DISCLAIMER: Todos los personajes de BLEACH pertenecen a Tite Kubo sama, yo solo le pido prestado algunos para hacer cosillas interesantes jujuju...


El diario
by Hana Hime

Interludio: Juntas.

El cuerpo le pesaba demasiado e increíblemente, cada día más. Su vista tampoco era la mejor y aún los objetos más cercanos empezaban a girar y distorsionarse. Pero lo peor de todo, decidió, era su respiración. Si tan sólo su respiración fuera un poco más silenciosa, más discreta, podría fingir. Porque a esta altura, si se levantara de la cama, sería para fingir su vida. No para vivirla, ya no. Tenía, en su alma, aquella certeza de que la muerte estaba ya demasiado próxima a ella como para no tomarla entre sus fríos brazos y ayudarla a dejar este frustrante cuerpo.

Era curioso que aún a pesar de su resignación, seguía llorando por todas aquellas cosas que no tendría, que no vería. Rukia ya tenía diez meses de nacida y era absolutamente arrebatadora. Tanto, que más de una dueña de Okiya había llegado a su puerta para pedir a la bebé como futura atotori. Obviamente las habían despachado a todas, pero no por eso dejaba de ser halagador que tales mujeres, acostumbradas a la belleza y al talento, hubieran captado el potencial de la pequeña.

Byakuya era joven y apuesto y de una muy respetable familia. Por más que quisiera negarse, era seguro que buscarían casarlo en segundas nupcias con alguna otra heredera. Y esa mujer, quien se quedaría con su querido anata, a su vez se quedaría con Rukia.

Con tales y funestos pensamientos, era normal que se pasase gran parte del día llorando. Sólo se detenía cuando Rukia o Byakuya entraban en la habitación. Allí su rostro se transformaba en una gran y brillante sonrisa. El verlo sostener a Rukia, casi torpemente entre sus brazos, le derretía el corazón y lograba alivianarle un poco el dolor que se extendía cada día un poco más.

Cuando los intervalos de inconsciencia empezaron a hacerse más largos y a sucederse con mayor periodicidad, es que empezó a preocuparse por los detalles. Pues sólo éstos le permitirían tener paz. Gracias a los detalles es que se había asegurado que todo lo suyo fuera a parar a Rukia, quien sería cuidada sólo y tan sólo por su anata. Los detalles eran los únicos que la informaban de aquello que sucedía más allá de las paredes de su habitación. Las corridas, los relinchos de los caballos, el ruido de metal contra metal, los estruendos que como truenos partían el cielo, el penetrante y a la vez dulce olor de la pólvora, las disimuladas miradas de las criadas a través del muro exterior. Todo le ayudaba a la postrada joven a darse una idea del panorama. La revuelta contra los extranjeros había empeorado y los conservadores se la estaban tomando con aquellas familias que hubieran tenido algún contacto con ellos, en especial con los americanos. Lo sabía casi todo gracias a los susurros.

Los días fueron transcurriéndose sin que ella pudiera tener idea de qué día o qué hora o simplemente qué mes era. Sólo la vista de Rukia y sus sutiles cambios corporales le daban la medida del tiempo pasado.

Consciencia, inconsciencia, consciencia, inconsciencia.

Rukia tenía el cabello más largo y un mechón le hacía cosquillas en la nariz. Ojalá pudiera ella arreglárselo. Porque si ella no lo hacía, alguien terminaría por cortárselo y era demasiado adorable con él.

Consciencia, inconsciencia, consciencia, inconsciencia.

Byakuya debía comer. Si pudiera levantarse, si pudiera alzar la voz, si tan sólo pudiera transmitirle lo necesario que era para ella que él comiera. Estaba tan pálido, tan triste. Cuánto le dolía el fallarle así. Se iría dejándolo sólo y con una niña a la cual cuidar y él era aún tan joven, tan inocente…

Consciencia, inconsciencia.

Oh Dios, ¿era prudente que Rukia tuviera esa katana blanca? Claro, estaba enfundada y anudada de manera tal que era imposible que la hoja saliera de la funda, pero…
Increíblemente, la pequeña se movía con una gracia inusual con esa cosa entre sus manos. ¿Sería acaso criada como un varón? Más les valía cuidarla…

Consciencia, inconsciencia…

Y de pronto, el cielo parecía haberse precipitado sobre la tierra.

Sus ojos se abrieron y sólo vio fuego. Fuego en la tierra, en el cielo, por todas partes. Gritos y lamentos. ¿Era esto el infierno? ¿Acaso había cometido tales pecados que estaba destinada a sufrir por la eternidad? Pero al menos ya estaba muerta ¿O no?

No, no había muerto… su cuerpo seguía doliéndole y pesándole.

Tan sólo un segundo más le tomó centrarse. Estaba en su cama, en su habitación y la casa se encontraba en llamas.

-¡RUKIAAAAA! –aulló sintiendo rasgarse su voz. –¡RUKIAA! ¡Rukia…! –chilló arrastrándose fuera del futón -¡Maldición…! –gruñó al caerse de rostro contra el piso de madera.

-Señora… -gimoteó una voz muy cerca de la puerta.

-¡Sode… Sode-chan! –jadeó Hisana al detectar el cabello rubio platinado de la sirvienta asomándose por la puerta. Al igual que ella se arrastraba por el piso y el olor de la sangre le advirtió a la morena que estaba herida de gravedad.

-Señora… -susurró la joven sirvienta con los ojos llenos de cansancio –la tengo señora… logré sacarla… -sollozó la pequeña criada y finalmente Hisana pudo ver el bulto que protegía afanosamente entre sus brazos.

-¡Rukia! –la llamó renovando su empresa de arrastrarse hasta la puerta.

-Señora… lo siento tanto.

-Sode-chan, tranquila…

-Lo siento… no pudimos salvarlo a él… -explicó la sirvienta poniéndose cada vez más pálida –él no nos dejó… peleó por defendernos.

Las lágrimas cayeron sin control por los ojos de la morena al entender de quién hablaba la pequeña Sode. –Oh dios… anata…

-Fue muy… valiente, señora… él era bueno, igual que… usted… -jadeó Sode desplomándose finalmente.

-¡Sode-chan! Sode-chan… Sode-chan… -la llamó, pero sabía que era inútil. Su más querida y confidente sirvienta estaba muerta –mierda, mierda… -sollozó sin cesar en su empeño de llegar a su pequeña Rukia, pero ésta se adelantó y salió de entre los brazos de la fallecida guardián –¡Rukia! ¡Ven hermosa! ¡Ven Rukia! ¡Aquí! –chilló moviendo las manos para captar su atención.

La pequeña bebé miró a su alrededor y sus grandes ojos se aguaron debido al miedo. Hacía calor y todo estaba bañado de aquella cosa que lastimaba al tocarla. Aquella misma cosa que derretía la nieve que tanto le gustaba. ¡Pero ahí también estaba ella! Su mamá, la que siempre tomaba siestas. Eufórica al verla despierta y fuera de la cama, se dirigió gateando a ella.

-Así mi amor, ven… ven… -le murmuraba Hisana a su vez intentando sentarse a pesar de que el dolor laceraba toda su espalda. Necesitaba ponerse de pie, debía sacar a Rukia de allí.

Finalmente la bebé llegó a sus brazos y la primogénita de los Tsukishiro lloró de alivio al tenerla nuevamente consigo. Aquellas extremidades que en su momento habían sido tan débiles, ahora sacaban fuerza del miedo para poder sostener a aquella criatura que era el centro de su universo.

Sintiendo cada músculo de su cuerpo agarrotado por el esfuerzo, volvió a arrastrarse cerca del futón y tironeó de las sábanas para así poder cubrir a la bebé. Dios santo, cada movimiento era una cuchillada a su corazón.

-No quiero morir… no voy a morir –gruñó abrazando a la bebé contra su pecho, determinada a gastar hasta la última gota de su sangre para sacar a su pequeña de allí.

El ruido de pisadas hizo trastabillar su débil corazón. Eran pisadas de hombres, potentes, feroces. –se creen conquistadores… bárbaros… se llevan todo a su paso… -eran los pasos de aquellos que habían traído el infierno a su vida.

Y los vio, ataviados de armaduras y máscaras como demonios, portando espadas bañadas con la sangre de los suyos –la sangre de mi familia, de mi anata… -y venían a por ellas, las últimas de la casa Tsukishiro, las últimas del clan Kuchiki.

Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y la realidad se desdibujó por completo, llevándola al límite de su raciocinio. Fueron las palabras de dos grandes mujeres las que vinieron a su mente, dándole la claridad de espíritu necesaria para actuar.

La voz de Medea, de aquel clásico griego que le leyera sensei Nagato fue la primera voz…

"He resuelto, ¡oh amigas!, matar cuanto antes a mis hijos y huir de esta tierra, y no perderé el tiempo encomendando su muerte a manos más enemigas; sin remedio deben morir, y como es preciso, yo que los procreé, los mataré también."

-Mis manos… que sean mis manos que la sostuvieron al nacer antes que las de ellos… mis manos… -se repetía la morena apretando a la pequeña fuertemente contra su pecho, llorando como una infante, apretándola contra la tela, ignorando el forcejeo de la pequeña por respirar aún a costa de su cordura, que iba desmoronándose con cada segundo que pasaba. Apretó aún más a la pequeña al sentir a los invasores acercarse. –duerme… duerme Rukia, duerme y espérame que ya voy… duerme… -le pedía, meciéndose hasta que finalmente la sintió quieta entre sus brazos.

Allí, en el límite entre la muerte y la locura, escuchó la voz de su maestra, adiestrándola en su última lección…

"Lo primero es atarse los tobillos, para evitar la deshonra de caer y morir con las piernas abiertas… aprieta el nudo chiquilla, hasta que te duela… el segundo paso es simplemente el final. Un corte que te desangrará hasta morir. Pero debes hacerlo bien, sólo tienes una oportunidad."

Sintiéndose apenas un títere en manos del destino, una espectadora de los actos de su cuerpo, tomó su kaiken de debajo de su yukata, miró a su pequeña niña silenciosa y con una plegaria se encomendó a Dios y pidió...

Por favor, que volvamos a estar juntas… juntas… juntas…

Dolor, sangre y oscuridad. Todo había terminado.


Aclas.

Okiya: lugar donde residían las geishas.
Atotori: heredera de una Okiya.
Medea: Una de las protagonistas de Eurípides. Las palabras fueron extraídas de la obra.
Kaiken: daga para utilizar en el suicidio de las Onna-bugeisha.