Capítulo 1
—No. Rukia habló con frialdad, pero sus ojos violáceos centellearon.
—Un divorcio no. Tenga la amabilidad de informar a su cliente de que quiero una anulación.
El más joven de los abogados respiró ruidosamente y se encontró con la mirada de Uryu Ishida, que se quitó las gafas y volvió a ponérselas tras haberlas limpiado.
—Pero contessa —dijo suavemente—. Lo más importante es la disolución de su matrimonio, y no cómo se va a hacer —su sonrisa apaciguadora no fue correspondida.
—Puedo decidir por mí misma lo que es importante y lo que no —dijo Rukia—. Un divorcio, incluso la modalidad de mutuo acuerdo que su cliente ofrece, sugiere que sí existió un matrimonio entre nosotros. Quiero dejar bien claro que no ha sido así. Jamás he sido la esposa del conde Ichigo di Kurosaki.
El signor Ishida quedó consternado.
— ¿Claro? —repitió—. Debe de haber un malentendido, contessa. Cualquier acuerdo entre usted y el conté di Kurosaki ha de ser privado.
—Yo no fui responsable del acuerdo de mi matrimonio, sino mi padre —respondió Rukia con contundencia—. Ni tampoco di garantías respecto a su duración. Y por favor, no me llame contessa. No es nada apropiado en estas circunstancias. Señorita Kuchiki es más que suficiente.
Se produjo un incómodo silencio y el signor Ishida sacó un fino pañuelo de lino para secarse la frente.
— ¿Hace mucho calor aquí, signor —preguntó su oponente con algo más de amabilidad—. ¿Quiere que abra la ventana?
Ambos hombres reprimieron un escalofrío. Esa mañana había helado y los cuidados jardines que rodeaban Langborne Manor todavía relucían en un baño de plata. El antiguo sistema de calefacción central de la casa dejaba mucho que desear, a pesar de que el conté di Kurosaki se hubiera ofrecido a comprar uno nuevo en más de una ocasión, como bien sabía el signor Ishida.
—Es muy amable —respondió Ishida—. Pero no. Gracias —tras una pausa, se inclinó hacia delante—. Contessa, señorita Kuchiki, le ruego que recapacite. El divorcio sería un mero formalismo y los términos del acuerdo que propone mi cliente son más que generosos.
—No quiero nada del conde —dijo Rukia levantando la barbilla—. Cuando cumpla veintiún años, ya no podrá controlar mis asuntos. El dinero de mi padre y esta casa al fin serán míos. No necesito nada más.
Se volvió a sentar. Los rayos del sol se colaban a través de la larga vidriera de la ventana y encendían en llamas su cabello negro. El joven Pietro Celli fingía hojear los documentos de una carpeta mientras la observaba de forma un tanto indiscreta. «Demasiado delgada y pálida, y desde luego muy tensa», pensó mientras recordaba las curvas sinuosas de la última amante del conde, las cuales había podido admirar en muchas ocasiones. La futura ex mujer del conde tenía unas delicadas manos que no lucían joya alguna. Sólo Dios sabría lo que había hecho con el anillo de boda de su excelencia: el zafiro di Kurosaki, que, por supuesto, tendría que devolver. Sus ojos eran color violeta y estaban rodeados de las más largas pestañas.
« ¡Madonna mía. Son increíbles! Sin embargo, el resto del rostro es corriente», pensó con indiferencia. Además, era una arpía. Ichigo di Kurosaki debía de haberse casado por compromiso. « ¿Quién puede culparle?»
—A menos que, por supuesto, su cliente haya perdido mi herencia debido a un acuerdo financiero dudoso —añadió la enérgica joven sin motivo alguno—. Quizá los haya enviado para ponerme al tanto de las malas noticias.
El signor Ishida se crispó al tiempo que Pietro se quedaba boquiabierto.
—Esa es una acusación muy grave, Signorina —dijo el mayor de los abogados—. Su esposo ha manejado el fideicomiso de forma ejemplar. No le quepa la menor duda. Usted será una joven adinerada —«más rica de lo que merece», su voz dio a entender.
Rukia suspiró.
—No hablaba en serio. Soy perfectamente consciente de que el conde di Kurosaki es uno de los grandes en el mundo de las finanzas, y le estoy agradecida por todo lo que ha hecho.
El abogado extendió sus manos, algo perplejo.
—Entonces, si me permite la pregunta, ¿por qué no demostrar su gratitud accediendo al plan de divorcio?
Rukia se levantó y caminó hasta la ventana. Iba vestida con una camisa de lana de color crema por dentro de unos entallados pantalones de pana negros, con un ancho cinturón de cuero alrededor de la minúscula cintura. Llevaba el cabello recogido y sujeto con un lazo negro.
—Porque, cuando me case de nuevo, quiero que la ceremonia tenga lugar en nuestra iglesia parroquial, pero el cura es muy tradicional. También tengo la intención de ir de blanco —hizo una pausa—. ¿Está todo bien claro para su cliente?
—Pero sigue casada, señorita Kuchiki —la aclaración del señor ishida fue algo brusca—. ¿No es un poco pronto para estar planeando otra boda?
—No hay tal matrimonio —dijo Rukia —. Es sólo un acuerdo de negocios cuyo plazo de vigencia toca a su fin —se dio la vuelta—. Bien, ¿les apetecería tomar una taza de té? —Su sonrisa de cortesía no le llegó a los ojos—. Me temo que el café de esta casa no es muy bueno.
El signor Ishida se levantó.
—Se lo agradezco, pero no. Creo que ambos necesitamos un poco de tiempo, para pensar. Quizá podríamos tener otra reunión mañana, Signorina, en caso de que decida, recapacitar. Su excelencia no aceptará una anulación.
—Pero, ¿por qué no? —Dijo abriendo aún más sus ojos color violeta—. Seguramente él quiera librarse de mí tanto como yo de él. Merezco alguna recompensa por estos tres años de abnegado aburrimiento —añadió, encogiéndose de hombros—. Fui su anfitriona cuando era necesario, e hice la vista gorda ante su escandalosamente pública vida privada. Ahora él podría complacerme, para variar.
—Signorina, ustedes los ingleses tienen la costumbre de arrojar el guante —el tono del signor Ishida revelaba cierta inflexibilidad—. En este caso, tal desafío hacia su excelencia no es una decisión sabia.
La risa de Rukia sonó estridente.
— ¡Oh, por favor! ¿He ofendido el machismo del conde Ichigo? ¿Acaso he mellado su reputación sugiriendo que hay al menos una mujer en el mundo que no lo encuentra irresistible, y que ésa es su supuesta esposa? —Se encogió de hombros—. Bueno, lamento cualquier herida que haya podido infligir a su orgullo masculino, pero no tengo intención de cambiar de idea —se aproximó a la chimenea y tocó una campanita—. Dígale también que deberíamos empezar los trámites cuanto antes. Cumpliré veintiún años dentro de tres meses y quisiera estar soltera para entonces.
—Le transmitiré sus deseos a su excelencia —dijo el signor Ishida con una pequeña y seca reverencia. «O por lo menos, una versión muy cuidada de los mismos», concluyó silenciosamente al llegar el ama de llaves para acompañarlos a la salida.
Una vez sola, Rukia se dejó caer exhausta sobre un butacón. Había hecho frente a la visita, pero tenía el estómago revuelto y las piernas le habían temblado durante toda la entrevista.
Ya estaba hecho, y aunque inseguros, había dado los primeros pasos hacia la libertad. Los abogados ya debían de estar de camino a Londres, Nueva York, o a dondequiera que Ichi se encontrase en ese momento, y con ellos viajaban las malas noticias. «Si es que en efecto lo son», pensó con una actitud defensiva. « ¿Por qué debería preocuparle no poder añadir una más a su colección cuando tiene tantas?». Se hizo un ovillo y cerró los ojos. «Oh, papá», susurró desamparada, «no me hiciste ningún favor cuando me empujaste hacia esta farsa de matrimonio. Nunca, nunca tenía que haber accedido, pero ¿qué otra cosa podría haber hecho cuando estando tan enfermo me hiciste prometerlo?»
Por lo menos no era una cadena perpetua. El conde Ichigo había mantenido su palabra al respecto. Además, sólo accedió a casarse con ella para saldar una deuda con su padre. «Sin lugar a dudas, yo hubiera sido la última esposa que hubiera elegido en circunstancias normales», se dijo a sí misma. «Y no es que me importara lo que él pensaba o quería en aquel momento, cuando estaba tan dolida por la marcha de Kaien. Entonces me sentía tan sola y humillada, que si el Conde Drácula se me hubiera declarado, probablemente habría aceptado».
Pero Ichigo no era precisamente un vampiro. Era más bien una pantera negra, siempre rondando las junglas financieras en busca de una presa. Cómo había llegado hasta su padre seguía siendo uno de los grandes misterios de la vida.
Rukia lo había visto por primera vez a la edad de diecisiete años, al llegar a casa para pasar las vacaciones de Navidad. Había irrumpido en el despacho de su padre como de costumbre, pero al abrir la puerta se había encontrado con un joven desconocido.
Él se levantó al instante y Rukia se paró en seco, boquiabierta a causa de tan turbadora sorpresa. Se llevó una confusa pero vivida impresión de extraño cabello anaranjado y su piel bronceada, sin olvidar los ojos miel con ondulantes destellos ámbar y dorados que parecían observarla minuciosamente. Entonces vio cómo los firmes labios de aquel hombre dibujaban una mueca burlona y la piel se le erizó.
—Papá, lo siento. No me di cuenta de que estabas reunido —se apresuró a decir con un ligero tartamudeo.
—No pasa nada querida. Estoy seguro de que el conde di Kurosaki disculpará tu repentina llegada —su padre se había levantado para tomarla de las manos y darle un beso, pero su saludo le pareció un tanto apagado—. ¿No es así, Ichigo?
—Ha sido una interrupción encantadora —la voz de aquel extraño era grave y profunda, y su inglés era impecable. Dio un paso adelante y tomó la mano que ella le ofrecía con torpeza—. Así que ésta es su Rukia, signore.
Su tacto era suave y Rukia sintió un repentino vuelco de sensaciones, tan inesperadas como desconocidas. Había sido como recibir una descarga eléctrica, e intentó liberar sus dedos rápidamente al tiempo que le decía que su nombre era Rukia, y no una versión italianizada del mismo.
En ese momento, su mano fue liberada. El conde había notado su rechazo y reaccionó inmediatamente.
—Es un placer conocerla, Signorina —dijo con perfecta cortesía, mirando a sir Byakuya Kuchiki—. Amigo mío, es usted un hombre afortunado.
—Yo también lo creo… Ahora corre y, deshaz la maleta, mi niña. Nos vemos más tarde, a la hora del té.
Al recordar aquel día, Rukia pensó que lo normal habría sido librarse de los zapatos de una patada y acurrucarse en esa misma silla esperando a que su padre terminase. «Sin embargo, de alguna forma sabía que no se me permitiría saludar como de costumbre, y que todo estaba en proceso de cambio. Pero no sabía hasta qué punto».
Al volver al vestíbulo con cierta reticencia, se había encontrado con la señora Penistone, el ama de llaves, que parecía algo impaciente.
—Oh, señorita Rukia, tenía que haberle dicho que no podía molestar a su padre —dijo ofreciendo una disculpa—. Espero que no esté enojado.
—No lo parecía —rukia agarró su equipaje y empezó a subir las escaleras—. No se preocupe por ello, querida Penny. Vamos a tomar el té todos juntos y me disculparé de nuevo cuando el invitado se haya marchado.
—Oh, pero no se va —dijo la señora Penistone—. Se va a quedar para pasar las Navidades. Ayer su padre me dijo que preparase la Habitación de Oro para él.
— ¿En serio? —la noticia la hizo parar en seco—. Pero él nunca tiene invitados en Navidad. Solamente celebra el Boxing Day con unos cuantos invitados.
—Bueno, este año no, señorita Rukia —la señora frunció los labios—. Ha invitado a todo el vecindario.
— ¿Incluso a los Shiba de High Gables? —Rukia intentó que su comentario sonase casual—. ¡Dios mío! Está tirando la casa por la ventana.
«Sí que debe de querer impresionar al conde», pensó Rukia de camino a su dormitorio. Pero si eso significaba que Kaien Shiba iría a la fiesta, entonces sí debía estar agradecida a aquel inesperado intruso.
«Mi maravilloso Kaien», susurró en silencio y sonrió mientras evocaba su imagen. Pero el semblante que apareció era muy distinto. No se trataba de los rasgos juveniles de Kaien, sino de un rostro apiñonado y mayor que la observaba con una leve sonrisa. Era una cara poderosa y típicamente masculina, de rasgos duros, prominentes pómulos y una nariz aquilina. Sin embargo, al mismo tiempo resultaba atractiva.
De pronto recordó a su profesora de arte cuando se había referido al protagonista de algún cuadro renacentista como a «uno de los ángeles caídos». «Ahora sé exactamente lo que quería decir», pensó Rukia, y un escalofrío le recorrió el cuerpo al no percibir ni un atisbo de suavidad en Ichigo di Kurosaki. La inflexible severidad de su boca y mandíbula, así como la fría arrogancia de su mirada parecían lanzar una advertencia al mundo. Mientras deshacía la maleta, decidió qué hacer si el conde volvía a observarla de esa forma. «Y no es que sea probable», concluyó la joven. No obstante, si ocurría de nuevo, le devolvería la mirada con calma y frialdad, pero con la arrogancia suficiente para hacerle darse cuenta de que semejante escrutinio no era bienvenido.
Rukia no tardó en darse cuenta de que aquellos planes eran inútiles, ya que parecía ser invisible para el conde. La trataba con una cortesía distante que la dejaba helada. «Un adulto con poca paciencia tratando con una niña», había pensado hirviendo de rabia.
Y para colmo de males, su padre parecía algo preocupado. Apenas lo veía porque pasaba mucho tiempo con el conde di Kurosaki, y no había podido evitar pensar que aquéllos no eran los típicos preparativos navideños, a pesar de haberse dicho una y otra vez que su padre tenía todo el derecho a invitar a quien quisiera. Sin embargo, desde la muerte de su madre cinco años antes, se había acostumbrado a tenerlo para ella durante las vacaciones y deseaba que el conde di Kurosaki hubiese hecho la visita en otro momento. Es más, empezaba a sentirse como si fuera ella la intrusa y su presencia fuera un obstáculo para los negocios de su padre. Debían de estar preparando un gran acuerdo, pero no era una buena idea preguntar.
Su padre nunca le había hablado acerca de su imperio inmobiliario, repitiéndole una y otra vez que era muy joven para entender. Además, le había dejado claro que su única hija no desempeñaría ningún papel en la futura gestión de la compañía, y ella sabía que todo hubiese sido distinto de haber sido un chico. «Papá el dinosaurio», había pensado Rukia con un pequeño suspiro.
Contando con la aprobación de su padre, sus profesores la habían animado a estudiar Bellas Artes en la universidad. Y si bien la idea le resultaba atractiva, tampoco había sentido un entusiasmo arrollador. Además, como Kaien ya formaba parte de su vida, su futuro tomaría un camino muy diferente.
Los Shiba y los Kuchiki nunca se habían llevado muy bien, y aunque Kaien, el sobrino del señor Shiba, solía visitarlos con frecuencia, no había reparado en Rukia hasta el verano anterior, cuando la habían invitado a High Gables una tarde de domingo para jugar al tenis. La invitación había sido cosa de Halibel, una rubia de largas piernas tres años mayor que Rukia y única hija de los Shiba. Con su típico desenfado, le había dicho que sólo la invitaban para cuadrar el número de invitados porque alguien había dicho que no en el último momento.
«Un comienzo poco prometedor…», pensó la joven. Pero cuando Kaien le sonrió y propuso que fuese su compañera, Rukia se sintió mucho mejor. Y al ganar, pensó que su admiración por ella crecía por momentos. Desde entonces, Kaien hizo que la invitaran casi todos los días a jugar al tenis o a nadar en la piscina, a pesar de que Halibel no hacía ningún esfuerzo por ocultar el disgusto. Rukia se dijo que su malicia no tenía importancia. Se estaba enamorando de Kaien y no le preocupaba quién lo supiese. Además, él parecía sentir lo mismo. Todo lo que le decía y hacía parecía apuntar a una promesa de futuro. Sin embargo, no podía haber ningún reconocimiento formal de su relación hasta pasado al menos un año, y ambos eran conscientes de ello. Tendría que convencer a su padre, lo cual no sería tarea fácil, sobre todo porque Kaien estaba buscando trabajo.
—No quiero presentarme ante él con las manos vacías —le había dicho Kaien con tristeza en más de una ocasión—. Nadie será lo suficientemente bueno para su encantadora niña.
Rukia no tuvo más remedio que darle la razón. Sólo la consolaba saber que una vez su padre llegara a conocer a Kaien, le caería bien. El Boxing Day sería la oportunidad ideal para que estrecharan los lazos. Pero primero tuvo que pasar el día de Navidad, lo cual fue más fácil de lo esperado porque su padre, consciente de que la había dejado a un lado, se esforzó por volver a ser el amigo cariñoso al que estaba acostumbrada.
Sólo hubo un momento embarazoso. Ichigo di Kurosaki le agradeció cortésmente el libro sobre historia local que supuestamente ella le había regalado, cuando en realidad no se había preocupado de comprarle nada. Todo había sido cosa de su padre, y la joven no pudo sino balbucear una torpe muestra de agradecimiento al tiempo que la irónica mirada del conde la hacía ruborizar. Él le había regalado una docena de finos pañuelos, adornados con encaje italiano hecho a mano. «Correcto y aburrido», concluyó Rukia. No era más que un regalo por obligación.
Esa misma tarde, sintió un gran alivio al verle ir a dar un paseo. Por fin se quedaba a solas con su padre para jugar la tradicional partida de backgammon.
— ¿Qué te parece Ichigo? —le preguntó su padre mientras ella preparaba el tablero para jugar.
—Trato de no pensar en él —dijo intentando parecer indiferente.
Por un instante, pensó que su padre había fruncido el ceño, pero concluyó que tenía la típica expresión de concentración profunda.
—Has mejorado.
Rukia hizo una mueca.
—Me dejas ganar —dijo ella mientras depositaba el tablero y las fichas en el interior de la caja de cuero.
—Tonterías —concluyó su padre mientras se levantaba para atizar la lumbre.
En ese momento, Rukia notó que el ama de llaves estaba haciéndole señas y fue tras ella.
— ¿Qué pasa?
—Ha llegado algo para usted, señorita Rukia. Por la puerta de atrás —la señora Penistone tenía una expresión picara—. Lo trajo un joven muy amable.
—Oh —Rukia se sonrojó cuando la señora le enseñó un pequeño paquete plano envuelto en papel navideño. «Tiene que ser de Kaien», pensó mientras se le aceleraba el corazón. Se lo llevaría a su habitación y lo abriría en privado.
Al pasar por el pasillo superior, sacó la diminuta tarjeta de su envoltorio y leyó el mensaje manuscrito. Para Rukia, la chica de mis sueños. Incapaz de aguantar la curiosidad, arrancó el envoltorio y se detuvo a contemplar lo que contenía. Era ropa interior, muy distinta a la que ella siempre había llevado. Había un sujetador compuesto por dos triángulos de transparente gasa negra unidos por una estrecha cinta, y un tanga a juego.
Rukia se sintió confusa. Hasta entonces, el noviazgo con Kaien había sido muy comedido, aunque sí había habido ocasiones en que sus besos sutiles la habían hecho ansiar algo más. Él siempre había dicho que podía esperar, que merecía la pena esperar por ella…
Hasta entonces. « ¿Es ésta la imagen que Kaien tiene de mí? ¿Es así como me ve?», se había preguntado mientras un suave calor le recorría la piel. «Y si es así… «
—Rukia.
No había oído la puerta de la Habitación de Oro, y mucho menos sus pasos al acercarse. Sin embargo, ante sus ojos estaba el mismísimo Ichigo di Kurosaki. Arrancada de su fantasía, se dio un susto tremendo y la minúscula lencería se le deslizó entre los dedos junto con la tarjeta. Emily se quedó de piedra.
—Oh, Dios mío —se lamentó en voz baja, al agacharse para recogerla. Pero Ichigo di Kurosaki ya se estaba incorporando: las prendas colgaban burlonas de su dedo índice.
— ¿Un regalo de un admirador? —dijo levantando las cejas. Su tono sonó frío e imparcial.
—Eso no es asunto suyo —si bien antes se había sonrojado, ahora estaba ardiendo de la cabeza a los pies. ¿Por qué no había esperado a encontrarse en su habitación antes de abrir el paquete? Que él, de entre todos los hombres, hubiera tenido que ver el regalo de Kaien…
— ¿Me las devuelve por favor?
—Certamente —las soltó con desdén dentro del envoltorio.
Rukia se mordió los labios. Todo lo que quería hacer en ese momento era huir y morir en un lugar dónde nunca pudieran encontrarla, pero no quería que el conde le contara lo ocurrido a su padre, así que tendría que hacer algo.
—Creía, creía que estaba dando un paseo —dijo en un tono afectado.
Él se encogió de hombros.
—Tu padre me pidió que volviese a tiempo para tomar el té. Por lo visto era una ocasión muy especial —comentó mientras echaba un vistazo al sujetador y al tanga, con una mueca en los labios—. Veo que tenía razón.
—Se suponía que eran una broma —dijo Rukia rápidamente—. Pero creo que a papá no le haría gracia.
—Entonces no deberíamos preocuparlo.
—No —dijo Rukia—. Gracias —añadió con reticencia.
Esperó unos segundos, pero él no hizo ningún amago de moverse. Notó que la observaba fijamente.
La joven carraspeó.
—Sé lo que debe de estar pensando…
—No —dijo suavemente—. No lo sabes —le entregó la carta con el mensaje de Kaien—. De hecho, yo también estoy disfrutando de una fantasía, pero en la mía no hay ningún tipo de ropa.
Le soltó una fría sonrisa impersonal y siguió su camino, dejando a Rukia sin aliento. Ella pasó un largo rato en su habitación, tratando de reunir el valor suficiente para bajar. Su padre notaría su pérdida de apetito, lo cual le daría más oportunidades al infame y detestable conde di Kurosaki para divertirse a su costa. Además, una chica a la que su novio acababa de regalar lencería sugerente en secreto no podía hacerse la remilgada ante una inofensiva insinuación sexual. Pero, desde cualquier punto de vista, el recuerdo aún la hacía retorcerse de vergüenza. «Sólo deseo que termine los negocios con papá y se marche», pensó mientras volvía a poner la ropa interior en el envoltorio y la enterraba en el fondo de un cajón. Al final, no tuvo más remedio que bajar al salón.
— ¿Y bien? —Kaien le dijo al oído—. ¿Lo llevas puesto?
Rukia echó un vistazo a su ropa: una camisa de seda blanca con un largo cuello puritano, y una falda de terciopelo en tonos turquesa y azul oscuro que le llegaba hasta los tobillos.
—Eh… no —dijo con tono apaciguador—. No quedaba bien debajo de esta ropa.
—Bueno, tal vez —asintió un tanto contrariado—. Dime algo, eh, ¿nunca te cansas de jugar a ser la niña de papá? Ya eres una adulta. ¿No es hora de que crezcas y empieces a ser una mujer? ¿Mi mujer, para ser exactos?
A Rukia se le cortó la respiración.
—Pensé que habíamos acordado esperar.
— ¡Por Dios! He esperado mucho. No seas así, cariño. Soy humano y no soporto irme de tu lado con este deseo dentro.
Sintió el rubor en las mejillas y miró a su alrededor desconcertada.
—Kaien, baja la voz. Alguien podría oírte.
— ¿Qué van a oír? ¿Que te deseo? Eso no es una sorpresa para nadie del vecindario, excepto tal vez para tu padre —dijo acercándose peligrosamente—. ¿No hay alguna manera de que podamos estar juntos, amor mío?
— ¿Quieres decir esta noche? —Rukia no podía creer lo que estaba oyendo—. Soy la anfitriona de mi padre. No puedo esfumarme así como así. Además, he de asegurarme de que nuestro invitado conozca a todo el mundo —añadió con un toque de amargura.
— ¿Te refieres al tipo alto de aspecto mediterráneo que anda por el pueblo últimamente? Yo no me preocuparía mucho de él.
—Pero yo tengo que preocuparme. Ayer me metí en un buen lío por estar en mi habitación cuando debía haber estado atendiéndole —Rukia suspiró—. Así que ahora he de compensarle por la grosería de ayer procurando que no se aburra, llenándole la copa vacía y todo eso.
—Entonces tienes un problema —le advirtió Kaien—. Todas las mujeres de la sala babean a su alrededor. Tendrías que matar para llegar hasta él —su voz se hundió en un persuasivo susurro—. Cariño, ésta es una casa grande. ¿Hay algún sitio adonde podamos ir sólo un rato?
Rukia se mordió los labios. ¿Era así como él quería que fuese su primera vez juntos? ¿Un encuentro furtivo en alguna habitación vacía bajo la amenaza de ser descubiertos?
—Kaien, no puedo. Seguro que mi padre me echa en falta y no podemos correr ese riesgo.
—Entonces más tarde, cuando la fiesta haya terminado —su voz sonó impaciente—. Volveré por el jardín dentro de un par de horas. Deja el invernadero abierto. ¿De acuerdo? —Hizo una pausa—. Por favor, amor mío. Significaría tanto para mí saber que ya estás lista para entregarte a mí.
Todavía llena de dudas, Rukia accedió.
—Si… eso es lo que quieres…
La sonrisa de Kaien fue triunfal.
—Oh, tú también lo desearás, nena. Te lo prometo. Y ponte mi regalo. ¿Eh?
Rukia se alejó. Tenía la boca seca y el corazón le palpitaba de una forma muy desagradable. Algo la hizo mirar al extremo opuesto de la habitación y se dio cuenta de que, aunque asediado por admiradores, Ichigo di Kurosaki la estaba observando con rostro impasible.
Estuvo en vilo durante toda la velada. Se paseó entre los invitados, hablando y riendo, pero era incapaz de recordar lo que había dicho. Además, parecía que Kaien había tenido razón respecto a Ichigo di Kurosaki y su habilidad para atraer a aquellas mujeres. Halibel Shiba estaba tan pegada a él, que sólo habrían podido arrancarla de allí a la fuerza. Y todo eso probaba, pensó Rukia con mordacidad, que había quienes tenían mal gusto.
Pese a todo, había sido una buena fiesta. Todos los invitados lamentaban tener que marcharse. En el vestíbulo, alguien sacó una ramita de muérdago y todos se dieron besos entre risas y aplausos. A Rukia le tocó una buena parte de los mismos, los cuales devolvió con falsas sonrisas radiantes. Sin embargo, Kaien no apareció por ninguna parte.
—No vi marcharse a los Shiba —dijo con indiferencia.
—Se fueron hace casi una hora —respondió sir Byakuya—. Excepto la chica, Halibel —añadió con un gesto de desaprobación—. Se quedó hasta muy tarde tras haber convencido a Ichigo para que la llevase a casa.
«Vaya. ¿Por qué no me sorprende?», pensó Rukia con ironía.
Las tareas de limpieza tras la fiesta terminaron pronto gracias a la rapidez y eficacia del personal y Rukia pudo retirarse a su habitación, no sin antes escabullirse sigilosamente por el comedor para desbloquear la puerta del invernadero. Sólo cabía esperar que el ama de llaves no decidiera llevar a cabo una comprobación de última hora. ¿O era eso lo que realmente deseaba?
Una profunda inquietud se apoderó de ella mientras se desvestía y tomaba una ducha. Con cierta reticencia, se puso el sujetador y el tanga, pero no consiguió verse o sentirse sexy, sino incómoda e increíblemente estúpida. Pero si era eso lo que Kaien quería… Daba igual. Se cubriría un poco enfundándose en su oscuro vestido de terciopelo verde.
Rukia se preguntó por qué estaba dudando. Aquella noche sería un momento crucial, en el que por fin se entregaría al hombre al que amaba. Y sería maravilloso porque él haría que fuese así.
Tras respirar profundamente salió de la habitación, cerrando la puerta con sumo cuidado. Y así, se deslizó silenciosamente por la penumbra de las escaleras para acudir a la cita.
