Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.

La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.


Capítulo 32

-Edward, necesito un minuto de tu tiempo.

Bella traspasó la puerta previamente cerrada, interrumpiendo la reunión que tenía lugar en el gran salón del rancho.

Emmett, que estaba hablando cuando ella hizo su perentoria entrada, se quedó parado en medio de ellos, con la mano congelada en un gesto y la boca medio abierta.

-¿Qué ocurre? -preguntó Edward, aparentemente de un pésimo humor.

Jasper fruncía el ceño irritado; Emmett maldijo en voz baja. El descontento de Carlisle era igualmente obvio, pero intentó ser cortés. -¿Es algo urgente? ¿Nessie?

-No, Carlisle. Nessie está en la guardería. -¿Es algo en lo que te puede ayudar Esme?

-Me temo que no. Necesito hablar en privado con Edward.

-Estamos en medio de un asunto aquí, Jessica -dijo Edward muy irritado-. ¿Es importante?

-Si no fuera importante, no los habría interrumpido.

-Preferiría que esperaras hasta que termináramos o que te ocuparas del asunto tú misma.

Sintió cómo se le enrojecían las mejillas de indignación. Desde que regresaron a la casa hacía ya unos días, Edward había hecho todo lo posible por evitarla. Para ella fue una gran desilusión, aunque no una gran sorpresa, cuando vio que no volvía al dormitorio amarillo que ella ocupaba. En vez de eso, volvió a dormir en el estudio adyacente. El acto sexual de aquella noche no los unió, sino que, más bien, acrecentó las distancias. Al día siguiente casi ni se miraron a los ojos. Hablaron muy poco entre ellos. El ambiente era contenido, como si algo infame hubiera ocurrido y ninguna de las dos partes quisiera aceptarlo. Ella siguió el ejemplo de Edward y fingió que nada había ocurrido en aquella amplia cama, pero el esfuerzo de mantenerse impasible la había convertido en una persona irritable.

En sólo una ocasión había hecho Edward referencia a ello, cuando esperaban a que el botones recogiera el equipaje.

-No utilizamos nada anoche -comentó en voz baja y tensa, mientras observaba el horizonte de Alaska.

-No tengo el sida -le replicó ella airadamente, deseando pinchar su aparente e impenetrable altivez.

Lo consiguió, pues él se dio la vuelta rápidamente.

-Ya lo sé. Lo hubieran descubierto mientras estabas en el hospital.

-¿Por eso te pareció que podías tocarme, porque estaba libre de toda enfermedad?

-Lo que quiero saber es si puedes quedarte embarazada. - Sombríamente, ella negó con la cabeza.

-Es la mala época del mes. Puedes estar tranquilo.

Ése fue el alcance de la conversación en lo referente a las relaciones amorosas, aunque el término amoroso elevaba el acto a algo que no había sido exactamente, al menos para Edward. Se sentía como una mujer citada para una sola noche, una prostituta que no cobraba. Cualquier cuerpo femenino y ardiente le hubiera satisfecho. De momento estaba saciado; no la necesitaría durante algún tiempo.

Se sentía ofendida por verse tratada como un objeto de usar y tirar. Utilizada una vez -bueno, dos veces en realidad- y después dejada a un lado. Quizá la infidelidad de Jessica estaba justificada.

Empezaba a preguntarse si Edward se excitaba con igual facilidad ante la gran idea de convertirse en senador como le ocurría con el sexo. De hecho, se pasaba más tiempo intentando conseguir sus fines políticos que cultivando una relación amorosa con su esposa.

-De acuerdo -aceptó de real humor-, me ocuparé yo de ello.

Cerró la puerta del salón dando un gran portazo. En menos de un minuto cerraba con otro portazo otra puerta de la casa; esta vez, la del dormitorio de Alice. La chica estaba sentada sobre su cama, pintándose las uñas de los pies de un color rojo fuego. Un cigarrillo encendido se encontraba apoyado sobre el cenicero de la mesilla de noche. La condensación empezaba a concentrarse en la lata de refresco fría al lado del cenicero. Llevaba unos auriculares en la cabeza y masticaba chicle al ritmo de la música.

Era imposible que hubiera oído el portazo de la puerta por encima de la música de rock ácido que le inundaba los oídos, pero debió de sentir la vibración del impacto, porque levantó la vista y vio a Bella mirándola fijamente y con una envoltura de chicle en la mano.

Alice dejó el pincel en el frasco de pintauñas y se colocó los auriculares alrededor del cuello.

-¿Qué puñetas haces tú en mi habitación?

-He venido a recuperar mis pertenencias.

Sin añadir otra cosa, se dirigió al armario y corrió uno de los paneles de rejilla.

-¡Espera un momento, eh!

Alice lanzó los auriculares sobre la cama y se levantó de un salto.

-Esto es mío -dijo Bella, dando un tirón a una blusa que colgaba de una percha-. Y esta falda. Y esto.

Retiró un cinturón de un colgador. Como no encontró nada más en el armario, cruzó la habitación hasta el tocador, que estaba cubierto de envoltorios de caramelos, chicles, botellas de perfume y suficiente maquillaje como para abastecer una tienda de cosméticos.

Levantó la tapa de un joyero lacado y empezó a examinar pendientes, pulseras, collares y anillos. Localizó los pendientes de plata que no encontró en Houston, una pulsera y el reloj.

Era un reloj de pulsera barato -bisutería, en realidad-, pero se lo había comprado Edward. No fue un regalo en serio; estaban paseando por unos grandes almacenes, durante un descanso en el viaje de la campaña electoral, cuando ella vio el reloj y comentó lo atractiva que resultaba la correa verde de caimán, y Edward le pasó la tarjeta de crédito a la desconcertada vendedora.

Le tenía cariño porque se lo compró a ella, y no a Jessica. Lo había echado en falta de su joyero por la mañana, y eso la empujó a interrumpir la reunión en busca de Edward. Ya que él no había querido aconsejarla en cómo ocuparse de la cleptomanía de Alice, decidió tomar el asunto en sus manos.

-Eres una pésima ladrona, Alice.

-No sé cómo llegaron tus cosas hasta mi habitación -contestó en un tono arrogante.

-Mientes todavía peor.

-Mona seguramente...

-¡Alice! Hace semanas que entras a escondidas en mi cuarto a robar. Lo sé. No insultes a mi inteligencia negándolo. Dejas pistas inconfundibles.

Alice bajó la vista y vio el incriminatorio papel de chicle sobre la cama.

-¿Vas a contárselo a tío Edward?

-¿Es eso lo que quieres que haga?

-¡Coño, pues no! -Volvió a dejarse caer sobre la cama y empezó a agitar vigorosamente el frasco de laca de uñas-. Haz lo que más te plazca. Pero hazlo en cualquier lugar que no sea mi habitación.

Bella estaba saliendo del dormitorio, pero lo pensó mejor. Se dio la vuelta, se acercó a la cama y se sentó. Tomó los pendientes de plata, los colocó en la mano de Alice y le cerró los dedos.

-¿Por qué no te quedas con éstos? Te los hubiera prestado si me los hubieras pedido.

Alice lanzó los pendientes lo más lejos posible.

-¡No necesito tu maldita caridad! -Sus bellos ojos azules se embrutecieron por el odio-. ¿Quién puñetas eres tú para ofrecerme tus lamentables sobras? ¡No quiero los pendientes ni ninguna otra cosa tuya!

Bella aguantó el ataque verbal.

-Te creo. No son los pendientes ni nada de todo esto lo que querías -dijo, señalando las pertenencias que había recogido-. Lo que querías era que te descubrieran.

Alice se río.

-Has estado demasiado tiempo al sol, tía Jessica. ¿No sabes que el sol es malo para tu cara de plástico? Puede que se derrita.

-No puedes insultarme -contestó con tranquilidad-. No tienes fuerza, porque conozco tu intención.

Alice la miró de malhumor. -¿Qué quieres decir?

-Querías mi atención y la has conseguido robando. Igual que consigues la atención de tus padres haciendo cosas que sabes que a ellos no les van a gustar.

-¿Cómo follando con Jasper?

-Como follando con Jasper.

Alice se quedó sobrecogida por el tranquilo eco que hacía Bella de su osada pregunta. Pero pronto se recuperó.

-Me apuesto algo a que casi te cagaste encima cuando me viste salir de la habitación de su hotel. No sabías ni que estaba cerca de Houston, ¿verdad?

-Es demasiado viejo para ti, Alice.

-A nosotros no nos parece.

-¿Te invitó él a que fueras a Houston?

-Quizá sí, quizá no. -Se pulverizó las uñas de los pies con fijador y retorció a continuación los dedos para admirar su trabajo. Abandonó de un salto la cama, se acercó al cajón y sacó un biquini. Al quitarse el camisón, su cuerpo apareció lleno de hematomas y arañazos. Sus bonitas nalgas estaban cubiertas de moretones. Bella apartó la vista, invadida por las náuseas-. Nunca en mi vida he tenido un amante como Jasper -añadió en un tono soñador mientras se ponía la parte de abajo del biquini.

-¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de amante es?

-¿No lo sabes? -Bella no dijo nada, pues no sabía si Jessica se había ido a la cama con el mejor amigo de su marido-. Es el mejor. -Se abrochó el sujetador, se inclinó sobre el espejo, escogió un pintalabios del tocador y se cubrió con él los labios-. ¿Estás celosa?

-No.

Se miraron a los ojos por el espejo. La mirada de Alice era escéptica.

-¿Sigue durmiendo todavía en el estudio el tío Edward?

-Eso no es asunto tuyo.

-A mí no me importa -admitió con una sonrisa maliciosa - mientras tú no intentes hacértelo con Jasper.

-Hablas con mucho sentido de la propiedad.

-No se está acostando con nadie más.

Se dobló por la cintura, haciendo que su cabello cayera hacia delante, y empezó a pasar un cepillo por su cabello.

-¿Estás segura de eso?

-Estoy segura. No le dejo la energía suficiente para que me sea infiel.

-Háblame de él.

Alice se apartó el cabello a un lado y miró furtivamente a Bella desde su postura invertida.

-Ya lo entiendo. No estás celosa, sólo curiosa.

-Quizá. ¿De qué habláis tú y Jasper?

-¿Tú hablas con los tíos con los que estás follando? -Se echó a reír en voz alta-. Por cierto, ¿no tendrías un poco de hierba?

-No.

-Supongo que es verdad -dijo, suspirando de asco mientras volvía a incorporarse-. El tío Edward se volvió loco cuando nos pilló fumando aquella vez. No sé qué hubiera dicho si nos hubiera encontrado compartiendo a aquel vaquero.

Bella empalideció y apartó la vista.

-Yo... ya no hago ese tipo de cosas, Alice.

-No me jodas. ¿De verdad?

Parecía estar verdaderamente interesada. -De verdad.

Alice apoyó las manos sobre las caderas y observó a Bella con mirada de extrañeza.

-¿Sabes? Al principio, cuando volviste del hospital, pensé que estabas fingiendo. Te convertiste de pronto en una devota santurrona. Pero ahora creo que has cambiado realmente después del accidente de avión. ¿Qué ha ocurrido? ¿Tienes miedo de morirte e ir al infierno, o qué?

Bella cambió de tema.

-Seguro que Jasper te ha explicado algo sobre sí mismo. ¿Dónde se crio? ¿Qué hay de su familia?

-Sabes dónde se crio igual que yo, en algún lejano pueblo de Panhandle. No tenía familia, ¿no lo recuerdas? A excepción de una abuela que murió cuando él y el tío Edward todavía estaban en la universidad en Texas.

-¿Qué hacía antes de venir a trabajar para Edward? - Alice ya se había impacientado con las preguntas.

-Mira, nosotros follamos, ¿vale? No hablamos. Quiero decir que es una persona muy reservada.

-¿Por ejemplo?

-No le gusta que le registre las cosas. Una noche, estaba buscando en sus cajones una camisa para ponerme y se enfadó muchísimo, dijo que nunca más me metiera en sus asuntos, de modo que no lo hago. No investigo, punto. Todos necesitamos algo de intimidad, ¿no crees?

-¿No ha mencionado nunca qué hizo después de volver de Vietnam y hasta que regresó aquí a Texas?

-Lo único que le he preguntado es si se había casado alguna vez. Me dijo que no, que se había pasado mucho tiempo encontrándose a sí mismo. Le pregunté: «¿Estabas perdido?» Yo lo decía en broma, pero se le puso una extraña mirada en la cara y contestó algo así como «sí, durante un tiempo lo estuve».

-¿Qué crees que quería decir con eso?

-Oh, supongo que se volvió un poco loco después de la guerra -respondió Alice con total despreocupación.

-¿Por qué?

-Seguramente porque el tío Edward le salvó la vida cuando el accidente de avión. Imagino que Jasper recuerda una y otra vez el deshacerse de la chatarra, sentirse herido y al tío Edward llevándolo a cuestas por la jungla hasta que un helicóptero pudo rescatarlos. Si alguna vez lo has visto desnudo, seguro que te has fijado en la cicatriz que tiene en la espalda. Es bastante horrible, ¿verdad? Debía de estar cagado de miedo por si los guerrilleros los hacían prisioneros. Jasper le suplicó al tío Edward que le dejara morir, ya lo sabes, pero el tío no le hizo caso.

-Supongo que nunca pensó que lo fuera a abandonar. -Bueno, ya conoces el lema de los pilotos: Mejor muerto que con mal aspecto. Jasper se lo debió de tomar más a pecho que otros. El tío Edward fue el héroe, y Jasper sólo otro herido más. Seguro que todavía le da vueltas a eso en la cabeza.

-¿Cómo sabes todo esto, Alice?

-¿Estás de broma? ¿No se lo has oído contar al abuelo miles de veces?

-Ah, claro, por supuesto. Sólo que tú pareces conocer todos los pequeños detalles.

-No más que tú. Mira, me voy a la piscina, ¿te importa? Con poca hospitalidad, se dirigió a la puerta y la abrió. Bella se reunió con ella.

-Alice, la próxima vez que quieras usar algo mío, pídelo. -La chica puso los ojos en blanco, pero Bella hizo caso omiso de su insolencia. Le tocó levemente la espalda y añadió-: Y ten cuidado.

-¿Con qué?

-Con Jasper.

-Me dijo que tuviera cuidado contigo.

La habitación del motel era barata y estaba polvorienta y húmeda. Pero, mientras le pegaba un mordisco a un trozo de pollo frito, no parecía que Alice se fijara en ello ni que le importara lo más mínimo. En las últimas semanas se había acostumbrado a los entornos destartalados.

Hubiera preferido mantener sus citas con Jasper en un hotel más elegante, pero el Sidewinder estaba situado en la carretera nacional entre la sede de la campaña y el rancho, de modo que era un lugar adecuado para reunirse antes de regresar a casa. El motel vivía de los amores ilícitos, y las habitaciones se alquilaban por horas. El servicio era discreto, aunque por indiferencia, no por solidaridad.

Como esa noche se habían pasado la hora de cenar trabajando, Alice y Jasper compartían su tiempo juntos con una botella del mejor Coronel Sanders. Estaban sentados desnudos entre las sábanas arrugadas, comiendo pollo frito y hablando de Jessica Cullen.

¿Cuidado conmigo? ¿Por qué?

-Dijo que no debería liarme con un hombre que es mucho mayor que yo -contestó Alice, dándole un mordisco a un trozo de carne-. Pero no me parece que ésa sea la verdadera razón.

Jasper escogió un ala de pollo. -¿Cuál es la verdadera razón?

-La verdadera razón es que la carcomen los celos. Verás, quiere hacer el papel de buena esposa de tío Edward, por si gana las elecciones y se va a Washington; pero, si no las gana, querrá tener a alguien detrás del escenario esperándola. Aunque finge que no es así, sé que la tía Jessica se muere por tu cuerpo.

Juguetonamente le golpeó el pecho con una pata de pollo. Jasper no respondió. Miraba distraído a su alrededor, con el ceño fruncido. -Sigo pensando que sería mejor que no supiera nada de lo nuestro. -No volvamos a pelearnos por este asunto, ¿de acuerdo? No pude evitarlo. Salí de tu habitación y allí estaba, sosteniendo aquella estúpida cubitera como si se acabase de tragar la lengua.

-¿Se lo ha contado a Edward?

-Lo dudo. -Un trozo de rebozado dorado le cayó sobre el desnudo estómago. Se humedeció la punta del dedo, recogió las migas y se las puso en la boca-. Te diré otra cosa -añadió en un susurro misterioso-. Creo que todavía no está del todo bien de la cabeza.

-¿Qué quieres decir?

-Hace las preguntas más estúpidas. ¿Como por ejemplo?

-Ayer mencioné una cosa que ella debería recordar claramente, incluso después de haber perdido el conocimiento.

-¿Qué dijiste?

-Bueno. -Alice se puso a hablar en un tono cansino, y pasándose la casi terminada pata de pollo por los labios-. Otro rancho iba a comprarle unos caballos al abuelo. Cuando vino el vaquero a verlos, no había nadie en casa. Yo le llevé a los establos. Era muy guapo.

-Ya me hago una idea -comentó Jasper, divertido-. ¿Qué tiene que ver Jessica con todo esto?

-Nos descubrió follando como conejos en uno de los establos. Pensé que me la había cargado, porque esto ocurrió hace un par de años y yo tenía sólo diecisiete años. Pero Jessica y el vaquero conectaron de inmediato. Ya sabes, pim, pam, pum, y lo siguiente que vi fue que estaba tan desnuda como nosotros dos y revolcándose en la paja con nosotros. -Se abanicó la cara dramáticamente-. ¡Dios, fue fantástico! ¡Qué tarde! Pero ayer, cuando se lo mencioné, puso cara de estar a punto de vomitar o algo así. ¿Quieres un poco más de pollo?

-No, gracias. -Alice tiró su pata de pollo en la cada y tomó el último trozo que quedaba. Jasper le rodeó el tobillo con sus fuertes dedos-. No habrás contado ninguno de mis secretos, ¿verdad?

Ella se echó a reír y le dio un golpe en el trasero con el pie desnudo.

-No sé cuáles son tus secretos.

-Entonces, ¿de qué hablasteis al referiros a mí?

-Sólo le dije que eres el mejor amante que he tenido. -Se inclinó adelante y le dio un beso grasiento en los labios-. Y lo eres, ya lo sabes. Tienes una polla de hierro. Y hay algo en ti que me resulta muy excitante, peligroso casi.

A él le hizo gracia.

-Acábate el pollo. Es hora de que vuelvas a casa. Desobediente, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó lentamente. No apartó los labios cuando susurró:

-Nunca lo había hecho como los perritos.

-Ya lo sé.

Ella apartó la cabeza bruscamente.

-¿No lo hice bien?

-Lo hiciste perfectamente. Pero me di cuenta de que te sorprendió al principio.

-Me encantan las sorpresas.

Jasper le sujetó la cabeza y le dio un ardiente beso. Juntos cayeron sobre las malolientes almohadas.

-La próxima vez que tu tía Jessica te haga preguntas sobre mí -dijo él jadeando mientras se ponía un preservativo-, dile que se ocupe de sus malditos asuntos.

Y la penetró.

-Sí, Jasper, sí -salmodió Alice, golpeándole la espalda con la pata de pollo que todavía tenía en la mano.


Debo decir que estoy indignada con la actitud de Edward después de haber mantenido relaciones con Bella, aunque en parte lo entiendo por lo perra que fue Jessica, pero me da pena nuestra Bells!

Y Alice… por momentos la mataria!

(^_^)

Les regalaré otro capitulo mas!

๑۩۞۩๑

#Andre!#