ESCENA EXTRA (1)
24 de diciembre de 1980- Rascacielos de Los Ángeles.-15º 1ª- 18:26h.
La música clásica le da al piso un aire agradable y tranquilo. Aprovechando esta tranquilidad, una bella joven yace en su cama con un libro abierto, relajándose al tiempo que dejaba invadirse por el placer de la lectura, uno de sus hobbies preferidos.
El teléfono sonó de improviso. La chica no tardó demasiado en minimizar el volumen de la canción y contestar a una llamada que no sabía que iba a cambiar buena parte de su vida tal y como ella la conocía.
-¿Diga?
-¡Kya! ¡Qué suerte, estás en casa!
-¿Eh? ¿Quién es?-preguntó ella con una sonrisa inocente.
-Oh, perdona, querida, qué bobo soy. Soy Ben, de tu clase en el instituto, ¿Te acuerdas de mí?
-¡Oh, Ben! Disculpa, no te había reconocido por un instante.
-Estás más que disculpada, Kya querida.
-Ja, ja, ja, eres muy gracioso. Dime, ¿Para qué me has llamado? ¿Querías algo?
-Verte.
-¿Cómo dices?
-Nada, quiero decir que tal vez sería agradable volvernos a ver, y ¿Qué mejor momento para reencontrarse con viejos amigos que en Nochebuena?
-Oh, sí, tienes razón. De acuerdo, podríamos ir a cenar. ¿Cuándo y dónde podría ser?
-Oh, hoy mismo. Sobre las 22:30h. En un bar llamado Maui's Night. ¿Lo conoces?
-No, pero puedo buscarlo en un mapa. De acuerdo, pues allí estaré.
-Te estaré esperando, querida.
Kya Collingwood colgó el teléfono, un tanto extrañada de que de repente un conocido suyo desde hacía tiempo se interesara en volver a reencontrarse. Otra cosa que le llamaba la atención era que Ben no le hubiera preguntado si tenía planes para tales fechas, y el hecho de que la llamara "querida", pero pensó que solo eran desfachateces del Ben Collins que ella conocía.
-Pues nada… A buscar vestido…-suspiró Kya.
Resoplando, Kya subió el volumen de su música y abrió las puertas de su gran armario en busca de algún vestido bonito que ponerse para la ocasión. Quizás esa noche no se pondría el vestido para Ben…
24 de diciembre de 1980- Bar Maui's Night- 22:49h
Negra noche en un garito corriente de Los Ángeles. Raramente, la clientela es escasa, exceptuando a un grupo de cuatro hombres que se sientan disimuladamente en el fondo del bar, apenas se ven, y otro hombre rubio que está situado en uno de los seis taburetes que hay cerca de la barra.
Ese hombre, vestido con chaleco y pantalones negros y una camisa blanca complementada de una sencilla corbata, todo esto cubierto por un abrigo marronáceo, contempla su segunda copa de brandy aquella noche. Precisamente esa fecha le traía malos recuerdos de su pasado. Se cumplen cuatro años desde que tuvo que abandonar Nueva York por traicionar a sus amigos y huir de la banda criminal conocida como Nile, la cual le quería muerto a cualquier precio. Ahora se había vuelto un nómada de ciudad. Cada día dormía en un sitio distinto, y comía en un bar distinto cada vez, para evitar que le tuvieran demasiado visto, por seguridad.
Estaba perdido, y hundido moralmente. No tenía familia, ni amigos. Solo enemigos, y casi no le quedaban fuerzas para combatirles. Básicamente, porque ya estaba harto de todo aquello. Más de una vez hubiera deseado mandarlo todo al infierno, volver cuatro años atrás y no cometer el error catedrático que cometió. Ahora, sin embargo, ya no podía hacer nada más que lamentarse y continuar luchando por sobrevivir lo máximo posible.
De un trago se terminó todo el contenido de su copa. Casi inmediatamente después, oyó la voz de la camarera.
-¿Otra ronda, campeón?-coqueteó la mujer, más chica que mujer.
Ese comentario atrajo su atención y alzó la vista, de modo que la camarera le quedó de frente. Era rubia, probablemente de bote, ojos verdes de mirada cruel complementados por sus cejas fruncidas maliciosamente y sus labios pícaros exageradamente pintados de carmín intenso. Se podía decir que era atractiva, y tenía una figura envidiable, pero su escote era tan voluminoso que costaba creer que fuera natural. Su indumentaria consistía en una camisa rosada de botones (casi todos desatados), una falda que trabajosamente le cubría media ingle y unos tacones rojos y negros de medio metro.
-Ya van dos en un cuarto de hora. No suelo tener clientela con tan buen saque como el tuyo, guapo.
Ni siquiera se molestó en contestar. Ella le sirvió otro brandy sin esperar a su respuesta. En un momento dado, se derramó encima un poco de alcohol, e hizo tan mala actuación que él en seguida notó que lo había hecho a posta. "Menuda fulana", pensó.
-No me seas rancio, guapetón. ¿No te apetece charlar conmigo un poquito? Llevo toda la noche solita, y estoy a un paso de echarme a lloriquear como una mocosa…-añadió ella en aire seductor.
-Mientras llores en silencio…-contraatacó él, impasible.
La chica frunció el ceño, ofendida.
-Vaya, si hasta eres graciosillo… Tú tienes muchas virtudes, ¿No?
-Entre ellas, la de no sucumbir a la lujuria, querida.-bromeó él.
-Eres un macho difícil. Me gustan los malotes.-continuó la camarera, en tono travieso y una mirada atractiva.
-Gracias, yo también me gusto.-siguió, no devolviéndole ningún cumplido y evitando caer en su juego.
-Soy Paris, guapete. ¿Cómo se llama este hombre que se está enamorando de mí esta noche y no tiene agallas para admitirlo?-preguntó retóricamente Paris, intentado que él cayera en su embrujo.
-Pues no sé cómo se llama ese hombre, pero sí que siento no haberme presentado. Soy un fugitivo, ¿Te basta?
-Hm… Interesante… ¿Tu vida huyendo de los malos es tan excitante que ya no tienes ni lugar para el sexo?
-Al menos, no contigo. Mi sexto sentido me dice qe tú no tienes ese problema, ¿Verdad, Paris?
Ella volvió a ofenderse. Todos los hombres a los que había conocido se habían encaprichado de ella, pero aquel sujeto parecía de hielo, y ya estaba perdiendo la paciencia. Nunca le hizo falta desplegar tantos encantos para enamorar a alguien.
Él, por su parte, se acabó la tercera copa de brandy. Nada más hacerlo, desvió su mirada hacia la puerta. Quería observar el fragmento de ciudad nocturna que se veía desde la salida, pero en su lugar, se encontró algo mucho más bello: una joven, aunque en aquél mometo hubiera jurado que era un ángel sin alas.
No solía experimentar el romance a primera vista, pero nunca había visto a una chica como aquella. Su delicada cabellera rubia (esta natural, pensó, después de conversar con Paris) le caía por los hombros y le abrazaba suavemente la parte alta de la cintura. Los zafiros que tenía por ojos brillaban de una manera que podría iluminar toda una sala. Sus labios de color rosa dibujaban una sonrisilla inocente.
Una cosa que también llamaba la vista de ella era su atavío. Un vestido negro que le llegaba a los tobillos secretaba su cuerpo perfecto, de líneas bien marcadas y unas curvas envidiables. Los tirantes le iban grandes, y eso hacía que se le cayeran frecuentemente dejando a la vista otros tirantes del mismo color, seguramente del sujetador. Sujetaba con los antebrazos una tela finísima de color rosa a juego con sus labios, lo único que le podía servir de abrigo. En resumen, una belleza pocas veces vista concentrada en una sola mujer.
Sin darse cuenta, no le pudo quitar la vista de encima, y al igual le pasó a ella, que empezó a avanzar tímidamente hasta el lugar donde él se encontraba. Ambos intentaban disimular inútilmente la química que había surgido instantáneamente entre ellos. Incluso la joven se olvidó de que había quedado con alguien y se sentó en un taburete de la barra junto al hombre al que estaba mirando, como si fuera una clienta habitual del lugar.
Ambos hicieron un esfuerzo para no ruborizarse, pero mayoritariamente fue inútil. Ella, con una dulcísima voz, adreza a Paris, quien también la mira, con cierta pincelada de odio en su mirada. En cierto modo, es comprensible. Durante toda la noche, Paris había intentado conquistar a aquel tipo seduciéndole con todos sus encantos femeninos, pero nada más entrar aquella desconocida, parecía que él ya se había rendido a sus pies.
-Un brandy, por favor.
Paris ni siquiera se dignó en contestar, solamente se volvió a buscar una copa. La joven, por su parte, intentó quedarse de frente con los ojos cerrados. Aprovechando que los tenía cerrados, él aprovechaba para regalarse la vista a instantes con la belleza que irradiaba la damisela.
Paris llegó al cabo de poco, con otra copa llena de brandy. Sin esperar a terminarla, la dama de negro le pagó la bebida al contado.
-Bah…-murmuró Paris recogiendo aburridamente los tres dólares en billetes.
La camarera, algo celosa y furiosa, abandonó su puesto yendo a la trastienda, y encendiéndose un cigarrillo por el camino. Ahora, cada uno de los aturdidos tenía su brandy, y se intercambiaban miradas indecisas y ruborizadas.
Cuando parecía que por fin iban a dar el primer paso y por lo menos presentarse, un ruido sordo y muy breve destrozó la copa de brandy llena de la mujer. Una bala.
-¡Ah!-gritó la chica, mirando hacia el origen.
Se quedó paralizada por la horrible visión. Un hombre vestido de oscuro, con una capucha negra y gafas de sol estaba disparando hacia ellos. Aquel encapuchado estaba a punto de volver a disparar, y la chica estaba dispuesta a sacrificar sus tacones para poner pies en polvorosa, pero entonces:
-¡Valiente malnacido!-gritó "el Fugitivo", levantándose de su asiento.
Ella notó que aquel apuesto desconocido la cogía del brazo derecho y la arrastraba corriendo a la salida.
-¡Aaah!-volvió a gritar ella.
-¡Tranquila, no te haré daño!-tranquilizó él.
-¡¿Qué ocurre, qué está pasando?!
-¿De verdad quieres saberlo?-afirmó en tono sarcástico.
-Pues la verdad…
Otra bala volvió a pasarles de cerca. Los malos les seguían.
-Son todos unos cabrones, solo atacan por la espalda.-aseguró el tipo.
Casi sin darse cuenta, fueron corriendo por las noctámbulas calles de Los Ángeles, cogidos de la mano. El pelo rubio de ambos se iba despeinando por su roce con el aire, pero en aquel momento a ninguno de los dos pareció importarle. No sabía si se estaba volviendo loca, pero esa sensación de apuro al huir de hombres armados le estaba empezando a resultar excitante a la par que romántica, porque escapaba junto con el hombre que le había causado tan buena química.
Cuando se despertó de su letargo pasajero, la joven se dio cuenta de que habían llegado al edificio donde ella vivía. Parecía que los mafiosos se habían aletargado, y aprovecharon para respirar.
-¿De qué iba todo esto? Parecía que supieras de la materia, ¿Sabes?-pregunta ella, inquisitiva.
-Pues… Si te lo contara…
Otro disparo volvió a cortar el "silencio" nocturno.
-¡Mierda!-soltó él.
Ella, sin responder, le agarró del abrigo y lo empujó a trompicones por el portal hasta meterlo en el ascensor al tiempo que pulsar el botón de la quinceava planta. El hombre se quedó reposando en una de las paredes, admirando aquella hazaña de una mujer tan bella como ella era. Durante toda la subida, contempló su deslumbrante hermosura una vez más. Llegaron al piso 15, ella salió primero seguida por el fugitivo.
-Adelante. Bienvenido a mi humilde morada.-bromeó, al tiempo que se sacaba su llave de casa.
Una vez los dos dentro, empezaron a charlar.
-¿Y bien? ¿Me puedes explicar algo de esto, lumbrera?-se mofó ella, con una sonrisa cautivadora.
-Tíos con pistolas disparándonos y nosotros huyendo por todo Los Ángeles. ¿Acaso ese vestido era tan caro que tuviste que robarlo?
-Hablaba por ti. Aunque, si he de ser sincera, he de admitir que no ha sido del todo horrible…-confesó.
-Oh, casi lo olvido. Qué falta de educación por mi parte, debería presentarme. Mi nombre es Bradley, Brian Bradley, expolicía y bandido. Un placer, señorita.-se presentó él divertidamente, con una reverencia cómica.
-Conque Brian Bradley, ¿Eh? Bonito nombre, sí señor. Por si quieres saberlo, tengo por nombre Kya Collingwood. Igualmente encantada.
Brian, sin dejar de mirarla, cogió su mano y la besó, como si fuera una princesa de cuento. De hecho, para él lo era. Kya reaccionó cerrando suavemente los ojos, cada vez más ruborizada.
-Siento que esos imbéciles le hayan arruinado a la señorita su Nochebuena…-se disculpó Bradley.
-No lo sientas… Quizás no me la hayan arruinado al fin y al cabo…-añadió Kya en tono seductor.
Él enseguida comprendió que lo decía por su encuentro y no pudo evitar que sus mejillas se coloraran un poco.
-Tenía planes con un amigo, pero al final, parece que se ha tenido que cancelar todo.-informó Kya, sonriendo.
Bradley volvió por un instante a la tierra. El hecho de que ella dijera "amigo" le hizo pensar que quizás ella ya estuviera comprometida y se alicayó un poco. Parece que Kya lo notó e intentó darle esperanzas.
-Era un viejo amigo de la escuela, llevaba ya años sin verle. No te preocupes, tampoco me ha sentado tan mal.-dijo ella, con esas palabras sustitutas de "Estoy libre".
-Oh, comprendo.
-¿Y tú? ¿No tenías planes para Nochebuena?
-No. Lo cierto es que no tengo a nadie.
-¡Qué me dices! Pobrecito…-dijo Kya, en tono de corderito.
-No lo sientas por mí, de verdad, solo soy un pobre diablo. Ahora, me voy. Ya te he causado muchas molestias.
-No seas así, Brian. ¿Por qué no pasas? Podemos charlar un rato…-propuso elegantemente Kya, algo cortada.
Normalmente no solía aceptar peticiones de mujeres, y menos deconocidas, pero la dulce voz de Kya le impidió negarse. Cada vez que pronunciaba "Brian" con esa suavidad suya, un escalofrío agradable le recorría todo el cuerpo.
-Ponte cómodo.-incitó ella.
Bradley se ruborizó más, dado que aquella expresión sonaba un poco "con segundas". Kya lo notó de inmediato y se coloró de vergüenza.
-¡Quiero decir! Que te sientes en el sofá, hombre, no estarás ahí de pie.-corrigió ella.
-Tranquila, te he entendido. Gracias.
Brian se quitó su abrigo, porque ya no estaba en la calle, pero también porque de repente empezó a sentir un sensual calor. Intentó tranquilizarse.
Kya, al poco rato, volvió de la cocina con una botella bastante especial y dos vasos llenos de hielo redondeado.
-Ya que nuestra copa de antes terminó tan "inusualmente", ¿Qué te parece si retomamos?-propuso Kya.
No respondió. No podía dejar de mirarla. Una sonrisa bobalicona empezaba a dibujarse en su cara. Ya hacía mucho que no sonreía de esa forma.
-Me tomaré ese silencio repentino como un "sí".
Ella dejó ambos vasos en la mesilla de delante del sofá y después los llenó con un brandy de un color rara vez visto. A continuación, le ofreció uno a Brian, mientras que sujetó el otro finamente con sus dos manos.
Después de probar aquel alcohol, Bradley se quedó aturdido por un instante. Esta vez, no era solo la persona de Kya, era también el sabor y la fragancia de aquel brandy. Extrañas veces había tenido ocasión de probar un brandy como aquel.
-Vaya… Este brandy es de los buenos. 20 años, ¿Verdad?
-Efectivamente. Nunca tengo compañía, y beber sola es patético, así que lo guardo para una ocasión especial… Como esta. Yo también estoy sola en el mundo.
-No me digas. Yo en relativamente poco tiempo eché todo por la borda. Pero no quiero aburrirte.
-Cuenta, cuenta. Me encantan las historias.-pidió Kya.
A Bradley le pareció sincera, todo lo contrario que Paris, por lo que procedió a contarle su historia empezando por sus tiempos de policía en Manhattan, continuando con su traición y acabando en ese mismo instante.
-Y desde ese fatídico día, no tengo a nadie a mi lado.-concluyó Bradley, dándole un largo trago a su vaso, de modo que lo vació. Ya era su tercer vaso, y sumando los otros tres del bar, ya iban seis. Estaba empezando a coger cogorza.
-Lo siento por ti…-lamentó Kya, al tiempo que le imitaba y vació su también tercer vaso. Ella, por su parte, llevaba tres vasos y medio, y por eso iba menos ebria, aunque también estaba empezando a notar cogorza, aunque menos intensa.
-Y dime, Kya… ¿Qué hace una chica como tú sola? Es decir, cuesta creerlo, teniendo en cuenta que eres….
No pudo terminar. La vergüenza volvía al ataque. Estaba medio borracho, pero aún tenía algo de razón como para no terminar.
-¿Qué ibas a decir?
-Nada, olvídalo. Sé que en realidad no es asunto mío.
Kya comprendió que la estaba piropeando, aunque ni él quería admitirlo. El amor estaba empezando a aflorar. Al principio, fue chispa, pero ahora la llama se encendía poco a poco.
-¿Sabes que hubiera sido mejor que hubieras huido del bar por tu cuenta y alejarte de mí?-preguntó Bradley.
-Supongo, ya que antes te has llamado "bandido". Pero, ¿Quién sabe? Las cosas pasan por algo, ¿No, Brian?-contestó ella, mirándole a los ojos directamente con los suyos entrecerrados.
Bradley volvió a sentir un escalofrío de aquellos agradables. Su corazón empezó a palpitar rápidamente. A Kya volvieron a resbalarle los tirantes del vestido por los hombros, y eso ya lo empezó a excitar todavía más.
-Quizás sí que pasen por algo…-Brian tiró de su corbata, haciendo lo posible por no empezar a sudar. -¿No hace mucha calor?
-¿Calor? Sí, bueno, un poco, tal vez. Claro, vas tan tapado…
-Eres tú la que vas en tirantes en Nochebuena. Y eso es raro, porque yo siempre he sido más bien friolero…-intentó disimular él, que sabía perfectamente la razón de aquél calor misterioso.
-¿Te apetece poner un poco de música? A mí me relaja mucho, y por lo que veo, estás bastante tenso….-se percató ella, que no se podía decir que estuviera menos nerviosa.
-Bueno, ¿Por qué no?
-¿Qué clase de música te gusta, Brian?-preguntó Kya.
Entonces, algo hizo que Brian cogiera valor para intentar ganar algunos puntos con ella. No estaba completamente seguro, pero parecía que ese amor iba en serio.
-Pues la clase de música que a ti te guste, Kya.-añadió con ojos brillantes.
Kya, por su parte, se ruborizó suavemente de nuevo y preparó su tocadiscos con una canción lenta y romántica, de esas que a ella le gustaban. Después, volvió al sofá, acomodándose un poco más. Tampoco podía dejar de mirar a Bradley. Estaba empezando a sentir lo mismo.
-¿Estás mejor?
-¿Eh? Pues… No creas… Sigo teniendo calor…-aseguró Bradley, repitiendo su gesto de la corbata.
-Eso es porque tienes el cuello muy tapado. Espera, que te ayudo…
Kya se acercó arrodillándose para quedar más cerca de él y poder quitarle la corbata, a ver si así dejaba de tener tanto calor. En ese momento, sin embargo, Bradley sintió el doble de calor, pues ella estaba mucho más cerca. Intentando pasar desapercibido y evitar que ella pudiera intuir debilidades, se quitó también el chaleco, intentando mirar a otro lado y serenarse.
-Ahora solo llevas la camisa, y no es precisamente gruesa. No me digas que aún tienes calor…-bromeó Kya, que empezó a entender la razón por la cual la respuesta era "sí".
-Estoy… Estoy algo mejor, sí.-mintió él.
-Mira, el hielo te ha imitado, porque se ha derretido. Espera, ahora vuelvo con más.-informó Kya, que tomó los vasos con el agüilla derretida del hielo y se marchó a la cocina con andar elegante.
Entonces, Bradley empezó a susurrarse a sí mismo, a ver si por fin dejaba de hacer tonterías que no eran propias de él.
-Vamos a ver, ¿Qué te pasa? Estás quedando como un idiota, y ni siquiera conoces a Kya del todo. ¿Qué haces tanto numerito con el calor, y por qué tartamudeas cada vez que se acerca o que te llama? Con Paris no te ha pasado eso…
No sabía tampoco porque estaba cometiendo la imbecilidad de comparar a una fulana como Paris con el ángel que era Kya. Dentro de sí mismo escuchaba vocecillas imaginarias que se contradecían entre ellas. Una le decía que se estaba portando como un tío idiota que nunca había visto a una chica 10, pero la otra le decía que era comprensible, que se estaba enamorando, y que no podía dejarla marchar. ¿A cuál debía hacer caso? ¿A su orgullo o a sus sentimientos?
Kya regresó de la cocina con más hielo en los vasos, y sin aviso previo, repitió la jugada de llenar los vasos para retomar la charla de antes acompañada de un poco de alcohol. La botella estaba empezando a vaciarse. No quedaba ya ni la mitad de su contenido.
Ambos empezaron a beber del vaso. Estuvieron medio vaso sin hablar ninguno, solo contemplándose el uno al otro. Kya volvió a acomodarse en el sillón, observando con detenimiento a ese desconocido con el que parecía conectar a pesar de no haberse visto nunca. Adivinó que en los ojos de Bradley, tan azules como los suyos, brillaba también el reflejo del amor inseguro que ella sentía en aquel momento. Al igual que él, ella escuchaba también dos vocecitas. Una le decía "Kya, ese tipo no te traerá nada más que desgracias. ¿No has visto que es un bandido, tal y como él te ha dicho?" La otra le decía "Sí, Kya, puede ser un bandido, pero ¿No ves que te quiere? ¿Qué más da lo que sea? El amor no entiende de vandalismo" Ella tampoco sabía a cuál debía escuchar.
Quizás Bradley se estuviera decantando por dejarse llevar por el amor que sentía en aquel momento, pero sin embargo, encontró una única pega. Si los de Nile sabían que Kya estaba con él, le podían pasar muchas cosas horribles, así que, por el bien de la chica, tuvo que renunciar.
-Kya…
-¿Eh? Oh, dime.
-Es tarde, creo que… Debería irme.
Ella entristeció. ¿Tal vez se hubiera equivocado y Bradley no sintiera nada por ella?
-¿Cómo que te marchas? ¿Así, de repente?
-No quiero causarte más molestias de las que te has tomado por mí. Gracias por esta velada, ha sido una Nochebuena memorable.
-No eres ninguna molestia, de verdad. Ha sido el mejor rato que he pasado en mucho tiempo. ¿Y ahora te marchas?
-Yo solo… Lo siento, pero lo estoy haciendo por tu bien.
-¿Por mi bien? Es decir, me haces sentir bien… Y de golpe me derrumbas más que antes. ¿A eso le llamas tú hacerme un favor? Nunca debería haberme acercado a ti.
-Eso es precisamente lo que intento decirte. A mi lado puedes acabar muy mal, y no me gustaría que eso pasase. Tú eres una buena mujer, y yo soy mala influencia para una bella damisela como tú.
-Eso no puedes juzgarlo tú por mí. ¡Por si no lo sabes, el amor es como una rosa! ¡Hay cosas bonitas como los pétalos, pero también cosas malas como las espinas! ¡Y si me enamoro, he de aceptar los pétalos y las espinas, y eso es lo que yo hago!-gritó Kya.
Él se ruborizó. Kya acababa de admitir que estaba enamorada.
-Quizás tus espinas sean que no ves el mal que puedo causarte. Yo de pétalos soy bien poco. Soy demasiada espina para tan delicada rosa.-piropeó él, con voz seductora, y sonriendo.
-Si de verdad no me convienes, ¿Por qué siento algo tan fuerte hacia ti? ¿Me vas a decir que ese calor tuyo era solo causado por el hecho de que no haya ventanas abiertas?
-¿Estás enamorada de mí, Kya?
-¡Te lo estoy diciendo! ¡Yo…!-se ruborizó ella. A continuación, la rabia de semejante galimatías amoroso hizo mella en ella. Estaba enfadada por el hecho de que él no se abría con ella.- ¡Eres un cretino! ¡Si de verdad no me quieres, no me des más esperanzas!
Kya, furiosa, cogió su vaso de brandy y le derramó lo que quedaba dentro en la camisa a Bradley. Él no se enfadó, sonrió pícaramente.
-Yo….-Kya dejó el vaso, de modo que cayó al suelo, pero no se rompió.-Lo siento, yo… He perdido el control. Perdona, no debería haber hecho eso.
-No te disculpes conmigo. No lo necesitas.
En aquel instante, Kya le pareció más bella que nunca, y tal vez se uniera a su mentalidad de que en el amor nada importa, solamente lo que realmente sientas.
-Te traeré una toalla para que te seques…-ofreció Kya.
-No te molestes, de verdad.
Bradley se desató la camisa y la apartó un poco, dejando sus abdominales y pectorales un poco a la vista, cosa que hizo que Kya se derritiera todavía más.
-Total, con el calor que siento, no necesito abrigo….-añadió él, seductor.
-No juegues conmigo, Brian….-manifestó Kya, un poco triste.
-Esta vez no estoy jugando contigo. Perdóname, Kya, he sido un imbécil. Intentando protegerte, te he hecho daño, y eso sí que no me lo perdono. Te juro que no era mi intención, pero es que el amor vuelve loco a cualquiera.
Kya le miró a la cara. Supo que podía fiarse de él esta vez. Siempre supo que su intención nunca fue hacerle daño, pero no podía soportar esa incertidumbre. Empezó a sonreír porque definitivamente, habían conectado.
De repente, la luz de la habitación se apagó y la sala solo quedó iluminada por la tenue luz de la luna que entraba por el balcón. Sin embargo, ninguno de los dos se alteró.
-Un apagón…-pronunció Bradley, levantándose paulatinamente del sofá.
-Pues sí… Voy a por algunas velas…
Por un instante se separaron. Kya se acercó despacio al dormitorio por miedo a tropezar con algo. Una vez allí, empezó a buscar a tientas algunas velas. Bradley la siguió para que ella no tuviera que volver.
-¿Ahora dónde dejé el encendedor? No tengo arreglo…
-Toma, yo te dejo el mío-cede Bradley, tendiéndole a Kya su encendedor cuadrangular y metálico.
Al cabo de unos escasos minutos todo el dormitorio está iluminado con velas.
-Aquí tienes, gracias.
Kya le devuelve el encendedor. Vuelven a quedarse uno enfrente del otro, mirándose fijamente. Casi sin darse cuenta, Bradley empieza a acariciarle la melena rubia a Kya, jugueteando sensualmete con sus rizos. Ella se deja, pues le gusta la sensación.
-¿Sabes, Brian? He estado pensando que quizás no ha sido buena idea encender las velas… Porque si te va a entrar el calor de antes…
-La única manera de evitar este calor es alejarme de ti, y te aseguro que no me lo planteo. Hay que ser idiota para irte lejos de lo que realmente quieres.
Kya se ruborizó de nuevo.
-Brian…
En aquel instante, ambos se fundieron en un cálido abrazo.
-Nos hemos conocido hace muy poco… Pero siento que ya no puedo dejarte. No podría separarme de ti, notaría que me falta algo.
-Pues espero que a la rosa que eres se añadan cada día más pétalos, porque para compensarlos con mis espinas… Ahora mismo acabo de caer en la cuenta de una cosa.
-¿Qué?-preguntó Kya, pícara.
-Esta noche he dicho una mentira.
-¿Una mentira? ¿Qué mentira?-pidió Kya, algo preocupada de que todo aquel momento mágico se fuera al garete.
-A ti no, a la camarera del bar. Le he dicho…
Kya cerró los ojos y se arrimó a su hombro, dispuesta a escucharle sin tener que ver nada. Él la agarró atractivamente de la cintura, se acercó a ella y le susurró al oído, romántico:
-Le he mentido al decirle que era incapaz de caer en la lujuria…
Kya volvió a enderezarse rápidamente. Cuando lo hizo, vio que Brian la estaba mirando maliciosamente. Entonces, ella se dejó hechizar.
-Pues, no sé por qué, lo dejaré en una mentirijilla piadosa…-conchaba Kya.
-Bueno, no es solo que sea capaz… Es que lo necesito. Mejor dicho, te necesito.-remarcó él, volviendo a sus susurros.-Yo…
Antes de que pudiese acabar la frase, Kya ya le estaba besando apasionadamente en los labios. Fue lo más rápido que se le ocurrió para demostrarle a su Brian que lo quería con locura, además que desde hacía rato estaba deseando darle un beso.
Allí de pie, en la habitación iluminada por velas, estuvieron besándose durante un buen rato. Casi al mismo tiempo, una lluvia pesada y densa empezó a bañar los cristales y, fuera, las ciudades. Aunque estuvieran fuera besándose, no les hubiera importado estarse empapando.
-Te amo, Kya.-le musitó Brian.
-Yo también te amo, Brian-respondió clásicamente Kya, después de una breve pausa de efecto.
En aquella lluviosa noche de pasión, ambos dieron un paso más en ese amor que acababa de comenzar. Entre ventanas húmedas provocadas por la condensación de la lluvia fría de fuera y el calor de las velas y el amor de dentro, expresaron físicamente su amor mutuo. Hacía frío. De hecho, su piel estaba helada. Pero ninguno de los dos lo notaba. Para ellos, el calor de su amor fue bastante para afirmar que se estaban cociendo en aquel romántico instante.
Y así fue como nació una pareja equivalente a una rosa, con sus pétalos y espinas. También como un constrastado paisaje, con su sol y sus nubes grises. Una mujer tan normal y cordial como Kya Collingwood acabó cayendo en el embrujo de amor de un bandido peligroso perseguido por mafiosos como lo era Brian Bradley.
