Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.
***CAPITULO LEMMON***LEER BAJO SU RESPONSABILIDAD***
Capítulo 37
Cuando llegaron a Fort Worth llovía.
Carlisle se dirigió directamente al hotel del centro de la ciudad pero, como el viaje fue más largo de lo esperado, debido a las inclemencias del tiempo y a las frecuentes paradas, Emmett, Jasper y Edward se habían ido ya al mitin que se celebraba aquella noche.
Los cansados viajeros ocuparon sus habitaciones lo más rápidamente posible.
Nessie estaba cansada y de mal humor. Tuvo una pataleta y no había manera de tranquilizarla, ni siquiera con la cena que el servicio de habitaciones subió con toda celeridad.
-Nessie, come -la apremió Esme.
-No -contestó de mal humor, sacando el labio inferior-. Me dijiste que podía ver a papá. Quiero ver a papá.
-Vendrá más tarde -le explicó Bella por enésima vez.
-Vamos, es tu comida preferida -insistió Esme, intentando convencerla-. Pizza.
-No me gusta.
Carlisle miró con impaciencia su reloj de pulsera de los tiempos del ejército.
-Son casi las siete. Tenemos que marcharnos ya o llegaremos tarde.
-Yo me quedaré con ella -se ofreció Rosalie, con una expresión esperanzada en su rostro.
-Menuda ayuda -comentó despectivamente Alice-. A mí me parece que sería mejor que esta maleducada se muriera de hambre.
-Alice, por favor. Con una niña difícil ya tenemos suficiente - la regañó Esme, y después dijo que estaba fatigada y se ofreció a perderse el mitin y quedarse con Nessie.
-Gracias, Esme -dijo Bella-. Eso sería de gran ayuda. No creo que esté en condiciones de salir en público esta noche. Carlisle, llévate a Rosalie y a Alice. Yo iré dentro de un rato.
Carlisle empezó a protestar: -Dirk y Ralph dijeron que...
-No me importa lo que hayan dicho -lo interrumpió Bella-. Edward no querría que dejara a Nessie con Esme cuando se está comportando de esta manera. En cuanto esté en la cama tomaré un taxi. Diles que llegaré enseguida.
Los tres salieron de la habitación de Nessie, parte de una suite de tres habitaciones alquiladas para la familia de Edward.
-Vamos, Nessie -intentó Bella, tratando de mostrarse convincente-. Cómete la cena para que pueda decirle a papá lo buena que has sido.
-Quiero mi sorpresa.
-Cómete la cena, querida -rogó Esme.
-¡No!
-Entonces, ¿te apetece un baño caliente?
-¡No! Quiero mi sorpresa. Papá dijo que me daría una sorpresa.
-Nessie, basta -dijo Bella con severidad-. Y cómete la cena.
Nessie le dio un empujón a la bandeja, que cayó al suelo con gran estruendo. Bella se puso en pie de un salto.
-Con esto es suficiente. -De un estirón sacó a Nessie de la silla, le dio la vuelta y le pegó un par de azotes en el trasero.- No voy a aguantar ese tipo de comportamiento, jovencita.
Al principio, Nessie quedó demasiado sorprendida para reaccionar. Miró a Bella con sus grandes ojos abiertos como platos. A continuación empezó a temblarle el labio inferior y unos lagrimones le inundaron las mejillas. Abrió la boca y emitió un alarido capaz de despertar a un muerto. Esme quiso cogerla, pero Bella se adelantó y abrazó a Nessie. La niña le echó los brazos al cuello y hundió el rostro mojado en su hombro. Bella le frotó la espalda, de forma tranquilizadora.
-¿No te da vergüenza que tenga que azotarte el culo? Papá piensa que eres una niña buena.
-Soy buena.
-Esta noche no. Estás portándote muy mal, y tú lo sabes.
La llorera duró varios minutos. Cuando finalmente se tranquilizó, Nessie levantó su abotargada cara.
-¿Me puedo tomar el helado ahora?
-No, no puedes. -Bella apartó los cabellos de Nessie que se le habían quedado pegados a la cara-. No me parece que te merezcas un premio, ¿tú que crees?
El labio inferior le continuaba temblando, pero negó con la cabeza.
-Si te comportas bien ahora, cuando papá llegue esta noche le dejaré que te despierte para darte la sorpresa. ¿De acuerdo?
-Quiero helado.
-Lo siento -dijo Bella, negando con la cabeza-. Cuando uno se porta mal, no le dan premios. ¿Entiendes a mamá?
Nessie asintió tristemente. Bella la bajó de su regazo. -Ahora vamos al baño y a ponerte el pijama para que tú y la abuela se puedan ir a la cama. Cuanto antes te duermas, antes llegará papá.
Veinte minutos más tarde, la acostó. Nessie estaba tan cansada, que casi se quedó dormida antes de apoyar la cabeza sobre la almohada.
Bella también estaba agotada. El incidente la había dejado sin energía. No se encontraba en condiciones para discutir con Esme, cuyo cuerpo menudo se estremecía desaprobadoramente.
-Edward se enterará de lo de los azotes -amenazó.
-Muy bien. Me parece conveniente que se entere.
Se dirigía al recibidor cuando sonó el teléfono. Era Edward. -¿Vienes o qué? -exigió saber, sin preámbulo alguno.
-Sí, ya voy. Tuve un problema con Nessie, pero ahora ya está en la cama. Tomaré un taxi y llegaré en...
-Estoy abajo en recepción. Date prisa.
Hizo lo que pudo en cinco minutos, que fue todo el tiempo que se atrevió a concederse. Los resultados no eran espectaculares, pero lo suficientemente buenos como para que Edward se quedara boquiabierto cuando por fin salió del ascensor.
El traje de dos piezas era elegante y atractivo. La seda de color azul zafiro le intensificaba su propio colorido. Los rizos del pelo habían quedado sacrificados por la humedad, de modo que optó por un efecto sofisticado y dramático, poniéndose unos atrevidos pendientes de oro.
-¿Qué demonios está ocurriendo? -preguntó Edward, mientras la conducía hacia la puerta giratoria-. Papá me ha dicho que Nessie estaba enfadada.
-¿Enfadada? ¡Tonterías! Lo que estaba es realmente insoportable.
-¿Por qué?
-Porque tiene tres años, ésa es la razón. Lleva todo el día metida en un coche. Entiendo perfectamente porqué se estaba comportando así, pero la comprensión sólo llega hasta un cierto punto. Lamento haberle aguado la fiesta a tu madre, pero tuve que darle unos azotes.
Habían llegado hasta el coche aparcado delante del hotel. Él se detuvo con la mano sobre la manija de la puerta del pasajero. -¿Y qué ocurrió?
-Me hizo caso. Funcionó.
Edward examinó la expresión decidida de Bella durante unos instantes; luego, señaló con la cabeza y bruscamente ordenó: -Entra.
Le dio una propina al portero que había permanecido vigilando el coche, se sentó detrás del volante y, conduciendo despacio, se dirigió a la calle. Los limpiaparabrisas se movían vigorosamente, pero libraban una batalla inútil contra el fuerte aguacero.
Fueron en dirección norte por la calle de Main, giraron a la altura de los característicos juzgados del condado de Tarrant y cruzaron el puente del río Trinity hacia el norte de Fort Worth, donde los vaqueros y los asesinos hicieron historia en sus famosos corrales.
-¿Por qué has venido a buscarme? -preguntó Bella, mientras el coche atravesaba la tormentosa noche-. Podría haber tomado un taxi.
-No hacía otra cosa que dejar pasar el rato entre bastidores. Pensé que emplearía mejor el tiempo haciendo de taxista.
-¿Qué les ha parecido a Dirk y a Ralph que te marcharas?
-Nada. No lo saben.
-¿Qué?
-Cuando quieran enterarse de que no estoy, será demasiado tarde para arreglarlo. En cualquier caso, estaba harto de que me corrigieran el discurso.
Conducía con imprudente rapidez, pero ella no le llamó la atención. Parecía no estar dispuesto a aceptar una crítica; se encontraba de un humor de perros. Bella hizo un intento de llegar al fondo de su mal humor:
-¿Por qué nos has pedido que viniéramos?
-¿Has leído las encuestas?
-Sí.
-Entonces sabrás que se requiere un cambio de estrategia. Según mis consejeros, hay que tomar medidas desesperadas. Nos embarcamos en este viaje para aumentar el entusiasmo y conseguir más apoyo popular. En cambio, he perdido tres puntos desde que lo empezamos.
-Carlisle dijo algo respecto a tu imagen inconformista.
Maldijo en voz baja.
-Eso es lo que opinan ellos.
-¿A quiénes te refieres?
-¡A quién va a ser! A Dick y a Ralph. Pensaron que el bastión de una familia a mis espaldas convencería a los votantes de que no soy un iluminado. Un padre de familia proyecta una imagen más estable. ¡Mierda, no lo sé. Hablan y hablan hasta que ya ni los oigo!
Entró en el aparcamiento de Billy Bob's Texas. Conocido como el mayor club nocturno del mundo, con una pista de rodeo en su interior, había sido alquilado aquella noche por el comité de campaña de Edward. Varios intérpretes de country and western habían cedido su tiempo y talento al mitin que se realizaba para recaudar fondos.
Edward llegó con el coche hasta la entrada principal. Un vaquero, vestido con un impermeable amarillo y un chorreante sombrero de fieltro, salió de la garita y se acercó al coche. Edward bajó la ventanilla empañada.
-No puede aparcar aquí, señor.
-Soy...
-Tiene que sacar de aquí el coche. Está en el acceso de bomberos.
-Pero soy...
-Hay un aparcamiento al otro lado de la calle, aunque a causa del gentío que hay puede que esté lleno. -Trasladó la bola de tabaco de una mejilla a la otra-. En cualquier caso, no puede dejarlo aquí.
-Soy Edward Cullen.
-Buck Burdine. Me alegro de conocerlo. Pero, de todos modos, no puede dejar el coche aquí.
A Buck, obviamente, no le interesaba la política. Edward miró a Bella, que, de un modo diplomático, se examinaba las manos, entrelazadas sobre su regazo, y se mordía el labio inferior para no echarse a reír.
Edward lo intentó de nuevo: -Me presento a senador.
-Mire, señor, ¿va a apartar el coche, o tendré que darle una patada en el culo?
-Supongo que tendré que mover el coche.
Unos minutos después, aparcó en un callejón a un par de manzanas, entre un establecimiento de reparación de calzado y un sitio donde hacían tortillas. En cuanto apagó el motor, se giró hacia Bella. Ella lo estaba mirando de reojo. Simultáneamente se echaron a reír. Estuvieron así durante varios segundos.
-¡Ay, Señor! -exclamó Edward, frotándose la nariz-. Estoy cansado. Me sienta bien reír. Supongo que tendré que agradecérselo a Buck Burdine.
La lluvia caía torrencialmente, cubriendo las ventanillas del coche.
Las calles estaban prácticamente desiertas en aquella lluviosa noche de entre semana. Los restaurantes se encontraban cerrados, pero sus letreros de neón iluminaban el interior del coche con rayos de color rosa y azul.
-¿Ha sido horrible, Edward?
-Sí. Horrible. -Distraído, pasó el dedo por los puntos alrededor de la funda de cuero del volante- Estoy perdiendo terreno cada día, no ganándolo. Mi campaña ha decaído en las últimas semanas, cuando tendría que estar animándose por momentos. Parece que Dekker va a volver a ganar.
Dio un golpe en el volante con el puño. Bella se concentró plenamente en él. Le dedicó toda su atención, sabiendo que necesitaba hablar con alguien que no le replicara. No hubiera hecho falta que le dijera que estaba cansado, pues las arrugas del cansancio y la preocupación se le dibujaban en las comisuras de los labios y alrededor de los ojos.
-Nunca he dudado de que mi destino era servir a este Estado en el Senado de Estados Unidos. -Volvió la cabeza y la miró. Ella asintió con la cabeza, pero no dijo nada, no sabiendo qué responder. Él no toleraría ni banalidades ni tópicos-. Incluso decidí no presentarme a diputado y me dediqué a lo que realmente deseaba. Pero estoy empezando a preguntarme si no he hecho más que escuchar a las personas que me decían lo que quería oír. ¿Tengo delirios de grandeza?
-Sin duda alguna. -Bella sonrió, al ver que lo había sorprendido con su franqueza- Pero dime qué político no los tiene. Se necesita alguien con una enorme confianza en sí mismo para asumir las responsabilidades de la vida de miles de personas, Edward.
-Entonces, ¿todos somos unos megalómanos?
-Tú tienes una saludable autoestima. No hace falta avergonzarse de ello ni disculparse. La capacidad de liderazgo es un don, como el tener aficiones musicales o ser un genio de las matemáticas.
-Pero nadie acusa a un genio de las matemáticas de ser un explotador.
-Tu integridad no te permitiría explotar a nadie, Edward. Los ideales que planteas no son sólo frases electorales. Tú crees en ellos. No eres otro Dekker. Él es todo palabrería. No tiene sustancia. Con el tiempo, los votantes se darán cuenta de ello.
-¿Sigues convencida de que voy a ganar?
-Completamente.
-¿Sí?
-Sí.
En el interior del coche se hizo un silencio mientras la lluvia continuaba martilleando el techo y azotando las ventanas. Edward alargó el brazo y colocó la mano abierta sobre el pecho de Bella, el pulgar y el meñique extendiéndose de clavícula a clavícula.
Bella cerró los ojos. Se balanceó ligeramente inclinándose hacia él como si una cuerda invisible tirara de ella.
Cuando volvió a abrir los ojos, él estaba mucho más cerca; se había colocado en el centro del asiento y sus ojos le examinaban ávidamente el rostro.
Deslizó la mano por la garganta hasta llegar a colocarla detrás del cuello. Cuando juntaron los labios, una combustión espontánea los consumió. Se besaron apasionadamente, mientras con las manos intentaban ganar terreno. Edward le acarició la zona de las costillas, por encima del traje sastre, y volvió a subir para masajearle los pechos a través de la tela.
Bella le acarició el cabello, las mejillas, la nuca y los hombros. Después, lo atrajo hacia sí y se recostó en la esquina del asiento. Él le desabrochó los dos botones dispuestos sobre el hombro izquierdo y luchó con la fila de corchetes que le cubrían aquel lado del torso. Cuando consiguió abrir la chaqueta, el colgante de oro, que ahora contenía las fotografías de él y de Nessie, se hundió en el valle entre sus pechos.
Las luces de neón le trazaban un arco iris sobre la piel. Los chorros de lluvia arrojaban sombras fluidas en los pechos, hinchados bajo el sujetador.
Edward inclinó la cabeza y la besó por todo el contorno y luego en el centro. A través del encaje, su lengua se movió inquieta, ávida, lujuriosa.
-Edward -susurró ella a medida que las sensaciones se extendían por todo su cuerpo-. Edward, te deseo.
Trabajosamente, se abrió los pantalones y condujo la mano de Bella hasta abajo. Ella rodeó con sus dedos la rígida longitud del pene y, cuando acarició la aterciopelada punta con la yema del pulgar, Edward hundió la cara entre sus pechos, le susurró promesas y frases eróticas y deslizó las manos bajo la estrecha falda. La ayudó a deshacerse de las bragas. Unieron los labios en un frenético y apasionado beso, mientras buscaban una posición adecuada dentro de los imposibles confines del asiento delantero de un coche.
-¡Mierda! -maldijo él, la voz seca y dura.
De pronto se incorporó, la subió sobre su regazo, le sujetó el trasero con las manos bajo la falda y la colocó sobre su erección. Ella se empaló. Emitieron gritos de placer que, al cabo de unos segundos, se convirtieron en gemidos.
Se buscaron con los labios una y otra vez mientras sus lenguas se movían con excitación y rapidez. Él le apretó la tensa carne del trasero y le acarició los muslos por encima de las medias y por entre los tirantes de encaje del liguero. Ella utilizaba sus rodillas para elevarse, amenazando provocativamente con liberarle la polla, y se hundía luego de nuevo hasta engullirla por entero. Lo cabalgó, lo ordeñó.
-¡Maldita sea, sí que sabes joder!
Tras decir eso con voz áspera, acurrucó la cabeza contra un pecho y, cuando lo hubo liberado del sujetador, mojó el pezón erecto con la lengua y, a continuación; se lo metió en la boca. Deslizó una mano entré los húmedos muslos y enredó los dedos en el suave pelo, llegó hasta la hendidura y acarició la pequeña protuberancia.
Bella empezó a jadear en voz alta, inclinó la cabeza sobre el hombro de Edward, se tensó en torno al duro pene en su interior, se restregó contra la mágica caricia del dedo en el exterior y experimentó un orgasmo largo y húmedo que coincidió con el de Edward.
No se movieron durante cinco minutos; estaban ambos demasiado débiles. Finalmente, Bella abandonó el regazo de Edward, recogió las bragas del suelo del coche, aceptó el pañuelo que él le ofrecía en silencio y, sintiéndose cohibida, dijo:
-Gracias.
-¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?
-No, ¿por qué?
-Pareces... pareces tan débil.
Ella fue la primera en apartar la mirada después de un largo y significativo momento.
Una vez se hubo aseado, intentando arreglarse las ropas arrugadas, bajó el espejo del visor y contempló con horror su imagen relajada.
Tenía el peinado deshecho. Matas de pelo le rodeaban la cabeza como un halo con puntas, y la pintura de labios, tan cuidadosamente aplicada, le cubría el tercio inferior del rostro.
-Estoy hecha un desastre.
Edward se incorporó todo lo que le permitía el coche y se remetió la camisa. Llevaba la corbata torcida y la chaqueta le colgaba de un hombro. Subió torpemente la cremallera de la bragueta y maldijo dos veces antes de conseguirlo del todo.
-Haz lo que puedas -dijo, alargándole el pendiente sobre el cual se acababa de sentar.
-Lo intentaré. -Con el maquillaje que llevaba en el bolso, reparó el daño e hizo lo que pudo con el peinado-. Supongo que el estado de mi cabello lo puedo achacar al tiempo.
-¿A qué le echaremos la culpa de tu piel enrojecida? -Le tocó las comisuras de los labios-. ¿Escuecen?
Ella se encogió de hombros, sin arrepentirse, y sonrió tímidamente. Él le devolvió la sonrisa, salió del coche y fue a abrirle la puerta. .
Cuando llegaron a la parte trasera del escenario, donde Jasper paseaba nerviosamente de un lado a otro y Ralph jugaba con las monedas de los dos bolsillos, tenían realmente mal aspecto: mojados y despeinados, pero extremadamente felices.
-¿Dónde demonios estabas?
Jasper se hallaba tan fuera de sí que no podía casi pronunciar las palabras. Edward respondió con admirable compostura:
-Fui a recoger a Jessica.
-Eso es lo que dijo Esme cuando llamamos al hotel -intervino Ralph. Ya no jugaba con las monedas del bolsillo-. ¿Qué te llevó a hacer una cosa tan estúpida? Dijo que habías salido hace ya media hora. ¿Qué te ha hecho tardar tanto?
-No había aparcamiento -contestó Edward secamente, enfadado por el interrogatorio-. ¿Dónde están Emmett y los demás?
-Ahí fuera, intentando mantener a raya al público. ¿Lo oyes? -Jasper señaló hacia el auditorio, donde se oía a la multitud cantando al ritmo de una marcha patriótica- ¡Queremos a Edward! ¡Queremos a Edward!
-Ahora se alegrarán más de verme -comentó Edward tranquilamente.
-Aquí tienes el discurso.
Jasper intentó meterle en las manos varias hojas de papel, pero Edward se negó a aceptarlas. En vez de eso, se golpeó la sien y dijo:
-Mi discurso está aquí.
-No se te ocurra volver a desaparecer -le ordenó Ralph con tono amenazador- Es una estupidez que por lo menos uno de nosotros no sepa dónde estás en todo momento.
Dirk no había abierto la boca. Su oscuro rostro estaba aún más enfurecido por la ira. No miraba a Edward, sino a Bella. No le había quitado de encima la vista desde la jadeante entrada de la pareja.
Ella había aguantado su mirada con aplomo. Cuando finalmente abrió la boca, su voz vibraba de ira contenida:
-Desde ahora en adelante, señora Cullen, cuando tenga ganas de joder, hágalo en su propio tiempo, no juegue con el nuestro. - Edward, emitiendo un gruñido salvaje, se lanzó contra él. Lo hubiera derribado por completo si no hubiera decidido aplastarlo contra la pared. Colocó el antebrazo, más tenso que una barra de metal, contra la garganta de Dirk y le clavó la rodilla en la entrepierna. Dirk gimió de sorpresa y dolor.
-Edward, ¿te has vuelto completamente loco? -chilló Jasper. Intentó apartarle el brazo de la garganta de Dirk, pero resultó imposible. La nariz de Edward no estaba ni a un centímetro de la de Dirk; y su rostro aparecía tranquilo, con una mirada asesina en los ojos. En cambio, la cara de Dirk se volvía progresivamente cada vez más azul.
-Edward, por favor - dijo Bella desesperada, poniendo una mano sobre su hombro-. Déjalo. Lo que él diga no me importa.
-¡Por el amor de Dios, Edward! - Frenéticamente, Jasper intentó situarse entre los dos hombres - ¡Suéltalo! ¡Ahora no es el momento! ¡Por Dios, piensa un poco!
-Si alguna vez - lo amenazó Edward, con voz lenta y clara- vuelves a insultar así a mi esposa, morirás atragantado con las palabras. ¿Lo has entendido, hijo de puta?
Volvió a golpear los testículos de Dirk con la rodilla. El hombre, cuyos ojos sobresalían de miedo, asintió con la cabeza todo lo que le permitía el espacio que quedaba entre el brazo de Edward y su barbilla.
Poco a poco, Edward relajó el brazo. Dirk se dobló por la mitad, agarrándose los testículos, tosiendo y resoplando. Ralph se apresuró a ayudar a su compañero.
Edward se alisó el pelo, se volvió hacia Jasper y dijo tranquilamente: -Vamos.
Extendió el brazo hacia Bella.
Ella se aferró a su mano y lo siguió hacia el escenario.
Woaa… mori de amor, sexo en el auto, cariño post coito y como la defendió! Soy team Edward desde ahora!
Quien se suma a la patada en el trasero para Dirk y Ralph?
凸(^_^)凸
Lean el siguiente capítulo que subiré!
๑۩۞۩๑
#Andre!#
