de acuerdo?

—El abuelo ha aceptado que pase uno o dos años más por mi cuenta.

—¿Y tus hermanas?

—Alice y Rose han sido mucho más com prensivas de lo que esperaba. Por lo visto, tu vieron que pasar por situaciones muy parecidas a la mía, pero yo no lo sabía. Nunca hablamos de ello —Isabella respiró profundamente y apartó el pelo de su rostro—. Hace calor. Había olvida do el bochorno que puede hacer en esta ciudad en verano.

—Es como un horno húmedo y, para variar, me temo que vamos a tener tormenta —dijo Angie a la vez que se abanicaba con una mano.

Cuando al cabo de un momento sonó un trueno, las dos amigas entraron rápidamente al apartamento.

.

.

Isabella no tuvo ninguna dificultad en recupe rar su trabajo de cantante en el Club Bleu.

La rutina era buena para ella en aquellos momentos. Cantar en público la mantenía ocu pada, centrada. Cuando estaba en el escenario, lo olvidaba todo, incluyendo su destrozado co razón.

El verano fue bochornoso, pero el otoño no tardó en llegar y el intenso calor comenzó a re mitir. Para cuando llegó el invierno, Isabella se sentía casi humana.

Tomó un trabajo extra como camarera por las mañanas. El dinero le venía bien y la sensa ción de ser capaz de valerse por sí misma resul taba reconfortante. Además, así estaba tan ocu pada, que apenas tenía tiempo para pensar.

Una tarde del siguiente verano, mientras es cuchaba en el almacén del club por segunda vez un recado que le había dejado su abuelo en el móvil, Chet, el dueño del Club Bleu, se asomó a la puerta.

—Empiezas en dos minutos, Bella.

Isabella asintió mientras seguía escuchando el mensaje. Echaba de menos a su abuelo, Forks. Durante aquella temporada había regresado en una sola ocasión para celebrar su veintitrés cumpleaños. Tal vez hubiera llegado el momen to de hacer otra visita.

Chet volvió a asomarse y señaló ostensible mente su reloj.

—Espabila, Bella. Tienes que salir ya.

Isabella colgó el teléfono y se levantó.

—No hay problema —contestó con calma. En la superficie, nada la alteraba. En la su perficie era la última sensación de los clubes de Nueva Orleans y era fácil aparentar calma. Nadie sabía quién era en realidad. Nadie sa bía por lo que había pasado su corazón—. Es toy lista.

En el escenario, las notas del bajo de Benny comenzaron a marcar un seductor ritmo. Mien tras tomaba el micrófono, Isabella notó que el club estaba abarrotado aquella noche. Estaba lleno porque habían ido a verla a ella, porque había llegado a convertirse en alguien en Nueva Orleans, no por su título o por el nombre de su familia, sino a base de duro trabajo.

Pero saborear el éxito no podía compararse con la intensidad que había experimentado al enamorarse.

«Olvídate de eso», se dijo mientras empeza ba a cantar.

De pronto tuvo que esforzarse por recordar la letra, por encontrar el sonido de su voz.

No entendía qué le pasaba. Algo no andaba bien aquella noche. Se sentía incómoda, emo cionada...

«Céntrate, y termina la canción, Bell», se dijo con firmeza. Nada había cambiado, nada era di ferente... pero algo en su interior le decía que todo era diferente.

Cerró los ojos, tomó el micro con ambas ma nos y se entregó de lleno a su voz.

Aquella noche lo dio todo. Aquella noche dejó que su voz destilara el dolor de su corazón, algo de lo que jamás hablaba durante el día.

Iluminada por los focos del club, admitió lo que nunca habría admitido ante ningún otro.

Aún echaba de menos a Edward. Aún soñaba con él cada noche. Había salido con otros hombres durante aquel año y había dejado que la besaran, pero ninguno de ellos había sido Edward.

«Al menos tienes tu música», se dijo. «Nadie puede quitarte eso»

Hora y media más tarde, cuando terminó la última canción, el público rompió a aplaudir en fervorecidamente. Isabella había estado tan concentrada, que tardó unos momentos en volver a la realidad.

—Bien hecho —dijo Benny el bajista al pasar junto a ella—. Esta noche te has dejado el alma cantando.

Isabella logró sonreír. Se sentía extrañamente sensible, a punto de llorar.

—Gracias, Benny. Nos vemos el sábado.

Se agachó para guardar la guitarra en su fun da y aprovechó la circunstancia para frotar una díscola lágrima de su mejilla.

Después, con la funda al hombro, salió del escenario.

—¿Bella?

La profunda voz hizo que Isabella se quedara petrificada en el sitio.

Llevaba un año sin oír aquella voz, pero en realidad no había dejado de escucharla en sus sueños cada noche.

Cuando se volvió hacia Edward, olvidó por un momento el tiempo, la historia, el dolor. Había pasado tanto tiempo... lo había echado tanto de menos. Lo miró como queriendo bebérselo, como queriendo abarcarlo de una sola vez. Y la oscura mirada de Edward le permitió saber lo que quería... y la quería a ella. En cuerpo y alma.

—Edward... —murmuró, temiendo que las rodillas fueran a fallarle en cualquier momento.

—Has estado maravillosa —dijo él, y ella sin tió que su voz le envolvía el corazón.

—Gracias —contestó, incapaz de añadir nada más.

—¿Cómo estás?

—Bien —Isabella tragó con esfuerzo—. ¿Y tú?

—También bien —Edward sonrió irónicamente—. Estás siendo muy cortés.

—Somos amigos, ¿no? No enemigos.

Edward captó un matiz de amargura en el tono de Isabella.

—Amigos —repitió con suavidad, pero su mi rada se endureció—. ¿Puedo invitarte a cenar?

—No puedo. Mañana tengo que madrugar.

—Comprendo.

Isabella sintió que su corazón se encogía.

—Trabajo de camarera en Brennan's los do mingos por la mañana. ¿Recuerdas el Brennan's? —al ver que Edward asintió, ella añadió—: Los desa yunos en el Brennan's son famosos y durante las mañanas suele haber mucho trabajo.

—Tendré que ir alguna vez.

Isabella sintió que los ojos le ardían.

—Debería irme.

—No pensarás ir andando a casa, ¿no?

—Sólo está a unos bloques de aquí.

Isabella notó que Edward se esforzaba por no criti carla.

—Te acompaño. Dame la guitarra.

—Edward... —Isabella se interrumpió al ver su ex presión—. De acuerdo.

Caminaron en silencio. El verano había re gresado y el calor era sofocante. Probablemente no tardaría en llover.

Al llegar al apartamento de Isabella, Edward subió las escaleras con ella.

—¿Quieres pasar? —preguntó Isabella con evidente falta de naturalidad cuando abrió la puer ta.

—Puede que en otra ocasión —dijo Edward mien tras se volvía—. Buenas noches.

Isabella entró en el apartamento y cerró la puerta.

Edward se había ido. Sabía que debería sentirse aliviada por ello, pero se sentía mal.

No debería haber permitido que se fuera.

Debería haberle pedido que se quedara.

Debería...

Pero era mejor así.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué era mejor así? ¿Qué era lo mejor?

Trató de calmarse, pero se sentía perdida.

Edward estaba allí. Estaba allí. Y ella lo había dejado ir.

Un intenso dolor atenazó su corazón. «Pero no pasa nada», se dijo valientemente. «Así es la vida. Así es el amor. Así van a ser las cosas para ti».

Pero en el fondo no quería que fuese cierto, porque cuando había visto a Edward aquella noche, sólo había sentido esperanza y...

Necesidad.

Una inesperada llamada a la puerta hizo que su corazón diera un vuelco. ¡Edward había vuelto! Sintió un intenso alivio mientras corría a abrir. Pero no fue a Edward a quien encontró tras la puer ta, sino a Angie.

—Menos mal que estabas en casa —dijo Angie con evidente alivio—. He perdido mi llave y te mía tener que quedarme fuera.

.

.

A la mañana siguiente, Isabella prácticamente tuvo que arrastrarse fuera de la cama. Tras du charse y vestirse fue a la cocina.

—Hola —Angie, que también estaba recién le vantada y tenía el pelo completamente revuelto, la miró con expresión preocupada—. ¿Te en cuentras bien? No te veo con esa cara desde... desde el pasado junio.

Isabella se ocupó de preparar el café para no tener que mirar a su amiga a los ojos.

—No he dormido bien.

—¿Sucedió algo anoche?

—No. ¿Por qué?

—Simplemente me lo preguntaba.

Isabella tomó su café rápidamente y salió del apartamento. Mientras caminaba hacia el Bren nan's se preguntó por qué no le había hablado a Angie de la repentina visita de Edward. Tal vez se debía a que ella no había llegado a asimilarla todavía. No tenía sentido que estuviera allí y hubiera ido a verla, a menos...

A menos...

Pero Isabella no quería entrar en aquello y, una vez en el restaurante, se dejó llevar por la inten sa actividad que la aguardaba aquella mañana.

Para cuando terminó su turno a las dos esta ba agotada. Había pensado en Edward, pero no excesivamente y, tras cambiarse y despedirse de sus compañeros, salió del Brennan's por la puerta trasera.

Hasta que no llegó al final del callejón no se fijó en la presencia de Edward ante el restaurante.

Casi esperaba verlo... pero no esperaba el fiero sobresalto de reconocimiento que experi mentó.

Edward avanzó rápidamente hacia ella.

—Esta noche no trabajas en el Club Bleu —dijo sin preámbulos.

Isabella se tensó. No podía hacer aquello. No podía entregarse a él así como así. Había sido fácil perdonarlo, pero había sido duro olvidarlo y, por el modo en que estaba reaccionando su cuerpo, era obvio que no había tenido ningún éxito en su afán por distanciarse de él.

—Sé que ahora estás libre —añadió Edward—. No volverás a trabajar hasta mañana y Angie me ha dicho que estaba segura de que no tenías planes para la tarde.

—¿Cuándo has visto a Angie? —preguntó Isabella, aturdida.

—Ayer, cuando llegué.

—No me ha dicho nada.

—Le pedí que no lo hiciera.

—Se supone que es mi amiga.

—Y lo es.

Sus miradas se encontraron en una batalla de voluntades. Las cosas no habían cambiado, pen só Isabella, que tuvo que morderse la lengua para no decir algo desagradable. Edward seguía tratando de controlarla.

—En ese caso, debería haberme dicho que es tabas aquí.

—Isabella...

—¿Qué? —espetó ella.

—Da igual. No quiero forzar la situación, be lla.

Isabella se sentía incapaz de mirar a Edward. Pero estaba tan cerca, que se hubiera derretido si la hubiera tocado. Respiró profundamente y trató de ser objetiva.

—No sé cómo hacer esto. Me he esforzado tanto por olvidarte que... —ella movió la cabeza, impotente—. Verte de nuevo supone una auténti ca agonía. No esperaba que fuera a suceder.

—Sabías que te amaba.

—Pero te fuiste.

—Ambos sabemos por qué.

Un trueno resonó en el cielo, indicando que se avecinaba tormenta. Edward miró a lo alto y lue go señaló un café que había en la esquina.

—¿Quieres que vayamos a tomar algo ahí?

Isabella conocía el café y nunca le había gusta do demasiado. Servían mal la cerveza y las pa lomitas que ponían de aperitivo estaban rancias.

—No especialmente.

—Va a llover.

Isabella miró a su alrededor. La calle estaba prácticamente vacía porque todo el mundo sa bía que iba a llover.

—Podemos ir a mi apartamento.

Acababa de hablar cuando empezaron a caer las primeras gotas.

Edward la tomó del brazo y la condujo directa mente al bar. Unos segundos después, el cielo pareció desplomarse sobre Nueva Orleans.

—Más vale que pidamos algo de beber —dijo Edward—. Me temo que esto va a durar un rato.

Isabella lo miró con el ceño fruncido.

—En el fondo, te alegras de que hayamos te nido que entrar aquí.

—Trata de pensar en ello como en una oferta de paz.

Isabella apretó los puños a los lados.

—¿Y por qué será que yo no me siento nada pacífica?

Edward rió con suavidad.

—Eso es algo que sólo tú puedes contestar. Y ahora, será mejor que nos sentemos y pidamos algo de beber.

Isabella suspiró.

—Supongo que tendremos que matar el rato de algún modo.


SOLO DOS MÁS Y TERMINAMOS

Niñas, les aviso de una vez, cuando las historias sean terminadas de publicar, no será necesario que las descarguen de flagfic o de otros sitios. Pondré las historias a su disposición, con portada y toda la cosa. La pregunta del millón: ¿Dónde?
Bueno, pues para acceder a ellas solo deben pasar a mi facebook ;)
En mi perfil está el link de acceso ;) www . facebook karen . oshea . 568?fref=ts

Besos: K. O'Shea ;)