Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.
Capítulo 2
Edward Cullen, de pie delante de la ventana de su habitación del hotel, observaba el tráfico que se desplazaba por la autopista. Las luces de los intermitentes y de los faros se reflejaban sobre la calzada mojada, dejando huellas acuosas de colores rojo y blanco.
Cuando oyó la puerta que se abría a su espalda se volvió, apoyándose en los talones de las botas, y saludó con un movimiento de cabeza a su hermano.
-Te llamé a la habitación hace unos minutos -dijo- ¿Dónde estabas?
-Tomándome una cerveza en el bar. Los Spurs juegan contra los Lakers.
-Me había olvidado. ¿Quién gana?
El ceño burlón de su hermano le indicó la estupidez de la pregunta.
-¿No ha vuelto todavía papá?
Edward negó con la cabeza, dejó caer la cortina y se apartó de la ventana.
-Estoy muerto de hambre -dijo Emmett- ¿Tienes hambre tú?
-Supongo que sí. No había pensado en eso.
Se dejó caer en el sillón y se frotó los ojos.
-No les harás ningún bien a Jessica ni a Nessie si no te cuidas, Edward. Tienes un aspecto espantoso.
-Gracias.
-Lo digo en serio.
-Ya sé que lo dices en serio -contestó Edward, bajando los brazos y dirigiéndole una pequeña sonrisa a su hermano mayor- Eres todo sinceridad y tienes poco tacto. Por eso yo soy político y tú no.
-Político es una palabra fea, ¿no te acuerdas? Jasper te enseñó a no usarla.
-¿Ni siquiera entre amigos y en familia?
-Puede convertirse en una mala costumbre. Es mejor que ni siquiera la pronuncies.
-Vaya, ¿no descansas nunca? -Sólo intento ayudar.
Edward inclinó la cabeza, avergonzado por su arrebato de mal genio.
-Perdona. -Jugueteó con el mando a distancia del televisor, pasando silenciosamente de canal en canal- Le dije a Jessica lo de la cara.
-¿Ah, sí?
Emmett Cullen se colocó al borde de la cama, se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas. A diferencia de su hermano, iba con pantalones de traje, camisa blanca de vestir y corbata. De todos modos, a esas horas estaba todo arrugado. La camisa listonada había perdido su rigidez, llevaba flojo el nudo de la corbata e iba arremangado. Los pantalones los tenía arrugados porque se había pasado la mayor parte del día sentado.
-¿Cómo reaccionó cuando se lo dijiste?
-¿Y yo qué demonios sé? -murmuró Edward- No se ve nada más que su ojo derecho. Le saltaban las lágrimas, de forma que sí sé que estaba llorando. Conociéndola, sabiendo lo vanidosa que es, supongo que está histérica bajo todas esas vendas. Si pudiera moverse, seguramente estaría corriendo arriba y abajo por los pasillos del hospital y pegando gritos. ¿No harías tú lo mismo?
Emmett se quedó cabizbajo, estudiándose las manos como si intentara imaginarse lo que sería tenerlas quemadas y vendadas. -¿Crees que recuerda el accidente?
-Dio a entender que sí, aunque no estoy seguro de cuánto recuerda. No le conté todos los escabrosos detalles y sólo le dije que ella, Nessie y otras doce personas habían sobrevivido.
-Han dicho esta noche en las noticias que todavía están intentando cazar trozos carbonizados de cuerpos para poder identificarlos.
Edward había leído los artículos de los periódicos. Según el informe, se trataba de una escena dantesca. Hollywood no hubiera podido crear una película más espantosa y horrenda que la realidad a la que tuvieron que enfrentarse el forense y su ejército de ayudantes.
Cada vez que Edward recordaba que Jessica y Nessie podrían haber estado entre las víctimas, se le revolvía el estómago. Por las noches no podía dormir pensando en ello. Cada persona tenía una historia, una razón para viajar en ese vuelo en particular. Cada una de las necrologías resultaba conmovedora.
En su imaginación, Edward agregaba los nombres de Jessica y de Nessie a la lista de víctimas: "La esposa y la hija de tres años del candidato al Senado Edward Cullen se encontraban entre las víctimas mortales del vuelo 398."
Pero el destino había decidido que fuera de otro modo. No perecieron. Gracias a la sorprendente valentía de Jessica, consiguieron salir vivas.
-Dios mío, está lloviendo a mares ahí fuera -retumbó a la vez que rompía el silencio la voz de Carlisle al entrar.
Sostenía una cuadrada caja de pizza sobre el hombro mientras con la otra mano sacudía un paraguas empapado.
-Estamos hambrientos -dijo Emmett.
-Regresé cuanto antes.
-Huele estupendo, papá. ¿Qué querrás beber? -preguntó Edward, mientras se acercaba a un pequeño frigorífico que su madre había llenado la primera noche de su estancia allí. -¿Cerveza, o algo sin alcohol?
-¿Con pizza? Cerveza.
-¿Emmett?
-Cerveza.
-¿Qué tal las cosas en el hospital?
-Le ha contado a Jessica lo de sus heridas -contestó Emmett antes de que Edward tuviera oportunidad de responder.
-¿Sí? -Carlisle se acercó un trozo de humeante pizza a la boca y le dio un mordisco. Con la boca llena, murmuró- ¿Estás seguro de que era una buena idea?
-No. Pero, si yo estuviera en su lugar, querría saber qué demonios estaba ocurriendo. ¿Tú no?
-Supongo -admitió Carlisle, y sorbió un poco de la cerveza que Edward le había servido-. ¿Cómo estaba tu madre cuando te marchaste?
-Exhausta. Le rogué que regresara al hotel y que me dejara quedarme con Nessie esta noche, pero contestó que ya había entrado en la rutina y que, por el bien de Nessie, no quería romperla ahora.
-Eso fue lo que te dijo, -comentó Carlisle- pero seguramente, después de echarte un vistazo a ti, decidió que eras tú el que necesitaba dormir. Tú eres el que está agotado.
-Eso es lo que le he dicho yo -secundó Emmett.
Edward intentó poner un poco de humor en sus palabras. -Bueno, quizá la pizza me ayude a revivir.
-No hagas oídos sordos a nuestros consejos, Edward -le aconsejó Carlisle con severidad-. No puedes permitir que se deteriore tu salud.
-No tengo ninguna intención de que eso ocurra. -Les dedicó un brindis con la copa, bebió de ella y agregó-: Ahora que Jessica ha recuperado el conocimiento y sabe lo que le espera, descansare mejor.
-Va a ser una época dura. Para todos -sentenció su hermano.
-Me alegro de que lo hayas mencionado, Emmett. -Edward se limpió la boca con una servilleta de papel y mentalmente se dio ánimos. Estaba a punto de poner a prueba el temple de su padre y de su hermano-. Quizá debería de esperar otros seis años para presentarme a las elecciones.
Durante unos segundos se produjo un silencio alrededor de la mesa y, a continuación, Carlisle y Emmett se pusieron a hablar simultáneamente, cada uno de ellos intentando hacerse oír por encima del otro.
-No puedes tomar una decisión así hasta que veas cómo va la operación.
-¿Y qué pasa con todas las horas que ya hemos invertido?
-Demasiadas personas dependen de ti.
-Ni se te ocurra abandonar ahora, hermanito. Estas son las elecciones que tienes que ganar.
Edward levantó la mano para pedir silencio.
-Ya saben cuánto lo deseo. ¡Dios, lo único que he querido ser en la vida es ser legislador! Pero no puedo sacrificar el bienestar de mi familia por nada, ni siquiera por mi carrera política.
-Jessica no se merece tales consideraciones.
Los astutos ojos grises de Edward se posaron sobre los de su hermano.
-Es mi mujer.
Se produjo otro silencio tenso. Tras aclararse la garganta, Carlisle dijo:
-Claro que debes estar con Jessica todo lo posible durante el tiempo que dure su sufrimiento. Es admirable que pienses primero en ella y después en tu carrera política. Ya me esperaba este tipo de reacción por tu parte. -Para subrayar el siguiente comentario, se inclinó sobre los trozos de pizza que ocupaban la pequeña mesa redonda-. Pero recuerda los ánimos que te daba Jessica para que siguieras en la carrera. Creo que se sentiría muy desilusionada si te retiraras de las elecciones por culpa suya. Terriblemente desilusionada -recalcó, golpeando el espacio de mesa entre ellos con su dedo índice-. Y, mirándolo desde un punto de vista frío Y cínico -continuó-, este desafortunado accidente podría utilizarse en beneficio nuestro. Generará gran publicidad.
Asqueado por la observación, Edward lanzó su servilleta arrugada y se levantó de la silla. Durante unos segundos se paseó de un lado al otro de la habitación. -¿Te has puesto de acuerdo con Jas... sobre esto? Porque él me dijo prácticamente lo mismo cuando lo llamé para discutir el tema.
-Es tu director de campaña. -Emmett se había quedado mudo y pálido al pensar que su hermano podía abandonar la carrera antes de que tan siquiera empezara-. Se le paga para que te dé buenos consejos.
-Para darme la tabarra, querrás decir.
-Jasper quiere que Edward Cullen se convierta en senador de los Estados Unidos, al igual que todos nosotros, y su deseo no tiene nada que ver con el sueldo que se le paga. -Sonriendo ampliamente Carlisle se puso en pie y le dio una palmada a Edward en la espalda-. Te presentarás a las elecciones de noviembre. Jessica sería la primera en pedirte que lo hicieras.
-De acuerdo -aceptó Edward, con serenidad-. Sabía que me prestarían su apoyo incondicional. Las exigencias que se me van a hacer en los próximos meses es todo lo que podré soportar, y algunas de ellas...
-Tienes nuestro apoyo, Edward -interrumpió Carlisle con firmeza.
-¿Me brindarían su paciencia y comprensión cuando no pueda estar en dos sitios a la vez? -Les dirigió una mirada inquisidora a los dos-. Haré lo que pueda por no sacrificar una responsabilidad por otra, pero soy sólo una persona.
-Nosotros te ayudaremos -le aseguró Carlisle.
-¿Qué más te ha dicho Jasper? -preguntó Emmett, aliviado de que la crisis hubiera pasado.
-Se ha ofrecido a meter cuestionarios en sobres para mandarlos a finales de esta semana.
-¿Y qué pasa con los actos públicos? ¿Ha preparado alguno más?
-Un pequeño discurso en un instituto del valle. Le dije que lo cancelara.
-¿Por qué?
-Los chicos de instituto no votan -argumentó Edward razonablemente.
-Pero sus padres sí. Y necesitamos que esos mexicanos del valle se pongan de nuestro lado.
-Ya lo están.
-No des nada por sentado.
-No lo hago -replicó Edward-, pero éste es uno de esos casos en los que tengo que sopesar mis prioridades. Jessica y Nessie Marco a necesitar que les dedique mucho tiempo. Tendré que seleccionar con más cuidado adónde quiero ir y cuándo. Cada discurso tendrá que ser de gran importancia, y no creo que un auditorio de estudiantes de instituto sea tan relevante.
-Seguramente tienes razón – intervino Carlisle diplomáticamente.
Edward era consciente de que su padre intentaba complacerlo, pero no le importaba. Estaba cansado, preocupado y quería meterse en la cama para, por lo menos, intentar dormir. Con el mayor tacto posible, se lo comunicó a su padre y a su hermano.
Mientras los acompañaba a la puerta, Emmett se volvió y le dio un torpe abrazo.
-Siento haberme puesto pesado esta noche. Ya sé que tienes muchas cosas en la cabeza.
-Si no lo hicieras, engordaría y me volvería un perezoso en un abrir y cerrar de ojos. Dependo de ti.
Le dirigió la seductora sonrisa que debía aparecer en todos los carteles de su campaña.
-Si les parece bien a todos, creo que regresaré a casa mañana por la mañana -anunció Emmett-. Alguien tiene que ocuparse de aquello y comprobar que todo marcha correctamente.
-¿Cómo va todo allí?
-Bien.
-Eso no es lo que me pareció a mí la última vez que estuve. Hacía días que no se sabía nada de tu hija Alice, y tu mujer..., bueno, ya sabes en qué estado se encontraba. -Apuntó con el dedo índice a su hijo mayor-. Las cosas llegan a una mala situación cuando un hombre pierde el control de su familia. -Miró a Edward-. Y, para el caso, lo mismo pasa contigo. Los dos habéis dejado que vuestras esposas hicieran lo que les viniera en gana. -Se dirigió de nuevo a Emmett- Tendrías que buscar ayuda para Rosalie antes de que sea demasiado tarde.
-Quizá después de las elecciones -farfulló. Miró a su hermano añadió- Sólo estaré a una hora de coche si me necesitas.
-Gracias, Emmett. Te iré llamando según los acontecimientos. -Te insinuó el médico algo de cuándo llevarían a cabo la operación?
-No hasta que no desaparezca el riesgo de infección. La inhalación de humo le ha dañado los pulmones, de modo que quizá tenga que esperar dos semanas incluso. Para él es un verdadero dilema, porque, si espera demasiado, los huesos de la cara empezarán a soldarse en el lugar en el que están.
-¡Dios mío! -murmuró Emmett a continuación, en un tono falsamente alegre, agregó- Bueno, dale recuerdos. También de Rosalie y de Alice.
-Lo haré.
Emmett recorrió el pasillo hasta llegar a su habitación. Carlisle se quedó unos momentos.
-Hablé con Esme esta mañana. Mientras Nessie dormía, se acercó a la unidad de cuidados intensivos. Dice que Jessica está hecha un verdadero cuadro.
Edward encogió un poco los hombros.
-Así es. Espero por todos los santos que el cirujano sepa lo que está haciendo.
Carlisle posó una mano sobre el brazo de su hijo, en un silencioso gesto de tranquilidad. Durante un momento, Edward cubrió la mano de su padre con la suya propia.
-El doctor Sawyer, el cirujano, ejecutó hoy la videocámara. Dibujó electrónicamente el rostro de Jessica en un monitor, utilizando las fotografías que le dimos. Fue extraordinario.
-¿Y cree que será capaz de reproducir esa imagen mediante la cirugía?
-Eso es lo que afirma. Me dijo que podría haber algunas pequeñas diferencias, pero que la mayoría de ellas la favorecerán. -Emitió un breve sonido sarcástico-. Eso le gustará a ella.
-Antes de que acabe todo esto, pensará seguramente que todas las norteamericanas deberían ser igual de afortunadas -bromeó Carlisle, con su optimismo característico.
Pero Edward estaba pensando en aquel único ojo, inyectado de sangre e hinchado, pero que a pesar de todo seguía siendo de color castaño oscuro y lo miraba con terror. Se preguntó si tendría miedo de morir; o de vivir sin el atractivo rostro que había utilizado con gran provecho.
Carlisle se despidió y se retiró a su habitación. Sumido profundamente en sus pensamientos, Edward apagó el televisor y las luces, se desvistió y se metió en la cama.
Destellos de luz atravesaron las cortinas, iluminando momentáneamente la habitación. Se oyó el retumbar de truenos cerca del edificio, que hicieron temblar los vidrios. Con la mirada dura y resuelta, Edward se quedó mirando las siluetas iluminadas.
Ni siquiera se habían dado un beso de despedida.
A causa de su reciente y violenta discusión se respiraba una gran tensión aquella mañana. Jessica estaba ansiosa por pasar unos días de compras en Alaska, pero llegaron al aeropuerto con tiempo suficiente para tomar un café en el restaurante.
Accidentalmente, Nessie se tiró encima un poco de zumo de naranja. Como siempre, Jessica reaccionó histéricamente. Cuando salieron de la cafetería frotó la mancha del vestido y riñó a la niña por ser tan poco cuidadosa.
-¡Por el amor de Dios, Jessica, ni siquiera se ve la mancha! -le dijo Edward.
-Yo sí que la veo.
-Pues no la mires.
Ella le dirigió una de esas miradas de «muérete» que a él ya no lo afectaban. El transportó a Nessie en brazos hasta la puerta de embarque, hablando con ella de todas las cosas divertidas que iba a ver y a hacer en Alaska. Al llegar, se arrodilló y la abrazó.
-Diviértete, cariño. ¿Me traerás un regalo?
-¿Puedo, mamá?
-Claro -contestó Jessica distraídamente.
-Claro -repitió Nessie, con una sonrisa enorme.
-Me gustará mucho -aseguró él y se inclinó para darle un último abrazo.
Se incorporó y le preguntó a Jessica que si quería que esperara hasta que saliera el avión. Ella contestó. -No hay razón alguna para que esperes.
Decidió no discutir más y se limitó a asegurarse de que llevaban todo el equipaje de mano.
-Bueno, nos veremos el martes.
-No llegues tarde a recogernos -le dijo Jessica, mientras se dirigía con Nessie hacia la entrada, donde una azafata esperaba para recoger las tarjetas de embarque. Justo antes de adentrarse en el pasillo, Nessie se volvió para despedirse. Jessica ni siquiera se había girado. Segura y confiada en sí misma, siguió adelante con paso decidido.
Quizá fuera ésa la razón por la que aquel ojo estaba ahora tan lleno de ansiedad. La confianza que tenía en sí misma se basaba en la belleza, y ésta le había sido arrebatada por el destino. Odiaba la fealdad. Sus lágrimas quizá no eran por quienes fallecieron en el accidente, como pensó él en un principio. Quizás eran de autocompasión. Quizás incluso hubiera deseado morir en vez de quedar desfigurada, aunque sólo fuera temporalmente.
Conociendo a Jessica, no le sorprendería en absoluto.
En la jerarquía de ayudantes del forense del condado de Seattle, Biers se encontraba en el último eslabón. Por esa razón comprobó y volvió a comprobar la información antes de abordar a su supervisor más inmediato y comentarle los extraños hallazgos. -¿Tiene un minuto?
Un hombre agotado N, malhumorado, con un delantal y guantes de goma, lo miró por encima del hombro.
-¿En qué andas pensando, en un partido de golf?
-No, en esto.
-¿Qué es?
El supervisor volvió a trabajar sobre un montón de materia carbonizada, que con anterioridad había sido un cuerpo humano. -La ficha dental de Isabella Swan -dijo Biers-. Víctima número ochenta y siete.
-Ya está identificada y se le ha hecho la autopsia. -Consultó el diagrama colgado de la pared, sólo para asegurarse. Una raya roja tachaba el nombre-. Efectivamente.
-Ya lo sé, pero...
-No tenía parientes vivos. Un amigo de la familia la identificó esta tarde.
-Pero estos informes...
-Mira, muchacho -dijo el supervisor, con aspereza-, tengo cuerpos sin cabezas, sin manos ni brazos, sin pies ni piernas. Y es responsabilidad mía acabar con todo esta noche. De modo que, si alguien ha sido ya identificado, se le ha hecho la autopsia y está metido en la caja, no me molestes con más informes, ¿de acuerdo?
Biers metió las radiografías de nuevo en el sobre en el que habían llegado y lo arrojó a una papelera.
-De acuerdo. Muy bien. Y, mientras tanto, ¡que te den por culo!
-Claro, claro, cuando tú quieras. En cuanto identifique a todos estos fiambres.
Biers se encogió de hombros. No le pagaban para hacer de Dick Tracy. Si a nadie le importaba un comino la misteriosa irregularidad, ¿por qué iba a preocuparse él? Volvió a su trabajo, que consistía en emparejar las fichas dentales con los cadáveres por identificar.
