Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia pertenece a Simone Elkeles, yo solo la adapto.
Edward.
Por la noche, me presento en el despacho de la casa del profesor. Espero su ira. Honestamente, quiero su ira. Si él o el juez del tribunal de jóvenes pensaban que traerme aquí me iba a reformar o cambiarme, se equivocan de nuevo. Es puro instinto lo que me hace rebelde cada vez que alguien trata de controlar mi vida y ponerme reglas.
El profesor Swan flexiona sus brazos y se inclina hacia delante en su silla, que está frente al pequeño sofá en el que me encuentro sentado.
– ¿Qué quieres, Edward?–, me pregunta.
¿Eh? Me siento atrapado y con la guardia baja. No me esperaba que dijera eso. Quiero regresar a México y seguir viviendo mi vida en mis términos. O volver a Chicago, donde están mis amigos y primos con los que crecí... Yo desde luego no puedo decirle que me gustaría que mi padre regresara.
Swan suspira cuando no contesto.
–Sé que eres un chico duro–, dice. –Emmett me dijo que te metiste en algunas cosas pesadas en México.
– ¿Y?
–Así que sólo quiero que sepas que se puede crear una nueva vida aquí, Edward. Creo que empezamos con el pie izquierdo, pero se puede hacer borrón y cuenta nueva y empezar de nuevo. Emmett y tu madre quieren lo mejor para ti.
–Escucha, poli. Emmett no me conoce.
–Tu hermano te conoce mejor de lo que crees. Y es más parecido a ti de lo que tú quieres creer.
–Sólo me acaba de conocer. Usted tampoco, me conoce. Y para ser honesto, no le tengo mucha confianza a alguien como usted. Que le abre su casa a un hombre que fue arrestado por drogas. ¿Cómo es que no tiene miedo de tenerte allí?
–No eres el primer chico que he ayudado, y no serás el último–, me asegura. –Además, probablemente deberías saber que antes de recibir mi doctorado en psicología estaba en el ejército. Vi más muerte, armas y malos tratos de lo que nunca verás en tu vida. Podría tener el pelo gris en mi cabeza, pero soy tan duro como tú cuando tengo que serlo. Creo que podemos trabajar juntos. Ahora, volvamos a por lo que te he llamado aquí. ¿Qué es lo que quieres?
Era mejor que decir algo para sacármelo de mi espalda.
–Quiero volver a Chicago.
Swan se inclino hacia atrás. –Está bien.
– ¿Qué quiere decir con 'bien'?
Pone sus manos en alto.
–Quiero decir "bien". Sigue mis reglas de la casa hasta las vacaciones de invierno, y te llevare a Chicago para una visita. Te lo prometo.
–No creo en las promesas.
–Bueno, yo sí. Y no las rompo. Nunca. Ahora, creo que ha sido suficiente conversación seria por esta noche. Relájate y siéntete como en casa. Podrás ver la televisión si así lo deseas.
En lugar de eso, me dirijo directamente a los lunares del infierno. Cuando paso por la habitación de Seth, el niño está sentado en el suelo, en pijama con pelotas pequeñas, guantes, bates regados por todos lados. El niño está jugando con unos soldados de plástico. Es toda inocencia y felicidad. Es fácil para él, no ha sido expuesto al mundo real.
El mundo real es una mierda.
Tan pronto como me ve, sonríe a todo lo ancho.
–Oye, Edward, ¿quieres jugara los soldados?
–Esta noche no.
– ¿Mañana por la noche?–, Pregunta, la esperanza llena su voz.
–No lo sé.
– ¿Qué significa eso?
–Significa que mañana me preguntes y tal vez pueda tener una respuesta diferente. –Pensándolo bien, – ¿Por qué no le pides a tu hermana que juegue contigo?
–Acaba de irse. Ahora es tú turno.
¿Me toca a mí? Este chico tiene delirios graves si piensa que realmente quieren un cambio.
–Te diré qué. Después de la escuela mañana voy a jugar al fútbol contigo. Si puedes patear un gol a través de mí, voy a jugar a los soldados contigo.
El niño parece confundido.
–Pensé que no jugabas al fútbol.
–Te mentí.
–Se supone que no puedes mentir.
–Sí, bueno, cuando eres un adolescente lo harás todo el tiempo.
Él niega con la cabeza.
–No lo creo.
Me río.
–Llámame cuando tengas dieciséis años. Te garantizo que vas a tener una opinión diferente, –le respondo, dirigiéndome a mi habitación. Bella está en el pasillo. Su cola de caballo está suelta, y la mayoría de su pelo ha logrado escapar. Nunca he conocido a ninguna chica que se preocupe menos por su apariencia.
– ¿Dónde vas tan bien vestida?– bromeo.
Se aclara la garganta, como si estuviera estancada.
–Jogging*–, dice.
– ¿Para qué?
–Ejercicio. Tú… ¿quieres venir?
–Qué va. –Siempre he tenido la teoría de que las personas que hacen ejercicio tienen fiambres de cuello blanco, porque la mayor parte de su día se la pasan sentados sobre el culo.
Comienza a alejarse, pero la vuelvo la llamada.
–Bella, espera. –Ella se da la vuelta. –Dile a Embry que permanezca fuera de mi camino. Y sobre tu horario de ducha reprográmalo...
Voy a hacerle saber cómo es saber quién manda aquí. Su padre podrá tratar de dictar reglas que no tengo intención de seguir, pero nadie, especialmente un gringo, me va a dictar sobre cuando puedo tomar una ducha. Cruzo los brazos sobre el pecho y le digo hacia arriba, –yo no sigo las listas.
–Bueno, yo lo ha-hago, porque me he acostumbrado a ello–, dice ella, y luego se aleja de mí y se encamina directamente hacia las escaleras.
Me quedo en mi cuarto hasta la mañana, cuando escucho la voz de fuelle del profesor a través de la puerta.
–Edward, si no estás arriba, es mejor que tengas un pase. Nos vamos en una hora y media.
Cuando escucho los pasos de su retirada, me arrastro fuera de la cama y meto la cabeza en el baño.
Abro la puerta y encuentro Seth cepillándose los dientes. Está poniendo pasta de dientes en todo el lavado y la boca, parece que tiene rabia.
–Apúrate, cachorro. Tengo que tomar una fuga.
–No sé lo que significa cha-cha-cho-ro-ro.
El niño no habla bien el español, eso es seguro.
–Muy bien – le respondo. –No se supone que lo sepas.
Seth termina, mientras me apoyo contra la puerta. Oigo la puerta de Bella abrirse.
Ella sale de su habitación, pulcramente vestida. Bueno, esto exactamente no se puede llamarse vestirse.
Lleva el pelo recogido en una cola de caballo, es su firma, una camiseta amarilla con la palabra Adventureland en él, holgados pantalones marrones, y botas de montaña.
Dirige una mirada hacia mí y sus ojos se agrandan a todo lo ancho y su cara se pone toda roja. Cambia la mirada hacia otro lado.
– ¡Ja, ja, ja!– Seth se ríe, señalando hacia mis calzoncillos bóxer.
Miro hacia abajo para asegurarme de que no tengo mi propia proyección privada alegre.
– ¡Bella vio tu ropa interior! ¡Bella vio tu ropa interior! –, Canta.
Ella camina hacia abajo y está fuera de la vista en cuestión de segundos.
Estrecho mi mirada hacia Seth.
– ¿Alguien alguna vez te ha dicho que eres un mierdecilla muy molesto?
– ¿A veces?
La mano de Seth espanta una mosca cerca de su boca y se chupa una respiración.
–Has dicho una mala palabra.
Pongo los ojos en blanco. Este chico definitivamente va a tener que empezar a entender un poco el español que se habla en torno a él, para que pueda tener una idea de lo que estoy diciendo. O atraparlo en su propio juego.
–No, no lo hice. He dicho que te ocuparas un poco en no ser tan 'molesto'.
–No, no lo hizo. Has dicho una mierda.
Mi mano vuela a mi boca y me tapo un grito ahogado. Lo señalo a él y comienzo a mover los dedos como un chiquillo de dos años de edad, y le digo: –Tú eres el que acaba de decir una mala palabra.
–Tú la has dicho en primer lugar, Edward–, argumenta. –Sólo estaba repitiendo lo que ha dicho.
–Dijo, escupir. O, algo que rima con ella. Lo escuche. –Abro mi boca para protestar. No estoy realmente seguro que hacer, pero el pequeño diablo sabe poco de eso.
–No lo digas. Por favor.
–Muy bien. Te voy a dar un pase libre. Esta vez.
–Véase, ahora somos socios en el crimen.
Él frunce el entrecejo poco.
–No sé lo que eso significa.
–Significa que no chismees sobre los demás.
– ¿Pero si haces algo mal?
–Entonces, mantendrás la boca cerrada.
– ¿Y si hago algo mal?
–Entonces no se lo digo a nadie.
Él parece tener en cuenta esto por un minuto.
– ¿Así que si me ves comer todas las galletas en la despensa?
–No voy a decir una palabra.
– ¿Y si no me cepillo los dientes?
Me encojo de hombros.
–Puedes ir a la escuela con el aliento podrido y cavidades sucias por mí.
Seth sonríe ampliamente y me tiende la mano.
–Tenemos un acuerdo aquí, tienes mi palabra.
¿Su palabra? Pienso observando a Seth que sale trotando hacia su habitación, me pregunto si tan sólo el chico no es más listo o si él me engañó.
Bueno pues aqui teneis el siguiente capitulo. Espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos aquellos y aquellas que han comentado, que me han agregado a su lista de alertas y favoritos.
Nos vemos en el proximo capitulo.
Un beso desde Andalucia, España.
