Hola se que tarde en actualizar pèro asta hora pude reparar mi compu y en estas semanas que tendre de vacaciones volvere a actualizar todas mis historias. recuerden que los personajes no me pertenecen.


Capítulo 4

Estaba oscuro cuando llegó a Kilrossan. Rukia bajó al frío andén y se detuvo un instante para aliviar la tensión de su espalda. En ese momento, un joven alto y delgado se le acercó desde la oscuridad.

—Usted debe de ser la señorita Kuchiki —dijo sonriendo—. He traído el todo terreno.

El muchacho tomó su equipaje y ambos se dirigieron a la salida.

—Por cierto, soy Angus McEwen —añadió—. Mi tía cuida de la cabaña, pero no suele haber inquilinos en esta época del año.

—Quería encontrar un sitio tranquilo y remoto —dijo Rukia, refugiándose en su abrigo de borrego.

—Bueno, eso está bien.

—Estoy completamente helada.

—Seguro que nieva —metió las bolsas en el maletero y partieron.

—Es muy amable por su parte venir a recogerme a esta hora —dijo Rukia con un tono casual.

—Estoy en casa de vacaciones y me gusta estar ocupado —hizo una pausa—. ¿Cómo supo de esta cabaña?

—A través de un amigo.

—Es una pena que esté tan oscuro porque las vistas son magníficas. Muchos dicen que el desierto es hermoso también, pero a mí no me lo parece.

— ¿Es ahí donde trabaja?

El joven asintió,

—Empecé en una plataforma petrolífera pero ahora estoy trabajando en Arabia Saudí —hizo otra pausa—. ¿Le gusta andar, señorita Kuchiki? Si está pensando en adentrarse en esas colinas, debe decirle a mi tía a dónde va. Nieve o no, el tiempo puede empeorar en esta época del año, y llamar a los equipos de rescate de las montañas es muy caro.

—No se preocupe —dijo sonriendo—. He venido aquí para relajarme. Tendré bastante con algún paseo esporádico.

—En ese caso, mejor será que la ponga sobre aviso —bromeó Angus—. Mi familia dice que hablo por los codos.

A decir verdad, Rukia le agradeció que guardase silencio. Aún no podía creer haber escapado tan fácilmente. La única pregunta peligrosa se la había hecho un empleado de la estación al venderle el billete.

—¿Un billete sencillo para Londres en primera clase, señora? ¿Sin vuelta?

Rukia sonrió con dulzura.

—Probablemente regrese en coche.

Si Ichigo empezaba a indagar, eso es lo que le dirían, y en Londres le perdería la pista. No quería pensar en cuál sería su reacción al llegar a la finca y no encontrarla. Tenía por delante dos tranquilas semanas en soldad para hacer planes.

El viaje en coche pareció durar una eternidad, pero mal mente las luces del todo terreno se apagaron y Rukia vio que estaban subiendo por un camino de tierra lleno de baches. El joven señaló hacia una luz.

—Esa es la cabaña Braeside. La tía le preparó algo de comer. Pan, leche, gachas de avena y cosas así. Yo le enseñaré toda la casa y encenderé la chimenea del salón. El agua y la calefacción funcionan con petróleo —prosiguió mientras Rukia asentía—. La cocina funciona con bombonas porque suele haber apagones si hay mal tiempo, pero hay suficientes velas —hizo una pausa, dudando—. ¿No tiene inconveniente en estar aquí sola?

—Créame —dijo Rukia, convincente—. Lo estoy deseando.

Merecía la pena haber esperado por la cabaña. Aquello era el fin del mundo, tal y como había esperado. Su refugio escocés, a cientos de millas de airados millonarios italianos.

El salón era amplio, con muebles cómodos y discretos. Había dos enormes sofás tapizados en cretona azul estampada a cada lado de la chimenea, así como una pequeña mesa y dos sillas bajo la ventana. Los muebles no eran nuevos, pero estaban relucientes y despedían un agradable aroma a recién pulidos.

Angus dejó la maleta arriba, en el gran dormitorio principal. Rukia apenas pudo resistirse ante la mullida colcha que cubría la cama de matrimonio y las inmaculadas almohadas blancas adornadas con encaje. Era una pena que la hacendosa tía Kukaku no pudiese arreglar High Gables, pensó Rukia, y se preguntó si Kaien la echaría de menos. Sin embargo, cayó en la cuenta de que apenas había pensado en él. Era absurdo que hubiese estado tan preocupada por Ichigo cuando todo estaba a punto de acabar.

Al reunirse con Angus en el piso inferior, el fuego ya chisporroteaba en el hogar.

—La leña está en el sótano, que es más seco. Y este fuego prende rápidamente, así que no tendrá problemas para encenderlo. Tampoco le será difícil encontrar el pueblo. Sólo tiene que caminar cuesta abajo. En la nevera mi tía le ha dejado algo para la cena, por si tiene hambre. ¿Le parece bien?

—Sí. Muchísimas gracias —dijo Rukia tranquilizándole—. Su tía se ha tomado muchas molestias para recibirme, y usted también.

—Oh, no es nada —Angus se puso de pie—. No olvide cubrir el fuego con la mampara antes de irse a la cama.

—Por supuesto que sí. Tomaré algo de cenar y me iré a descansar.

La sonrisa del joven la hizo entrar en calor.

—Entonces, nos vemos —dijo antes de marcharse.

Rukia oyó el ruido del todo terreno al alejarse por el camino.

Por fin no había más que silencio. Rukia se detuvo a contemplar la cabaña, rebosante de satisfacción. Hacía un poco de frío en la habitación y los radiadores estaban apagados. Tendría que echarle un vistazo al temporizador de la calefacción.

Tras deshacer la maleta, fue a la cocina. Tal y como había dicho Angus, había un pollo fresco en la nevera, junto con algunas zanahorias y un pequeño repollo, pero por el momento tendría bastante con una lata de sopa.

Una vez caliente, la echó en un plato y regresó al salón. Justo cuando se iba a sentar, uno de los leños se desplomó sobre el fuego y la hizo saltar del susto. Más allá de la ventana, hacía una noche cerrada y Rukia cerró las gruesas cortinas de color crema para ahuyentar la oscuridad… y lo desconocido. «Esto es lo que querías», pensó para sus adentros. No había por qué ponerse paranoica.

No obstante, mientras arreglaba los pesados pliegues de la cortina, se dio cuenta de que había empezado a nevar, y entonces oyó algo… el ruido de un coche acercándose a la cabaña.

«Oh, Dios», pensó. «No puede ser Angus otra vez con cualquier excusa».

Rukia avanzó hacia la puerta para echar el cerrojo y oyó cómo abrían la puerta del vehículo. Unos pasos misteriosos se dirigían hacia la casa.

—Sea lo que sea lo que tengas que decir, puede esperar a mañana. Ahora me gustaría que te fueras —dijo sin aliento al tiempo que abrían la puerta de la cabaña.

—Pero qué descortés por tu parte —replicó aquel extraño con un acento demasiado familiar—. Sobre todo cuando he venido hasta aquí para buscarte.

Atónita ante lo que veían sus ojos, Rukia se paró en seco y Ichigo di Kurosaki entró en la casa iluminada.

La joven se quedó sin habla y apenas podía pensar. Permaneció allí de pie, mirándolo fijamente, observando cómo se quitaba los guantes. Era imposible que la hubiera localizado y seguido tan pronto. Pero sin duda estaba allí, en carne y hueso. Tenía el cabello y los hombros cubiertos de nieve, y llevaba un bolso de viaje de cuero.

—¿Te has quedado sin palabras, mía bella? —preguntó mientras la miraba fijamente—. Qué extraño. Fuiste muy directa cuando hablaste con mis abogados.

A Rukia se le hizo un nudo en la garganta al recordar aquellas palabras temerarias. La cabaña se había vuelto pequeña y asfixiante. Además, había una rabia en su voz que la hizo temblar.

—¿Tienes frío, mi amor? —él no tardó en notarlo—. Discúlpame —cerró la puerta de una patada—. Bueno, Rukia, ¿te gusta la cabaña?

—Me gustaba hasta hace un momento. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—He venido a hablar contigo, para discutir tu último ultimátum, entre otras cosas. Te lo dije en mi carta y debes de haberla leído. Si no, ¿por qué estás aquí?

—Vine para no tener esta conversación —intentó mantener la voz firme, pero la cabeza le daba vueltas.

Él se encogió de hombros.

—Pero eso no era decisión tuya —dijo, quitándose el anorak y soltándolo encima del sofá. Debajo llevaba un suéter negro de cuello alto, vaqueros azules y botas de campo.

Por lo visto él también se había preparado para el mal tiempo… y para una larga estancia. Una voz en la cabeza de Rukia no hacía más que gritar «No»…

—Te dejé bien claro lo que quería Rukia. Tendrías que haberme escuchado.

—Ah, ya empezamos con el viejo tema de la obediencia.

—Hay una serie de temas que debemos discutir a su debido tiempo.

—No —dijo Rukia enojada—. Vine aquí para huir de ti. O te vas o lo hago yo.

Ichigo caminó hasta la puerta y la abrió. Había una tormenta de nieve.

—Entonces vete, mía cara. Espero que sepas a dónde vas porque la noche no está para andar por ahí. Deberías mostrar algo de sensatez y admitir que esta conversación es inevitable. ¿Y bien?

Hubo un profundo silencio y Rukia se dio la vuelta sin pensar, rodeándose el cuerpo con las manos.

—Veo que eres una chica lista —dijo, cerrando la Puerta.

—¿Cómo averiguaste dónde estaba? —Creo que ya sabes la respuesta. —Supongo que se lo habrás sacado a Kaien de alguna forma —Rukia estaba furiosa.

—No fue necesario. Conozco esta casa desde hace mucho tiempo. Unos amigos me la ofrecieron para mi luna de miel y ahora me arrepiento de no haber aceptado —dijo mirando alrededor—. Es muy acogedora y está idílicamente aislada. ¿No crees?

La sensación de estar al borde de un precipicio era tan real, que Rukia se tambaleó hasta al sofá y se sentó.

—¿Amigos? —dijo con voz ronca—. ¿Qué amigos?

—Kisuke y Yoruichi Urahara. Los conociste en Londres, pero sabía que no te acordarías. Estabas demasiado encerrada en tu mundo, mía sposa, como para que te importaran las personas que te presentaba.

—Entonces Kaien los conoce también —Rukia tragó con dificultad.

—El signor Shiba —dijo con desprecio— sólo sabía lo que yo le dije y ordené hacer. Ya ves. Me imaginé que intentarías evitarme. Siguiendo mis instrucciones, él te ayudó a hacerlo y te mandó aquí… hacia mí.

—No. Él no haría eso. Kaien y yo nos habíamos reencontrado. Teníamos planes… —su voz se rompió, pero recobró las fuerzas—. Seguro que le tendiste una trampa.

—Por supuesto —dijo con un tono burlón y cruel—Le engañé para que me dejara pagar sus deudas. Eran considerables.

—¿Cómo sabías que debía dinero?

—Le prometí a tu padre que te protegería. Por eso tenía que saber qué estaba tramando el signor Shiba, sobre todo cuando ignoró mi advertencia y entró en tu vida de nuevo.

A Rukia se le cortó la respiración.

—¿Me estás diciendo que le has tenido vigilado, que lo has investigado?

—Por supuesto —dijo con energía—. Paso mucho tiempo fuera. ¿Cómo sino hubiera obtenido la información que necesitaba? Así descubrí sus deudas.

—Eso es una tontería —a Rukia le temblaba la voz— Kaien tiene un negocio de éxito.

—No existe tal negocio. Sólo se busca la vida con astucia. Y se está quedando sin opciones. No fue culpa mía que tú fueras una de ellas.

—¿Sabes lo que estás diciendo? Me estás diciendo que el hombre al que amo sólo me quería porque soy la heredera de mi padre.

—Sí. Exactamente.

—¿Y qué pasa conmigo?—dijo con la boca seca—. ¿También me tenías vigilada?

—Sí. Naturalmente.

—No creo que eso tenga nada de natural —dijo furiosa—. ¿Cómo te atreviste espiarme?

—Soy un hombre rico, Rukia, y tú eres mi esposa. En algunos círculos, eso te convierte en un blanco perfecto —se encogió de hombros—. Sabía que no aceptarías un guardaespaldas, así que sólo me quedó una alternativa.

—Claro, y todo lo hiciste por puro altruismo —replicó Rukia, furiosa—. Pero dime, ¿quién te vigila a ti?

—Puedo cuidar de mí mismo. Tenía que protegerte porque le hice una promesa a tu padre —hizo una pausa—. Tenía que impedir que hicieras el ridículo con Kaien.

Un tenso silencio se cernió sobre ellos.

—Siento haberte hecho daño, pero ya es hora de que sepas la verdad —dijo con sequedad.

—No te creo —Rukia agarró el bolso para sacar el móvil—. Voy a llamar a Kaien ahora mismo y probaré que estás mintiendo.

—Hazlo, pero primero dime dónde vas a dormir.

—No vas a quedarte aquí —dijo Rukia, dirigiéndole una mirada airada—. ¿Crees que voy a permitirte estar bajo el mismo techo que yo?

—No es la primera vez. Y no veo cómo puedes impedirlo. Yoruichi me dijo que hay dos dormitorios. ¿A cual me voy?

Sus miradas chocaron, y Rukia fue la primera en desviar la vista.

—Al de la derecha, supongo —dijo con frialdad—. Ya que no soy físicamente capaz de echarte. Pero Kaien sí puede, y lo hará cuando descubra lo que has dicho. Estará aquí mañana.

—Tu fe es de hierro, pero estás malgastándola. De todos modos, llama si quieres, pero, si soy un mentiroso, ¿cómo es que te he encontrado tan fácilmente?

Rukia le observó subir por las escaleras, muy confundida. Apenas podía creer lo que había dicho. Era demasiado retorcido para ser verdad. «Kaien me quiere», pensó, «y Ichigo le guarda rencor por todas las cosas que dije a los abogados. Eso es todo».

No obstante, no podía sacarse de la cabeza el extraño comportamiento de Kaien el día anterior: lo nervioso y reacio que se había mostrado al ayudarla. Era como si se sintiera culpable, o avergonzado… Cuando Ichigo regresó diez minutos después, aún estaba sentada, con el teléfono en las manos.

—¿Y bien? —preguntó con brusquedad.

—No hay línea —Rukia sacudió la cabeza—. Deben de ser las montañas. Tiene que haber un teléfono en alguna parte.

—Sólo en el pueblo —Ichigo se encogió de hombros—Kisuke y Yoruichi prefieren estar solos.

Esa palabra retumbó en la mente de Rukia como una campanada. Nunca habían estado totalmente solos. Aparte de conocidos e invitados, siempre habían estado rodeados de sirvientes. En ese momento, no había nadie más excepto ellos y, al caer en la cuenta, un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Ichigo echó un vistazo por habitación, y al ver el plato de sopa, hizo una mueca.

—¿Es esto es la cena?

—La mía sí. No tengo mucha hambre.

—Yo sí. ¿Qué más hay para comer?

—¿Crees que te voy a preparar la comida?

—Todavía eres mi esposa, mía cara. Hasta ahora tus obligaciones no han sido pesadas. Además, la mayoría de las esposas cocinan para sus maridos. ¿No lo sabías?

—Todo el mundo aprendió a cocinar en mi colegio. Las monjas insistían mucho en ello —dijo indignada.

—Ah, las monjas. Eso explica muchas cosas. Por lo menos se han ocupado de algunos aspectos de tu educación, aunque no de todos.

—¿Y qué significa eso? —dijo desafiante.

—Nada. ¿Hay huevos? Tal vez podrías preparar una tortilla, ¿no?

—Podría, pero ¿debería?

—Sí, porque un hombre no puede hacer negocios con el estómago vacío —dijo suavemente—. ¿Estamos aquí para negociar o no?

Rukia retiró la sopa con rebeldía y, tras echarla por el fregadero, puso al fuego la tetera. Había bolsitas de té y un tarrito de café instantáneo. A Ichigo no le gustaría, pero después de todo no era bienvenido, así que ¿por qué habría de importarle? Encontró una sartén y la puso a fuego suave con un poco de mantequilla. Estaba cascando unos huevos cuando Ichigo entró, pero no se atrevió a mirarlo.

—¿Te importa? Esta cocina es muy pequeña.

—Vine a traerte esto —puso un paquete sobre la mesa de la cocina.

Molesta, Rukia reconoció una carísima marca de café recién molido.

—Sí que piensas en todo, signore.

—Tengo que hacerlo, Carissima, al tratarse de ti.

Estiró el brazo hasta la balda superior de la estantería y bajó una caja que contenía una cafetera.

—Me temo que no hay cafetera exprés, pero esto servirá.

—¿Quieres dos huevos o tres? —dijo ella.

—Cuatro. Tengo que recuperar fuerzas. ¿No crees, esposa mía?

Sorprendida, Rukia se dio la vuelta bruscamente y se quedó mirándolo.

—¿Qué quieres decir?

—Ni más ni menos que, si continúa nevando así, quizá tengan que desenterrarnos. ¿Qué si no? —dijo con una mueca burlona—. Y se te va a quemar la mantequilla.

Emily apretó los dientes cuando le vio irse al salón, y retiró la sartén del fuego. Después metió dos rebanadas de pan en la tostadora, llenó la cafetera y puso la mesa. Ichigo estaba acostado en el sofá, contemplando el fuego recién encendido.

—¿Te has dado cuenta de que no hay televisión, ni tampoco fax u ordenadores? —le dijo Rukia.

—¿Eso es un problema?

—No creo que estés acostumbrado a esta falta de lujos, y no podrás controlar tus finanzas desde aquí.

—Oh, creo que sobrevivirán sin mí.

—¿Pero sobrevivirás tú?

—Durante un tiempo, sin duda —dijo mientras se estiraba despreocupado—. Y me vendrá bien relajarme. Eso es algo que no ocurre a menudo.

—Te has olvidado de las negociaciones —le recordó Rukia.

—No me he olvidado de nada —Ichigo apartó la mirada.

Rukia batió los huevos y los echó en la sartén. Por suerte, le quedaron muy buenos, esponjosos y dorados.

—Excelentes —comentó Ichigo al probarlos—. Tienes talentos ocultos, mía cara.

—Todo el mérito es de la hermana Unohana Retsu —dijo con la mirada fija en el plato.

Rukia comió sin ganas. Nunca le dejaría ver su miedo y lo trataría con una fría indiferencia. Cuando terminaron, Rukia se opuso a que la ayudara a fregar. Ver a Ichigo di Kurosaki con un paño de cocina en las manos sería demasiado gracioso. Además, la cocina era demasiado reducida para compartirla, especialmente con él. Cuando volvió al salón, se quedó sorprendida al ver una botella de vino y un par de copas sobre la mesita.

—¿Lo has traído tú?

—No fue necesario. Kisuke tiene una pequeña bodega en el sótano para las visitas —sirvió el vino y le dio una copa—. Me dio la llave.

—Parece ser un buen amigo —dijo Rukia cohibida.

No quería sentarse a beber con él, pero no hacerlo podría dar lugar a malentendidos. Dio un pequeño sorbo y puso la copa en la mesa.

«Dios mío», pensó con amargura, «esta… emboscada fue planeada con sumo cuidado». Sin embargo, poco a poco se hizo evidente que no podría haber tenido éxito sin la colaboración de Kaien. Tendría que aceptarlo. Aunque quisiera, no podía olvidar los objetos que faltaban en High Gables, ni tampoco el comportamiento esquivo de Kaien. «Si le hacía falta dinero, ¿por qué no acudió a mí?», se preguntó desesperada. ¿Por qué fingir que era un empresario de éxito que trabajaba fuera de casa, si al fin y al cabo ella terminaría descubriéndolo?

—Pareces enfadada, Carissima. ¿Acaso no es de tu agrado el vino?

—Está bueno, pero no compensa la invasión de mi intimidad.

—De todos modos, nunca he sido bienvenido.

—Bueno, eso no importa ahora. Estoy segura de que te reciben con los brazos abiertos en otros sitios.

Más le hubiera valido morderse la lengua. Había roto su máxima principal haciendo referencia a las otras mujeres. Ichigo no contraatacó de inmediato, tal y como ella había temido. Se recostó sobre los cojines, con la mirada pensativa y siguió bebiendo vino.

—¿Nunca se te ha ocurrido, mía cara, que intentar huir de mí podría ser un incentivo? ¿Nunca pensaste que iría tras de ti?

—No —dijo tajante.

—Qué poco conoces a los hombres —murmuró.

Rukia se apartó el cabello de la cara con un violento gesto. «Es inútil dar rodeos y al diablo con las consecuencias».

—A ti sí que te conozco, signore —dijo con mordacidad—. Pensaba que ya tenías suficientes… incentivos en tu vida —respiró hondo—. ¿Por qué no dices lo que tengas que decir, vuelves al mundo real y… me dejas en paz?

Él se quedó mirándola un instante, y entonces recogió las copas de vino.

—Sugiero que continuemos esta conversación mañana, cuando estés más… agradable, más preparada para razonar. Y ahora, ¿me dejas darme un baño, antes de irme a la cama?

—Por supuesto —era sólo un respiro, pero tal y como estaban las cosas, era lo mejor que podía esperar—. Hay… hay toallas en el armario, creo.

—Grazie —dijo inclinando la cabeza—. Supongo que no hay mucha agua caliente, así que trataré de usar poca.

—No hay problema. Es evidente que tus amigos se las apañan bien.

—Ah, es que se bañan juntos —le espetó con una fugaz sonrisa, antes de subir.

Eso era más de lo que Rukia necesitaba saber. Una vez más, Ichigo la había pillado con la guardia baja. «¿Cómo pensé que podría desafiarle? Tendría que haber contratado a un equipo de abogados». Pero ya era demasiado tarde. Él estaba allí, dispuesto a hacerla razonar, o en otras palabras, decidido a someterla, pero ella no se dejaría apabullar. Le haría frente hasta el final. Y si pensaba que la traición de Kaien haría zozobrar su voluntad, estaba equivocado.

Cuando Kaien la dejó la primera vez, pensó que no podría vivir sin él, y por ello sucumbió a la insistencia de su padre, accediendo a casarse con Ichigo por conveniencia. Pero las cosas habían cambiado en su interior, y en lugar del dolor devastador que esperaba, sentía una gran indiferencia. «Debería estar llorando», pensó con una mueca burlona. «Quizá soy demasiado joven para que me rompan el corazón».

—A mi salud —dijo dando un gran sorbo a la copa de vino.

Aún tenía que convivir con Ichigo durante algún tiempo y se sorprendió al darse cuenta de que estaba sentada al borde del sofá, con los sentidos puestos en cualquier signo de su presencia en el piso superior. Se puso en tensión al oír brotar el agua del grifo de la bañera, y espero ávidamente el sonido de sus pasos de camino al dormitorio. Por fin, le oyó cerrar la Puerta.

Con gran alivio, Rukia cubrió el fuego con la mampara de seguridad, apagó la luz y subió tranquilamente, esperaba encontrar el cuarto de baño lleno de agua, Pero había recogido todo, y su toalla húmeda estaba colgada. La puerta tenía un destartalado cerrojo y no dudó en pasarlo antes de llenar la bañera.

Ichigo estaba allí tan sólo por su reputación. Había herido su orgullo masculino. A lo mejor no estaría de más disculparse, alegando que se había dejado llevar por la rabia.

En cualquier caso, no podría darse el largo baño relajante que había planeado. Se secó con rapidez y se puso un viejo camisón de algodón de sus días de colegio. Caminó de puntillas hasta su habitación y titubeó por un momento ante la puerta de enfrente, pero no se oía ni un ruido. Tal vez ya se había quedado dormido.

Cerró su puerta y se apoyó contra ella. De pronto se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y se quedó escuchando el imperturbable silencio. Un momento después, se acercó a la ventana y abrió la cortina. La nevada parecía intensa. Una cosa era tener un refugio, aunque hubiera resultado ser poco fiable, pero estar atrapado en una tormenta de nieve era algo muy distinto. Tiritando, retrocedió hasta la cama y se metió dentro. Se quedó mirando al techo, víctima de una avalancha de pensamientos, impresiones y fragmentos de conversación. Y todo para nada, excepto para hacerla sentirse más inquieta que nunca. Lo que necesitaba era apagar la luz y dormir. Las cosas siempre parecían más fáciles por la mañana.

En ese momento, la puerta se abrió con un leve crujido y Ichigo entró en la habitación. Llevaba una bata de seda negra que dejaba al descubierto gran cantidad de piel bronceada. Presa de sus temores, Rukia lo miró fijamente con el hombro apoyado sobre la cama.

—¿Qué… qué quieres?

—Tenemos asuntos que discutir. ¿Recuerdas?

—Pero mañana —dijo con voz temblorosa—. Dijiste que hablaríamos mañana.

—Ya es mañana. ¿Nunca has oído hablar de los problemas de alcoba?

Se llevó las manos al cinturón de la bata y Rukia retrocedió.

—No. Por favor, Ichi —dijo con voz ronca—. No puedes hacer esto. Me prometiste que…

—Entonces tuve que lidiar con una niña aterrorizada —dijo con suavidad—, pero les dijiste a mis abogados que estabas pensando en volver a casarte. Supongo que has superado tus miedos infantiles y que por fin eres una mujer.

—No habrá tal matrimonio —protestó Rukia—. Tú… tú lo sabes.

Ichigo arqueó las cejas.

—¿Y crees que eso supondrá una diferencia? Pues no. He sido extraordinariamente paciente contigo, Rukia, pero fuiste demasiado lejos con tu demanda de anulación. Quiero asegurarme de que nunca me vuelvas a ofender de esa manera.

Dicho esto se deshizo de la bata y se acostó en la cama totalmente desnudo.

—Estoy seguro de que lo entiendes —añadió.

Yo creo que rukia no deveria resistirse. espero sus opiniones.

att:Naoko tendo.