Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 13

LO tenías planeado —dijo Isabella, que se cruzó de brazos para tratar de distanciarse anímicamente de Edward. Le había costado tanto olvidarlo, que no podía soportar estar sen tada tan cerca de él.

La mirada de Edward brilló cuando sonrió.

—Es cierto. Lo de la tormenta lo organicé cuando hice la reserva en mi hotel.

Isabella apartó la mirada. Edward la estaba obser vando de cerca, posesivamente, y cada vez se sentía más afectada.

—No podemos seguir aquí.

—¿Por qué no?

—Porque es un bar desagradable.

—Yo me siento cómodo.

—Pues yo no. Y no me fío de ti.

—Nunca te has fiado de mí.

Isabella recordaba su deseo, pero no el efecto que Edward había tenido sobre ella y, por algún motivo, en medio de aquella taberna que olía a cerveza y a palomitas rancias, se sentía increí blemente amenazada.

Edward representaba todo lo que quería en la vida, pero también todo lo que temía.

Edward había transformado su mundo. Si permi tía que volviera a acercarse a ella, volvería a ha cerla suya. Si dejaba que la tocara, dudaba que las defensas que había erigido en torno a su co razón fueran a resistir.

—¿Te ha enviado mi abuelo? —preguntó con amargura.

—No.

—¿Sabe que estás aquí?

Edward alzó una ceja.

—No. ¿Necesitaba su permiso para visitarte?

Isabella sintió que su pecho se encogía.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Tú qué crees?

—No puedes tenerme.

—Claro que puedo. Estoy hecho para ti.

—No.

—Y tú estás hecha para mí.

—Tonterías.

El ronco sonido de la risa de Edward hizo que el cuerpo de Isabella vibrara de arriba abajo.

—Te concedí tiempo, bella. En realidad nunca te dejé marchar.

Isabella lo miró con expresión incrédula.

—Ha pasado un año, Edward. Un año. Ya no hay relación, ni compromiso, ni boda...

—Todavía.

—Ni todavía ni nunca.

—Aún me quieres tanto como yo te quiero a ti.

Isabella apartó la mirada, furiosa. ¿Cómo po día hacerle aquello Edward? ¿Cómo podía hacer afirmaciones tan arrogantes?

—No tienes ni idea de lo que quiero.

—¿No? —preguntó Edward burlonamente.

—No —repitió Isabella con firmeza.

No iba a permitir que la apabullara de nuevo. En esta ocasión se sentía muy despierta. Si Edward la quería de verdad, iba a tener que conquistarla a través del corazón, no de los sentidos.

—Deja que te cuente una historia.

Isabella estuvo a punto de reír.

—No me interesa.

—Es una historia interesante.

—Lo dudo.

Edward entrecerró los ojos.

—Te estás delatando, bambina. Estás revelan do demasiado. Si quieres mostrarte indiferente debes mostrar menos emoción.

Isabella se ruborizó y apretó los labios.

—Ya que pareces empeñado en ello, cuénta me tu historia —dijo, tratando de mostrarse des preocupada.

—Tienes que prometer que no dirás nada y que no me interrumpirás.

Otra vez no. Isabella tuvo que esforzarse por mantener la calma.

—De acuerdo.

Edward asintió con expresión de triunfo.

—Érase una vez una niña llamada Bella Renée Dwyer, mejor conocida como Star. Star procedía de una familia muy pobre de las afueras de Baton Rouge...

—Ya he oído esa historia.

—Pero tenía una gran voz y soñaba a lo grande —continuó Edward sin hacerle caso—. Nadie trabajaba más duro que ella y acabó convirtiéndose en una de las cantantes de pop más famosas de los Esta dos Unidos. Pero cuando estaba en la cumbre de su carrera se enamoró de un atractivo príncipe, se trasladó a Europa y renunció a su carrera.

Isabella sintió que su estomago se encogía.

—Ésa no es precisamente mi historia favorita.

—Mejora.

—No creo.

—Yo sí. Ya que conoces la historia, supongo que sabrás que Star tuvo dos hijas, dos princesi tas llamadas Alice y Rosalie, a las que ella y su marido adoraban. Pero Star no se sentía completa...

—Porque echaba de menos su música.

Edward sonrió.

—No. Porque quería un bebé más, quería que hubiera otro Swan en el mundo. Y se pasó los seis años siguientes tratando de tenerlo. Se quedó embarazada otras tres veces, pero abortó espontáneamente en las tres ocasiones y el mé dico le dijo que no podía arriesgarse a pasar por un nuevo embarazo.

Edward vio el dolor que reflejó la mirada de Isabella, el dolor de todos los años que se había sen tido sola.

Cuando alzó una mano para acariciarle la mejilla, ella no apartó el rostro.

—Pero Star no podía aceptar no tener un ter cer hijo. Lo quería con todas sus fuerzas, aun que no podía explicar a Charlie ni a nadie por qué. Para distraerla, su marido trató de que vol viera a centrarse en la música, pero ella no que ría saber nada. Quería tener un bebé. Sabía que había un bebé más para ella en el mundo.

Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas y su labio inferior tembló.

—Y haciendo caso omiso de las órdenes del médico, volvió a quedarse embarazada. Fue un embarazo difícil, pero luchó por su bebé, minu to a minuto, día a día, mes a mes. Nueve meses después dio a luz a una preciosa niña a la que llamaron Isabella. Finalmente, Star logró sentirse completa.

A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, Isabella sintió que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Se frotó rápidamente éstas, pero fue inútil.

—No es de extrañar que sientas tal necesidad de ser tú misma —dijo Edward con delicadeza—. Tie nes el corazón de tu madre y todos sus sueños y deseos en tu interior.

Isabella se cubrió la boca con la mano, cons ciente de que iba a desmoronarse en cualquier momento, consciente de que había pasado de masiado tiempo tratando de ser fuerte e inde pendiente, tratando de estar bien consigo misma. Había sido muy duro y echaba de menos su hogar, a sus padres, a su familia...

Echaba de menos amar y ser amada.

Echaba de menos a Edward más de lo que podía expresar con palabras.

De pronto, Edward la tomó entre sus brazos y la estrechó contra sí.

—Mereces algo mejor —dijo, reteniéndola contra su pecho—. Merecías algo mejor de lo que te ofrecí.

Isabella fue incapaz de pronunci ar palabra. Las intensas emociones que la embargaban amena zaban con sobrepasarla. Pero Edward estaba allí, abrazándola, y pudo sentir la fuerza con que la tía el corazón en su pecho.

Enterró el rostro en su cuello. No quería pen sar. Sólo quería sentir su calidez, aspirar su aro ma, sentirlo a su lado. Nadie la había abrazado nunca como él lo hacía. Nadie la había hecho sentirse nunca tan viva.

Apoyó una mano contra su pecho.

—Te he echado de menos.

—Ha sido un infierno permanecer alejado de ti.

—¿Y por qué lo has hecho?

Edward se encogió de hombros.

—Tenía unas cuantas cosas que resolver.

—¿Qué cosas?

—Tenía que asumir mi pasado, aceptar que estaba furioso con mi madre y que debía en frentarme a esa furia si no quería que arruinara mi futuro. Ya había empezado a destruir la rela ción que quería contigo.

Isabella estaba tan concentrada en las palabras de Edward, que apenas podía respirar.

—Me avergüenza haberte puesto esa pulsera. Me avergüenza haberte hecho daño, haberte controlado como lo hice. Me desesperaba la idea de perderte y a la vez me asustaba amarte tanto.

Amarte tanto...

Amarte...

Isabella cerró los ojos.

—¿Tú me amas?

Edward tomó su rostro entre ambas manos para que lo mirara.

—Más de lo que jamás creí que pudiera amar a nadie. Más de lo que quería amar a nadie. He aprendido mucho este año. Me he esforzado mucho para hacer las paces con mi madre y la he perdonado por lo que hizo, por lo que no pudo darme. Ahora me siento preparado para tener un futuro contigo, para llevar la vida que quiero llevar contigo.

—¿Todo esto es por... Forks? —preguntó Isabella, sin ocultar su temor.

Edward rió.

—Soy un hombre asquerosamente rico, Isabella. Tengo más castillos, casas y posesiones de las que puedo contar. No necesito Forks. No necesito otra isla. Tengo una en las costas de Si cilia. Pero te necesito a ti. Te amo. No quiero volver a acostarme sin poder darte un beso de buenas noches. No quiero despertar por la ma ñana sin tenerte a mi lado. No quiero vivir mi vida solo.

—Estoy segura de que hay un montón de mu jeres locas por ti —dijo Isabella, que no lograba dejar de llorar.

—Pero yo quiero a la mujer que me volvió loco —dijo él a la vez que la tomaba por la bar billa para frotarle las lágrimas delicadamente—. Quiero a la mujer que me hizo madurar, que me hizo enfrentarme a mí mismo, a mis temores. Me has cambiado. Me has hecho más fuerte, más amable, más generoso. Pienso luchar por nosotros, Isabella. Y seguiré luchando. Dime que tú también lo harás, cariño mío.

Isabella lo miró a los ojos y vio en ellos a un hombre sin reservas, un hombre con un rostro encantador, sin dureza, sin amargura. La furia había desaparecido.

—Me gustaría luchar por nosotros —dijo al cabo de un momento—. Me gustaría creer en no sotros...

—¿Pero?

—Eres mayor que yo.

Edward se esforzó por no reír.

—Tengo doce años más que tú.

—Y, como tú mismo has dicho, eres asquero samente rico.

—Eso es cierto. Pero aunque la mayoría de las mujeres disfrutan con determinado estilo de vida que incluye coches lujosos, viajes y joyas, tengo la sensación de que tú no eres como ellas.

Isabella asintió.

—Encuentro ofensiva la mera idea de que un hombre tenga que ofrecer un determinado estilo de vida a una mujer. No quiero que me ofrezcan un estilo de vida. Quiero una relación verdade ra.

—Confía en mí —dijo Edward tras un momento de tenso silencio—. Tendrás esa relación. Pero pue de que el verdadero problema resida en que no te sientes lo suficientemente atraída por mí.

—¿Qué?

—Es posible que sientas que ya se ha acabado la chispa entre nosotros. Dime que ya no te sientes atraída por mí y prometo dejarte en paz —dijo Edward, a pesar de que en sus verdes ojos brillaba claramente la llama del deseo.

Una llama ardiente. Primaria. Sexual.

Isabella sintió que su corazón estaba a punto de estallar.

—No me siento atraída.

Edward sonrió.

—De acuerdo —dijo, y a continuación se dedi có a probar lo equivocada que estaba.

Besó a Isabella hasta que logró que dejara de pensar, de respirar, de ver, hasta que estuvo se guro de haber arrancado con sus labios y su aliento todo el dolor que guardaba en su cora zón.

Cuando alzó la cabeza, volvió a sonreír.

—Te entiendo mucho mejor de lo que crees, bella.

Ella apoyó las manos contra su pecho para empujarlo.

—¿Tú que sabes?

—Sé que siempre has querido ser como todo el mundo. Que por una vez quieres ser como to dos los demás.

Aquellas palabras resultaron muy familiares para Isabella. Eran un calco de sus pensamientos.

—Quieres llevar vaqueros, botas, zapatillas deportivas. Abrigos de cuero con flecos...

Isabella reconoció en las palabras de Edward la le tra de una canción que había escrito a comien zos de aquel año.

—Has estado escuchando mis canciones —dijo, con el ceño fruncido, pero arruinó el efecto de inmediato rompiendo a reír—. No es peraba que nadie fuera a escuchar la letra tan atentamente.

—Pensé que ya era hora de prestar atención a lo que me estabas diciendo, aunque sabía que, si quería una oportunidad, necesitaba conocerte, conocer a la verdadera Isabella.

—Quieres conocerme —repitió ella.

—Sí, a la verdadera Isabella, a la Isabella de la que me enamoré hace un año.

—La Isabella de hace un año no te gustó.

Edward rió y la besó.

—Me encantó... aunque vistiera como una vampiresa.

La lluvia había cesado y un rayo de sol entró por el ventanal del bar.

—¿Y qué tiene de malo una vampiresa?

—Nada... mientras sea mía.

De pronto, Edward frunció el ceño y entrecerró los ojos.

—Porque eres mía, ¿no?

Isabella lo rodeó con los brazos por el cuello y acercó los labios a su oído.

—Por supuesto. He sido tuya desde el primer momento que me miraste —cuando apartó el rostro vio un brillo especial en los preciosos ojos de Edward—. Te quiero.

—Lo sé.


Niñas, les aviso de una vez, cuando las historias sean terminadas de publicar, no será necesario que las descarguen de flagfic o de otros sitios. Pondré las historias a su disposición, con portada y toda la cosa. La pregunta del millón: ¿Dónde?

Bueno, pues para acceder a ellas solo deben pasar a mi facebook ;)
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Besos: K. O'Shea ;)