Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.

La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.


Capítulo 14

Bella se puso unas gafas de sol.

-Creo que sería mejor no llevarlas -opinó Jasper-. No queremos que piensen que estamos escondiendo algo.

-De acuerdo. -Se las quitó y las metió en el bolsillo de su chaqueta de seda cruda, que hacía juego con los pantalones-. ¿Estoy bien? -les preguntó nerviosa a Edward y a Jasper.

Jasper levantó el pulgar y dijo: -Impactante.

-Un chiste muy malo -comentó Edward con una sonrisa.

Bella se pasó la mano por el corto cabello de la nuca. -¿Mi pelo...?

-Muy elegante -la tranquilizó Jasper. Luego, juntó las manos y se frotó vigorosamente las palmas-. Bueno, ya hemos hecho esperar bastante a los buitres. Vámonos.

Juntos, los tres salieron de la habitación por última vez y recorrieron el pasillo hasta la entrada. Ya se habían despedido de los empleados, pero al pasar por la enfermería oyeron deseos de buena suerte.

-¿Una limusina? -se extrañó Bella cuando llegaron a la fachada de cristal ahumado del edificio.

La horda de periodistas todavía no podían verlos, pero ella distinguía claramente lo que había en el exterior. Un cadillac negro se encontraba aparcado en el bordillo, con un chófer uniformado a su lado.

-Para que los dos pudiéramos protegerte -explicó Jasper.

-¿Protegerme de qué?

-De la multitud. El conductor ya ha guardado tus cosas en el maletero. Dirígete al micrófono, suelta tu discurso, niégate educadamente a responder a sus preguntas y, a continuación, te vas hacia el coche. -La miró un momento, como queriendo asegurarse de que había entendido sus instrucciones, y se volvió hacia Edward-: Tú puedes contestar un par de preguntas si quieres. Calibra su simpatía. Mientras te resulte cómodo, aprovéchate de la situación. Si la cosa se pone fea, utiliza a Jessica como excusa para marcharte. ¿Preparados?

Se adelantó para abrir la puerta. Bella miró a Edward y preguntó: -¿Cómo aguantas que te dé tantas órdenes?

-Para eso le pago.

Tomó nota mental de no criticar a Jasper. En opinión de Edward, su director de campaña estaba por encima de toda crítica.

Jasper les estaba sujetando la puerta. Edward la tomó del brazo y la animó a salir. Los periodistas y los fotógrafos hasta ese momento eran una masa informe y clamorosa; entonces, se hizo un silencio expectante al ver que la esposa del candidato al Senado aparecía ante ellos después de meses de reclusión.

Bella salió al exterior y se dirigió al micrófono, tal como le había dicho Jasper que hiciera. Se parecía a Jessica Cullen. Lo sabía. Resultaba sorprendente que la suplantación no la hubiera detectado ninguno de los más allegados a Jessica, ni siquiera su marido. Pero, claro, ninguno de ellos tenía razones para dudar de que ella fuera quien decía ser. No estaban buscando una impostora y, por lo tanto, no la veían.

Pero, mientras se acercaba al micrófono, temió que los extraños detectaran lo que no habían hecho los íntimos. Alguien podía saltar de la multitud, apuntarla con un dedo acusatorio y gritar: ¡impostora!

Por eso, el estallido de aplausos espontáneos la sorprendió. A los tres, también a Edward e incluso a Jasper, que no perdía nunca la compostura, a todos los tomó totalmente por sorpresa. Bella dio unos pasos vacilantes y miró a Edward con inseguridad. Él le dedicó su resplandeciente sonrisa de héroe norteamericano, lo cual la compensó por todo el dolor y toda la angustia sufrida desde el accidente. Su confianza quedó tremendamente estimulada.

Con elegancia, hizo un gesto para que cesaran los aplausos. A medida que fueron callando, pronunció unas tímidas gracias. A continuación, se aclaró la garganta, ladeó ligeramente la cabeza, se humedeció los labios con la lengua y empezó a recitar el breve discurso.

-Gracias, señoras y señores, por estar aquí para darme la bienvenida después de mi larga hospitalización. Desearía extender públicamente mis condolencias a todos aquellos que perdieron a seres queridos en aquel terrible vuelo 398 de Air América. Sigue resultándome increíble que mi hija y yo sobreviviéramos a tan espantoso y trágico accidente. Probablemente no lo hubiera conseguido de no haber sido por el constante apoyo y ánimo de mi marido.

La última frase la había agregado ella a las declaraciones preparadas por Jasper. Osadamente, le tomó la mano a Edward y, después de unos momentos de duda, de la que sólo ella fue consciente, le dio un ligero apretón.

-Señora Cullen, ¿considera responsable a Air América del accidente?

-No podemos hacer ningún comentario hasta que no finalice la investigación y la junta Nacional de Seguridad en el Transporte haga públicos los resultados -contestó Edward.

-Señora Cullen, ¿tiene intención de presentar demanda por daños y perjuicios?

De nuevo Edward respondió por ella:

-En estos momentos no tenemos intención de presentar ninguna demanda judicial.

-Señora Cullen, ¿recuerda haber sacado a su hija del avión en llamas?

-Lo recuerdo ahora -dijo antes de que Edward pudiera abrir la boca-. Pero no al principio. Respondí a un instinto de supervivencia. No recuerdo haber tomado una decisión consciente.

Señora Cullen, ¿en algún momento de la reconstrucción de su rostro, llegó a dudar de que se pudiera hacer?

-Confiaba plenamente en el cirujano elegido por mi marido.

Edward se inclinó sobre el micrófono para que pudieran oírlo por encima del ruido. -Como pueden ustedes imaginarse, Jessica tiene ganas de llegar a casa. Si nos perdonan, por favor.

La empujó hacia delante, pero la multitud se lanzó sobre ellos. Un periodista particularmente pesado se interpuso en su camino y colocó un micrófono ante Edward.

-Señor Cullen, ¿lo acompañará ahora la señora Cullen en su campaña electoral?

-Jessica tiene preparados unos cuantos viajes. Pero habrá ocasiones en que se sentirá más a gusto en casa con nuestra hija.

-¿Cómo está su hija, señor Cullen?

-Está bien, gracias. Ahora, si pudiéramos...

-¿Padece alguna secuela después del accidente?

-¿Qué piensa su hija de las ligeras alteraciones en su aspecto físico, señora Cullen?

-No más preguntas, por favor.

Con Jasper abriéndoles paso entre la multitud, llegaron a sortear la obstinada multitud. En su mayoría eran simpáticos, pero, aun así, verse rodeada por tanta gente le daba a Bella la sensación de que se ahogaba.

Hasta entonces se había encontrado siempre al otro lado, una periodista colocando un micrófono en la cara de alguien que estuviera atravesando una crisis personal. El trabajo de cualquier periodista era conseguir la noticia, aquel punto que los demás no tenían, tomando cualquier medida que fuera necesaria. Se tenía poca consideración por quienes estaban al otro lado del micrófono. Nunca le gustó ese aspecto de su trabajo; su fatal error en los medios de comunicación no se produjo por falta de sensibilidad, sino por un exceso de ella.

Por el rabillo del ojo vio el logo de KTEX pintado en un lado de una cámara. Instintivamente, volvió la cabeza en aquella dirección. ¡Era Marco!

Durante una milésima de segundo olvidó que era un extraño para ella. Estuvo a punto de pronunciar su nombre y saludarlo calurosamente. El pálido rostro delgado y la cola de caballo le resultaban maravillosamente familiares y entrañables. Ansiaba poder abrazarlo y sentir aquel huesudo pecho sobre el suyo.

Por fortuna, su rostro permaneció impasible. Se giró sin hacer gesto alguno de reconocimiento. Edward la acompañó hasta la limusina. Una vez acomodada en el asiento trasero y protegida por el vidrio ahumado, miró por la ventanilla de atrás. Marco, al igual que todos los demás, se abrió paso entre la multitud, con la cámara de vídeo colocada sobre su hombro y el ojo pegado al visor.

Echaba de menos la sala de redacción, con su profundo olor a tabaco, el sonido de los teléfonos, los graznidos de las emisoras de la policía, y los teletipos. El constante entrar y salir de periodistas, cámaras y productores le parecía a Bella que quedaba a años luz.

A medida que la limusina se alejaba del lugar que había sido su refugio durante semanas, sintió una terrible nostalgia por la vida de Isabella Swan. ¿Qué habrían hecho con su apartamento y con sus cosas? ¿Lo habrían metido todo en cajas para dárselo a unos desconocidos? ¿Quién se estaría poniendo su ropa, durmiendo entre sus sabanas, utilizando sus toallas? De pronto sintió como si la hubieran desnudado y violado. Pero había tomado la irrevocable decisión de mantener a Isabella Swan indefinidamente muerta. No sólo su carrera, sino su vida y la de Edward estaban en juego.

A su lado, Edward se acomodó en el asiento. Le rozó una pierna con la suya. Le tocó imperceptiblemente un pecho con el codo. Colocó firmemente la cadera junto a la suya.

De momento estaba donde quería estar.

Jasper, sentado en el asiento abatible frente a ella, le dio unas palmaditas en la rodilla.

-Lo hiciste muy bien, incluso al improvisar. Bonito gesto el de coger la mano de Edward como lo hiciste. ¿A ti qué te pareció, Edward?

Edward estaba aflojándose la corbata y desabrochándose el cuello.

-Lo hizo estupendamente. -Señaló con el dedo a Jasper-. Pero no me gustan esas preguntas acerca de Nessie. ¿Qué tiene que ver ella con la campaña y las elecciones?

-Nada. La gente se muestra simplemente curiosa.

-Que se vayan a la mierda los curiosos. Es mi hija. Quiero que esté protegida.

-Quizás esté excesivamente protegida.

El tono ronco de la voz de Bella atrajo rápidamente la atención de Edward.

-¿Y eso qué significa?

-Ahora que ya me han visto, dejarán de molestarte con preguntas sobre mí y se limitarán a los temas importantes.

Durante su convalecencia, había seguido con detalle la campaña electoral leyendo todos los periódicos a su disposición y viendo las noticias de la televisión. Edward había arrollado en las primarias, pero la verdadera batalla estaba todavía por librar. Su oponente en noviembre sería el senador titular, Rory Dekker.

Dekker era una institución en la política de Texas. Por lo que Bella recordaba había sido senador desde siempre. Iba a ser una lucha similar a la que mantuvieron David y Goliat. La increíble ventaja a favor de Dekker, junto con la audaz valentía de Edward contra un rival tan imponente, habían levantado más interés por estas elecciones que por cualquier otra de reciente memoria.

En casi cada boletín de noticias se mencionaba por lo menos durante quince segundos la carrera electoral al Senado y, como bien sabía Bella, incluso quince segundos resultaban una envidiable cantidad de tiempo. Pero, mientras que Dekker utilizaba sabiamente su tiempo para exponer los puntos de su programa, Edward perdía preciosos segundos en preguntas relacionadas con el progreso de Jessica.

-Sino mantenemos a Nessie tan encerrada bajo llave -añadió, con sumo cuidado-, su curiosidad por ella pronto desaparecerá. Con un poco de suerte, empezarán a interesarse por otra cosa, como tu plan de ayuda a los granjeros con hipotecas.

Jasper la observó con suspicacia, pero con cierto respeto. -Es posible que tenga razón, Edward.

El rostro de Edward reflejaba una mezcla de ira y duda.

-Lo pensaré -fue todo lo que dijo antes de volverse para mirar por la ventanilla.

Siguieron el viaje en silencio hasta llegar a la sede central de la campaña.

-Todo el mundo tiene ganas de verte, Jessica. Les he pedido que no se te queden mirando como a un monigote, pero no puedo garantizarte que no vayan a hacerlo -le avisó Jasper mientras bajaba del coche ayudada por el chófer-. Creo que la buena voluntad progresará mucho si puedes quedarte un rato.

-Se quedará.

Sin ofrecerle elección posible, Edward la cogió por el brazo y la condujo hacia la puerta.

La prepotencia le puso los pelos de punta, pero tenía curiosidad por ver el cuartel general de la campaña, de modo que lo siguió pacíficamente. Sin embargo, y a medida que se acercaban a la puerta, el terror empezó a invadirle el estómago. Cada nueva situación era una prueba, un campo minado que debía atravesar con habilidad, intentando a cada segundo no meter la pata.

Al abrir las puertas accedieron a un lugar en un estado de caos absoluto. Los trabajadores voluntarios contestaban a teléfonos, hacían llamadas, cerraban sobres, abrían sobres, grapaban, desgrapaban, se levantaban, se sentaban; todo el mundo estaba en movimiento. Después del silencio y la tranquilidad de la clínica, Bella sintió como si la acabaran de meter en una jaula de monos.

Edward se quitó la americana y se arremangó la camisa. Una vez percatados de su presencia, todos los voluntarios detuvieron su tarea para hablar con él. Era evidente que todos los ocupantes de la habitación lo consideraban un héroe y estaban dedicados a ayudarle a ganar las elecciones.

También quedó perfectamente claro que la palabra de Jasper Whitlock era ley, porque, si bien los voluntarios la miraban de soslayo y pronunciaban educados saludos, nadie se la quedó mirando fijamente. Sintiéndose incómoda e insegura sobre el papel que debía representar, siguió caminando detrás de Edward. Emanaba una confianza contagiosa.

-Hola, señora Cullen -le dijo un joven-. Tiene un aspecto espléndido.

-Gracias.

-Edward, esta mañana el gobernador ha hecho unas declaraciones felicitando a la señora Cullen por su total recuperación. Alabó el coraje de Jessica, pero, al referirse a ti, y cito textualmente, dijo que eras un peligroso liberal al que los tejanos deberían temer. Aconsejó al público votante que no dejaran que sus sentimientos por la señora Cullen los influenciaran a la hora de votar en noviembre. ¿Cómo quieres responder?

-No quiero. Por lo menos no enseguida. Ese presumido hijo de puta quiere provocarme y hacerme parecer un dragón que echa fuego por la boca. No le daré esa satisfacción. Ah, y lo de presumido hijo de puta que quede entre nosotros.

El joven se rió y se dirigió rápidamente hacia un procesador de textos para prepararla nota de prensa.

-¿Qué dicen las últimas encuestas? -preguntó Edward a los ocupantes de la habitación general.

-No estamos haciendo caso de las encuestas -contestó Jasper con tranquilidad, acercándose a ellos.

En algún momento por el camino había recogido a Alice, que contemplaba a Jessica con su habitual renuencia.

-¡Vaya que no! -replicó Edward, oponiéndose a la evasiva respuesta de Jasper-. ¿Por cuántos puntos pierdo?

-Catorce.

-Uno más que la semana pasada. No me canso de repetir que no hay nada de qué preocuparse.

Todos se rieron del análisis optimista que hacía. -Hola, tío Edward. Hola, tía Jessica.

-Hola, Alice.

La chica sonrió angelicalmente, pero la malicia latente intranquilizó a Bella. La única vez que Alice acudió al hospital, se pasó todo el rato mofándose de las cicatrices, que eran todavía visibles. La crueldad de la chica irritó tanto a Carlisle que le ordenó que saliera de la habitación y que no volviera. No parecía haberla importado.

Sólo con mirarla, se veía que era una zorrita calculadora y egoísta. Si Alice tuviera diez años menos, Bella hubiera aconsejado que le dieran unos buenos azotes en el culo. Sin embargo, su opinión de Jessica parecía ir más allá del habitual rencor adolescente. Parecía tener un profundo y duradero resentimiento contra ella.

-¿Es ésta tu nueva alianza? -preguntó, señalando la mano izquierda de Bella.

-Sí. Edward me la dio anoche.

Levantó la mano de Bella con la punta de los dedos y, con gesto despectivo, examinó el anillo.

-No le pudiste sacar más diamantes, ¿eh?

-Tengo un trabajo para ti -intervino Jasper, lacónico-. Ven aquí. - Tomó a Alice por el codo, le hizo girarse y la empinó en dirección opuesta.

-Una niña muy agradable -murmuró Bella. -Unos buenos azotes no le irían mal.

-Estoy de acuerdo.

-Hola, señora Cullen. -Una mujer de mediana edad se acercó a ellos y le dio la mano.

-Hola. Me alegro de verla de nuevo, señora Baker -contestó, después de consultar el nombre de la etiqueta que llevaba colgada del bolsillo de la camisa.

Desapareció la sonrisa de la señora Baker. Miró nerviosamente a Edward.

-Jasper dijo que deberías leer estas notas de prensa, Edward. Tienen que salir mañana.

-Gracias. Lo haré esta noche y se las daré a Jasper para que las traiga por la mañana.

-Está bien. No corre tanta prisa.

-Me he equivocado, ¿verdad? -le preguntó Bella mientras la mujer se alejaba.

-Será mejor que nos marchemos.

Se despidió con un adiós que incluía a todos los miembros de la habitación. Jasper saludó con el brazo desde la otra punta de la sala, pero continuó hablando por el auricular del teléfono que tenía colocado entre la oreja y el hombro. Desde la esquina de su mesa, Alice saludó con desgana.

Edward condujo a Bella hacia el sedán plateado aparcado en el exterior.

-¿No hay limusina ya?

-Ahora somos gente normal.

Bella se embebió de las vistas y los sonidos de la ciudad mientras se abrían paso entre el denso tráfico del mediodía. Hacía mucho tiempo que su mundo no lo constituían más que unas cuantas paredes estériles. La velocidad con que se movía todo, el caos, el color y la luz la intimidaban después de meses de aislamiento. También la excitaban. Todo resultaba cariñosamente familiar, pero al mismo tiempo nuevo, como debe de ser la primavera para un animal que sale de su hibernación.

Cuando pasaron por el aeropuerto y vio el despegue de los aviones, se le puso la carne de gallina y se tensaron todos sus músculos.

-¿Estás bien?

Rápidamente, apartó la mirada de la pista de aterrizaje y vio que Edward la observaba con cuidado.

-Sí, estoy bien.

-¿Serás capaz de volver a subirte a un avión?

-No lo sé. Supongo que sí. La primera vez sin duda será la más dura.

-No sé si conseguiremos que Nessie quiera volar de nuevo.

-Puede que supere el miedo más fácilmente que yo. Los niños a veces son más duros que los adultos.

-Quizá.

-Tengo muchas ganas de verla. Han pasado semanas.

-Está creciendo.

-¿De verdad?

Una sonrisa cubrió su rostro.

-El otro día la senté sobre mi regazo y vi que su cabeza me llegaba ya hasta la barbilla.

Compartieron una sonrisa durante unos segundos y, luego, los ojos de Edward se apagaron, le desapareció la sonrisa y volvió a concentrarse en el tráfico. Sintiéndose apartada, Bella preguntó:

-¿Qué pasa con la señora Baker? ¿En qué me equivoqué?

-Sólo hace dos semanas que trabaja con nosotros. No la conocías.

El corazón de Bella pegó un salto. Esas cosas tenían que ocurrir. Cometería un montón de errores y tendría que buscar excusas rápidas.

Bajó la cabeza y se frotó las sienes con el dedo índice y el pulgar. -Lo siento, Edward. Debo de haber parecido una hipócrita.

-Sí.

-Ten paciencia conmigo. La verdad es que tengo fallos de memoria. A veces, la secuencia de los hechos me confunde. No consigo recordar con claridad algunos lugares, o a personas.

-Hace semanas que me he dado cuenta de eso. Hay cosas de las que dices que no tienen ningún sentido.

-¿Por qué no me has dicho nada?

-No quería que te preocuparas, de modo que consulté con un neurólogo. Dijo que la conmoción seguramente te hizo perder algo de memoria.

-¿Para siempre?

Se encogió de hombros.

-Es difícil decirlo. Algunas cosas seguramente te volverán a la cabeza poco a poco, y otras quizá no.

Secretamente, a Bella le agradaba conocer el diagnóstico del neurólogo. Si metía la pata, podía utilizar la falta de memoria como excusa.

Extendió el brazo y cubrió la mano de Edward con la suya. -Lo siento si te he causado problemas.

-Estoy seguro de que lo entenderá cuando se lo explique.- Apartó la mano de debajo de la suya y colocó ambas sobre el volante para acceder a la salida de la autopista. Bella se concentró en la ruta que estaban tomando. Tendría que saber llegar hasta su casa, ¿no?

Había nacido en Forks, una ciudad pequeña, y pasó la mayor parte de su infancia en Seattle, la base desde donde trabajaba Charlie Swan como fotógrafo independiente.

Como ocurría con la mayoría de los tejanos, el orgullo nacional formaba parte de su carácter. A pesar de que se había gastado cientos de dólares en profesores de dicción, en un esfuerzo por erradicar su acento, en el corazón se sentía totalmente tejana. El paisaje montañoso siempre fue una de sus zonas preferidas. Las suaves colinas y los arroyos subterráneos eran bellos en cualquier época del año.

Las campanillas estaban completamente en flor, cubriendo el campo como un manto de color de zafiro. Otras resplandecientes flores salvajes aparecían en aquel: óleo natural, y los rebordes de color se unían asemejándose a un cuadro de Monet. Enormes cantos sobresalían de la tierra como molares torcido, evitando que el paisaje fuera meramente bucólico.

Las pasiones surgían en ese paisaje donde los caballeros españoles, establecieron imperios, los guerreros comanches cazaron rebaños de potros salvajes y los colonialistas vertieron su sangre para obtener la independencia. La tierra parecía pulsar con los fantasmas y aquellas gentes indomables que consiguieron domesticarla, aunque no dominarla. Sus espíritus feroces rondaban por allí, como los gatos salvajes que habitaban en las cuevas de la zona; invisibles, pero reales.

Los halcones en busca de presas se deslizaban lentamente. Reses rojizas pastaban en la escasa hierba que crecía entre los arbustos de cedros. Como benévolos vigilantes, algunos robles extendían sus enormes ramas sobre el terreno rocoso, proporcionando sombra para el ganado, los ciervos, los alces y otros pequeños animales de caza. Enormes cipreses se elevaban a las orillas de los ríos; el amplio caudal del río se hallaba densamente poblado de sus sinuosos troncos, de sus protuberancias nudosas y de sus livianas ramas.

Era una tierra rica en contrastes y en folclore. Bella la adoraba. Y, al parecer, Edward también. Mientras conducía, observaba el paisaje con la apreciación de alguien que lo descubre por primera vez. Giró por un camino marcado con dos pilares de piedra. Suspendido entre ellos se veía un cartel de hierro forjado, en el que podía leerse «Rancho Esperanza C.».

Por los artículos sobre la familia Cullen que había leído en secreto durante su convalecencia, Bella sabía que el Esperanza C tenía una extensión de más de dos mil hectáreas y que acogía un impresionante rebaño de ganado de primera. Tres afluentes abastecían de la preciada agua.

Carlisle había heredado la tierra de su padre. Desde su jubilación de las fuerzas aéreas, dedicó su tiempo a convertir el rancho en un negocio rentable, viajando a otras partes del país para estudiarlas distintas razas de ganado en un intento de mejorar las de Esperanza C.

En un artículo del Texas Monthly aparecía una imagen de la casa, pero Bella no pudo averiguar gran cosa en aquella foto. Desde lo alto de una pequeña colina pudo verla a lo lejos. Estaba construida con adobe blanco como una hacienda española, con tres alas que formaban una herradura alrededor del patio central. Desde el centro, se tenía una vista espectacular del valle y del río. La inmensa casa tenía un tejado de tejas rojas, que en esos momentos reflejaba el sol del mediodía.

La entrada se arqueaba, formando un semicírculo delante de la entrada principal. Un majestuoso roble proporcionaba sombra a toda la fachada delantera, y el musgo grisáceo colgaba de sus ramas. Unos geranios de color escarlata intenso aparecían en las macetas a cada lado de la puerta central, a la que Edward la condujo al bajar del coche.

Era la tranquilidad de Texas, extraordinariamente bello, y, como comprendió Bella de pronto, su nuevo hogar.


Aww… Bella apoyando a Edward, es muy dulce!

Uu… vimos que Bella ya cometió su primer error, por suerte para ella Edward lo interpreto como parte de las secuelas del accidente.

¿Quién espera, junto a mí, ver como Bella se las arregla estando en el Rancho Esperanza C.?

Gracias por sus Reviews en el capitulo anterior y gracias a quienes me leen.

(^_^)凸

Dejen su Review, es una gran motivación para mi leerlas!

Actualizo mañana si alguien me lee para despedir el 2012!

Las aprecio, y aprecio mucho mas su apoyo!

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#Andre!#