Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia pertenece a Simone Elkeles, yo solo la adapto.
Bella
–Seth, deja de hacer eso o le diré a mamá que acabas de coger chocolate sin su permiso. –Me inclino y le beso en la mejilla, ahora limpia. –Pero todavía te quiero.
–Mezquina–, dice Seth, pero sé que no está molesto, porque brinca fuera de la cocina con saltos en su paso.
Al final, estamos solos. Edward sale de detrás de mí y aparta mi pelo suavemente a un lado, exponiendo mi cuello. –Eres hermosa–, me susurra al oído. Solo el sonido de las palabras en español hace que mi interior se sienta como gelatina.
Me giro y me pongo de frente a él. –Gracias. Necesitaba escuchar eso.
–Debería ir a darme una ducha y vestirme, pero no quiero dejar de mirarte.
Le alejo de mí, aunque en realidad estoy mareada porque no puede dejar de mirarme. –Venga. No me voy a perder mi primer baile de la escuela secundaria.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, todavía estoy de pie en tacones por miedo a sentarme y arrugar el vestido. Mi madre ha insistido en pintarme las uñas de color rosa, así que me resisto a picar con ellas a pesar de que no puede dejar de inquietarme. Estamos en el patio trasero, donde mi madre y mi padre están haciéndome foto tras foto, de pie junto a la casa, junto a una planta en maceta, al lado de mi coche, con Seth, en la valla y...
Edward abre la puerta corrediza de vidrio y sale al patio. Un traje negro y una camisa blanca con botones han sustituido a su siempre presente camiseta y pantalones rotos. Sólo verlo bien vestido para mí hace que mi corazón lata más rápido y mi lengua se sienta gruesa y pesada. Sobre todo cuando lo veo sosteniendo un ramillete.
–Oh, estás tan guapo. Eres muy dulce por llevar a Bella al baile de bienvenida, – dice mi madre. –Siempre ha querido ir.
–No es un problema–, dice Edward.
No interrumpo y le digo a mi madre que me preguntó porque hicimos un trato. Estoy bastante segura de que si no hubiéramos llegado a un acuerdo, no estaríamos aquí con la mejor ropa que tenemos.
–Toma–, dice Edward, extendiendo el ramillete de flores moradas y blancas con centros amarillos.
–Pónselo, Edward, –dice mi madre emocionada mientras sostiene su cámara.
Mi papá hace que mi madre baje la cámara. –Esme, vamos dentro. Creo que deberíamos darles unos minutos a solas.
Cuando mis padres nos algo de privacidad, Edward desliza el ramillete en mi muñeca. –Sé que no pega con tu vestido–, dice con timidez. –Y no es de rosas, como estoy seguro que estabas esperando. Son ásteres mexicanas. Quería que cada vez que las miraras esta noche, te recordaran de mí.
–Son ppp-perfectas, –le digo, llevándome las flores moradas y blancas a la nariz para poder respirar su dulce aroma.
En la mesa del patio está la flor en el ojal que le compré. Es una simple rosa blanca con hojas verdes. La cojo y se la enseño. –Se supone que tengo que enganchártela a la solapa.
Él se acerca. Me tiemblan las manos cuando cojo el pasador grande y trato de ponérselo a la derecha. –Dame, yo lo hago–, dice cuando me ve intentando empujar la aguja por la cinta de verde de la floristería de la parte inferior de la flor de ojal. Nuestros dedos se tocan y me cuesta respirar.
Después de sufrir unas cuantas fotos con mis padres, nubes empiezan a formarse en el cielo. –Se supone que lloverá esta noche, –dice mi madre, entonces me manda a traer mi gabardina gris oscura que no coincide con mi vestido, pero repele el agua. Edward parece emocionado de llevarme en el coche de Emmett. Él sabía que iba a pensar que era bueno llevar coches que conjuntaran.
Nos dirigimos al estacionamiento de la escuela y aparcamos diez minutos más tarde, porque está lleno. Pero antes de llegar a las puertas, James Witherdale y dos chicos grandes se interponen en nuestro camino. Es obvio que no están aquí para bailar... están aquí para causar problemas.
Agarro a Edward del brazo, asustada de que se meta en otra pelea.
–Está bien–, me asegura en voz baja. –Confía en mí, chica.
–Este es mi territorio–, dice James, dando un paso más cerca. –No voy a compartirlo.
–Yo no lo quiero–, le dice Edward.
– ¿Cuál es el problema aquí?– dice Jared, acercándose a nosotros con una chica que no reconozco. Jared y Edward se han convertido en amigos en la escuela, y es bueno saber que alguien está dispuesto a meter el cuello por Edward a pesar de que sea el baile de bienvenida.
–Estamos bien, ¿verdad, James?– Edward le pregunta.
James mira de Edward y a Jared y se gira. Los amigos de James no son del instituto Forks. Parecen chicos que no tienen miedo a luchar, pero al final James se aparta y nos permite pasar.
Edward coge mi mano y me empuja más allá de ellos sin miedo.
–Si me necesitas, Edward, estoy aquí, –le dice Jared cuando llegamos a la puerta de entrada a la escuela.
–Lo mismo digo, hombre, –le responde Edward, entonces aprieta mi mano. –Si quieres ir a algún otro lado, Bella, estoy totalmente dispuesto.
Sacudo la cabeza. –Un trato es un trato. Quiero que el fotógrafo nos eche una foto, así podré engancharla en el corcho de mi escritorio como un recordatorio de mi primer baile del instituto. Sólo prométeme, que nada de peleas.
–Bueno, chica. Pero después de la foto, si quieres ir a algún otro, sólo házmelo saber.
– ¿Dónde iríamos?– Le pregunto.
Mira a su alrededor a las serpentinas, los carteles y los estudiantes gritando y bailando con la música a todo volumen. Me acerca a él. –A algún lugar tranquilo, donde podamos estar solos. No tengo ganas de compartirte esta noche.
La cosa es, que yo tampoco tengo ganas de compartirlo a él.
El fotógrafo nos hace posar para las fotos antes de entrar en el gimnasio. En realidad, nos pone él, tratándonos como maniquíes en una tienda de especialidad.
– ¿Quieres tomar algo?– me pregunta Edward, pone su brazo alrededor de mi cintura y tira de mí para que pueda escucharlo con la música a todo volumen.
Sacudo la cabeza, observando la escena. La mayoría de las chicas llevan vestidos muy cortos con faldas con volantes que vuelan cuando se giran y bailan. Mi vestido largo, negro de época, parece estar fuera de lugar.
– ¿Comida?–, pregunta. –Hay pizza.
–Todavía no. –Estoy viendo bailar a los otros estudiantes. La mayoría de ellos están bailando en grupos, saltando arriba y abajo con la música a todo volumen. Tanya no está aquí.
Irina tampoco. Saber que no voy a ser objeto de sus comentarios groseros esta noche me hace bajar la guardia.
Coge mi mano y me lleva a la esquina más alejada del gimnasio. –Vamos a bailar.
–No estás al cien por ciento todavía. Vamos a esperar hasta que haya un baile lento. No quiero que te hagas daño.
No me escucha, Edward empieza a bailar. No actúa como si estuviera dolorido. De hecho, actúa como si hubiera estado en la calle bailando toda su vida. La música tiene un ritmo rápido. La mayoría de los chicos que conozco no tienen ritmo, pero Edward sí. Es increíble. Quiero dar un paso atrás y mirar como mueve su cuerpo al ritmo.
–Muéstrame lo que sabes–, dice en un momento dado. Tiene un brillo travieso en los ojos mientras levanta una ceja. –Te desafío, chica.
Bueno pues aquí tenéis el siguiente capítulo. Espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos aquellos y aquellas que han comentado, que me han agregado a su lista de alertas y favoritos.
Nos vemos en el próximo capítulo.
Un beso desde Andalucía, España.
