Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia pertenece a Simone Elkeles, yo solo la adapto.


Edward

Miro a mi hermano, sus nudillos están blancos de agarrar el volante de su coche. El profesor se ha pasado todo el día revisando los distintos escenarios, en caso de que Vulturi o cualquiera de sus muchachos decidiera dar marcha atrás sobre sus palabras y empezar a dispararnos.

Cuando nos reunimos ayer por la noche, el profesor llegó a casa de Emmett con un jersey negro con cuello de tortuga y pantalón negro, como si fuera el Zorro. Creo que el pobre hombre echa de menos todas las operaciones militares encubiertas en las que solía estar involucrado, porque su fuerte entusiasmo no podría ser más evidente.

No me preguntes cómo se le ocurrió a Swan la idea de hacer un acuerdo con Vulturi. Me pasé una hora discutiendo con él, diciéndole que no había manera en el infierno de pagarle decenas de miles de dólares de su propio dinero para sacarme del apuro. Aguanté hasta que tuve la garganta dolorida, pero Swan insistió. Dijo que iba a negociar con Vulturi con o sin mi consentimiento.

Antes de que hiciera el acuerdo con Vulturi, Swan y yo nos sentamos en una larga conversación. Él estaba dispuesto a ofrecer fuera de lo que fuera a Vulturi para comprarlo... con una condición.

Tendría que entrar en el ejército o ir a la universidad.

Eso fue todo. El profesor estaba gustoso de tomar una gran cantidad de dinero en efectivo de su propia cuenta bancaria para comprar mi manera de salir de las cadenas de Vulturi, con normas adjuntas. –Es como la esclavitud, –le dije esta tarde, a medida que avanzábamos en los detalles del plan.

–Corta la mierda, Edward. ¿Hay trato o no? –, Había dicho.

Me estreché la mano con él, pero para mi sorpresa, me tiró hacia adelante en un abrazo de oso y dijo que estaba orgulloso de mí. Se siente raro tener a un tipo que sabe la verdad acerca de quién soy y lo que he hecho y que todavía se preocupe por mi futuro y quiere que tenga éxito.

Vulturi le dio al profesor veinticuatro horas para llegar con cincuenta mil dólares para comprarme, pero sólo después de que apareció algún lugar secreto en Seattle y demostró tener un frente unido con Rodríguez al frente de los aliados de los Guerreros. Supongo que va a pasar alguna gran cosa, pero los proveedores mexicanos no confían en Vulturi. Me pregunto si la guerra callejera con la R6 ya ha comenzado.

Estamos en el coche de camino a reunirnos con Vulturi y Rodríguez en Seattle. Swan tiene el dinero en efectivo en una bolsa entre sus pies. Estoy en el asiento trasero, mirando a los dos chicos que se han convertido en mi pandilla. Mi corazón está latiendo fuerte y duro ante la perspectiva de traer a mi hermano y el profesor. Se suponía que debía estar en esto solo, sin arrastrar a nadie conmigo. Vulturi es mi problema, y lo han hecho suyo.

Recuerdo cuando Bella pasó sus dedos sobre uno de mis tatuajes, rebelde. No soy tan rebelde si necesito a un hombre viejo y a mi hermano mayor como mi pandilla. Y mientras los tengo conmigo, mis entrañas no se sienten, admito que no sé qué diablos haría sin ellos.

–Todavía hay tiempo para dar media vuelta. Puedo ir allí solo.

–Eso no va a pasar, –dice Emmett. –Voy contigo, no importa qué.

Swan acaricia la bolsa de lona llena de dinero. –Estoy listo para esto.

–Eso es un montón de dinero, profesor. ¿Estás seguro de que deseas desprenderte de él? Puede lavarte las manos de mí y quedarte con el dinero. Ni siquiera te culpo.

Él niega con la cabeza. –No voy a retroceder ahora.

–Si uno de nosotros siente que algo va mal, salid rápido –, les digo. –Vulturi se va a asegurar de que tiene los números de su lado.

Emmett conduce lentamente a través de Seattle. Las calles me recuerdan a Fairfield, nuestra ciudad de Illinois. Nosotros no vivíamos en el lado más rico de la ciudad. Algunas personas se negaban a conducir por el lado sur por temor a ser asaltado, pero para nosotros era nuestra casa.

Un grupo de chicos de nuestra edad están de pie en la esquina, mirando sospechosamente el coche desconocido de Emmett. Si nos vemos como que sabemos lo que estamos haciendo y que tenemos un propósito, vamos a estar bien. Si actuamos como si no tuviéramos idea de dónde estamos y cómo llegar a donde queremos ir, entonces estamos fritos.

Cuando Emmett conduce por un camino sinuoso y termina en frente de lo que parece una casa abandonada de mercancías, un escalofrío por sube por mi espina dorsal. ¿Por qué insistió Vulturi en encontrarnos aquí?

– ¿Estás listo para hacer esto?– dice Emmett mientras aparca el coche.

–No–, le digo. Ambos Swan y Emmett se giran a mirarme. –Sólo quería daros gracias–, murmuro. –Pero, ¿creéis que Vulturi cogerá el dinero y correrá, o disparará contra nosotros hasta matarnos y cogerá el dinero de todos modos?

Swan abre la puerta del coche. –Sólo hay una manera de averiguarlo.

Todos salimos del coche, nuestros sentidos están en estado de alerta elevado. Por mucho que me burlara de Swan por vestir todo de negro hoy, se ve como un chico malo. Un chico malo de edad, calvo, pero no obstante, un chico malo.

–Hay un tipo en el techo y dos más a las dos y a las diez, –nos dice Swan.

¿Cuál era su apodo en el ejército, Ojo de Águila?

Un tío está de pie en la entrada, esperándonos. Probablemente tiene unos veinte años, pero tiene el pelo rubio tan blanqueado que es casi blanco. –Os estamos esperando–, dice con voz ronca.

–Bien–, digo, tomando las riendas y entrando primero. Si alguien empieza a disparar, voy a ser el objetivo, y Emmett y Swan aún podrían ser capaces de escapar. Cuando el tío del pelo blanco nos cachea en busca de algún arma, Swan agarra ese saco de dinero como si fuera demasiado doloroso desprenderse de él. Pobre Swan. Está totalmente fuera de su liga. –Sabes que no quiero que hagas esto, ¿verdad?– Le pregunto.

–No discutas–, dice Swan. –Porque sería una pérdida de tiempo y no conseguirías llegar a ninguna parte.

El tipo de pelo blanco nos lleva a una pequeña oficina de al lado. –Esperad aquí, –nos ordena.

Aquí estamos, dos hermanos Cullen y un ex militar agarrando una bolsa de lona con cincuenta mil dólares en dinero de libertad.

Rodríguez entra en la habitación y se sienta en el escritorio. –Entonces, ¿qué tienes, Edward?

–Dinero. Para Vulturi, –le digo. Supongo que El Chico Importante no se presentó.

–Me dijeron que había un benefactor para comprar tu salida. Conoces a gente en las altas esferas, ¿eh? –, Dice, mirando al profesor.

–Algo así.

Él tiende la mano. –Dámelo a mí.

Swan agarra la lona más fuerte. –No. El acuerdo lo hicimos Vulturi y yo, y vamos a llevarlo a cabo juntos.

Rodríguez se acerca a su cara. –Vamos a dejar una cosa clara, abuelo. No tienes influencia aquí. De hecho, deberías estar besando mi culo o podrías encontrar el tuyo en el suelo con un agujero en él... o dos.

–Oh, pero sí tengo influencia, –dice Swan. –Debido a que mi esposa tiene una carta e instrucciones de entregarla a la policía si no llegamos a casa a salvo. Créeme, un profesor muy respetado, no será fácilmente olvidado. Vulturi y tú seréis perseguidos.

Swan no suelta el agarre de muerte de la bolsa.

Un frustrado Rodríguez nos deja otra vez. Me pregunto si la próxima vez sólo nos va a disparar y coger el dinero para sí mismo.

– ¿Qué? ¿Piensas que Vulturi te va a dar un recibo por esto?– Le pregunto al profesor. –No creo que consigas una rebaja de impuestos por pagarle a alguien por esto.

Él niega con la cabeza. –Incluso en frente del peligro, sigues siendo un dolor en el culo. ¿Alguna vez renuncias a ello?

–No. Es parte de mi encanto.

– ¿Cómo sabias que Vulturi estaría aquí?– Emmett pregunta.

El profesor no se inmuta. –Si hay un chico arriba y dos más controlando las entradas y las salidas, el jefe está aquí. Confía en mí.

Efectivamente, Vulturi viene paseando una media hora más tarde. Obviamente, nos ha hecho esperar a propósito, para asegurarse de que sabíamos que estaba a cargo.

Vulturi mira la bolsa. – ¿Cuánto hay ahí dentro?–, pregunta.

–La cantidad que acordamos... cincuenta mil.

Vulturi camina por la habitación, mirándonos con escepticismo. –Te he investigado, profesor Swan.

Por medio segundo, Swan parece nervioso. Enmascara el nerviosismo un instante después. No sé si mi hermano o Vulturi lo han notado, pero yo sí.

– ¿Y de qué te has enterado?– pregunta Swan.

–Esa es la parte extraña al respecto–, dijo Vulturi. –No de mucho. Me hace pensar que tienes algún tipo de conexiones de inteligencia. Tal vez has venido aquí sólo para atraparme.

No puedo dejar de reír. El profesor no tiene conexiones de inteligencia. Tal vez en sus días de gloria fue un soldado de operaciones especiales encubiertas, pero ahora solo es el padre de Bella y el padre de Seth. El tío se pone un duro con la Noche de Diversión Familiar, por el amor de Dios.

–Las únicas conexiones que tengo son con el departamento de psicología de la universidad.

–Bien, porque si me entero de que tiene conexiones con la policía, tú y los chicos os arrepentiréis de haberme conocido. Rodríguez me ha dicho que tu esposa tiene una carta para la policía para garantizar vuestra seguridad. No me gustan las amenazas, profesor. Abre la bolsa.

Swan la abre y saca el dinero. Cuando Vulturi está convencido de que todo el dinero está ahí y no está marcado, me ordena recogerlo y entregárselo.

–Ahora tenemos una pieza más del negocio–, dice Vulturi, señalándome. –Tú y Rodríguez vais a conocer algunos amigos míos muy importantes. En México.

¿Qué? De ninguna manera.

–Eso no era parte del acuerdo–, dice Swan.

–Bueno, voy a cambiar el acuerdo–, dijo Vulturi. –Tengo el dinero, una pistola, y el poder. Tú no tienes nada.

Tan pronto como él lo dice, la tierra comienza a temblar como si estuviéramos en medio de un terremoto.

–Es una redada, –alguien grita a través de la puerta. Los hombres de Vulturi se han dispersado, abandonando sus funciones de proteger a su jefe para salvar su propia piel.

Agentes de la DEA con chaquetas azules irrumpen en el almacén, armas dispuestas para ser utilizadas. Ordenan a todo el mundo al suelo.

Vulturi tiene los ojos locos, salvajes cuando saca una 45 de su cinturon y apunta al profesor.

– ¡No!– grito, y luego me lanzo hacia adelante para tirar el arma de la mano de Vulturi. Nadie va a matar a Swan, incluso si eso significa que termine en la morgue. Oigo que el arma se dispara y siento como mi muslo está en llamas. La sangre me gotea por la pierna y cae en el suelo de cemento. Es surrealista y tengo miedo de mirar a mi pierna.

No sé cuán malo es, sólo que siento como un millar de abejas aguijoneándome el muslo. Emmett se apresura hacia Vulturi, pero Vulturi es demasiado rápido.

Vuelve el arma contra mi hermano, y un pánico mortal cae sobre mí. Me arrastro hacia Vulturi para detenerlo, pero Swan me detiene cuando el tipo de pelo blanco irrumpe en la habitación con una Glock. – ¡Policía! ¡Baja el arma! –, Ordena.

¿Qué...?

En un instante, Vulturi apunta su arma contra el hombre e intercambian disparos. Contengo la respiración, pero la dejo escapar cuando Vulturi se arrodilla, agarrándose el pecho. Sus ojos están abiertos y la sangre fluye por debajo de él hacia el suelo. El mordaz dolor ante la perspectiva de perder a mi hermano o a Swan a manos de Vulturi me hace apretar los ojos cerrados.

Cuando los abro, vislumbro a Rodríguez por el rabillo de mi ojo. Tiene un arma apuntando al agente encubierto de pelo blanco. Trato de advertir al agente, pero para mi sorpresa Swan toma la pistola de Vulturi y dispara a Rodríguez como un tirador de primera.

Swan da órdenes a uno de los agentes de la DEA mientras él y Emmett me sacan fuera de la casa de las mercancías.

– ¿Eres un DEA?– Le pregunto a Swan con los dientes apretados, porque mi maldita pierna pica como una madre.

–No exactamente. Digamos que todavía tengo amigos en puestos altos.

– ¿Significa esto que te quedas con los cincuenta mil?

–Sí. Supongo que eso significa que nuestro trato se extingue. No tienes que ir a la universidad o al ejército.

Dos paramédicos se precipitan con una camilla. Me ponen en ella, pero busco al profesor antes de que puedan empujarme fuera de ahí. –Para que lo sepas, me voy a alistar.

–Estoy orgulloso de ti. Pero ¿por qué?

Gimo contra el dolor pero me las arreglo para darle una media sonrisa. –Quiero estar seguro de que Bella tiene un novio que tiene más que ofrecer que un cuerpo caliente y una cara que podría hacer que los ángeles lloraran.

– ¿Alguna vez pierdes el ego?– Swan me pregunta.

–Sí–. Cuando su hija me besa, mi ego sale volando por la ventana.


Bueno pues aquí tenéis el capítulo. Quiero deciros que ya solo quedan dos capítulos para el final. Espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos aquellos y aquellas que han comentado, que me han agregado a su lista de alertas y favoritos.

Nos vemos en el próximo capítulo.

Un beso desde Andalucía.