Saltamos del capítulo uno al tres, porque en el dos no había mucho material para hacer Leario, el siguiente capítulo continuamos aún con el tres.

Para este capítulo es necesario que tengan muy presente la trama del capítulo 3ro porque prácticamente son fragmentos del capítulo desde la perspectiva de Riario.

Da Vinci's demons no me pertenece, lo sabemos, no le demos más vueltas

Riario no pudo apartar la mirada por unos segundos cuando sus ojos se encontraron con el genio de Florencia. Lo encontró distinto, un poco destruido, pero aun con las piezas faltantes seguía siendo Leonardo Da Vinci.

Sabía lo que Leonardo había pasado, no necesitaba preguntarle; la razón por la que había enviado a sus mejores espías a Otranto era obvia: solo para saber de él.

No supo entender que se ocultaba en la voz de Da Vinci cuando le dijo que había vuelto ¿Había decepción?, ¿alivio? ¿quizá, muy en el fondo, alegría?

Girolamo era consiente de cuando se trataba de castaño el digno porte de Conde no era capaz de mantenerse, inevitablemente sintió la necesidad de acercarse al genio, de hacer menos la distancia entre ambos.

Dejando de lado el pasado, a él no le molestaba ni la presencia ni los comentarios de Zoaster si era Da Vinci quien le pedía que lo soportara; pero eso no evitó que una sonrisa se dibujara en sus labios cuando vio al genio despedir a su amigo. Riario sabía que él no significaba nada para el artista, solo un medio para lograr algo y un antiguo rival, fue por eso que se permitió sentir alegría al ser elegido, quizá única ocasión, sobre el amigo.

La señora Cerata apoyó a Da Vinci, nada extraño cuando la mayor parte del tiempo el conde no hacía otra cosa que alabar al genio. Como seguidor del laberinto el romano se obligó a mantenerse atrás, evitando cualquier intento de contradecir al papa, como se le había ordenado; pero algo que de ninguna manera podía negar era que quería al genio a su lado en esa guerra, ¿no apoyaban sus deseos a los deseo del laberinto?

−Su santidad, da Vinci es un maestro.

Sus pies se había movido y su boca hablado por inercia.

Sí había algo que Girolamo Riario no podía negar de Da Vinci era su sorprendente talento de tener algún efecto en su corazón, ya fuera bueno o malo el genio sabía arreglárselas para llegar a lugares donde nadie llegaría y esa vez no fue la excepción. Cuando el papa extendió su mano el conde sintió como propio el dolor de cada paso de Leonardo, sintió una nueva herida en su corazón al ver al artista inclinarse y besar el anillo ¿no era esa la prueba que el genio de Florencia realmente había sido quebrado?

−El Da Vinci que yo conocía antes le roería la mano que besar el anillo del papa Sixto.

Fueron sus propias palabras una revelación: aun sin estar presente en Otranto Ririo había perdido algo sumamente valioso.

Besos y abrazos de mi parte, muchas gracias por leer. (Oh, ésta es mi primera publicación del año, que felicidad)