Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia pertenece a Simone Elkeles, yo solo la adapto.


Bella

Después de la escuela Embry y yo decidimos hacer footing antes de la Última de Frisbee de Embry. Hemos hablado la primera media milla, pero hemos estado en silencio desde entonces. Nuestros pies golpeando el pavimento es el único sonido. El calor del día se ha ido, pero el frío persiste en el aire.

Me gusta correr con Embry. Es un deporte solitario, pero ir con alguien lo hace mucho más divertido.

– ¿Cómo es el mexicano?– Embry pregunta, su voz resuena en la ladera de la montaña.

–No lo llames así–, le digo. –Es racista.

–Bella, ¿cómo va a ser racista llamarlo mexicano? Es mexicano.

–Es la forma de cómo lo has dicho, no lo que has dicho.

–Ahora suenas como tu padre, todo sensible y PC1.

– ¿Qué tiene de malo ser sensible?– Le pregunto. – ¿Qué pasa si Edward te llama el chico gay?

–No lo acusaría de ser racista, eso es seguro–, dice Embry.

–Responde a la pregunta.

Embry se ríe. –Así que realmente me ha llamado el chico gay?

–No. Él piensa que somos pareja.

–Apuesto a que ni siquiera conoce ningún homo. Ese tipo tiene un escudo de testosterona a una milla de alto.

Cuando llegamos a la entrada de la pista de footing de Canyon Park, me detengo. –Nunca has contestado a la pregunta–, le digo, sin aliento. Estoy acostumbrada a las carreras, pero hoy mi corazón se acelera más rápido de lo normal y estoy ansiosa de repente sin ninguna razón.

Embry tiene las manos en alto. –No me importa si me ha llamado gay, porque soy gay. Él es mexicano, así que, ¿cuál es el problema si lo llamo mexicano?

–Ninguno. Llamarlo el mexicano es molesto.

Embry estrecha sus ojos en mí. Su cara se arruga, como si estuviera tratando de averiguar cuáles son mis motivaciones. –Oh, Dios mío.

– ¿Qué?

–Te gusta el mexicano. Debería haberlo sabido todo el tiempo. Es por eso que has comenzado a tartamudear de nuevo... ¡todo es culpa de él!

Pongo los ojos y la sonrisa burlona. –No me gusta. –Empiezo a correr por el camino, haciendo caso omiso de la teoría de Embry.

–No puedo creer que te guste, –Embry canta, mientras me da en el lado con el dedo índice.

Corro más rápido.

–Reduce la velocidad. –Oigo a Embry jadeando detrás de mí. –Está bien, está bien. No lo voy a llamar el mexicano. O decir que te gusta.

Disminuyo la velocidad y espero que me coja. –El piensa que estamos juntos, y eso está bien conmigo. No dejes que sepa algo diferente, ¿de acuerdo?

–Si eso es lo que quieres...

–Lo hago.

En la parte superior de la montaña, nos detenemos para admirar la ciudad de Forks, y luego corremos de regreso a casa.

Emmett y Edward están de pie al lado de mi coche en el camino.

Edward nos mira y echa su cabeza hacia atrás. –Estáis usando trajes a juego. Me voy a poner enfermo. –Apunta hacia nosotros. –Ya lo ves, Emmett. Junto con todo lo demás, tengo que lidiar con esto: la pareja de blancos.

–No vamos a juego –dice Embry a la defensiva. Se encoge de hombros cuando comprueba mi camiseta y se da cuenta de la verdad. –Bueno, sí.

No me había dado cuenta. Obviamente, Embry no se había dado cuenta, tampoco. Los dos estamos usando camisetas negras con grandes letras blancas que dicen ¡NO SEAS UN WIENER, ESCALA UNA 14'ER! La compramos después de subir a la cima del monte de Princeton el año pasado. Antes de Princeton, nunca había subido una de las "Fourteeners", el apodo de las montañas de Colorado que la parte superior está a catorce mil pies.

Edward me está mirando.

– ¿Qué haces con mi coche?– Le pregunto, cambiando de tema.

Mira a Emmett.

–Ya nos íbamos–, dice Emmett. – ¿Verdad, Edward?

Edward se aleja de mi Monte Carlo. –Sí. Es verdad. –Casi parece avergonzado cuando se aclara la garganta y mete las manos en los bolsillos.

–Mi madre dice que te lleve de compras. Permíteme ir a buscar mi bolso y las llaves y luego si quieres podemos ir.

Cuando me dirijo a mi habitación me pregunto si no debería haber dejado a Edward y Embry juntos. Ellos no se mezclan bien en absoluto. Cojo el bolso de mi cama y estoy lista para correr hacia fuera, pero Edward está de pie en mi puerta.

Se pasa la mano por la cabeza y suspira.

– ¿Todo bien?– Le pregunto, dando un paso más cerca de él.

–Sí, pero ¿podemos ir solos? Tú y yo, sin Embry. –Él se desplaza de un pie al otro como si estuviera ansioso.

–Eso está bien.

Él no se mueve. Parece como si quisiera decir algo más, así que me quedo donde estoy. Cuanto más estamos aquí mirando el uno al otro, más nerviosa estoy. No es que Edward me intimide, cuando está cerca, el aire apenas parece más electrificado. Al verlo vulnerable, como aquella otra mirada del Edward real, sin el muro de protección.

Me contuve mucho cuando me amenazó con un beso en La Cúpula el miércoles, y ahora a pesar de que Embry y Emmett están fuera, siento una intensa atracción hacia Edward que nunca he experimentado antes.

– ¿Te vas a cambiar?–, Me pregunta, mirando a mi camiseta de ¡NO SEAS UN WIENER, ESCALA UNA 14'ER! con manchas de sudor en ella por mi desplazamiento. –Esa camiseta se tiene que ir.

–Estás demasiado centrado en apariencia.

–Mejor que no me centre en absoluto.

Deslizo el bolso en mi hombro, entonces hago un movimiento para que se aparte del camino.

Se mueve a un lado. –Hablando de apariencias, ¿alguna vez has quitado esa banda de goma de tu pelo?

–No.

–Porque parece la cola de un perro.

–Bien. –Cuando lo paso, muevo mi cabeza y trato de pegarle con mi cola de caballo. Él la coge al mismo tiempo que está a punto de darle en la cara. En lugar de tirar, permite deslizarse mi pelo entre sus dedos. Miro hacia él y lo encuentro sonriendo. – ¿Qué?

–Tu pelo es suave. No esperaba eso.

El hecho de que ha prestado atención a cómo se siente mi pelo al caer por sus dedos me corta el aliento. Trago fuerte cuando vuelve a coger mi cola y deja que el pelo se extienda entre sus dedos de nuevo. Se siente íntimo.

Él niega con la cabeza. –Uno de estos días, Bella, vamos a meternos en problemas. Lo sabes, ¿no?

Quiero pedirle que explique lo que quiere decir con problemas, pero no lo hago. En su lugar, digo, –yo no creo problemas–, y me alejo de él.

Fuera, Embry y Emmett nos están esperando.

– ¿Qué habéis estado haciendo ahí durante tanto rato?– Embry pregunta.

–No te gustaría saberlo, – suelta Edward, y luego me mira. –Dile que no va a venir con nosotros.

Embry pasa su brazo alrededor de mis hombros. – ¿De qué está hablando, pastelito? Pensé que íbamos a pasar el rato en mi casa y, bueno, ya sabes. –Él mueve sus cejas arriba y abajo, y luego me da una palmada en el trasero.

Mi mejor amigo hace una apestosa interpretación sobre un tipo de novio que no creo que sea convincente en absoluto, pero Edward parece ser que lo cree, si la mirada de disgusto en su cara es alguna muestra.

Me inclino cerca de la oreja de Embry. –Baja el tono, pastelito.

Él se inclina cerca de mi oído. –Está bien, Snookie-Wookie.

Le alejo antes de reírme.

–Me voy de aquí–, dice Embry, a continuación, se aleja.

Emmett sale justo detrás de él, por lo que nos quedamos solo Edward y yo pie en la calzada.

–No puedo creer que me tomara tanto tiempo descubrirlo–, dice Edward. –Embry y tú sólo sois amigos. Ni siquiera creo que seáis amigos con beneficios.

–Eso es ridículo. –Me meto en mi coche y evito el contacto visual con él.

Edward se desliza a través de la ventana. –Si él es el campeón de besos que afirmas que es, ¿cómo es que nunca os he visto besaros?

–Nos besamos todo el tiempo. –Me aclaro la garganta, a continuación, añado: –Solo que... lo hacemos en privado.

Una expresión petulante cruza su cara. –No lo creo ni por un segundo, porque si fueras mi novia y un semental como yo estuviera viviendo en tu casa, me gustaría darte un beso en frente del tío en cada oportunidad que tengo para recordárselo.

–Para recordarle ¿q-q-qué?

–Que eres mía.


1 No sé cómo se traduciría.

Bueno pues aquí tenéis el siguiente capítulo. Espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos aquellos y aquellas que han comentado, que me han agregado a su lista de alertas y favoritos.

Nos vemos en el próximo capítulo.

Un beso desde Andalucía, España.