Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia pertenece a Simone Elkeles, yo solo la adapto.


Bella

Mi corazón late violentamente por el miedo y el shock cuando Edward se mueve más allá de mí y se inclina sobre el lavabo.

–Cierra la puerta–, dice, gimiendo de dolor mientras escupe sangre en el fregadero. –No quiero que tus padres me vean.

Cierro la puerta y corro con él. – ¿Qué ha pasado?

–Me han pateado el culo.

–Eso es obvio. –Cojo una toalla azul marino del armario y la humedezco en el Lavabo. – ¿Quién?

–No quieras saberlo. –Se enjuaga la boca, a continuación, se mira en el espejo. Su labio está cortado y sangrando aún, y su ojo izquierdo está hinchado. Por la forma en que está apoyado en el lavabo me puedo imaginar cómo se siente el resto de él.

–Creo que tienes que ir al hospital, –le digo. –Y llamar a la policía.

Se vuelve hacia mí y se estremece, el movimiento, obviamente es doloroso. –Ningún hospital. Ni policía–, dice, gimiendo con cada palabra. –Estaré mejor por la mañana.

–No lo creo. –Cuando se estremece de nuevo, siento su dolor como si fuera mío. –Siéntate, –le digo, señalando el borde de la bañera. –Te ayudaré.

Edward realmente debe estar drenado emocionalmente y físicamente, porque se sienta en el borde de la bañera y se queda quieto mientras mojo la toalla de nuevo y limpio la sangre de esos labios que la noche anterior me estaban sonriendo cuando le di un beso. No están sonriendo ahora.

Con mucho cuidado golpeo ligeramente los cortes abiertos, dolorosamente consciente de lo cerca que estamos. Él aquieta mi mano mientras muevo la toalla por su cara hinchada. –Gracias–, dice mientras miro sus ojos tristes.

Tengo que romper la intensidad de su mirada, por lo que mojo la toalla en el fregadero, y la escurro. –Sólo espero que el otro chico esté peor.

Él deja escapar una pequeña risa. –Hubo cinco chicos. Todos ellos se ven mejor que yo, aunque di lo mío por un rato. Deberías estar orgullosa.

–Lo dudo. ¿Empezaste tú?

–No me acuerdo.

¿Cinco chicos? Tengo miedo de pedir más detalles, porque sólo de ver sus heridas se me está revolviendo el estómago. Pero quiero saber qué pasó con él. Hay un sobre apoyado en el fregadero. Lo recojo y observo el dinero que asoma por la parte superior. Billetes de cien dólares. Un montón de ellos. Le enseño el sobre a Edward. – ¿Es tuyo?– Pido provisionalmente.

–Algo así.

Un millón de diferentes escenarios sobre cómo ha conseguido el dinero Edward empiezan a nadar en mi cabeza. Ninguno de ellos es bueno, pero ahora no es el momento de taladrarle acerca de cómo o por qué está llevando tanto dinero. Está herido, y voy a tener que insistir en llevarlo al hospital.

Pongo un dedo delante de mí. –Sigue el dedo con los ojos. Quiero asegurarme de que no tienes una conmoción cerebral.

Presto mucha atención a sus pupilas cuando siguen mi dedo en movimiento. Él parece estar bien, pero sigue mis órdenes sin ningún argumento, y eso me asusta. Me sentiría mucho mejor si fuera chequeado por un profesional.

–Quítate la camisa–, le digo. Busco en mi botiquín el Tylenol.

– ¿Por qué, quieres pasar el rato otra vez?

–No es divertido, Edward.

–Tienes razón. Pero te aviso. Si levanto mi brazo sobre la cabeza me puedo desmayar. El costado me está matando.

Sabiendo que su camisa ya está rota y arruinada, saco las tijeras de uno de los cajones de baño y corto una línea en el frente.

–Después de que hayas terminado, ¿puedo devolverte el favor?–, Bromea.

Estoy tratando de actuar como si fuéramos sólo amigos, pero sigue tirándome bolas curvas y me está confundiendo. –Pensaba que no querías involucrarte.

–No lo hago. Quiero adormecer el dolor, y me imagino que verte desnuda ahora podría ayudar.

–Aquí –le digo, empujando Tylenol y un vaso lleno de agua en su mano.

– ¿Tienes algo más fuerte?

–No, pero estoy segura de que si dejas que te lleve al hospital te darán algo más fuerte.

Sin responder, le echa la cabeza hacia atrás y se traga las pastillas. Retiro la camisa cortada y trato de no suspiro de nuevo cuando examino sus heridas. Me doy cuenta de algunas cicatrices antiguas en su cuerpo, pero el daño hecho hoy a la espalda y el pecho es francamente desagradable.

–He estado en peleas antes–, dice como si eso supusiera hacerme sentir mejor.

–Tal vez deberías evitarlo por completo–, le sugiero cuando froto suavemente por la espalda y el pecho. –Tienes cortes y contusiones en la espalda–, le digo. La visión de cada marca me da ganas de llorar por él.

–Ya lo sé. Puedo sentir cada uno.

Cuando he terminado de limpiar de toda la sangre, me retiro. Trata de sonreír, pero sus labios están tan hinchados que la sonrisa es desigual. – ¿Me veo mejor?

Sacudo la cabeza. –No puedes ocultar esta parte a mis padres, ya sabes. Una mirada y que van a hacer preguntas.

–No quiero pensar en eso. Ahora no, por lo menos. –Él se levanta, se agarra el estómago, y gruñe de dolor. –Me voy a la cama. Comprueba por la mañana si todavía estoy vivo. –Edward coge la camiseta y el sobre antes de dirigirse a su habitación, luego se derrumba en la cama. Cuando mira hacia arriba y se da cuenta de que lo he seguido, dice, – ¿Te he dado gracias?

–Un par de veces.

–Bien. Porque lo he dicho en serio y yo casi nunca lo digo.

Le pongo las sábanas por encima de su cuerpo dolorido. –Ya lo sé.

Empiezo a salir de la habitación, pero lo oigo en pánico y su dificultad para respirar sufran. Él llega a mí. –No te vayas. Por favor.

Me siento a su lado en la cama, preguntándome si tiene miedo de ser abandonado. Él pone su brazo alrededor de mi muslo y apoya su frente en mi rodilla.

–Tengo que protegerte–, dice en voz baja.

– ¿De quién?

El Diablo.

– ¿El Diablo? ¿Quién es? –Le pregunto.

–Es complicado.

¿Qué significa eso? –Trata de descansar–, le digo.

–No puedo. Me duele todo el cuerpo.

-Ya lo sé. –Le froto suavemente el brazo que cuelga a mí alrededor hasta que su respiración es lenta. –Me gustaría poder ayudarte–, le susurro.

–Lo haces–, murmura contra mi rodilla. –Simplemente no me dejes, ¿de acuerdo? Todo el mundo me deja.

Tan pronto como puedo salir a hurtadillas de su habitación, me voy a llamar a Emmett y le cuento a él y a mi padre lo que ha pasado. Me imagino que Edward no me estará agradecido. Lo más probable es que esté francamente molesto.


Bueno pues aquí tenéis el siguiente capítulo. Espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos aquellos y aquellas que han comentado, que me han agregado a su lista de alertas y favoritos.

Nos vemos en el próximo capítulo.

Un beso desde Andalucía, España.