Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.

La historia es una adaptación y pertenece a S. Brown.


Capítulo 43

El viaje relámpago a Houston para hablarles a los policías descontentos resultó todo un éxito y significó para Edward tres puntos en las encuestas. Cada día se reducía la brecha entre el senador Dekker y él.

Dekker, acusando la presión, empezó a dar golpes bajos en sus discursos y describía a Edward como un peligroso liberal que ponía en peligro «los ideales tradicionales a los que aspiramos como norteamericanos».

Hubiese sido el momento adecuado para utilizar el aborto de Jessica Cullen contra su oponente; probablemente eso habría inclinado definitivamente la balanza en favor de Dekker. Pero, fueran cuales fuesen las tácticas empleadas por Jasper con la chantajista, aparentemente habían sido efectivas. Cuando quedó claro que Dekker no conocía el incidente, todos los integrantes del círculo más cercano a Cullen suspiraron con alivio.

Sin embargo, Dekker contaba con el apoyo de un presidente en funciones, que hacía una gira por el Estado en pos de su propia reelección. Los partidarios de Cullen temían que la aparición del presidente anulara los difíciles progresos ya alcanzados.

De hecho, en Texas el presidente luchaba por su vida. Los mítines en los que compartía el podio con Dekker tenían un sabor subliminal de carrera a contrarreloj, que se transmitía a los votantes indecisos. En vez de salir perjudicado, Edward se beneficiaba de la vigorosa campaña del presidente. El mar de fondo adquirió aún mayor ímpetu cuando el candidato presidencial de la oposición llegó a Texas e hizo campaña junto a él.

Tras un viaje agotador, pero estimulante a siete ciudades en dos días, todos en el cuartel general de Cullen se tambaleaban a causa del vértigo preelectoral. Aunque Dekker le llevaba aún una estrecha ventaja a Cullen en las encuestas oficiales, la intención de voto parecía haber cambiado. En la calle se decía que Edward Cullen llevaba las de ganar. El optimismo era mayor que nunca desde que Edward ganó las primarias. Todos estaban ilusionados.

Excepto Alice.

Deambulaba por las diversas dependencias de la sede de la campaña, repantigándose en las sillas cuando estaban disponibles, haciendo gestos de desprecio hacia la actividad preelectoral y siguiendo los movimientos de Jasper con mirada resentida.

Llevaban más de una semana sin encontrarse a solas. Él se mostraba totalmente indiferente a su presencia. Cada vez que Alice se tragaba su amor propio y se le acercaba, él no hacía más que asignarle alguna tarea superficial. Incluso la pusieron al teléfono y le encargaron llamar a los votantes registrados para instarles a votar el día de las elecciones. La única razon por la que consentía en hacer aquel trabajo desmoralizador era porque podía tener a Jasper a la vista. La alternativa suponía quedarse en casa y, sencillamente, no verlo.

Él andaba constantemente en movimiento, impartiendo órdenes como un sargento instructor y enojándose cuando no se cumplían de inmediato. Parecía vivir de café, bebidas enlatadas y comida de máquina. Era el primero en llegar por la mañana y el último en marcharse por la noche, si es que se marchaba.

El domingo previo al día de las elecciones, los Cullen se mudaron al Palacio del Río, un hotel de veintidós plantas a orillas del río, en el centro de Seatle. Desde allí seguirían el recuento electoral dos días más tarde.

La familia inmediata de Edward se aposentó en la Suite Imperial, en la vigesimoprimera planta. A los demás parientes se les asignó las habitaciones contiguas. Se instalaron vídeos en todos los televisores, para grabar los noticieros, y escuchar los comentarios y analizarlos posteriormente. Se instalaron también líneas telefónicas adicionales. Se colocaron guardias de seguridad en los ascensores, más para proteger la privacidad del candidato que al candidato mismo.

En el entresuelo, veinte pisos más abajo, los trabajadores cubrían las paredes del Salón Corte Real con banderas rojas, blancas y azules. En la pared trasera se colocaron fotos enormes de Edward. Se decoraba el estrado con banderas y crisantemos blancos envueltos en celofán rojo y azul. Del techo colgaba una enorme malla con miles de globos que se soltarían en el momento adecuado.

Por encima del estrépito y la confusión generados por amables empleados del hotel, meticulosos técnicos de televisión y escurridizos instaladores de teléfono, Jasper intentaba hacerse oír en el recibidor de la suite de Edward aquella tarde de domingo.

-De Longview a Texarkana. Te quedas una hora y media como máximo y de ahí a Wichita Falls, a Abilene y de vuelta a casa. Deberías llegar...

-¡Papá!

-¡Edward, por amor de Dios!

Jasper bajó la tablilla sujetapapeles que estaba consultando y exhaló su irritación como humaradas nocivas.

-Calla, Nessie.

Edward se llevó un dedo a los labios. La niña había permanecido sentada en su regazo durante la rueda de prensa, pero su capacidad para no llamar la atención se había agotado hacía mucho.

-¿Me escuchas, o qué?

-Te escucho, Jasper. Longview, Wichita Falls, Abilene, casa.

-Olvidaste Texarkana.

-Mis disculpas. Estoy seguro de que tú y el piloto no. ¿Quedan plátanos en el frutero?

-¡Santo Dios! -exclamó Jasper-. Estás a dos días de unas elecciones para senador y sólo se te ocurre pensar en plátanos. ¡Eres demasiado despreocupado!

Edward aceptó tranquilamente de su esposa un plátano y lo peló para Nessie.

-Estás demasiado tenso. Relájate, Jasper. Vas a volver locos a todos.

-Amén -entonó Alice con voz melancólica desde donde estaba, repantigada en una butaca, viendo una película en la televisión.

-Primero gana las elecciones, luego me relajaré. -Volvió a consultar la tablilla-. Ni siquiera recuerdo por dónde iba. Ah, sí, mañana llegarás a Seatle hacia las siete y media de la tarde. Dispondré todo para que cenes con la familia en un restaurante local.

-¿Podré cepillarme los dientes? Digo, después de cenar y antes de acostarme.

Todos se rieron. Jasper no le encontró ninguna gracia.

-El martes por la mañana viajaremos en grupo a tu distrito electoral en Forks, votaremos, volveremos y nos armaremos de paciencia.

Edward le quitó la piel al plátano de Nessie, que andaba hundiendo el dedo índice y llenándose de porquería la uña.

-Voy a ganar.

-No te fíes demasiado. Sigues estando dos puntos por debajo de Dekker en las encuestas.

-Piensa en cuánto nos daban las encuestas cuando empezamos -le recordó Edward, guiñándole uno de sus ojos verdes-. Voy a ganar.

Con esa nota optimista concluyó la conversación. Carlisle y Esme fueron a su habitación a recostarse y descansar. Edward tenía que trabajar en un discurso que iba a dar por la tarde en una iglesia frecuentada por hispanos.

Rosalie había convencido a Emmett para ir juntos a dar un paseo por la ribera del río.

Alice aguardó a que todos se dispersaran y siguió a Jasper a su habitación, separada por dos puertas del puesto de mando, como llamaba ella a la suite de Edward. Tras golpear suavemente, él preguntó:

-¿Quién es?

-Yo. -

Abrió la puerta, pero ni siquiera se la sostuvo para que pasara, sino que se volvió y se encaminó al armario, del que extrajo una camisa limpia. Ella cerró la puerta y echó el cerrojo.

-¿Por qué no te quedas así?

Se inclinó hacia él seductoramente y le lamió una de las tetillas con la punta de la lengua:

-No me parece lo más adecuado presentarse en un cuartel general de campaña sin camisa.

Metió los brazos por las mangas almidonadas y empezó a abotonarse.

-¿Vas allí ahora?

-Así es.

-Pero si es domingo. Alzó una ceja.

-No me digas que has empezado a observar el día del Señor.

-He estado esta mañana en la iglesia, como tú.

-Y por la misma razón. Porque les dije a todos que fueran. ¿No viste las cámaras de televisión grabando el fervor religioso de Edward?

-Yo estaba rezando.

-Oh, sí, seguro.

-Rogando porque se te pudra y se te caiga la polla -se revolvió con furiosa pasión. El se limitó a sonreír. Cuando empezó a meterse la camisa en el pantalón, Alice intentó detenerlo-. Jasper -gimoteó arrepentida-. No he venido aquí a pelearme contigo. Siento lo que acabo de decir. Quiero estar contigo.

-Entonces ven al cuartel general conmigo. Estoy seguro de que habrá mucho trabajo.

-No era trabajo lo que tenía en mente.

-Lo siento, eso es lo que hay en la agenda hasta el día de las elecciones.

Su amor propio no pudo aguantar más:

-Llevas semanas mandándome a paseo -se quejó, apoyando los puños en las caderas-. ¿Qué es lo que te ocurre?

-¿Me lo preguntas a rní? -Se pasó un cepillo por el pelo gris-. Estoy intentando que elijan a tu tío Edward para el Congreso de Estados Unidos.

-¡Que le den por culo al Congreso!

-Ya, ya -comentó él en tono irónico-. Si tuvieras la oportunidad, le pondrías morados los huevos a cada miembro de la legislatura. Bien, ahora me tendrás que disculpar.

Se encaminó a la puerta. Ella le cerró el paso, rogándole otra vez:

-No te vayas, Jasper. Aún no. Quédate un rato. Podríamos pedir unas cervezas y reírnos un poco. -Se restregó contra él, pegando la pelvis a la suya, y ronroneó- Hagamos el amor.

-¿El amor? -se burló.

Ella le agarró una mano y se la metió bajo la falda y la llevó a la entrepierna.

-Ya estoy mojada.

Él retiró la mano bruscamente y se abrió paso, haciéndola a un lado.

-Siempre estás mojada, Alice. Ve con eso a otra parte. Ahora mismo tengo mejores cosas que hacer.

Se quedó mirando boquiabierta la puerta cerrada; luego, lanzó lo primero que encontró a mano, que resultó ser un cenicero de cristal. Lo arrojó con todas sus fuerzas, pero sólo rebotó contra la puerta y cayó con un ruido sordo sobre la alfombra. Aquello la enfureció aún más.

Nunca la habían rechazado de forma tan drástica. Nadie, absolutamente nadie rechazaba a Alice Cullen cuando estaba cachonda. Salió corriendo de la habitación de Jasper, se quedó en la suya el tiempo necesario para ponerse un jersey ajustado y unos tejanos aún más ceñidos, se dirigió al aparcamiento del hotel y sacó su Mustang.

No iba a dejar de vivir por la condenada carrera senatorial.

-Soy yo. ¿Alguna novedad?

-Hola, Harry. -Marco se frotó los ojos inyectados en sangre mientras se acercaba el auricular al oído-. Acabo de entrar. Cullen habló en una iglesia de sudacas esta noche.

-Lo sé. ¿Cómo salió?

-Disfrutaron más que con unos tamales bien calientes.

-¿Estuvo Bella allí?

-Estaban todos menos la chica, Alice; todos tan puros como el jabón Ivory.

-¿Te pudo hablar Bella?

-No. Los rodeaba una multitud de mexicanos.

-¿Y Pelo Canoso? ¿Alguna señal de él?

Marco ponderó la conveniencia de decirle a Harry la verdad, y finalmente lo hizo: -Estuvo.

Harry murmuró una sarta de palabrotas.

-¿No llamó la atención como un pulgar hinchado, entre una multitud de hispanos?

-Estuvo fuera, luchando por conseguir un puesto, como el resto de nosotros.

-¿Se hizo pasar por periodista?

-Sí.

-¿Te acercaste a él?

-Tío alto, cara de malo.

-¿De malo?

-Implacable. No es broma.

-Cara de asesino.

-Es sólo una conjetura.

-Sí, pero no me gusta, Marco. Quizá debiéramos llamar al FBI sin decírselo a Bella.

-Nunca te lo perdonaría.

-Pero seguiría viva.

Los dos hombres guardaron silencio unos instantes, perdidos en sus propios pensamientos y considerando posibles alternativas, y volvieron a la conversación con vigor.

-Mañana quédate por aquí. No es necesario que vayas con Cullen.

-Me lo suponía -se refirió Marco a su destino, después de que Harry rompiera por fin el silencio-. Estaré en el aeropuerto mañana por la noche, cuando vuelva. El comunicado de prensa decía que llegará a las diecinueve treinta.

-Bien. Intenta establecer contacto con Bella. Dijo que es difícil llamar desde el hotel.

-De acuerdo.

-La mañana de las elecciones, vente primero al despacho. Luego te enviaré al Palacio del Río. Quiero que pases el día pegado a Bella como una lapa. Si ves algo sospechoso, sea lo que sea, al diablo con sus argumentos; avisa a la policía.

-No soy estúpido, Harry.

-Y aunque mañana sea tu día libre, -continuó Harry en tono amenazador- no salgas ni te metas en líos.

-Descuida. Tengo mucho que hacer por aquí.

-¿Sí? ¿Qué?

-Sigo revisando cintas.

-Ya lo mencionaste. ¿Qué buscas?

-Te lo diré en cuanto lo encuentre.

Se despidieron. Marco se levantó el tiempo suficiente para aliviarse en el baño y luego volvió al vídeo, donde había pasado casi cada hora libre durante los últimos días. El número de cintas que quedaba por revisar se reducía cada vez más, pero no lo bastante rápido. Le quedaban horas de trabajo.

Aquello que buscaba ni siquiera tenía identidad. Como le había dicho a Harry, no sabría qué era hasta que lo viera. Probablemente, tan sólo una gran pérdida de tiempo.

Ya que había sido lo bastante estúpido como para empezar ese proyecto desatinado, podía ser también lo bastante estúpido como para terminarlo. Le dio una calada al porro, lo acompañó con un trago de cerveza e introdujo otra cinta en el aparato.

Harry hizo un gesto ante el vaso de antiácido que se había obligado a beber. El gustillo le hizo estremecer. Ya debía estar habituado, puesto que lo tomaba en cantidades industriales. Bella no lo sabía.

Nadie lo sabía. No quería que nadie supiese lo de su acidez crónica porque no quería que lo reemplazaran por un hombre más joven antes de poder retirarse con una pensión completa.

Llevaba en el negocio el tiempo suficiente para saber que los tipos de administración eran unos cabrones. La crueldad debía de ser uno de los requerimientos para el puesto. Gastaban zapatos caros, trajes de tres piezas y una armadura invisible contra el sufrimiento ajeno. Les importaban un comino los valiosos contactos en el Ayuntamiento o los años de experiencia perdiendo tiempo para un reportaje o para cualquier otra cosa que no fueran los balances económicos.

Esperaban vídeos dramáticos a las seis y a las diez para poder vender espacios comerciales a los patrocinadores, pero nunca se paraban a ver una casa ardiendo con gente dentro o a un loco reteniendo rehenes con una Magnum 357 en un supermercado o las incalificables atrocidades que un ser humano puede infligir a otro. Trabajaban en la parte esterilizada del negocio. El lado de Harry era el bajo y sucio. Por lo que a él se refería estaba bien así. No lo quería de otro modo. Sólo quería que lo respetaran por lo que hacía.

Mientras los índices de audiencia mantuviesen a KTEX en el primer puesto, Harry estaría seguro. Pero si los índices bajaran, esos cabrones de los despachos con aire acondicionado empezarían a echar a los indeseables. Un hombre de su edad y con problemas de estómago podría ser considerado un inútil y un buen candidato para la baja.

De modo que se cubrió los eructos con la mano y ocultó el frasco del antiácido.

Apagó la luz del baño, se fue a su dormitorio, se sentó en el borde de la cama matrimonial y programó el reloj despertador. Ésa era su rutina. Lo mismo que abrir el cajón de la mesita de noche y sacar el rosario.

La amenaza de tortura física impedía que admitiera ante nadie que ése era su ritural de cada noche. Nunca asistió a misa ni se confesó. Las iglesias eran edificios en los que se oficiaban funerales, matrimonios o bautismos.

Pero Harry rezaba habitualmente, y aquella noche rezó fervientemente por Edward Cullen y por su joven hija. Rezó por la seguridad de Bella, pidiendo a Dios que le perdonase la vida, aunque sobreviniese una calamidad sobre cualquier otro.

Por último, como hacía cada noche, pidió por el alma de Renee Swan y le suplicó a Dios que lo perdonara por amar a la mujer de otro hombre.


Sip, definitivamente Jasper es un asno!

(^_^)凸

Subí otro capítulo más!

๑۩۞۩๑

#Andre!#