Hola se que tarde mucho en actualizar pero con las fiestas y la escuela no he podido darme tiempo ni para leer todas las nuevas historias , por otro lado que les parese el manga y el anime
recuerden que los personajes no me pertenecen yo solo los tomo prestados para traerles esta historia y recordar que tanto Yo como Lutzya tendo somos las mismas.
Capítulo 3
No quiero verle —dijo Rukia airada—. No lo haré. — ¿Y cómo vas a evitarlo? —preguntó Kaien.
—No lo sé. Pero encontraré la manera —miró el papel arrugado que tenía en la mano—. Tan pronto como reciba su carta, le escribiré y le dejaré muy claro que no voy a verle bajo ningún concepto.
Kaien la miró sorprendido.
—No creo que quieras que el viejo Yamamoto se ocupe de esto. Lo mataría.
—Por supuesto que no —respondió Rukia algo irritada—. Él es el otro fideicomisario junto a di Kurosaki, y le tiene en un pedestal. Había pensado contratar a algún abogado de éxito londinense, alguien que no saliera huyendo ante el gran conde, pero hoy me he encontrado con esto —prosiguió enfurecida—. Me dejó un mensaje diciendo que llegará a Inglaterra dentro de dos días, y que quiere verme al día siguiente —tragó con dificultad—. Y lo que es peor. Se atrevió a decirle a Penny que estaba deseando verme, y ahora ella no hace más que preguntar qué habitación debería prepararle, y qué le gustaría para cenar.
—No sabía que fuera tan romántica-.
Rukia lo fulminó con la mirada.
—Él flirtea mucho con ella —dijo impasible—. Oh.
Dios mío, Kaien, ¿qué voy a hacer? Y por favor, no me digas «ya te lo dije».
Kaien permaneció en silencio durante un momento.
—¿Le has devuelto la llamada?
Ella negó con la cabeza.
—Vine directamente hasta aquí para pedirte consejo.
Kaien se mordió el labio. Parecía estar tan inquieto como ella.
—¿Por qué no te pones en contacto con él? A ver si puedes quitártelo de encima accediendo a su divorcio exprés.
—Nunca —dijo furiosa.
—¿Pero qué otras opciones hay?, aparte de fugarse por supuesto.
Rukia levantó la cabeza y lo miró fijamente.
—Kaien, cariño, eres un genio —asintió entornando los ojos—. Cuando llegue, no estaré. Penny puede decirle que me marché por un tiempo indefinido sin dejar dirección de contacto.
Kaien hizo una mueca.
—Seguro que el mundo de las finanzas no puede vivir sin él, y no querrá quedarse a esperarme y parecer estúpido. Tan pronto como esté fuera de mi camino, podré poner en marcha la anulación —sonrió exultante—. Todo está controlado.
— ¿Pero adonde irás? —Preguntó Kaien—. No tienes mucho tiempo para decidir.
—A un sitio en donde nunca se le ocurra buscarme —reflexionó un instante, mordiéndose el labio inferior— No puedo usar mi pasaporte, pues podría seguirme la pista, así que tendrá que ser un lugar increíblemente inhóspito dentro del país.
Hubo otro silencio.
—A lo mejor puedo ayudarte. Unos amigos míos tienen una cabaña en Escocia, a unas pocas millas de un sitio llamado Tullabrae. La alquilan cuando están fuera.
— ¿Escocia? No creo que Ichigo sepa siquiera dónde está eso. ¿Está vacía ahora?
Kaien miró por la ventana y puso una cara rara.
—Yo diría que sí. Casi seguro.
—Dios, eso sería mi salvación. Podría alquilarla durante dos semanas. Ese tiempo bastará para hacerle creer que no merezco la pena, y no tardará en volver a Hong Kong o a París. ¿Podrías contactar con ellos?
El bajó la mirada.
—Sí. Supongo que sí —su voz sonó extraña—. Si eso es lo que quieres.
—Bueno, por supuesto que sí —Rukia estaba desconcertada—. No tengo mucho tiempo.
Él no respondió y Rukia lo miró, frunciendo el ceño.
—Cariño, ¿qué pasa? Has estado muy raro desde que llegué.
—Lo siento —dijo forzando una sonrisa—. Es sólo que… Escocia en enero… Podría hacer muy mal tiempo.
—Mucho mejor —dijo Rukia triunfante—. El conde di Kurosaki prefiere la nieve de los Alpes italianos. No le gustará la nuestra.
Kaien dudó un instante, y entonces se levantó.
—Les enviaré un email ahora —se detuvo junto a la puerta—. Le diré a Tracey que te traiga algo caliente. Cualquier cosa vale, puesto que todo sabe fatal.
Rukia arrugó la nariz.
—Gracias cariño, pero no —dijo vacilante—. ¿Les has dicho a tus tíos que la señora Whipple se marchó? Seguro que están destrozados después de tantos años. Sé cómo me sentiría si Penny decidiera marcharse.
Una vez sola, Rukia miró a su alrededor. El salón de High Gables siempre había sido una estancia muy agradable, con una hermosa alfombra china y muebles de color pastel, pero desde la marcha del ama de llaves, se veía descuidado y vacío. Los candelabros georgianos ya no estaban en la repisa de la chimenea, y la vitrina que contenía las figuritas de porcelana de Celia Aubrey estaba medio vacía.
La señora Whipple se había ido mientras los señores estaban disfrutando de unas largas vacaciones, y había sido reemplazada por Tracey Masón, una camarera a la que habían echado por su holgazanería y falta de puntualidad. Por desgracia, allí no había nadie para vigilarla excepto Kaien, que estaba cuidando de la casa y dirigiendo su propio negocio desde allí.
Pero aunque protestara por el café de Tracey, seguramente no notaría que los muebles estaban sin pulir, ni tampoco la suciedad de las ventanas. «Espero que busque una sustituía pronto porque la casa está en un estado deprimente», pensó Rukia con un suspiro. Todo eso no habría pasado si siguiera allí la señora Whipple.
Aún dolida por la muerte de su padre, Rukia se había propuesto conservar su casa tal y como era, con todo el encanto que a él le gustaba, y no tenía más remedio que admitir que Ichigo di Kurosaki le había dejado hacer su voluntad.
Se levantó impaciente y fue hacia la ventana. «Odio tener que darle la razón, pero en este caso tengo que hacerlo. Ha cumplido su parte del trato». En los meses previos al duro golpe de la enfermedad terminal de su padre, casi había llegado a acostumbrarse a sus visitas. Cuando tuvo que volver a casa al sufrir un colapso su padre, se alegró de ver a Ichigo y encontró apoyo en su amabilidad para afrontar el trauma que estaba por venir.
—He cambiado mi testamento —le dijo sir Byakuya una tarde—. Heredarás todo lo que tengo, mi niña, pero no hasta que tengas veintiún años y estés lista para asumir esa responsabilidad. Por ahora, he creado un fideicomiso y tus negocios serán administrados por Yamamoto Genryusai —hizo una pausa—. Y también por Ichigo.
A Rukia se le cortó la respiración.
—Oh, no. No puede ser verdad —protestó automáticamente—. Puedo entender lo del señor Yamamoto, pero el conde di Kurosaki es… prácticamente un extraño.
—Pensaba que ya erais amigos.
—Yo no diría tanto, aunque sí ha sido… de gran ayuda.
—La decisión es definitiva, querida —hizo una pausa—. Hay algo más. Como mi heredera, podrías terminar siendo víctima de gente sin escrúpulos y quiero que estés… bien protegida.
—He hablado de esto con Ichigo y él tiene algo que proponerte.
A Rukia se le paró el corazón.
—¿Qué, qué tipo de proposición?
—Quiere pedirte que seas su esposa —vio la conmoción en el pálido rostro su hija y la tomó de la mano—. Lógicamente, él no espera que sea un matrimonio convencional —añadió algo turbado—. Porque todavía eres joven para esa clase de compromiso —hizo una pausa—. ¿Tú deseas casarte?
—No —se apresuró a contestar.
«No con él», pensó montando en cólera. «Nunca con él».
—Entonces ichigo sólo sería tu protector legal hasta el término del fideicomiso.
Su consumido rostro esbozó una tenue sonrisa.
—Él mantendría los lobos a raya, querida.
«¿Y quién lo mantendrá a raya a él?», pensó sin atreverse a decirlo.
—¿Y cuando termine el fideicomiso…? —preguntó Rukia al final.
—Iríais cada uno por vuestro lado. Tengo su palabra.
—Pero no creo que él quiera esto.
—Quizá no —dijo su padre—. Rukia, no puedo obligarte a casarte con Ichigo di Kurosaki, pero necesito saber que no estarás sola cuando me haya ido. Te ruego que aceptes la propuesta. Por favor, hazlo por mí, querida. Podré descansar en paz si sé que alguien cuida de ti.
—Si eso es lo que quieres…
—Así es —le acarició la mano—. Ve a verlo, querida. Está esperándote en la sala de estar.
Ichigo estaba junto a la ventana cuando ella entró y la miró inmutable.
—¿Te ha dicho tu padre lo que quiero pedirte? —Rukia asintió—. Entonces, ¿te casarás conmigo, Rukia?
—Sí.
Por un momento, pensó que vendría hacia ella, y de pronto la invadió un vivido recuerdo de su abrazo y del tacto de sus labios, pero él permaneció inmóvil. De hecho, parecía haber retrocedido.
—Entonces está todo arreglado —su voz sonó fría—. Me has dado tu palabra, y también a tu padre.
—Sí —dijo levantando la barbilla.
—¿Te explicó los términos del acuerdo entre nosotros? Puedes negar o asentir con la cabeza —dijo en un tono cortante—. Ahórrame los monosílabos.
Los ojos de Rukia centellearon de rabia, pero asintió.
—Claramente espera que yo le obedezca —dijo con frialdad—. No esperará también que le ame y respete.
—No creo en los milagros —dijo dirigiéndose a la puerta con una sonrisa irónica—. Bueno, ¿vamos a ver a tu padre y le damos la buena noticia?
Al recordar sus palabras Rukia se mordió los labios. Aquel matrimonio se había convertido en un muro entre ellos.
Rukia había intentado desempeñar el insignificante papel que le había sido asignado tranquila y sumisamente, pero nunca fue fácil. Se volvió tímida y cauta delante de Ichigo, mientras que su ausencia la hacía sentir un profundo resentimiento. El había respetado el acuerdo, pero ella siempre había notado una extraña tensión entre ambos, y se ponía nerviosa al verse obligada a estar a solas con él.
«Y no tengo intención de volver a estar a solas con él. Muy pronto ni siquiera tendré que pensar en él», pensó mientras contemplaba los árboles por la ventana. Miró la hora con impaciencia. A lo mejor la cabaña no estaba disponible, pero ya encontraría otra. Quizá no había hecho bien al involucrar a Kaien. Él ya había tenido un encuentro con Ichigo di Kurosaki y a lo mejor era por eso por lo que estaba raro y de mal humor.
Estaba a punto de ir tras él para decirle que había cambiado de idea cuando Kaien apareció por la puerta.
—He reservado para pasado mañana. El vigilante va a preparar la casa.
Kaien le dio una descripción detallada de la cabaña y de cómo llegar.
—La estación más próxima es Kilrossan. Dile a la señora McEwen a qué hora llegas y te irán a buscar. Hice la reserva con tu nombre de soltera. Espero que no tengas inconveniente.
—Mucho mejor así, dadas las circunstancias. Mejor me voy a casa y hago la maleta. Tendré que tener cuidado o Penny sospechará.
—Dile lo que quiere oír —dijo Kaien—. Cuéntale que te vas a encontrar con tu esposo y que quieres darle una gran sorpresa.
—Vaya, ¿por qué no lo había pensado? —Rukia se acercó en busca de un beso—. ¿Estarás bien si Ichigo aparece por aquí haciendo preguntas?
—No lo hará. Su orgullo no se lo permite.
—Te echaré de menos. Avísame tan pronto como todo esté despejado y volveré.
—Yo también te echaré de menos.
Kaien le dio un beso apasionado. Era el primer signo de emoción que había mostrado aquella mañana y Rukia intentó corresponderle, pero le resultó algo difícil.
—Lo siento, cariño. No puedo pensar más que en irme de aquí. Por cierto, ¿qué pasó con los candelabros? —añadió Rukia de camino a la puerta.
Kaien le había rodeado los hombros con el brazo.
—¿Candelabros?
Ella señaló la chimenea.
—Aquellos de plata que estaban justo ahí.
Kaien se encogió de hombros.
—Probablemente la tía Kukaku los quitó antes de irse. Ya aparecerán.
Ella lo miró de reojo.
—Pareces algo deprimido.
—Escocia está muy lejos y dos semanas parecen una eternidad —dijo mirando al vacío.
—Pasarán pronto y volveremos a estar juntos. Y esta vez será para siempre.
Ya en el coche, se dio la vuelta para decirle adiós, Pero no había nadie y se dio cuenta de que Kaien ya había entrado. No podía soportar verla marchar. Sin embargo, en lugar de alegrarse, Rukia notó que tenía escalofríos, y se preguntó por qué.
«Todo está saliendo bien», pensó Rukia en el tren rumbo a Glasgow. Abandonar la finca había sido mucho más fácil de lo esperaba. Penny se tragó lo de encontrarse con Ichigo en Londres y una sonrisa iluminó su rostro al ver el rubor en sus mejillas, a pesar de que había sido provocado por la culpa y no por la esperanza de un feliz reencuentro.
No obstante, el ama de llaves sabía que Ichigo y ella ni siquiera compartían habitación cuando él se quedaba en la finca. De hecho, la única vez que Ichigo había entrado en su dormitorio había sido en la noche de bodas, y sólo se había quedado un momento. Su padre había muerto una semana después de anunciar el compromiso, y la boda había tenido lugar un mes más tarde. La ceremonia en el Registro Civil había sido muy sencilla, y Yamamoto Genryusai y su mujer habían sido los únicos testigos. Después, se habían marchado a Italia de luna de miel.
—Es la tradición. Además, me gustaría enseñarte mi casa. ¿Te parece bien? —le dijo Ichigo en aquella ocasión, y Rukia tragó con dificultad.
—¿No hace mucho calor en Roma en esta época?
—Hay una piscina. ¿Te gusta nadar?
De pronto, le vino a la mente la piscina de High Gables. Un Kaien sonriente intentaba salpicarla a la luz del sol.
—Solía nadar pero ya no —sin duda la habría oído suspirar.
Tenía que admitir que la casa en las afueras de Roma era preciosa, aunque resultara un tanto lúgubre con los suelos de mármol y los muebles anticuados.
Era más antigua y grande que su finca, y tenía un laberinto de pasadizos y habitaciones decorados con frescos. No obstante, muchos de ellos estaban algo descuidados. Además, una mansión así requería de mucho personal para su mantenimiento. A Rukia le resultó muy embarazoso que todos hubiesen esperado en fila para recibirla, rebosantes de emoción. «Si supieran que la nueva condesa es una farsante», había pensado la joven.
La acomodaron en una enorme habitación que tenía una cama con dosel, y las sirvientas no hicieron más que intercambiar sonrisas cómplices mientras extendían su mejor camisón blanco sobre el cubrecama bordado.
Rukia se tensó de miedo. A pesar de las garantías de Ichigo, era obvio que estaban preparando el escenario en el que la nueva esposa di Kurosaki sería desflorada. Su nerviosismo se disparó cuando descubrió que, aparte de dos puertas que daban al vestidor y al baño, había un acceso directo a la imponente habitación contigua, la cual parecía ocupada por un hombre.
Sirvieron la cena mucho más tarde de lo que esperaba y, si bien la comida fue deliciosa, Rukia no tenía mucho apetito, y no fue capaz de probar el vino. Necesitaba mantenerse sobria y prolongar la cena tanto como fuera posible.
—Pareces cansada —comentó Ichigo mientras retiraban el postre.
—Un poquito —respondió cautelosa. Estaba muerta de cansancio, pero no iba a admitirlo.
—Ha sido un día muy largo. Deberías irte a la cama —hizo una pausa—. ¿Sabes el camino?
—Por supuesto —se apresuró a decir, por si acaso se ofrecía a acompañarla.
—Si te pierdes, llama y acudirán a rescatarte inmediatamente —dijo sonriendo—. Eres el centro de atención para todo el personal, ¿comprendes?
—Sí, entiendo.
Ichigo estaba recostado en la silla. Sus finos dedos acariciaban el borde del vaso de vino.
—Estabas muy hermosa, mía cara —le dijo tranquilamente—. El vestido era maravilloso.
—No era nuevo. Ya me lo había puesto cuando papá me llevó a Ascot — recordó con dolor lo feliz que se había sentido al elegir aquel sencillo vestido de seda color crema hasta las rodillas—. Espero que no te haya importado —dijo con seriedad.
—Aunque te lo hubieras puesto cien veces, habrías estado igual de bella.
La conversación estaba tomando un rumbo muy personal, y Rukia se echó hacia atrás en la silla mientras fingía bostezar.
—Creo que tienes razón. Debería irme a dormir.
Él también se levantó.
—Que pases buena noche.
Ella le respondió con un hilo de voz y se apresuró hacia las escalinatas, intentando aflojar el paso para no delatarse. Al menos no había intentado besarla y tampoco la estaba siguiendo. Por fin respiró tranquila al entrar en la habitación y, tras deshacerse de la doncella, se dio una ducha antes de acostarse en aquella cama colosal. Las sábanas olían a agua de rosas, pero Rukia fue incapaz de relajarse. No hacía más que vigilar la puerta de la otra habitación, preguntándose qué haría si se abría en algún momento. Cuando por fin se decidió a apagar la lámpara y dormir un poco, oyó un pequeño ruido y se encontró con Ichigo, de pie en el umbral. Estaba descalzo y tenía la camisa entreabierta, dejando al descubierto un cuello vigoroso y la suave piel bronceada de su pecho. Se miraron fijamente durante una eternidad. Rukia se quedó paralizada, con el corazón desbocado y la boca seca, consciente de que uno de los tirantes de encaje se le había deslizado por el hombro. Tan sólo esperaba que él dijera o hiciera algo. Al final Ichigo tuvo que apoyarse contra el marco en busca de equilibrio y Rukia se quedó horrorizada al pensar que estaba borracho, pero su voz no mostraba signos de embriaguez.
—Rukia, quiero que sepas que no tienes nada que temer. Yo no voy a romper mi palabra. La ceremonia de hoy no cambia nada y nuestro matrimonio es un acuerdo de negocios que puede… seguirá siendo un simple compromiso. Cuando cumplas veintiún años, serás libre para vivir tu propia vida y… encontrar la felicidad.
Con una sutil reverencia, se marchó y cerró la puerta con firmeza. Rukia se quedó quieta, con la mirada perdida en el vacío y atenta a los acalorados latidos de su corazón.
Entonces las manos le habían temblado tanto como en ese preciso instante, mientras intentaba agarrar el vaso de café para darle un sorbo.
«¿Por qué estoy recordando todo esto?», se preguntó desesperada. «No tiene sentido porque nada va a cambiar». Pero quizá era algo que necesitaba hacer, aunque sólo fuera para convencerse de haber elegido el camino correcto.
No obstante, estaba claro que ser obligado a admitir abiertamente que su esposa no estaba entre sus conquistas, supondría un duro golpe para el amor propio de Ichigo. De hecho, había llegado a extremos insospechados para dar una imagen totalmente distinta de la relación. La mañana después de la boda, Rukia había sentido una mano sobre su hombro y al abrir los ojos se había encontrado con Ichigo, de pie delante de la cama.
—¿Qué quieres? —le preguntó con voz ronca.
—Quería darte esto —él le entregó una cajita de cuero—. Ábrelo.
Rukia se quedó sin aliento al ver el hermoso zafiro rodeado de pequeños diamantes.
—¿Un anillo de compromiso? —dijo frunciendo el ceño, asombrada—. ¿No es un poco tarde para eso?
—Es una tradición familiar. Cada conde entrega este anillo a su esposa el primer día de la luna de miel para demostrarle que ha quedado satisfecho. Quiero que te lo pongas.
El rostro de Rukia se encendió de rabia.
—De ninguna manera.
—Insisto. Si todos piensan que somos felices, o que me has hecho feliz, las cosas serán más fáciles para ti aquí —él había percibido su actitud rebelde y suspiró—. Rukia, te he librado de la intimidad del matrimonio, pero me temo que has de soportar los formalismos. ¿Está claro? Ahora póntelo.
Esperaba que no le sirviera, pero el zafiro se deslizó en su dedo como si lo hubieran hecho expresamente para ella.
—¿Hay algún otra degradante costumbre medieval que debería conocer? —preguntó con arrogancia.
—Si se me ocurre alguna, te la diré —hizo una pausa—. Ahora vuelve a la cama. No te molestaré más —dijo con ironía y se marchó.
Rukia se quedó dormida en pocos minutos y era casi mediodía cuando se despertó. Se bañó y vistió rápidamente, consciente del peso del zafiro sobre su mano. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para bajar, sabiendo que estaría bajo un discreto escrutinio.
El mayordomo, un refinado señor llamado Gaspare, estaba esperándola en el vestíbulo para llevarla a la terraza. Ichigo ya estaba sentado a la mesa.
—Carissima —dijo con una voz cálida mientras se ponía en pie y avanzaba hacia ella.
Bajo la indulgente mirada de Gaspare, tomó la mano que llevaba el anillo y la besó. El roce de sus labios sobre su mejilla fue de lo más sutil, pero ella se encogió igualmente y notó que sus ojos la miraban severos.
—Otra formalidad —susurró al incorporarse—. Acostúmbrate.
Ella asintió, incapaz de hablar.
La relación siempre había sido formal, y Rukia no podía sino estar agradecida por ello. Fiel a su palabra, Ichigo nunca había vuelto a su dormitorio. No obstante, aquella habría sido una promesa fácil de hacer al tratarse de una chica demasiado joven e inexperta para sus sofisticados gustos. Lo único que lo ataba a ella era una vieja deuda con su padre.
Pasaban poco tiempo juntos, y Rukia sintió un gran alivio al comprobar que la casa y los jardines eran lo suficientemente grandes para perderse durante horas. Sin embargo, hubo momentos en que tenía que permanecer a su lado, y no podía evitar sentirse incómoda, consciente de la fría cortesía de su esposo. Durante las comidas, Ichigo intentaba entablar conversación, y ella le devolvía la sonrisa como si realmente fuera la esposa cariñosa y satisfecha que todos esperaban.
En cualquier caso, se sintió aliviada cuando la luna de miel terminó y pudo volver a Inglaterra. Ichigo ordeno una botella de champán durante el vuelo y propuso un brindis.
—Estoy orgulloso de ti, mía cara. No habrá sido fácil para ti.
—Gracias —dijo cabizbaja—. No ha sido tan malo después de todo. Y tu casa es maravillosa —añadió inherente—. Pero estoy contenta de regresar a casa y volver a la normalidad.
Ambos se quedaron en silencio.
—¿Es que no tienes prisa por regresar a Italia? —preguntó Ichigo con curiosidad.
—Bueno, eso no era parte del trato, ¿verdad? Pensé que seguiría viviendo en Inglaterra.'
—Por supuesto, si eso es lo que deseas —hizo otra pausa—. Yo esperaba que aunque no fuésemos amantes, sí podríamos llegar a ser… amigos. ¿Qué te parece?
—No creo que sea posible. Venimos de mundos muy distintos, y tú tienes una vida muy ajetreada. No tienes por qué ser amable. Estaré bien, de verdad.
—Pero habrá momentos en que tendremos que vernos. Necesitaré que seas mi anfitriona. Ya te lo expliqué.
—Sí. Otra vez los protocolos —hizo una pausa—. No tienes que preocuparte. Haré todo lo posible por cumplir con mis deberes.
—Grazie, mía sposa —dijo con sarcasmo y una pizca de crueldad—. Entonces eso es todo.
Y eso había sido todo. Al principio sus estancias en Inglaterra habían sido frecuentes y se había mostrado bastante exigente respecto a los deberes de la joven, pero poco a poco sus visitas se habían vuelto esporádicas.
Por aquella época, Rukia encontró en los periódicos las primeras historias sobre su aventura con una prometedora estrella de cine, Nelliel tu oderschvank, y se quedó desconcertada. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar? Que ella prefiriera dormir sola no le obligaba a guardar el celibato. Como eso nunca había sido parte del trato, no podría haber acusaciones ni reproches. Rukia seguiría siendo agradable. Desempeñaría su papel cuando fuera necesario y trataría de no pensar en él cuando no estuviera a su lado.
Así que decidió ignorar aquella situación y ansiar que llegase el momento cuando dejaría de ser la esposa que él despreciaba.
«Y ese momento», pensó Rukia mientras contemplaba el paisaje en movimiento a través de la ventana del tren, «ese momento ha llegado».
«Mi matrimonio está acabado y no hay nada en este mundo que Ichigo di Kurosaki pueda hacer para remediarlo».
