Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.
Capítulo 41
Esme Cullen estaba mirando las fotografías enmarcadas que colgaban de la pared de detrás del aparador. Ese despacho le gustaba por las fotos. Podía mirarlas durante horas y nunca se cansaba, aunque, por supuesto, no se pasaba tanto tiempo. Los recuerdos eran agridulces.
Al oír la puerta abrirse a su espalda, se giró.
-Hola, Esme. ¿Te he asustado?
Esme rápidamente hizo desaparecer las lágrimas que le inundaban los ojos y volvió a guardar sus sentimientos en el panteón de su corazón.
-Hola, Jessica. Sí que me has sorprendido. Estaba esperando a Edward.
Tenían planeado reunirse allí, en el despacho, e ir a comer juntos; una cita especial, los dos solos.
-Por eso me ha enviado. Temo ser la portadora de malas noticias.
-No puede venir -dijo Esme, con evidente desilusión.
-Me temo que no.
-¿Ocurre algo?
-No exactamente. Ha habido una disputa laboral en el departamento de policía de Houston.
-Sí, ya lo sé. Ha salido en todos los periódicos.
-Bueno, pues esta mañana las cosas empeoraron. Hace una hora, Jasper decidió que sería mejor que Edward se acercara por allí, evaluara la situación e hiciera una declaración. Las últimas encuestas muestran que Edward va ganando terreno. Ahora se encuentra a sólo cinco puntos de Dekker. Esta explosiva situación en Houston era una ocasión perfecta para que Edward divulgara algunas de sus ideas, no sólo en lo que se refiere a los trabajadores contra los empresarios, sino en lo que respecta a la aplicación de la ley. Han ido en un avión privado y volverán dentro de unas horas, pero no podrá comer contigo.
-A Edward le gusta volar tanto como a su padre -comentó con una sonrisa triste-. Disfrutará del viaje.
-¿Aceptarías una mala sustituta?
La tímida invitación sacó de golpe a Esme de su estado meditabundo.
-¿Quieres decir comer contigo?
-¿Sería algo tan terrible?
Esme miró a su nuera de arriba abajo, encontrando poco que criticar. Jessica había refinado su imagen considerablemente desde el accidente. Seguía vistiendo con clase, pero ponía más énfasis en el estilo que en el atractivo sexual.
La exuberancia de Jessica siempre repelió a Esme. Se alegraba del cambio. Pero la mujer que había dentro de esa impecable vestimenta le seguía resultando tan desagradable como el primer día que se conocieron.
-Será mejor que no.
-¿Por qué?
-Nunca has sabido no insistir en los temas, Jessica. Esme se colocó el bolso bajo el brazo.
-¿Por qué no quieres comer conmigo?
Se había situado delante de la puerta, impidiendo que Esme pudiera hacer una salida airosa.
-Mi ilusión era ir a comer con Edward. Entiendo que tuviera que anular la cita, pero estoy desilusionada y no veo la razón para fingir que no es así. Pasamos muy poco tiempo juntos estos días, solos él y yo.
-¿Y eso es lo que realmente te molesta?
El pequeño cuerpo de Esme se tensó de inmediato. Si Jessica insistía en enfrentarse, Esme estaba dispuesta a seguir adelante. -¿Qué quieres decir con eso?
-No soportas que Edward pase más tiempo conmigo. Estás celosa de nuestra relación, que cada día es más fuerte.
Esme se rió burlonamente.
-Te encantaría creer eso, ¿verdad, Jessica? Preferirías pensar que simplemente estoy celosa cuando sabes que me opuse a tu matrimonio con mi hijo desde el principio.
-¿sí?
-No finjas no saberlo. Edward lo sabe. Estoy segura de que han hablado de ello.
-Es cierto. Y, aunque no hubiera sido así, sabría que no te caigo nada bien. No escondes bien tus sentimientos, Esme.
Esme sonrió, pero era una expresión triste.
-Te sorprendería lo bien que oculto lo que pienso y siento. Soy una experta. - Bella se quedó perpleja, lo cual alertó a Esme, que recompuso su expresión y añadió fríamente- Has hecho un esfuerzo para mejorar tu deteriorada relación con Edward. Carlisle está encantado. Yo no.
-¿Por qué no? Sé que quieres que Edward sea feliz.
-Exactamente. Y nunca será feliz mientras tenga tus garras clavadas. Verás, Jessica, yo sé que todas tus manifestaciones de cariño no son más que maquinaciones. Son falsas, igual que tú.
A Esme le produjo una pequeña satisfacción ver el rostro de Jessica empalidecer bajo el bien aplicado maquillaje. Su tono de voz fue débil.
-¿Falsa? ¿Qué quieres decir?
-Poco después de que te casaras con Edward, cuando por primera vez empecé a notar que ocurría algo entre ustedes, contraté a un investigador privado. Una bajeza, sí. Fue la experiencia más humillante a la que me he sometido jamás, pero lo hice para proteger a mi hijo. El detective era un personaje repulsivo, aunque hizo un trabajo estupendo. Como a estas alturas ya puedes imaginarte, me proporcionó una gran cantidad de datos sobre tu vida antes de convertirte en asesora jurídica de la empresa Cullen & Cullen. -Esme notaba como le subía la presión arterial. Su pequeño cuerpo se había convertido en un incinerador, alimentándose con el odio que sentía hacia aquella mujer que, con la fría manipulación de un espía del KGB, había deslumbrado a todos los hombres de la familia, consiguiendo que Edward se enamorara de ella-. No creo que sea necesario detallarte todo el asqueroso contenido del informe, ¿verdad? Sólo Dios sabe lo que omite. Simplemente, deja que te asegure que incluye tu época como bailarina con los pechos al aire. Entre otras carreras -agregó como en un aparte, mientras le recorría un delicado escalofrío-. Tus nombres artísticos eran graciosos, pero poco imaginativos, me parece a mí. El detective dejó de investigar antes de llegar a descubrir el nombre que te dieron al nacer, que, en cualquier caso, no tiene ninguna importancia.
Jessica parecía estar a punto de vomitar en cualquier momento. La dificultad que tenía para tragar se oía en el silencioso despacho, vacío a excepción de ellas dos. La secretaria de Edward había salido a comer. -¿Le has contado a alguien lo de... ese informe? ¿Lo sabe Edward?
-No lo sabe nadie, aunque en ocasiones me he sentido tentada a enseñárselo, y especialmente ahora que está volviendo a enamorarse de ti.
Jessica emitió un suave suspiro.
-¿De verdad?
-Muy a pesar mío, creo que sí. En cualquier caso, está hechizado, seguramente en contra de sus propios deseos. Está enamorándose de esta nueva Jessica que ha surgido como resultado del accidente de avión. Quizás el próximo nombre que debas utilizar sea Fénix, ya que has resurgido de las cenizas. -Ladeó la cabeza y consideró a su adversaria durante unos instantes-. Eres una mujer extremadamente inteligente. Tu transformación, de bailarina de los barrios bajos a una dama lo suficientemente encantadora como para ser la esposa de un senador, es completamente sorprendente. Habrá supuesto gran planificación, estudio y trabajo conseguirlo. Incluso escogiste un apellido conservado en los muros de Stanley. Muy ventajoso para la esposa de un político. Pero este cambio más reciente es aún más increíble que el primero porque pareces creértelo tú misma. Casi podrías llegar a convencerme de que eres sincera, hasta que comparo cómo te comportaste la mañana del accidente y como te comportas ahora con Edward y con Nessie. -Sacudió la cabeza-. Nadie puede cambiar tan drásticamente, por muy inteligente que sea.
-¿Cómo sabes que no he cambiado por amor a Edward? Estoy intentando ser lo que necesita y quiere.
Lanzándole una mirada, Esme la apartó y alcanzó la puerta. -Sé tan bien como que mi nombre es Esme que no eres lo que quieres que creamos que eres.
-¿Cuándo vas a divulgar el secreto?
-Nunca. -Jessica se quedó totalmente sorprendida-. Mientras Edward sea feliz, no lo desilusionaré. El informe será un secreto entre nosotras. Pero empieza a hacerle daño de nuevo, Jessica, y te aseguro que te destrozaré.
-No puedes hacerlo sin destrozar también a Edward.
-No pretendo que la información se haga pública. Con enseñarle el informe a Edward hay suficiente. No permitirá que una prostituta, aunque se haya reformado, eduque a su hija. A mí también me resulta intolerable, pero a estas alturas no tengo elección. Casi nunca podemos verdaderamente elegir.
Una mirada de absoluta desesperación se apoderó del rostro de Jessica, que se aferró al brazo de Esme.
-No se lo puedes decir nunca a Edward. Por favor, Esme, por favor, no lo hagas. Lo mataría.
-Ésa es la única razón que me ha impedido hacerlo hasta ahora. -Apartó el brazo de la joven-. Pero, créeme, Jessica, si llegara el punto en que tuviera que elegir entre un escándalo momentáneo o verle vivir miserablemente durante el resto de su vida, elegiría sin duda la primera opción. -Al salir, añadió- Estoy segura de qué harás todo lo posible para encontrar el informe. No te molestes en destruirlo. Hay un duplicado en una caja de seguridad privada, que sólo puedo abrir yo o, en caso de mi muerte, Edward.
Bella abrió la puerta principal con su llave y, entró en la casa.
-¿Mona? ¿Nessie?
Las encontró en la cocina. La mejilla con que rozó a Nessie estaba fría. Había conducido desde Seattle con las ventanillas del coche bajadas, pues le ardía la cara después del angustiante encuentro con Esme. El aire fresco también había impedido las náuseas que experimentaba cada vez que pensaba en el acusador pasado de Jessica Stanley.
-¿Está buena la sopa, cariño?
-Sí -contestó Nessie, sorbiendo una cucharada de sopa de pollo con fideos.
-No esperaba que viniera nadie a comer señora Cullen, pero puedo prepararle algo.
-No, gracias, Mona. No tengo hambre. -Se quitó el abrigo y se sentó en una de las sillas de la cocina-. Me iría bien una taza de té, si no es demasiada molestia, por favor.
Jugueteó nerviosamente con las manos hasta que el ama de llaves le puso delante una humeante taza de té. De inmediato se calentó los dedos con la taza.
-¿Se encuentra bien, señora Cullen? Parece sofocada.
-Estoy bien. Sólo un poco destemplada.
-Espero que no tenga la gripe. Hay una epidemia.
-Estoy bien -repitió, sonriendo débilmente-. Acábate la fruta, Nessie, y te leeré un cuento antes de la siesta.
Intentó responder a la continua cháchara de Nessie, una señal de su progreso, pero su mente volvía constantemente a Esme y a la terrible información que tenía sobre Jessica.
-¿Ya está?
Alabó los dos platos vacíos que Nessie le enseñaba, se acabó el té y condujo a Nessie a su habitación. Tras ayudarla a desatarse los zapatos, la puso sobre la cama y la tapó con un edredón. Se sentó a su lado, con un gran libro infantil en las manos.
Cuando ella era niña, su padre le leía de un libro igual. Estaba repleto de bellas damas con pelo largo y rizado, a las que rescataban héroes valientes y guapos que superaban todas las dificultades. Encontrarse bajo las mantas o sentada sobre el regazo de su padre mientras la voz de él la adormecía era uno de los primeros y más preciados recuerdos de su infancia.
Eran unos momentos codiciados, aquellos en los que su padre estaba en casa y le hacía caso. En los cuentos de hadas que le leía, la princesa siempre tenía a un padre que la mimaba. El bien siempre vencía a las fuerzas del mal.
Quizá por eso los llamaban cuentos de hadas. Suponían una forma de escapar de la realidad, donde los padres desaparecían durante meses interminables y en la que, con demasiada frecuencia, el mal salía victorioso.
Cuando Nessie se quedó dormida, Bella salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Cada tarde, Mona se retiraba a su habitacion durante un par de horas para ver las telenovelas y descansar un poco antes de preparar la cena.
No había nadie en casa, pero Bella recorrió de puntillas la distancia que separaba la habitación de Nessie del ala de la casa que Esme compartía con Carlisle. No sopesó lo correcto o incorrecto de lo que estaba a punto de hacer. Era una terrible invasión de la intimidad y resultaría impensable en cualquier otra circunstancia. Sin embargo, siendo las circunstancias las que eran, resultaba absolutamente necesario.
Encontró el dormitorio sin ningún problema. Una habitación muy agradable, protegida de la fuerte luz otoñal por una persiana. La fragancia a flores, que tanto asociaba con Esme, resultaba sugestiva.
¿Guardaría Esme un documento de tal importancia en el pequeño escritorio? ¿Por qué no? Parecía tan inocente como una novicia. ¿A quién se le ocurriría abrirlo? Carlisle llevaba los negocios del rancho en una enorme mesa de otro cuarto al final del pasillo. No existía razón alguna para que registrara el aparentemente inocente escritorio de su mujer.
Bella tomó del tocador una lima de uñas y con ella intentó abrir el pequeño cierre dorado del escritorio. Ni siquiera intentó disimular. Esme esperaba que lo buscara, eso lo había dejado claro.
No era un cierre muy fuerte, así que en pocos segundos abrió el cajón del escritorio. En el interior había varias cajas que contenían papel de cartas con las iniciales de Esme, sellos, una agenda y dos delgadas biblias negras; una, con el nombre de Emmett en letras doradas y la otra, con el nombre de Edward.
El sobre se encontraba en la parte de atrás. Bella lo sacó y lo abrió.
Cinco minutos después salió de la habitación, pálida y temblorosa. Su cuerpo entero temblaba como si estuviera paralítica. Tenía el estómago descompuesto. El té se había agriado. Corrió hacia su propio dormitorio y cerró la puerta con llave, se apoyó en ella e inhaló aire con fuerza.
Edward. Oh, Edward. Si llegaba a ver alguna vez el asqueroso contenido del sobre...
Necesitaba un baño. Rápidamente. Inmediatamente.
Se quitó los zapatos y el jersey y abrió la puerta del armario. Pegó un grito.
Apartándose tambaleante del grotesco espectáculo, se tapó la boca con ambas manos, aunque seguía teniendo arcadas. Al abrir la puerta del armario, el cartel electoral, sujeto con un hilo de satén ojo, se había balanceado como un cuerpo ahorcado.
Con pintura roja habían pintado un balazo en el centro de la frente de Edward. La pintura le cubría la cara, horrorosamente incongruente con su sonrisa. Escrito en grandes letras rojas sobre el cartel se leía: «¡El día de las elecciones!»
Bella corrió al cuarto de baño y vomitó.
Woaa, déjenme decirles que ahora puedo decir que Jessica en verdad era una perra!
¿Que dirá ese informe exactamente?
Eh temblado mientras Bella buscaba ese informe, juro que pensé que entraría alguien!
๑۩۞۩๑
#Andre!#
