Hola al pareser muchos se extrañan sobre la historia original mente yo la adapto pero como el portal la borro en una ocasion pues tuve que crear a otra autora que la publicara talvez la conoscan como lutzya tendo pues les dire que soy yo y que traigo devuelta esta historia por que es una de mis favoritas.


Capítulo 2.

Tres años después, Rukia aún recordaba el tacto de la alfombra bajo sus pies descalzos, las sombras que distorsionaban los objetos más comunes… A cada paso había esperado que las luces se encendieran y su padre la sorprendiera. Sin duda, él la habría creído al decirle que no podía dormir porque nunca le había dado motivos para desconfiar, o no lo había hecho hasta entonces, pensó al tiempo que se le hacía un nudo en la garganta.

Más de una vez se sintió tentada a darse la vuelta y buscar alguna disculpa para Kaien. «Pero yo lo amo», se había recordado en un delirio de amor. «Debería querer hacerle feliz». En sus brazos se sentiría distinta. Sin embargo, no podía negar que había esperado tener una primera vez más romántica que aquel furtivo encuentro.

Había oído comentar a sus compañeras de colegio más sofisticadas que la primera vez no era gran cosa, sino algo por lo que uno tenía que pasar. De hecho, creía ser la única chica de sexto que no tomaba la píldora. ¿Traería Kaien protección, o tendría que arriesgarse? Rukia tragó con dificultad. Su padre se sentiría decepcionado, pero como Kaien y ella pensaban casarse…

«La situación sería más fácil si Kaien tuviese un trabajo estable», pensó algo desanimada. No podría mantener a una esposa y a un hijo sin un salario fijo ni una casa propia, y aunque su padre pudiera ofrecerle algo, no podía contar con ello.

Con un profundo suspiro, abrió la puerta del invernadero y entró tan sigilosa como un pequeño fantasma. Era uno de sus lugares favoritos de la casa. Se quedó de pie con los ojos cerrados y olió la tierra fresca. Reinaba un gran silencio. «Quizás debería darle algunos minutos de margen», pensó con desgana. No podía irse a la cama dejando la puerta exterior sin cerrar, y no quería que él llegase tarde y despertase a toda la casa.

«Oh Dios. Nunca tenía que haber accedido a esto», pensó mientras se derrumbaba en un banco y miraba la hora.

Cuando volviera a ver a Kaien, fingiría no haber estado allí. Le diría que su padre había sospechado algo y que esperaba que no se hubiera dado el paseo para nada.

Al incorporarse se dio cuenta de que estaban abriendo la puerta del jardín, y la oscura silueta de un hombre se dibujó en el umbral. Rukia se quedó petrificada al darse cuenta de que era demasiado tarde para escabullirse. «Éste es Kaien», se recordó impaciente. «Este es el hombre al que amas y deseas, y ya es hora de que te entregues de una vez y para siempre».

Entonces, respiró profundamente y se arrojó a unos brazos que rápidamente la rodearon al tiempo que ella alzaba su rostro en busca de un beso. Pero en lugar de la avidez apasionada que había esperado, se encontró con una cohibida respuesta, como si tratase de mantener su ardiente deseo a raya. Con los ojos cerrados, Rukia se entregó al placer de aquellos labios contra los suyos, a las caricias que exploraban los suaves contornos de su boca como si…

Se dio cuenta de que algo iba mal. El robusto cuerpo masculino al que se había abrazado ardiendo de deseo era más alto que el de Kaien, y definitivamente más musculoso. Aquellos besos y abrazos no eran los de su amante. Aquel aroma… le resultaba demasiado familiar. Era igual…

«Oh Dios», dijo ahogando un gemido. «Oh Dios, es… él».

Luchando por recuperar el aliento, arrancó sus labios de los de él y lo empujó violentamente.

—Déjeme en paz —dijo con voz temblorosa—. Maldita sea.

— ¿Quieres decir que esta turbadora bienvenida no iba dirigida a mí? —dijo ichigo di Kurosaki con un tono burlón—. Qué pena.

Por suerte, la soltó lo suficiente para que Rukia pudiera echarse atrás. Él encendió la luz y la pilló frotándose la boca con la mano para intentar borrar cualquier vestigio de aquel beso. En un intento por encubrir su turbación, rukia se puso a la defensiva.

— ¿Qué cree que está haciendo al entrar en este lugar como un ladrón?

Él enarcó las cejas con ironía.

— ¿Estás diciendo que me confundiste con un ladrón, y no con Kaien Shiba?

—Kaien no es asunto suyo —dijo Rukia con brusquedad.

—Oh, sí que lo es, Rukia. Y me temo que no podrá acudir a la cita esta noche.

Rukia se puso tensa.

— ¿Él se lo dijo?

—No —dijo encogiéndose de hombros—. Yo se lo dije cuando me lo encontré en el jardín.

Rukia se quedó sin aliento.

— ¿Nos estaba espiando?

—Acababa de llegar tras llevar a casa a la signorina Shiba y oí crujir la maleza de camino a la casa. Es una suerte que no haya perros en el recinto. De lo contrario él habría despertado a toda la casa, incluyendo a su padre —hizo una pausa—. Lo convencí de que la visita era inapropiada y se marchó.

— ¿Y qué le da derecho a meterse en mis asuntos? —dijo con voz entrecortada.

— ¿Quieres decir que ha habido otros? —El conde hizo una mueca de desaprobación—. Yo hubiera jurado que Kaien Shiba era el primero —echó un vistazo alrededor—. Tengo que decirte, cara, que éste es el escenario más inapropiado para la primera vez.

Rukia se quedó sin palabras, consciente de que cada centímetro de su cuerpo ardía de vergüenza.

—Es usted muy desagradable —le soltó con voz ronca.

El se echó a reír.

—No. Soy práctico. Además, tu aspirante a amante no parecía animado cuando me lo encontré hace un rato. Se le veía malhumorado. En casa de su tío, noté que había tenido una discusión familiar.

— ¡Eso no es asunto suyo!

—Estoy de acuerdo —dijo Ichigo con cordialidad—. Y por ello me disculpé y me marché inmediatamente, sin tomar el café que me habían ofrecido.

Ella le lanzó una mirada feroz.

— ¿Es por eso por lo que decidió arruinar mi encuentro con Kaien, signore, porque se le había estropeado lo de Halibel?

—Eso, mía cara, es una vulgaridad impropia de alguien como tú —dijo suavemente e hizo una pausa—. Tu padre es amigo mío, Rukia, y trataré de ahorrarle preocupaciones. Descubrir que accediste a tener un lío en secreto bajo su propio techo sería un duro golpe para él. Ese joven debería ser más respetuoso.

Rukia echó hacia atrás la cabeza.

—Resulta, signore, que Kaien y yo estamos comprometidos. Habíamos quedado en vernos esta noche para discutir nuestros planes.

El conde dio un paso hacia ella con tanta decisión que Rukia no tuvo tiempo de echarse hacia atrás. Una mano atrevida deslizó la cremallera de su vestido casi hasta la cintura, dejando al descubierto aquellos transparentes triángulos negros que apenas le cubrían los pezones.

—Me parece que no soy el único con una sórdida imaginación, signorina —dijo con desprecio—. Eres demasiado joven y encantadora para necesitar adornos tan indignos.

— ¿Cómo se atreve? —Dijo ahogando un gruñido al tiempo que trataba de cubrirse—. Oh Dios, ¿cómo se atreve a tocarme y a insultarme? ¿Y dice que es amigo de papá? Lo echará de casa cuando le cuente…

—Cuando le cuente exactamente… ¿qué? —Ichigo Di Kurosaki interrumpió sus desatinadas palabras—. ¿Lo que estabas haciendo aquí? ¿Por qué estabas vestida así? —Sacudió la cabeza—. No, Rukia. Te sugiero que guardes silencio respecto a esta noche, tal y como yo voy a hacer. Ahora, vete a tu habitación —añadió algo cansado—. Y yo cerraré aquí.

Ella no se detuvo a discutir, sino que huyó rápidamente. Ya en su habitación, se dejó caer encima de la cama y hundió el rostro en las mantas, presa de la conmoción y el disgusto.

—Quiero morir —se dijo reprimiendo un sollozo—. Porque así nunca más veré a Ichigo di Kurosaki.

Pero tenía que seguir viviendo, soportando el recuerdo de su mirada acusadora y sus crueles palabras. Además, cayó en la cuenta de que Kaien se había ido a casa sumisamente, pero ello le produjo cierto alivio.

Pasó la noche en velo, refugiada entre las sábanas. A la mañana siguiente, se levantó pálida y ojerosa, pero no tuvo más remedio que bajar a desayunar y enfrentarse a su adversario. Había ensayado una serie de discursos dignos y cortantes por si acaso él hacía algún comentario malintencionado, pero no fueron necesarios porque no estaba allí. Cuando por fin se atrevió a preguntar, su padre le dijo que Ichigo di Kurosaki se había marchado a primera hora de la mañana rumbo a Nueva York.

— ¿No es muy repentino? —logró servirse el café pese al temblor de sus manos.

Su padre se quedó sorprendido.

—No, querida. Ichigo siempre tuvo intención de marcharse tras el Boxing Day. ¿No te lo dije?

—Creo que no —dijo Rukia.

—Bueno, de todas formas se ha marchado —dijo su padre y después sonrió—. Me pidió que te transmitiera sus mejores deseos para el futuro.

—Qué amable —dijo Rukia indiferente.

Era extraño que incluso después de tres años fuera capaz de recordarlo como si hubiera pasado el día anterior. Tal vez los recuerdos desagradables permanecían más tiempo en la mente que los más amables. Y la verdad era que no había recuerdos agradables en aquella extraña relación con Ichigo di Kurosaki.

La celebración llegaría cuando él firmara los papeles que la dejarían libre para casarse con su primer amor. Se le tensaron los labios al recordar cómo había esperado tener noticias de Kaien tras aquella noche desastrosa. Pero pasados dos días, su orgullo aún no le había permitido ponerse en contacto con él.

Un día se encontró con Halibel Shiba en el pueblo.

—Eh, hola —dijo echándole la típica mirada despectiva—. ¿Dónde está ese italiano maravilloso que se hospedaba en tu casa? Quiero invitarle a nuestra fiesta de Año Nuevo.

Rukia le lanzó una fría mirada.

—Me temo que no podrá ser. Se ha marchado y no volverá más —«si mis plegarias encuentran respuesta… «.

Halibel se encogió de hombros.

—Pues estamos en las mismas. Según mi madre, Kaien va a seguir en Londres.

—Londres —repitió automáticamente.

— ¿No lo sabías? —Los ojos de Halibel centellearon con malicia y bajó el tono de voz—. Papá averiguó en Navidades que había estado tomando dinero prestado de mamá y hubo una gran pelea, así que han mandado al primo Kaien a buscarse la vida, para que pague algunas de sus deudas, si es que puede —dijo con una sonrisa maliciosa—. Sea como sea, no le dejarán volver hasta que tenga un trabajo en condiciones, así que yo en tu lugar empezaría a buscarme otro novio.

—Pero yo no soy tú. Yo creo en Kaien y estoy preparada para esperar.

Halibel se encogió de hombros otra vez.

—Allá tú. No digas que no te lo advertí —le espetó y se marchó.

«Kaien podría habérmelo dicho», pensó Rukia algo desanimada mientras hacía cola para comprar unos sellos en la oficina de correos. «Ni siquiera tuvimos ocasión de decirnos adiós por culpa de ese condenado Ichigo di Kurosaki».

Mencionar su nombre parecía tener el poder de hacerla arder de humillación y rabia, a pesar de que había hecho lo imposible por sacarlo de su mente. Aún la atormentaba cómo la había mirado aquella noche, y la mortificaba aún más que él hubiese sido el primer hombre que la había visto semidesnuda.

Una de las primeras cosas que hizo cuando él se marchó fue envolver aquella horrible lencería en papel de periódico y arrojarla al incinerador del jardín. Ya no volvería más, se dijo Rukia. Aquello había terminado para siempre. Además, por suerte Kaien estaba buscando trabajo: el primer pasó hacia unos planes de futuro; y aunque su padre no daría su brazo a torcer fácilmente, era un comienzo.

Los comentarios de Halibel no tenían importancia. Siempre le había molestado la relación que mantenían, y la decepción que había sufrido con Ichigo di Kurosaki había empeorado las cosas.

—No vamos a tener ningún invitado para Año Nuevo, ¿verdad? —dijo esa noche durante la cena.

—Nadie. ¿Por qué? ¿Acaso hay alguien a quien quisieras invitar? —preguntó su padre.

—No —se apresuró a decir—. Desde luego que no. Sólo quería asegurarme.

Sir Byakuya se quedó mirando su copa de vino.

— ¿Esperabas quizá que Ichigo se uniera a nosotros?

—Todo lo contrario.

Su padre le lanzó una larga y pensativa mirada. — ¿Por qué lo rechazas?

— ¿Es que tiene que haber una razón? —su tono era defensivo.

—Supongo que no, pero me gustaría que fuerais amigos —había un toque serio en su voz que Rukia conocía muy bien—. De ahora en adelante va a hospedarse aquí con frecuencia y, como anfitriona, quisiera que lo hicieses sentir bienvenido, querida.

—Sí. Por supuesto —dijo con tono impasible aunque sintiese furia.

Cruzó los dedos con discreción y deseó que el conde no regresara hasta que ella volviera al colegio. Tuvo suerte porque Ichigo di Kurosaki no apareció por allí, así que Rukia pudo disfrutar del resto de las vacaciones.

Poco antes de volver a clase, tuvo noticias de Kaien. Había regresado a High Gables para recoger sus cosas tras haber encontrado trabajo en una compañía de importaciones de la ciudad. Quedaron para comer en el pueblo y Kaien le dijo que aquel humilde empleo podía ser un trampolín hacia el dinero de verdad.

—Y podría viajar —le dijo exultante—. La compañía tiene sucursales por todo el mundo —la tomó de la mano—. En unos pocos meses podría ganar lo suficiente para regresar por ti.

Rukia sonrió e intentó parecer entusiasmada, pero había una desolación en su corazón que no podía explicar. Algo le decía que sus palabras eran algo improvisadas. Tal vez si no hubiera tenido pertenencias que recoger, no habría tenido noticias de él. Además, parecía haber un acuerdo entre ellos para no mencionar lo ocurrido en la fiesta, y Rukia creía merecer una explicación, por no hablar de una disculpa. Kaien debía saber que no había sido el único en tener un incómodo encuentro con Ichigo di Kurosaki. ¿Ni siquiera sentía curiosidad?

No obstante, estaba siendo injusta. Kaien estaba intentando cambiar, y ella era una de las razones, así que se despidió de él con la promesa de que la llamaría cada fin de semana. «Volverá a mí», susurró para sus adentros al decirle adiós. Pero no ocurriría pronto porque estaba demasiado ocupado. Y así, las llamadas cargadas de noticias sobre éxitos laborales y nuevas amistades empezaron a disminuir hasta que cesaron por completo.

En Semana Santa, aún seguía sin saber nada de él, y no tenía el valor de preguntar por él cuando se encontraba con alguien de la familia. Una semana más tarde, quedó destrozada cuando el anuncio de su compromiso con una joven llamada Miyako West apareció en The Times.

—Ha hecho lo mejor para él —comentó su padre en el desayuno y le pasó el periódico a Ichigo di Kurosaki, que estaba en la casa de nuevo—. Su padre es Robert West, el magnate mediático sudafricano.

El conde respondió con indiferencia, pero Rukia se percató de que la observaba fijamente. Era necesario parecer inmutable. No podía escapar a su habitación y dar rienda suelta a las lágrimas que le atenazaban el pecho, no debía derrumbarse delante de ichigo di Kurosaki. «Lo detesto por estar aquí, por saber cómo me siento», pensó.

Cuando Kaien regresó, no tenía ninguna esposa, sino que era Rukia la que llevaba casada dos años. La primera vez que llamó a su puerta, ella cayó presa de la duda.

—Nada serio. Sólo tomar una copa y hablar de los viejos tiempos —dijo intentando persuadirla—. A menos que tú marido se oponga.

—No está aquí para opinar —dijo Rukia con sequedad.

Kaien le había hablado respecto a su compromiso, que sólo había durado unos meses.

—Con Miyako no me iba bien. Su padre estaba de mi parte porque su último prometido era un drogadicto y yo parecía ser una alternativa mejor. Además, tu padre quería casarte con un aristócrata italiano, así que pensé que no tenía ninguna posibilidad. Al pedirle a Miyako que se casara conmigo, estaba intentando demostrarme a mí mismo que podía seguir adelante. Pero cuando oí que te habías casado con Ichigo di Kurosaki… —sacudió la cabeza—. Mi corazón sabía que nada cambiaría lo que sentía por ti —dijo lanzándole una intensa mirada—. La gente del pueblo dice que apenas lo ves.

—Así es. Sin contar las columnas de sociedad y las fotos de las revistas del corazón.

— ¿Y eso no te duele? —dijo sin más rodeos.

Ella se encogió de hombros.

—No. ¿Por qué debería? No me casé por amor y, cuando cumpla veintiún años, el fideicomiso terminará y podré divorciarme.

El la miró fijamente como si fuera la primera vez que la veía.

—Dios mío, eh… —su voz se apagó en un susurro al tiempo que envolvía la mano de Rukia con la suya—.

¿Estás diciendo que vas a ser libre pronto, y que tú y yo podríamos tener una segunda oportunidad?

—Eso no te lo puedo asegurar. Es demasiado pronto y han pasado demasiadas cosas.

—Quiero estar contigo. Debería haberme quedado para luchar por ti, pero tenía tan poco que ofrecer. Quiero que sepas que ahora moveré cielo y tierra para recuperarte.

«Y me ha recuperado», se dijo Rukia. «Podemos olvidar los últimos tres años y… ser felices. Ya es hora de empezar», pensó al oír el timbre. Se levantó de la silla y sonrió impaciente mientras cruzaba la habitación para salir al vestíbulo, en donde la señora Penistone acababa de recibir al recién llegado.

—Kaien. ¡Qué bien! —le ofreció la mejilla esperando un beso, consciente de que el ama de llaves la observaba con gesto desaprobador. A sus ojos, Rukia todavía era una mujer casada aunque su matrimonio nunca hubiera sido convencional—. Penny, tomaremos la cena en media hora.

—Sí, señora —el ama de llaves respondió con sequedad al retirarse.

Kaien siguió a Rukia hacia el salón y cerró la puerta tras ellos.

—Cariño —dijo con pasión al tiempo que la tomaba entre sus brazos para besarla con frenesí—. ¿Ya están firmados los papeles de divorcio?

Rukia se soltó con suavidad y se acercó a uno de los sofás.

—No exactamente.

—Pero supongo que los habrán traído, ¿no?

—Seguramente. No pregunté —Rukia titubeó—. He decidido no optar por un divorcio.

— ¿Qué? —la pregunta sonó explosiva—. ¿De qué demonios está hablando? ¿Estás diciendo que has cambiado de idea respecto a mí?

Kaien parecía estar al borde de la histeria y Rukia se sorprendió.

—Por supuesto que no —le acarició la mejilla—. Una anulación sería más rápida y sencilla.

Kaien respiró hondo.

— ¿Y les dijiste eso? ¿Se lo hiciste saber a los abogados de tu marido?

. "Claro que sí. No se puede decir que estuvieran satisfechos, pero los convencí de que iba—en serio y ahora deben de estar dándole la noticia.

Hubo un profundo silencio.

— ¿Te has vuelto loca? ¿Has hecho saber a un hombre como Ichigo di Kurosaki que te quieres librar de él alegando que el matrimonio no se consumó? Dime que es una broma por favor —dijo alzando la voz.

Rukia frunció el ceño.

—No podría hablar más en serio. Es una forma mucho más honesta de terminar con esta farsa —Rukia levantó la barbilla—. Debería estar contento. Después de todo podría mencionar a todas las mujeres con las que se ha acostado.

—Bueno, desde luego tú no lo querías, así que ¿por qué debería importarte con quién pasa las noches? —Kaien se puso de pie. Empezó a pasearse por la habitación con paso inquieto y el rostro encendido por la ira—. Por Dios, llama de nuevo a los abogados. Diles que lo has pensado mejor antes de que sea demasiado tarde.

— ¿Por qué?

—Porque estás jugando con fuego, y no creo que quieras verlo furioso.

Rukia recordó la advertencia del señor Ishida y se le heló la sangre, pero contraatacó con un tono superficial.

—Pobre Kaien. ¿Qué te hizo hace tres años para que estés tan asustado?

—No hizo nada. Ni siquiera dijo gran cosa porque no hacía falta —dijo furioso—. Es sólo su forma de ser. A lo mejor aún no has visto su lado implacable, pero está ahí, bajo la superficie. Y yo no querría provocarle así como no me pondría delante de un toro.

— ¿Pero por qué debería enfadarse? —Rukia se encogió de hombros—. Seguro que él tampoco me desea, así que ¿por qué diablos debería importarle cómo termina el matrimonio, siempre y cuando termine?

—No es así de simple. Dios, no me mencionaste en todo esto, ¿verdad?

Rukia frunció el ceño aún más al notar la ansiedad de su voz.

—No mencioné tu nombre, pero si dejé claro que pretendía volver a casarme. No estoy avergonzada de ello, ni de ti —respiró hondo—. Creo que es hora de que el conde di Kurosaki se dé cuenta de que no siempre puede hacer su voluntad —hizo una pausa—. Tomémonos algo. Le dije a Penny que pusiera el champán a enfriar, aunque tal vez prefieras un whisky doble.

—Que sea triple —dijo Kaien de mal humor—. Y tómate uno tú, porque te aseguro que vas a necesitarlo.