perdonen la tardansa pero lo prometido es deuda asi que a ki les dejo este nuevo capitulo espero que sea de su agrado asi que a leer se a dicho.


Capítulo 5

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Dios mío. Rukia casi se ahogó al huir hacia el otro lado de la cama. El corazón le palpitaba contra las costillas, como un pájaro en una jaula. Cayó en la cuenta de que había cerrado los ojos una fracción de segundo tarde, y la imagen de Ichigo di Kurosaki desnudo se le había grabado en la mente. También percibió la calidez de su compañía en la cama, su cercanía… Se le cerró la garganta.

—No te atrevas a acercarte a mí y no me toques —dijo frenética, intentando liberarse de las manos que se apoyaban en sus hombros.

—No seas tonta —con un gesto tranquilo pero inflexible, Ichigo la hizo mirarle a los ojos, arqueando las cejas al contemplar el camisón de cuello alto—. Veo que la educación de las monjas abarcó de la cocina a la alcoba, cara —dijo sin molestarse en reprimir el tono jocoso—. Así que, ¿te vas a quitar esta horrenda prenda, o prefieres que lo haga yo?

—Te estás vengando, ¿no? —dijo con voz entrecortada—. Porque tuve el mal gusto de elegir a otro hombre y hacértelo saber.

—Dicen que la venganza es dulce —dijo encogiéndose de hombros—. Quizá hoy descubramos si es verdad.

—Por favor —susurró Rukia—. Por favor, no lo hagas. Tú no me deseas realmente. Lo sabes. Y ya me has castigado bastante, así que déjame ir.

— ¿Sin haber probado los placeres del matrimonio? —Dijo él con burla—. De ninguna manera, mi dulce esposa. La vida ofrece tan pocas novedades…

—Harás que te odie —dijo ella sin aliento.

—Yo pensaba que ya me odiabas, mía cara, así que no tengo nada que perder —hizo una pausa para examinar el cuello de su camisón—. Bueno, ¿quién va a hacerlo?

—¡Yo no me lo voy a quitar! —dijo Rukia colérica.

—Como quieras.

Empezó a desabrochar los botones y Rukia intentó agarrarle la mano para hundir los dientes en ella, pero él era demasiado rápido.

—Eres una gata salvaje —dijo riéndose mientras capturaba las muñecas de la joven con un gesto ágil y las levantaba por encima de su cabeza, dejándola indefensa.

—Si quieres morderme, Rukia mía, te enseñaré encantado dónde y cómo. Pero más tarde. Y me niego a hacerte el amor dentro de esta… «tienda de campaña».

Rukia lo miró con ojos enormes y la cara pálida.

—¿Cómo te atreves a usar la palabra «amor»? —dijo insegura.

~¿Qué prefieres?¿Alguna vulgaridad anglosajona? —se encogió de hombros con cinismo—. Al fin y al cabo es lo mismo.

—Eres perverso —dijo Rukia en un arrebato.

—Supongo que sí.

Le soltó las muñecas para sacarle el camisón por la cabeza con una destreza pasmosa, y lo arrojó al suelo. Rukia trató de cubrirse hasta la barbilla con la manta, pero Ichigo la detuvo.

—No, mi amore, deseo mirarte —retiró la colcha y descubrió su desnudez a la luz de la lámpara. Rukia giró la cara inconscientemente y se clavó las uñas en las palmas de las manos. «Si no le miro», pensó desesperada, «si no le veo mirándome, puedo fingir que esto… no está pasando. Y puedo soportarlo… de alguna manera, sobre todo si pienso en otra cosa».

—Tu cuerpo es como la luz de la luna, Carissima. Más hermoso que en mis sueños.

—¿Debería sentirme halagada? —dijo sin atreverse a mirarlo todavía.

—¿No quieres que te digan que te desean? —dijo Ichigo agarrándola de la barbilla y haciéndola mirarlo a los ojos a pesar de su resistencia.

—Sólo el hombre que amo —dijo desafiante.

Sus naranjas cejas se arquearon.

—Dio, ¿aún te importa después de todo lo que te ha hecho? Me desconciertas.

—Seguro que estaba desesperado. No tienes ni idea de lo que es no tener dinero. Siempre has llevado esta vida lujosa, y todo el mundo baila al son que tú tocas.

—Tú no estás incluida, ¿verdad? —había algo de desprecio en su voz.

—Yo también lo hice. Fui lo bastante tonta como para casarme y pensar que podía confiar en ti cuando decías que no me tocarías a menos que yo lo deseara.

Ichigo torció la sonrisa.

—Pensé que quizá cambiarías de opinión con el tiempo.

—Entonces estabas equivocado —Rukia era consciente de que aún seguía apoyado sobre el codo, con los ojos fijos sobre su cuerpo desnudo. Aquel incesante escrutinio le provocaba una vergüenza angustiosa, y la hacía sentir vulnerable—. ¿Puedo taparme? —dijo bruscamente.

—No, mía bella, todavía no.

—Pero hace frío.

—Entonces acércate más —dijo con una sonrisa.

—Bueno, por lo menos apaga la luz —Rukia se mordió los labios.

—Después. Pero ahora…

Se inclinó y posó sus labios sobre los de Rukia. Era la primera vez que se besaban desde aquella vez, cuando se había arrojado a sus brazos creyendo que era Kaien. Su beso le resultó extrañamente familiar y sintió miedo. Aún recordaba su sabor, el cálido aroma de su piel, su delicadeza… Era como si nada hubiese cambiado. Aunque finos, sus labios resultaban sensuales al acariciarla, jugueteando con las suaves curvas sin prisa pero sin pausa. Rukia se hundió en un suspiro que pareció invadir todos sus sentidos. En lo profundo de su ser, sintió el aleteo de una mariposa, y oyó una vocecilla que susurraba «esto es la seducción». Así supo que estaba en peligro. Ichigo dominaba el juego a la perfección. Había ido allí para hacerla rendirse y no se contentaría con menos. Además, la iniciación de su esposa virgen no le supondría un reto, dada su amplia experiencia. Sin duda pensaba que, antes de que terminara la noche, ella se aferraría a el, pidiéndole más y más. Pero ella le haría recapacitar. Lucharía con todas sus armas, usando su orgullo, su rabia y su voluntad para sofocar lo que estaba sintiendo, sobre todo aquella primera chispa de excitación sexual. No obstante, sabía que no podría impedir que la poseyera físicamente. Forcejear sería inútil y humillante, pero le haría ver a él que su victoria no era completa. Ella se había jactado de ser inmune a él y en ese momento lo demostraría por todos los medios. Se encerraría en alguna parte de su mente donde no pudiera encontrarla.

Rukia volvió a contar hasta veinte… Ichigo le recorrió los labios con la punta de la lengua, incitándoles a abrirle paso, pero ella se resistió.

Él levantó la mirada.

—¿No? —dijo con una pizca de curiosidad.

Rukia permaneció en silencio, clavándole los ojos con hostilidad, y Ichigo torció el gesto con tristeza.

—Definitivamente… no —murmuró mientras la apretaba contra su pecho.

«Segunda fase», pensó Rukia, y se sintió tentada de decirlo en voz alta. Entonces, él le rodeó los pechos con las manos y empezó a juguetear con los pezones, en un intento por seducirla que resultaba tan placentero como calculado. Durante un ávido instante, ella se quedó sin habla, y casi perdió la razón. Su mente estaba en caída libre, y un deseo desconocido hizo despertar a su cuerpo. El se inclinó y envolvió uno de los sonrosados pezones con los labios, acariciándolo delicadamente con la lengua. A Rukia la atravesó una ráfaga de placer y le sintió sonreír contra su piel. Así recobró la cordura y reprimió un incipiente gemido en la garganta. «Oh, Dios, está tan seguro de mí», pensó conmocionada. Estaba convencido de que su cuerpo inexperto respondería con gratitud y placer. ¿Por qué no había aplacado su rabia obligándola con brusquedad? «No, él nunca haría eso».Además, sabía muy bien cómo tentar y excitar, una habilidad que sin duda había aprendido en muchas otras camas. Pero no en la suya, nunca en la suya. No le dejaría ganar.

Rukia hundió los dientes en el labio inferior hasta probar la sangre, y se refugió en la agudeza del dolor para evadirse de la provocación del roce de sus dedos sobre su cuerpo. «Sería muy fácil rendirse. Tan fácil y… fatal». Pero no podía olvidar que por su culpa todos sus sueños se habían ido al traste, y por eso iba a rechazarle.

No obstante, no era capaz de controlar su propia respuesta física. Ni siquiera Kaien había desencadenado tal reacción en ella. Nunca la había hecho sentir que estaba a punto de tocar el cielo. Ichigo empezó a empujar delicadamente con la rodilla, invitándola a separar las piernas. Cuando por fin empezó a acariciar el secreto de su feminidad, Rukia se quedó rígida de tensión y apretó tanto los párpados, que chispas de colores danzaron ante sus ojos. Casi gritó de placer al sentir cómo rozaba insinuante el lugar más sensible con la punta del dedo. Entonces se dio cuenta de que estaba a punto de ceder. Desesperada, empezó a recitar versos para soportar el hechizo de su tacto, pero no era capaz de rasgar la telaraña de sensualidad que estaba tejiendo en torno a ella.

—Rukia —la voz de Ichigo pareció alcanzarla desde muy lejos.

Las caricias habían cesado y la observaba con ojos apagados.

—Siento que te aburro, Carissima. Si es así, no dudes en decírmelo, o bien dime si hay otra forma de darte más placer —dijo con el rostro serio.

—Sólo quiero que me dejes en paz. Nada más. ¿No lo entiendes?

—Parece que tu cuerpo no está de acuerdo —le dijo encogiéndose de hombros—. Sigue con tu resistencia pasiva, si quieres, pero aún tengo intención de hacerte mi esposa. Sin embargo, sería más fácil para los dos si cooperaras un poquito… ¿No podrías devolverme los besos?

—Si quieres algo de mí, signore, tendrás que tomarlo a la fuerza —dijo Rukia, con voz clara y tranquila—. No te voy a dar nada, ni ahora ni nunca. Has roto la Promesa que me hiciste en la noche de bodas.

Él la agarró por los hombros y tiró hacia sí. Sus senos se estrellaron contra el pecho de Ichigo al tiempo que él buscaba sus labios y se fundían en un beso apasionado. Rukia estaba sin aliento cuando por fin la dejó caer sobre las almohadas.

—Ésta es nuestra noche de bodas. Aquí y ahora. Y voy a hacerte otra promesa, mía cara. Juro que llegará el día en que me desees tanto como yo te deseo ahora. Y entonces… que Dios te ayude.

Ichigo se volvió para recoger la bata del suelo, y por un instante, el corazón de Rukia dio un extraño vuelco al pensar que se iba a marchar. Pero al incorporarse, vio que sólo estaba buscando la protección que pretendía usar.

—Nuestro matrimonio no es permanente, Rukia. Y por tanto no debe haber riesgo de embarazo.

Se colocó de tal forma que Rukia podía sentir su excitación entre los muslos, dejándola sin respiración.

—Relájate un poco, o podría hacerte daño.

—Entonces hazme daño —le espetó furiosa—. ¿Crees que me importa?

Los labios de Ichigo se tensaron de impotencia. Sus ojos centellearon de rabia. Y entonces la penetró con un leve movimiento e hizo una pausa, para recobrar el aliento.

—Dobla las rodillas —dijo suavemente.

A Rukia le pareció buena idea obedecer. Ichigo se abrió camino lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella permaneció quieta, con la mirada perdida, y apretó un puño contra la boca. Sin embargo, no sintió dolor alguno, sino unas ganas de llorar arrolladoras que la tomaron por sorpresa. Había soportado lo peor que podía hacerle y pronto habría terminado… «Pronto… terminaría pronto…»

Por un instante, él se quedó inmóvil, como si estuviera esperando algo.

—Te lo habría dado todo, Rukia.

Entonces empezó a empujar en busca del clímax con embestidas poderosas. Una chispa se encendió en el interior de Rukia y, tras parpadear indecisa en alguna parte de su ser, acabó por extinguirse al tiempo que él caía en un frenesí que pronto lo haría gritar de placer.

Ambos se quedaron quietos. La cabeza de Ichigo reposaba entre sus senos y, cuando por fin se apartó de ella, su rostro no denotaba el triunfo que ella había esperado. De hecho, tenía una expresión pensativa, sombría… Si tenía remordimientos, no los expresó abiertamente, sino que salió de la cama, se puso la bata y dejó la habitación sin decir una palabra.

Rukia hizo la cama y se cubrió hasta los hombros. Todo había terminado y, aparte de un ligero dolor, había logrado sobrevivir. A pesar de su provocación, él no había convertido la ira en brutalidad, pero sí la había humillado.

La puerta se abrió nuevamente y se dio cuenta de que había sido demasiado optimista.

—Pensé que te habías ido a tu habitación —dijo a la defensiva.

—Eso es lo que he hecho —puso una botella de vino y dos copas sobre la mesita de noche. Había algo de burla en su tono—. Mi lugar está aquí, junto a ti.

Se sentó en el borde de la cama para servirle una copa.

—Por nuestra verdadera luna de miel —dijo y bebió de su copa.

Rukia se quedó mirándolo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó sin aliento—. Conseguiste lo que querías y sé que no habrá anulación —dijo con resentimiento—. Aceptaré tus condiciones de divorcio si todo esto acaba ahora y me dejas en paz.

—¿Pensaste que después de haber esperado tres años, me conformaría con este ejercicio mediocre? —preguntó con cinismo—. Estás equivocada —dijo sonriendo—. Tienes un cuerpo exquisito y pienso disfrutar cuando y como quiera hasta que termine nuestro matrimonio.

—Pero tú viniste aquí para hablar del divorcio —dijo con tono suplicante.

—Oh, lo he pospuesto… indefinidamente.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que, tal vez, el hielo se derrita —dijo luciendo una sonrisa sarcástica—. ¿Lo ves, Rukia? Te has convertido en un reto.

—¿Incluso aunque te he demostrado que no te deseo, y que nunca lo haré?

—Te estás castigando a ti misma, mía cara. El placer de un hombre no depende de su pareja, aunque sí mejora con ello, naturalmente. «Nunca» es demasiado tiempo, Rukia, y yo ya estoy acostumbrado a esperar. No será muy difícil, sobre todo porque espero una recompensa infinita.

—Te odio —dijo Rukia con voz temblorosa.

—Entonces por lo menos no me aburrirás con declaraciones de amor eterno cuando nos separemos —dijo con tono enérgico mientras tomaba la copa de Rukia, que estaba intacta, y la dejaba a un lado.

Ichigo se sacó algo del bolsillo.

—Dame la mano.

Rukia obedeció con rebeldía y Ichigo le volvió a poner el anillo de bodas.

—¿Dónde lo encontraste?

—En tu antigua habitación. Mis abogados me informaron de que ya no lo llevabas y pasé por allí. Por fin somos marido y mujer y quiero que todo el mundo lo sepa.

Rukia se había quedado absorta al contemplar el destello de oro, pero pronto levantó la cabeza.

—¿Dijiste… antigua habitación?

—Le he dado órdenes a la señora Penistone para que prepare el dormitorio principal.

—Pero no puedes —protestó Rukia presa de la angustia—. Esos eran los aposentos de mi padre.

—Sus aposentos, Rukia. No su mausoleo.

— ¡No tienes derecho a dar tal orden en mi casa!

—Tengo todos los derechos que quiera —dijo mientras se quitaba la bata y se acostaba al lado de Rukia—. Y a lo mejor ya es hora de que recuerde algunos de ellos —añadió con suavidad mientras posaba sus labios entre los senos de la joven.

Rukia se despertó lentamente, sin saber dónde estaba, pero pronto se dio cuenta de que la luz del día ya inundaba la habitación. Parecía estar anclada a la cama, y al volverse, vio que Ichigo la rodeaba con el brazo. Entonces se acordó de todo y su cuerpo se ahogó en una ola de vergüenza al recordar lo ocurrido la noche anterior. «Todo lo que había dicho… Oh, Dios… Todo lo que había hecho…».

Poco a poco, comenzó a escurrirse hacia el otro lado de la cama pero él no se movió. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando por fin tocó el suelo y se puso el camisón. Entonces caminó de puntillas hasta la ventana y contempló el paisaje. Tuvo que reprimir una exclamación al ver que la nieve seguía ahí. De la noche a la mañana todo se había cubierto de un manto blanco. Parecía que iba a estar atrapada allí durante un tiempo, y con él…

Recogió la ropa, y se marchó sigilosa. Fue al cuarto de baño y llenó la bañera con agua muy caliente.

Mientras esperaba a que se enfriara un poco, se acurrucó en una esquina con la barbilla sobre las rodillas, y trató de asimilar lo que le había ocurrido. Se sentía exhausta a causa de la inesperada tensión que había acumulado al resistirse tanto, pero su determinación no lo había detenido en absoluto. De hecho, había habido momentos en los que había sospechado que la obstinada represión de su respuesta sexual le divertía. Ichigo la había utilizado para su propio placer como si fuese un caro juguete, y había demostrado una desinhibición impropia de aquel frío y elegante joven con el que se había cruzado en algunas ocasiones durante los últimos tres años. Nunca podría olvidar semejante humillación.

Se arrepintió de no haber luchado contra él, golpeándole y arañándole, porque el instinto le decía que Ichigo di Kurosaki nunca se habría rebajado a usar la fuerza. Con el picor de las lágrimas en los ojos, agarró el jabón y empezó a lavarse de la cabeza a los pies, enjabonando cada centímetro de su cuerpo hasta borrar todo rastro de él. «Hasta la próxima vez», dijo una fría vocecilla que la hizo encogerse y preguntarse cuánto más tendría que soportar. Seguro que pronto se aburriría y buscaría una amante más efusiva. «No lo tendrá difícil», pensó Rukia. Se le había relacionado con Senna Saruyaki, una ex modelo de veintisiete años que se había retirado de la pasarela al casarse con un empresario millonario que le doblaba la edad. Durante los últimos seis meses las páginas de sociedad se habían referido a ella corno «la compañera habitual» de Ichigo di Kurosaki. Rukia incluso sabía qué aspecto tenía: el pelo negro azabache, un rostro de muñeca y un cuerpo despampanante, esbelto pero voluptuoso. «Y la otra noche Ichigo se atrevió a decirme que yo era hermosa. Comparada con ella, soy como un palo», pensó Rukia enfurecida.

Su actual comportamiento era inexplicable, puesto que se rumoreaba que la signora Saruyaki sería la próxima contessa di Kurosaki. La prensa rosa se había olvidado de su matrimonio con Rukia, y ella había supuesto que Ichigo aceptaría la anulación rápidamente para librarse del problema, pero era evidente que él no lo veía así.

«Quizá no quiera que su futura esposa se lleve la impresión de que no es él quien lleva los pantalones», pensó Rukia con una mueca. «Pero si realmente la ama y quiere casarse con ella algún día, ¿por qué está aquí conmigo?» Rukia no entendía cómo podía engañar con otra a la mujer a la que supuestamente amaba. Había ido a la cabaña buscando venganza porque ella lo había puesto en ridículo. Pero… seguro que podía haber logrado su objetivo sin herir a quien amaba. Por otro lado, los casados con amantes probablemente tendrían que permitir cierta libertad sexual en sus relaciones, puesto que eran conscientes de las obligaciones maritales de sus parejas. Tal vez Senna Saruyaki pensara así, pero de todas formas debía de saber que el matrimonio de Ichigo había sido una farsa hasta aquella noche. Quizá no le importaba, sabiendo que obtendría la victoria final.

Rukia se sintió descorazonada y notó el escozor de las lágrimas en la garganta, pero las reprimió con entereza al salir de la bañera. Fuera cual fuera su amenaza, Ichigo no querría alargar el matrimonio, pues no podía descuidar a su amante.

Tras secarse y vestirse, Rukia se peinó mientras trataba de ignorar las ojeras que la acechaban desde el espejo. Había llevado algunos cosméticos, pero lo que realmente necesitaba era una máscara tras la que esconderse. Tarde o temprano, Ichigo se despertaría y ella no tendría que hacer acopio de todas sus fuerzas para hacerle frente, para empezar a fingir de nuevo que no le importaba lo que le había hecho y que aguantaría el paso de los días… que hallaría una forma de soportar las noches sin rendirse ante él. Pero… ¿por cuánto tiempo podría resistirse a él? La noche anterior le había llevado toda su fuerza de voluntad ignorar la avidez de sus sentidos y seguir oponiendo resistencia. A pesar de lo mucho que había intentado distraerse, le había sido casi imposible evadirse completamente, sobre todo porque él estaba decidido a excitarla. De pronto se preguntó cómo sería Ichigo al hacer el amor… estando enamorado; lo tierno que sería, cómo serían sus besos, sus caricias, qué diría a su amada tras los momentos de pasión. « ¿O simplemente la abrazaría en silencio, y le acariciaría el cabello con sus labios?»

Rukia se detuvo, con la boca seca. Esas fantasías eran inútiles, o más bien peligrosas. Presa de un escalofrío, se apartó del espejo y bajó las escaleras, dispuesta a comenzar el primer día de aquel matrimonio que nadie deseaba.

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.Que les parecio yo no me hubiera resistido para nada solo de pensar en las imagenes me dan escalofrios pero ya saben de cuales bueno sugerencias , quejas son muy bien resividas solo no intenten matarme si

att:Naoko tendo.

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