Se que me he retrasado pido mildisculpas es solo que he tenido un sinfinde problemas y pues me he deprimido y no he tenido ganas de hacer nada mas que estar en cama y nada mas pero aki les dejo esta conti y prometo que pronto actualizare mis demas historia y publicare el final de error imperdonable si.


Los quehaceres de la casa la mantuvieron ocupada. Limpió la chimenea, preparó la leña, y después ordenó el salón. Siempre se había ocupado de su propia habitación tanto en el colegio como en la mansión, pero entonces contaba con el apoyo de un personal eficiente.

Rukia pensaba que casarse con Kaien no cambiaría las cosas. Suponía que Kaien querría volver a Londres y que vivirían en un pequeño apartamento, pero eso no era lo que él tenía en mente.

—Me gusta trabajar en casa —le había dicho—. Y hay espacio de sobra en la mansión para montar mi propia oficina. Tú no aguantarías vivir en otro lugar, cariño. ¿Verdad?

— ¿Pero no quieres que tengamos una casa propia? —había preguntado ella, algo preocupada.

—Ya la tenemos, y es preciosa. Además, ¿qué harías tú en un piso mugriento? No tienes madera de ama de casa.

«No», pensó Rukia algo afligida. Ahí había tenido razón, pero su deseo de vivir en la mansión no había sido producto de una preocupación por ella. Quería creer que Kaien estaba enamorado de ella y que, por una vez, todo sería maravilloso, pero nunca se había Preguntado si él sólo deseaba casarse con la rica heredera y con su gran mansión. «A lo mejor no me atreví a hacer muchas preguntas, por si no me gustaban las respuestas», pensó desanimada.

Rukia no tardó en ahuyentar aquella triste ensoñación. Tenía trabajo que hacer y no había sirvientes en la cabaña Braeside. Todo dependía de ella, y Ichigo no tendría ninguna queja respecto a sus habilidades domésticas. Miró el reloj. Ya era casi mediodía, así que cocinaría el pollo para la cena y prepararía un poco de café. Llenó la tetera y estaba sacando las jarritas cuando llamaron a la puerta. Al abrirla se encontró con Angus McEwen. Llevaba una gruesa chaqueta y botas de agua por fuera de los pantalones.

—Hola —dijo con una abierta sonrisa—. Vine a ver si estaba bien, por si necesitaba ayuda para encender el fuego o algo.

— ¿Quiere decir que has venido a pie? —Rukia forzó una sonrisa—. Es muy amable por su parte.

—Oh, no pasa nada —dijo señalando las botas—. Estas eran de mi tío. Era muy buen pescador y mi tía Maggie siempre me ha dicho que vienen bien… ¿Sabía que alguien ha dejado un coche fuera? No recuerdo haberlo visto ayer por la noche.

—Vine directo del aeropuerto —dijo Ichigo por detrás de ella.

Angus desvió la mirada rápidamente, sin poder ocultar la sorpresa. Ichigo la rodeó con el brazo, y apoyo la otra mano en sus caderas con gesto posesivo.

—Buon giorno —le soltó—. ¿Podemos ayudarle?

Angus abrió la boca, pero tuvo que empezar de nuevo.

—Lo… lo siento. No, no quiero molestar. Pensé, creía que la señorita Kuchiki estaba sola.

—Eso es lo que tenía planeado —dijo Ichigo, atrayéndola hacia sí—. Pero decidí sorprenderla.

Angus se puso rojo hasta las orejas, al entender el motivo de la sorpresa. A Rukia no le quedó más remedio que intervenir al darse cuenta de que el suelo no se la tragaría.

—Angus, éste es mi esposo, el conde di Kurosaki Ichigo, la tía del señor McEwen se ocupa de la cabaña, para tus… tus amigos. Estaba preocupado porque estoy aquí sola con este tiempo.

—Eso oí al bajar, y me alegro de poder asegurarle que estás en perfectas condiciones —Ichigo sonreía—. Ha dado un largo paseo —añadió cortésmente—. Tenga por seguro que informaré a la signora Urahara de lo bien que se ocupa de sus inquilinos.

—Bueno, gracias —se detuvo y se sacó algo del bolsillo—. Pensé que le gustaría tener el periódico del domingo, señorita, eh, señora…

—Contessa —dijo Ichigo.

Angus se despidió, tragó saliva y les entregó el periódico.

—Acaban de decir en la radio que el tiempo va a empeorar. Pensé que debería decírselo —dijo antes de irse.

Ichigo y Rukia le vieron alejarse y entonces él la empujó hacia adentro.

— ¿A qué vino eso? —Arremetió Rukia enojada—. ¿Por qué no mandas hacer una pancarta que ponga «es mía» en letras mayúsculas?

—No será necesario. Él captó el mensaje. Siento su decepción, pero el ejercicio le viene bien.

—Vino para ayudar. ¿Eres incapaz de creer que alguien pueda desviarse de su camino… sólo por amabilidad?

—No lo creo probable —dijo siguiéndola hacia la cocina—. ¿Un hombre que camina hasta tan lejos con este tiempo, para ver a una chica hermosa, sin esperar una recompensa? Imposible.

—Tal vez no deberías juzgar a otros hombres según tus dudosos principios, signore.

— ¿No me crees capaz de ser amable?… No me has dado muchas oportunidades de demostrar lo contrario, Carissima.

—Si hubieras querido ser amable, no hubieras venido —Rukia echó unas cucharadas de café en la cafetera con rudeza—. ¿Quieres algo de comer?

Ichigo se echó a reír.

—Estás llena de contradicciones. ¿No prefieres dejarme pasar hambre?

—Sí, pero ocuparse de un cadáver no ha de ser fácil. Podríamos tomar unos huevos escalfados con pan —añadió en un tono afectado—. Pensé asar el pollo esta noche, si te parece bien.

—Desde luego. Así que tenemos toda la tarde para nosotros. ¿Me pregunto qué podríamos hacer?

—Podrías empezar poniéndote algo de ropa —sugirió Rukia algo tensa.

—Tal vez. O en cambio podría convencerte de que te quites la tuya.

— ¡No! —dijo acalorada.

—Eso es un «no» muy rotundo —su voz sonó a burla—. Ya veo por qué asustaste a mis abogados.

Rukia lo fulminó con la mirada.

—Esto no es un juego. No tengo intención de hacerte un striptease a plena luz del día. Y si insistes, me iré de aquí. Prefiero congelarme en una tormenta antes que ser humillada.

Se quedó mirándola fijamente.

—Me sorprende que te parezca degradante desnudarte delante de un hombre. Hubo un tiempo en que lo estabas deseando.

«Oh, Dios, tenía que recordármelo. Pero yo nunca tuve intención de… ni siquiera con Kaien».

—Aquél era el hombre al que amaba —hizo una pausa—. Veo que no podré evitar lo que va a ocurrir esta noche, pero por el día haré lo que quiera.

Se produjo un tenso silencio y Ichigo se encogió de hombros.

—Muy bien. Que así sea. Pero las noches son para mí. ¿De acuerdo?

Rukia asintió con un gesto brusco.

—Tú también deberías hacer concesiones. Quiero que esta noche me muestres la amabilidad sobre la que hablabas hace un momento —dijo Rukia y se dio la vuelta—. Y ahora, para demostrarte mi buena fe, me vestiré, pero creo que me afeitaré más tarde.

Rukia se puso tensa al captar la insinuación.

—Entonces aún no te prepararé el desayuno.

—Grazie —se inclinó hacia delante de forma burlona—. Eres una esposa maravillosa.

Rukia se apoyó contra el fregadero. Él le había dejado ganar la batalla, pero estaba claro que esperaba ganar la guerra. «Pero no dejaré que eso pase… Una vez se canse de mí, me abandonará», susurró Rukia. ¿Pero acaso no era eso lo que ella esperaba: que se marchase de una vez?». No encontró una respuesta.

La tarde fue muy extraña. A pesar de la promesa de Ichigo, Rukia aún se sentía intranquila. Había roto su palabra en otras ocasiones. Además, aún la atormentaba la otra promesa que le había hecho la noche anterior.

Al entrar en el salón con el desayuno, vio que Ichigo había encendido la chimenea, y en ese momento se encontraba arrodillado delante del fuego, añadiendo más carbón.

—Oh, iba a hacerlo yo.

—Desde ahora, me ocuparé yo —sonrió al levantarse—. Podrías quemarte y no quiero que tu admirador tenga otra excusa para venir.

—No es mi admirador.

—Ya no —dijo con una mirada seria.

Rukia estaba intentando contraatacar cuando algo atrajo su atención.

—Oh, Dios, está nevando otra vez.

—Nos advirtieron de que podría nevar. ¿Cuál es el problema?

—Tu coche. Había pensado que podríamos sacarlo de la nieve y marcharnos.

— ¿Adonde?

—Lejos de aquí. Ambos tenemos vidas con las que seguir.

—Y sería mejor para ti si continuáramos llevando vidas separadas, a miles de kilómetros de distancia el uno del otro —murmuró Ichigo—. Parece que no podrá ser. Los caminos pueden quedar bloqueados. No creo que debamos arriesgarnos sólo porque no quieres estar aquí conmigo. Tú decidiste venir aquí.

—No tenía ni idea de cómo sería esto —dijo Rukia—Oh, Dios, tenía que haberme dado cuenta de que era una trampa.

— ¿Es eso lo que piensas? A mí me parece muy agradable, tan tranquilo y aislado. Es un lugar ideal para empezar la vida de casados. Tal vez, si te relajaras un poco, podrías disfrutar de tu estancia.

Estaba claro que no sólo se refería al paisaje, pensó Rukia mordiéndose los labios.

Cuando terminaron de comer, Ichigo quitó la mesa y llevó todo a la cocina. Rukia le siguió y se lo encontró agachado delante del frigorífico.

— ¿Vas a cocinar el pollo con vino?

—No. Lo voy a asar.

— ¿Te ayudo con los vegetales?

—No será necesario. Esta cocina es muy pequeña.

—Claro. Perdona mi intrusión —dijo Ichigo con cortesía y se marchó al salón.

Rukia empezó a limpiar con frenesí, intentando retrasar lo más posible la vuelta al salón. Pero tampoco quería que la viera nerviosa. Cuando finalmente volvió, él ni se inmutó. Parecía absorto en la lectura de un periódico. Rukia se acurrucó en el sofá de enfrente, con la vista fija en las vivas llamas, pero acabó mirándolo de reojo. Nunca había pasado tanto tiempo a solas con él.

— ¿Sabes jugar al ajedrez? —le preguntó súbitamente, y Rukia se sobresaltó.

—Conozco los movimientos básicos.

— ¿Te gustaría aprender?

—No, gracias. Me gusta más el backgammon.

—Sí. Me acuerdo. Hay uno en el armario de allí, si te apetece jugar.

—Oh, no. Sólo jugaba con mi padre.

—Y no podrías jugar contra otro, ¿verdad? —dijo Ichigo con indiferencia y volvió al juego de ajedrez.

Hubo otro silencio.

—He traído algunos libros. Están arriba. Pero no creo que te gusten.

— ¿Son libros románticos para mujeres? ¿La búsqueda del hombre perfecto? —dijo con una sonrisa burlona.

—Uno de ellos es Anna Karenina. No creo que pertenezca a esa categoría. También tengo algunas novelas de detectives. Si quieres, puedes leerte alguna.

—Grazie. Aunque no hay televisión, no nos faltará entretenimiento.

—Voy por los libros —dijo Rukia poniéndose en pie.

Una vez en el dormitorio, no quería mirar la cama, pero no pudo resistirse. Al ver que estaba hecha se sorprendió. Era lo último que esperaba.

Sacó la bolsa del armario y al darse la vuelta, se topó con él. «Oh, Dios. No pensaría que es una invitación, ¿no?».

— ¿Qué quieres?

—Ayudarte. ¿Qué si no?

Él salió de la habitación y, tras vacilar un instante, Rukia fue tras él.

—Lo siento. Pensé que…

—Sé lo que pensaste, pero estabas equivocada —dijo en un tono cortante—. Mejor dejemos el tema.

— ¿Ahora ves por qué quiero marcharme? No hay espacio suficiente. Y si seguimos topándonos el uno con el otro, podría haber malentendidos.

—Sólo en tu cabeza —su voz sonó cansada y se puso a mirar el contenido de la bolsa.

Rukia sintió un gran alivio. Cualquier cosa que le mantuviera ocupado sería bienvenida. Finalmente pudo escabullirse hacia la cocina y comenzó a preparar la cena, pero pronto no le quedó otra cosa que hacer y tuvo que regresar al salón.

Rápidamente se vio asediada por pensamientos desagradables.

—Ichigo, ¿puedo hablar contigo?

—Por supuesto.

—No creo que quieras que vivamos juntos cuando nos marchemos de aquí.

—Eso pretendo, cara. Creía que te había quedado claro. Y la duración del matrimonio está por ver.

— ¿Eso es todo?

— ¿Qué más hay que decir?

—Yo creía que mucho —dijo Rukia y respiró hondo—. Entiendo que te molestara lo de la anulación. Pero, ¿no me has castigado bastante? Déjame marchar.

— ¿Creer que sólo estoy aquí para darte una lección? —levantó las cejas con curiosidad.

— ¿Por qué si no?

—Quizá seas una hermosa joven con un cuerpo exquisito.

Rukia se sonrojó.

—Aunque fuera verdad, sólo sería una más. No creas que tus alabanzas me compensarán por lo que me hiciste anoche.

—Acepto el reproche. Pero al menos cuando te vuelvas a casar, tendrás algo de experiencia.

—Qué amable por tu parte —dijo Rukia con amargura—. Pero creo que prefiero quedarme soltera. Y hablando del tema, creo que quieres volver a casarte, ¿no?

—Desde luego.

Rukia se inclinó hacia adelante y habló con una repentina energía.

— ¿Entonces cómo es que estás aquí conmigo? ¿Qué hay de la mujer a la que amas? Supongo que la amas, ¿no?

—Sí. Pero ella también está casada y no puedo vivir con ella. Tú has resultado ser una sustituta maravillosa.

— ¿Acaso no le importa que hayas decidido empezar a acostarte conmigo, después de tanto tiempo?

—Ella sabía que nuestro matrimonio era por conveniencia. Y el suyo también. Es lo suficientemente realista como para entender que hay una serie de obligaciones —la miró pasivamente—. Para nosotros, la felicidad es el futuro, y no el pasado o el presente.

—Ese es un punto de vista cínico. Yo no dejaría que el hombre al que amo se acostara por obligación con otra mujer.

—Sobre todo si la obligación se convierte en placer. ¿Es eso lo que ibas a decir?

—No. Sobre todo si está obligando a alguien que no lo desea.

—No te preocupes, Rukia. Estoy seguro de que el hombre al que ames no hará ninguna de estas cosas. Tú llenarás su corazón por completo —sonrió—. Pero hasta que encuentres a ese príncipe, seguirás siendo mi esposa. Y cumplirás con tus deberes tal y como hago yo.

—Estás decidido, ¿verdad? No hay nada que yo pueda hacer o decir…

—No exageres. No es una sentencia de por vida.

—Pero lo parece —lo miró con resentimiento—. ¿Sabe tu futura esposa con qué frecuencia rompes tus promesas?

—Cuando me case con ella, mantendré mis promesas —dijo con una voz áspera—. Y cuando sea sólo mía, no habrá otra. ¿Quieres preguntar algo más?

—No. Si ella confía en tu lealtad, es problema suyo.

«Después de todo, una mujer tan glamorosa como Senna Saruyaki no la vería como una rival».

—Lo siento por su marido —dijo Rukia.

—No es necesario. Se conforma con lo que tiene.

—Entonces no hay nada más que decir —dijo levantándose—. Voy a ver cómo va la cena.

Una vez en la cocina, intentó dar rienda suelta a sus sentimientos cerrando la puerta con un manotazo, pero no consiguió disipar su rabia y confusión. «Tengo que alejarme de él», pensó desesperada. Pero no sabía adonde ir para que no la encontrase. Además, sus opciones económicas eran muy limitadas.

Hasta entonces, Ichigo se había mantenido al margen y ella había podido aplacar su resentimiento con la esperanza de que todo terminara pronto. Pero de pronto, su carrera hacia la libertad se había convertido en una prueba de resistencia. La demanda de anulación había sido un error. ¿Qué la había hecho creer que podía desafiarle? Había querido hacerle montar en cólera, pero… ¿por qué? ¿Acaso las columnas de cotilleo habían hecho mella en ella? ¿Era ésta una forma de recordarle que aún existía? ¿Pero por qué debería importarle? Se suponía que estaba enamorada de Kaien.

Sea como fuere, nunca había esperado que su intento de incomodarle tuviera tales consecuencias. ¿Qué sabía ella de Ichigo di Kurosaki, excepto que su padre confiaba en él y que estaban unidos por una misteriosa deuda? Aún era un enigma para ella. Sólo sabía que sus padres habían muerto, y su padre le había advertido que a Ichigo no le gustaba hablar de ello. Ella debía por tanto dejar que él tomase la iniciativa, pero nunca lo había hecho…

Rukia tuvo que secarse las lágrimas. No podía aparentar debilidad. Le había rogado en vano, y ahora sólo podía intentar sobrevivir. «Saldré de ésta», se dijo, «y cuando lo haga, no miraré atrás».

El salón estaba vacío cuando Rukia entró a poner la mesa, pero Ichigo no tardó en aparecer por la puerta de la bodega, con unas velas.

—Oh, ¿no crees que es demasiado? —dijo Rukia mientras él las ponía en la mesa.

— ¿Viste parpadear las luces?

—Bueno, sí.

—Creo que nos vamos a quedar sin electricidad. Hay que ser precavidos —hizo una pausa—. No quisiera tener que bajar esas escaleras en la oscuridad.

—No —dijo Rukia con reservas—. Por supuesto que no.

— ¿No te gusta la luz de las velas?

—Preferiría que no fuera necesaria —hizo una pausa—. Puestos a elegir, preferiría que te cayeras por las escaleras y te rompieras el cuello, signore —una risita contenida la siguió hasta la cocina.

La cena resultó ser mejor de lo que pensaba y se sorprendió al ver que estaba hambrienta.

—No queda mucho para mañana —dijo Rukia.

—Podemos hacer sopa con los huesos, así que no te preocupes y toma más vino —le llenó el vaso de nuevo—. No dejaré que pases hambre.

Hubo un silencio.

— ¿Puedo preguntarte algo?

—Tal vez. Pregunta y ya veré —dijo Ichigo.

—Mi padre me dijo que te habías ofrecido a casarte conmigo porque… le debías mucho.

—Era una deuda muy grande, pero eso fue lo único que me pidió en toda su vida, así que no me podía negar. ¿Satisfecha?

—No. Habría sido más fácil buscar el dinero de alguna forma.

La sonrisa de Ichigo se volvió una mueca.

—Es muy fácil decirlo —dijo y se levantó—. Voy a hacer café.

Tras la cena, Rukia intentó distraerse leyendo un libro, pero era incapaz de concentrarse. No hacía más que mirar el reloj de pared, contando los minutos al mismo tiempo que las manecillas. La cuenta atrás había empezado y pronto tendría que rendirse una vez más. Ichigo parecía absorto en la lectura, pero ella sí deseaba irse a la cama y apenas podía reprimir los continuos bostezos.

— ¿Por qué no admites de una vez que estás cansada? —resultó que sí la estaba observando. Había cerrado el libro y se había recostado sobre el sofá.

—No lo estoy —dijo Rukia.

La sonrisa de Ichigo se hizo más expresiva.

—Me alegro.

Dicho esto, se levantó para apagar las luces y comprobó que la puerta estaba cerrada, pero Rukia se quedó inmóvil, con el corazón en vilo. Entonces él la tomó de la mano y la hizo ponerse en pie.

—Es hora de irse a la cama —dijo tranquilamente y la condujo al dormitorio.