Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.
Capítulo 10
-Después de eso, tenemos la intención de mandarlo al pequeño territorio para que dé un discurso en el Texas Tech. -A medida que Emmett detallaba el itinerario de Edward a su cuñada, un nuevo pensamiento le vino a la cabeza-. Ya sabes, Edward, que hay muchos algodoneros en esa región. Me pregunto si Jasper tiene intención de mandarte a hablar a alguna de aquellas granjas agrícolas.
-Si no lo ha pensado, debería hacerlo. Yo quiero que se haga.
-Tomaré nota para que prepare alguna cosa.
Desde la cama, Bella observaba a los dos hermanos. Existían suficientes parecidos como para considerarlos de la misma familia, pero bastantes diferencias para que resultaran completamente distintos el uno del otro.
Emmett parecía tres años mayor que Edward. Su cabello, algo más oscuro, empezaba a escasear. No estaba exactamente gordo, pero su tipo no era tan estilizado como el de su hermano.
De los dos, Edward era mucho más guapo. Aunque el aspecto de Emmett no tenía nada de ofensivo, tampoco sobresalía de manera alguna mas allá de sus músculos. Hacía juego con el mobiliario. En el caso de Edward sería imposible aunque lo intentara.
-Perdónanos por quitártelo durante tanto tiempo, Jessica. -Se dio cuenta de que Emmett nunca la miraba directamente cuando hablaba con ella. Siempre se dirigía a alguna otra parte de su cuerpo: el pecho, la mano o la escayola de la pierna-. No lo haríamos si no fuera una cosa tan importante.
Sus dedos se cerraron sobre el enorme lápiz que tenía en la mano y escribió «de acuerdo» en un cuaderno. Emmett inclinó la cabeza, leyó lo que había escrito, le dirigió una sonrisa débil y asintió fríamente. Existían unas vibraciones desagradables entre Emmett y su cuñada. Bella se preguntaba cuál sería la causa.
-Me dice Edward que has conseguido decir unas palabras hoy. Es una noticia estupenda. A todos nos encantará saber lo que nos tienes que contar cuando puedas volver a hablar.
Bella sabía que a Edward no le haría ninguna gracia lo que tenía que contar. Querría saber por qué no había escrito su nombre, por qué había continuado haciéndose pasar por su esposa incluso después de recuperar suficiente movimiento en la mano para utilizar el lápiz. Ni siquiera ella tenía la respuesta a esas preguntas. La ansiedad que le producía el tema le hacía saltar las lágrimas. Emmett inmediatamente se puso en pie y empezó a retroceder hacia la puerta.
-Bueno, se está haciendo tarde y me queda un largo camino hasta casa. Buena suerte, Jessica. ¿Vienes, Edward?
-Todavía no, pero te acompañaré a la salida.
Después de decirle que regresaría enseguida, acompañó a su hermano.
-Creo que la he molestado al hablar de tu viaje -comentó Jáck.
-Hace unos días que está un poco de mal humor.
-Tendría que alegrarse de estar recuperando la voz, ¿no crees?
-Supongo que resulta muy frustrante intentar hablar claramente cuando no puedes.
Edward se acercó a las ahumadas puertas de vidrio de la lujosa clínica y abrió una.
-Oye, Edward, ¿te has fijado en algo extraño cuando escribe?
-¿Extraño?
Se apartó a un lado para dejar paso a un par de enfermeras, seguidas por un hombre que llevaba un recipiente de cobre lleno de crisantemos. Emmett salió afuera, pero sujetó con las manos la puerta para que no se cerrara a su espalda.
-Jessica escribe con la derecha, ¿verdad?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué utiliza la izquierda? -En cuanto Emmett hubo planteado la pregunta, se encogió de hombros-. Simplemente me pareció extraño. -Bajó la mano y la puerta se empezó a cerrar-. Nos vemos en casa, Edward.
-Conduce con cuidado.
Edward se quedó mirando fijamente a su hermano hasta que otra persona se acercó a la puerta y se lo quedó mirando con la vuelta y, pensativamente, regresó a la habitación de Jessica.
Durante su ausencia, Bella pensó en lo mucho que había cambiado. Se percató de ese cambio de actitud hacía ya más de una semana. Seguía visitándola con regularidad, pero ya no diariamente. Al principio lo había excusado por ello, sabiendo que estaba totalmente sumergido en la campaña electoral.
Siempre que iba, seguía llevando flores y revistas y, como ya podía ingerir alimentos sólidos, le llevaba también chucherías, para aumentar la excelente, aunque aburrida alimentación del hospital. Incluso había pedido que le instalaran un vídeo y la abastecía con una variedad de películas para que se entretuviera. Pero a menudo se mostraba distante y de mal humor, reservado en todo lo que le decía. Sus visitas nunca eran largas. A medida que mejoraba el rostro de Jessica, Edward se volvía más distante. Tampoco había vuelto a llevar a la niña. Ella escribió en el cuaderno el nombre de Nessie, seguido de un interrogante, y se lo enseñó: Edward se encogió de hombros.
-Pensé que las visitas le estaban causando más mal que bien. Podrás pasar mucho tiempo con ella cuando regreses a casa. -Aquellas palabras frías la hirieron. Las visitas de Nessie se habían convertido en momentos destacados de su monótona existencia. Por otra parte, seguramente la decisión de suspenderlas era mejor. Se estaba encariñando demasiado con la niña y quería desesperadamente ayudarla en su crisis. Ya que no iba a tener la oportunidad de hacerlo, resultaba una buena idea romper todos los lazos emotivos cuanto antes.
El cariño desarrollado por Edward era algo mucho más complejo, y resultaría considerablemente más difícil de romper cuando saliera de ese mundo para regresar al suyo propio.
Al menos se llevaría algo de recuerdo: los ingredientes para escribir una buena historia sobre el hombre que se presentaba al Senado de Estados Unidos y al que alguien quería asesinar.
La curiosidad periodística de Bella andaba desenfrenada. ¿Qué era lo que no iba bien en el matrimonio Cullen? ¿Por qué quería Jessica ver a su marido muerto? Bella deseaba explorar todas las posibilidades hasta llegar a la verdad. Contar los hechos quizá la sacaría de los escombros en los que había convertido su vida profesional. Sin embargo, la idea de publicar la verdad le dejaba un mal sabor de boca.
Los problemas de Edward Cullen le pertenecían ahora a ella tanto como a él. No fue culpa suya que le cayeran encima; se los impusieron. Pero no podía simplemente darles la espalda. Por alguna extraña razón, que desafiaba cualquier explicación, se sentía obligada a compensar a Edward por los defectos de Jessica.
La única vez que el tendió una mano compasiva, él la rechazó con dureza, pero el conflicto entre Edward y Jessica iba mucho más allá de los problemas normales de un matrimonio. Casi se podía decir que existía una dimensión mucho más malévola. Él la trataba como si fuera una bestia enjaulada. Se ocupaba de todas sus necesidades, pero manteniendo una cuidadosa distancia. Sus palabras eran desconfiadas, como si no pudiera fiarse de su comportamiento.
Como bien sabía Bella, la cautela de Edward con respecto a su esposa era fundada. Jessica, junto con otro individuo, tenía un plan para asesinarlo. Cómo y por qué eran las preguntas que la perseguían a todas horas.
Estos pensamientos preocupantes quedaron archivados temporalmente cuando regresó Edward de acompañar a su hermano. A pesar de que lo recibió con una sonrisa acogedora mientras se acercaba a su silla, él llevaba una expresión ceñuda.
-¿Por qué escribes con la mano izquierda?
Bella se quedó helada. De modo que había llegado el momento dé la gran verdad. Había abrigado la esperanza de escoger el momento ella misma, pero los acontecimientos se estaban adelantando. ¡Qué estúpida había sido! Era altamente improbable que Jessica Cullen fuera zurda.
Levantó la vista y lo miró con súplica, consiguiendo a la vez pronunciar guturalmente su nombre.
«Que Dios me ayude», rogó mientras intentaba sujetar el lápiz con la mano izquierda. En cuanto revelara su identidad, tenía que ponerlo al corriente del plan que existía para asesinarlo. El único límite de tiempo era que nunca llegaría a ocupar su escaño. El crimen podía llevarse a cabo el día siguiente, o esa misma noche. Y pudiera no suceder nada hasta el mes de noviembre, pero era imprescindible avisarlo de inmediato.
¿A quién acusaría de la familia? Si no se dio a conocer en cuanto pudo controlar un lápiz, fue porque no tenía suficientes datos. Había esperado en vano que cada día que pasaba le proporcionase alguna nueva pista.
Una vez esbozados los escasos datos, ¿la creería? ¿Por qué iba a hacerlo?
¿Por qué iba ni siquiera a escuchar a una mujer que, durante casi dos meses, se había hecho pasar por su esposa? Pensaría que era una oportunista sin perdón, lo cual se acercaría incómodamente a la verdad si no fuera por el hecho de que estaba genuinamente preocupada por su bienestar y por el de Nessie.
El lápiz se movió bajo la esmerada persuasión de sus dedos. Dibujó la letra d. La mano le temblaba con tanta violencia que se le cayó el lápiz. Rodó hacia abajo, le resbaló por el regazo y, finalmente, quedó encajado entre su cadera y el tapizado de la silla.
Edward fue a recuperarlo. Sus fuertes dedos se hundieron en la carne de ella. Le volvió a colocar el lápiz entre los dedos y le condujo de nuevo la mano hacia el cuaderno.
-¿De qué?
Implorante, levantó la vista, suplicando silenciosamente su perdón. Después, terminó la palabra que había empezado. Cuando la hubo escrito, le colocó el cuaderno delante de la cara.
-Duele -leyó él-. ¿Te duele utilizar la mano derecha? Ahogada por la culpabilidad, Bella asintió con la cabeza y gimió:
-Duele.
Levantó la mano derecha, donde la piel seguía sensible.
Su mentira estaba justificada, se dijo a sí misma. No podía contarle la verdad hasta no poder explicarlo todo con detalle. Un mensaje mal escrito, unas cuantas palabras claves sin elaborar sólo conseguirían hundirle en un frenesí de ira y confusión. En ese estado mental, nunca creería que alguien quería asesinarlo.
Él emitió una risa suave y corta.
-Tenías a Emmett asustado. No puedo creer que no me haya dado cuenta yo mismo. Supongo que tenía demasiadas cosas en la cabeza para darme cuenta de los detalles.-Colocó las manos sobre sus riñones y arqueó la espalda, estirándose exageradamente-. Bueno, yo también tengo un rato de camino y se está haciendo tarde. Me han dicho que te quitan la escayola mañana. Me alegro. Podrás empezar a moverte mejor.
Los ojos de Bella se inundaron de lágrimas. Aquel hombre, que había sido tan cariñoso con ella, iba a odiarla cuando descubriera la verdad. Durante las semanas de su recuperación, sin quererlo, se había convertido en su cordón umbilical. Tanto si él era consciente de ello como si no, ella dependía de él para recobrar su salud física y mental. Y tendría que recompensar su amabilidad contándole tres terribles verdades: su mujer estaba muerta, su lugar lo ocupaba una periodista de televisión, que además conocía todos los aspectos secretos de su vida privada, y alguien iba a intentar asesinarlo.
Las lágrimas no provocaron la compasión de Edward, sino su ira. Apartó la mirada irritado y, al hacerlo, se fijó en la pila de periódicos que llenaban el alféizar de la ventana. Bella se los había pedido a las amables enfermeras. Se trataba de números atrasados, en los que se hablaba del accidente de avión. Edward los señaló.
-No entiendo tus lágrimas, Jessica. Tu cara está espléndida. ¡Podrías haber muerto, por el amor de Dios! Y Nessie también. ¿No puedes considerarte una mujer con suerte? -Tras el arrebato, se incorporó y respiró profundamente, controlando su mal humor con un acto de voluntad-. Vaya, lo siento. No era mi intención herirte. Ya sé que has sufrido mucho. Es sólo que podría haber sido muchísimo peor. Todos podríamos haber sufrido mucho más. -Recogió su americana, que llevaba a menudo con los tejanos, y se la puso-. Hasta luego.
Sin decir ni una palabra más, se marchó.
Durante mucho tiempo Bella se quedó mirando el umbral vacío. Entró una enfermera y la ayudó a prepararse para dormir. Había pasado de la silla de ruedas a utilizar unas muletas, pero todavía no se adaptaba muy bien al cambio. Al asirlas le dolían las manos. Cuando ya estuvo colocada en la cama y sola, se sintió extenuada.
Tenía la mente tan cansada como el cuerpo y, sin embargo, se sentía incapaz de dormir. Intentó imaginarse la expresión que adoptaría el rostro de Edward cuando descubriera la verdad. Su vida sufriría otro trastorno en un momento de gran vulnerabilidad.
En cuanto la palabra vulnerable se formó en su mente, Bella se vio acosada por otro pensamiento nuevo y terrible: una vez que ella quedara al descubierto, también estaría a merced de la persona que quería matar a Edward.
¿Por qué no se le había ocurrido antes? Cuando Isabella Swan, una periodista de televisión, quedara al descubierto, el culpable se daría cuenta de su grave error y se sentiría obligado a subsanarlo. Ella se encontraría tan expuesta al peligro como Edward. Juzgando por el tono calculador y mortal de su voz, el posible asesino no dudaría ni un instante en liquidarlos a los dos.
Se incorporó en la cama y observó cuidadosamente las sombras de la habitación, como si fuera a enfrentarse al vengador desconocido. Los latidos de su corazón producían un eco en todo su: cuerpo.
Dios, ¿qué podía hacer? ¿De qué forma podía protegerse? ¿Cómo podía proteger a Edward? Si fuera Jessica de verdad, ella...
Antes incluso de que la idea se desarrollara por completo, su mente empezó a objetar impedimentos, tanto de conciencia como prácticos. No se podía llevar a cabo. Edward se enteraría. El asesino también se enteraría.
Pero, si era capaz de interpretar aquel papel el tiempo suficiente para determinar quién era el enemigo secreto de Edward, quizá pudiera salvarle la vida. Sin embargo, era inconcebible ponerse en los zapatos de otra mujer. ¿Y qué pasaba con su vida? Oficialmente, Isabella Swan ya no existía. Nadie la echaría de menos. No tenía marido, hijos ni familia.
Su carrera estaba destrozada. Por culpa de un error -un terrible error de apreciación- se la consideraba una fracasada. No sólo no había estado a la magnífica altura de su padre, sino que le había fallado. Trabajar en KTEX, en Seattle, era como si la hubieran condenado a años de trabajos forzados. A pesar de que la emisora gozaba de una buena reputación en el mercado, y aun cuando le estaría eternamente agradecida a Harry por darle un trabajo cuando nadie estaba ni siquiera dispuesto a concederle una entrevista, el trabajo allí era equiparable a un exilio en Siberia.
Estaba alejada de los círculos periodísticos que realmente importaban. KTEX estaba muy lejos de ser un empleo en la ciudad de Washington.
Pero una historia sensacional le había caído directamente del cielo. Si se convertía en la señora de Edward Cullen, podría informar en vivo sobre una campaña al Senado y sobre un intento de asesinato desde dentro. No sólo cubriría la información, la estaría viviendo.
¿Qué mejor forma de llegar de nuevo a ser la número uno? ¿Cuántos periodistas habrían tenido en su vida una oportunidad así? Conocía decenas que darían el brazo derecho por estar en su lugar.
Sonrió débilmente. Ella no había tenido que ofrecer el brazo, pero ya había dado el rostro, el nombre y su propia identidad. Salvar la vida de un hombre y volver a reafirmarse en su carrera sería recompensa suficiente por tal indignidad. Y, cuando finalmente se conociera la verdad, nadie podría acusarla de explotación. Ella no había buscado esa oportunidad; se la habían impuesto. Tampoco estaría utilizando a Edward. Incluso más que restaurar su credibilidad profesional, quería salvarle la vida, que en esos momentos se había convertido en algo precioso para ella.
Los riesgos eran tremendos, pero no conocía ni un solo periodista de importancia que no se hubiera arriesgado para conseguir el reconocimiento profesional. Su padre se arriesgó diariamente para estar a la altura de su profesión, y su valor se vio correspondido con un premio Pulitzer; si él estuvo dispuesto a arriesgarlo todo por sus reportajes, ¿se podía esperar menos de ella?
Sin embargo, era consciente de que tenía que ser una decisión racional. Debía enfrentarse a ello de forma pragmática y no con sentimentalismos. Estaría asumiendo el papel de esposa de Edward y todo lo que implicaba esa relación. Viviría con su familia, siendo constantemente observada por gente que conocía a Jessica íntimamente.
La enormidad del reto la intimidaba, aunque al mismo tiempo resultaba irresistible. Las consecuencias podían ser terribles, pero la recompensa no tendría precio.
Cometería un millón de errores, como lo de escribir con la mano no adecuada. Ahora bien, siempre había tenido la habilidad de reaccionar con inteligencia. Inventaría excusas para sus errores.
¿Podría llegar a funcionar? ¿Sería capaz de llevarlo a cabo?. ¿Se atrevía?
Retiró la ropa de la cama, tomó las muletas y llegó hasta el cuarto de baño.
Bajo la despiadada luz del fluorescente, se observó la cara en el espejo, comparándola con la fotografía de Jessica que colgaba de la pared a modo de estímulo.
La piel parecía nueva, tan rosada y suave como la del culito de un bebé, tal como había prometido el doctor Sawyer. Separó los labios y examinó la prótesis dental, que era un duplicado de los dientes de Jessica Cullen. Se pasó la mano por el cabello oscuro que empezaba a crecer. No se discernían las cicatrices, a no ser que uno mirara con lupa. Con el tiempo, todas las señales desaparecerían hasta hacerse invisibles.
No se permitió el lujo de caer en la autocompasión, aunque el arrepentimiento y la añoranza de su anterior aspecto le herían el corazón. Estaba ante su destino. Tenía un rostro nuevo que podría llegar a convertirse en el pasaporte de una nueva vida.
Asumiría la identidad de Jessica Cullen a partir del día siguiente.
Isabella Swan no tenía nada más que perder.
dracullen, jvb : Nunca puedo responderles por privado, pero gracias por sus reviews!
loreloremacumacu: Agradezco tu review, puede q tengas razón, yo creo que era necesario ya que sino no entenderías luego la historia!
Woaa, Bella asumirá el papel de Jessica ¿Creen que hará bien?
¿Como reaccionará Edward a esta nueva Bella?
Gracias por sus Reviews en el capitulo anterior y gracias a quienes me leen.
凸(^_^)凸
Dejen su Review, es una gran motivación para mi leerlas!
Actualizo mañana si alguien me lee, como siempre!
Las aprecio, y aprecio mucho mas su apoyo!
ESPERO HAYAN PASADO UNA FELIZ NAVIDAD! XD
๑۩۞۩๑
#Andre!#
