Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a S. Brown.
Capítulo 46
La búsqueda de Marco tocó su fin la víspera del día de las elecciones. Durante unos segundos se quedó mirando la pantalla del monitor de color, incapaz de creerse que finalmente había encontrado lo que llevaba buscando todo ese tiempo.
Se había echado una siestecita al amanecer, y cayó en la cuenta, cuando vio la luz lamiendo las sombras en las ventanas de su piso, de que había permanecido despierto toda la noche repasando una cinta de vídeo tras otra. Después de dormir cerca de una hora, se bebió una taza de café cargado y volvió a la pantalla. El escritorio estaba cubierto de envoltorios de comida preparada, latas de bebidas vacías, paquetes de cigarrillos acabados y ceniceros llenos a rebosar.
Marco no notaba el desorden. Lo traía sin cuidado. Tampoco le importaba no haber comido una comida decente ni haberse duchado en cuarenta y ocho horas. Su compulsión por mirar cintas de vídeo se había convertido en una obsesión y su pasión, en una misión.
La cumplió a las nueve y media de la noche, mientras veía una cinta grabada tres años atrás, cuando trabajaba en una emisora filial de la NBC, en el Estado de Washington. Ni siquiera recordaba el indicativo de la emisora, pero sí la tarea asignada. Empleó cuatro cintas en total, cada una de veinte minutos de grabación sin editar. El periodista redujo esos ochenta minutos a un reportaje especial de cinco minutos para el noticiario de la noche, durante una semana en que se batieron las marcas de audiencia. Era el tipo de reportaje ante el cual la gente sacude la cabeza y que, sin embargo, consume como palomitas de maíz.
Marco miró los ochenta minutos varias veces para asegurarse de que no existía error alguno. Cuando confirmó que estaba en lo cierto, pulsó los botones necesarios, introdujo una cinta virgen y empezó a hacer una copia de la más importante e incriminadora de las cuatro.
Puesto que la tenía que copiar a tiempo real, eso le dejaba veinte minutos libres. Buscó en las cajetillas que había sobre el vídeo y finalmente encontró un cigarrillo doblado; lo encendió, descolgó el teléfono y llamó al Palacio del Río.
-Sí, necesito hablar con la señora Cullen. La esposa del señor Edward Cullen.
-Lo siento, señor -contestó la operadora afablemente-. No puedo pasar la llamada, pero, si me deja su nombre y su número...
-No, usted no me entiende. Es un mensaje personal para Bel..., esto, Jessica Cullen.
-Pasaré el mensaje al personal de seguridad, que los revisa...
-Escuche, imbécil, es importante, ¿entiende? Una urgencia.
-¿Relacionada con qué, señor?
-No se lo puedo decir. Tengo que hablar personalmente con la señora Cullen.
-Lo siento, señor -repitió la imperturbable operadora-, no puedo pasar la llamada. Si deja su...
-¡Mierda!
Cortó la comunicación y marcó el número de Harry. Esperó a que sonara treinta veces antes de darse por vencido.
«¿Dónde diablos está?»
Mientras la cinta se copiaba, Marco empezó a andar de un lado a otro, tratando de encontrar la mejor forma de informar a Harry y a Bella de lo que había descubierto. Era esencial que la cinta llegara a manos de Bella, pero ¿cómo? Si ni siquiera podía conseguir que la operadora del hotel llamase a la suite, ¿cómo iba a acercarse a ella por la noche para poner la cinta en sus manos? Era absolutamente necesario que la viera antes del día siguiente.
Para cuando se terminó de hacer la copia, Marco aún no había encontrado una solución a su problema. Lo único que podía hacer era intentar localizar a Harry. Él le aconsejaría qué hacer.
Pero después de mantener la línea ocupada durante media hora entre su piso, la redacción de KTEX y la casa de Harry, aún no había podido comunicarse con su jefe. Decidió llevarle la cinta directamente a su casa y esperarlo allí. Eso suponía que tendría que atravesar la ciudad; pero, qué diablos, era importante.
Hasta que no llegó al aparcamiento no se acordó de que tenía el vehículo en el taller. Su compañero tuvo que llevarlo a casa, después de cubrir el regreso de Cullen al aeropuerto de Seattle esa noche.
«Mierda. Y ahora ¿qué?»
El buzón de correos. Ése era el medio que le dijeron que usara si no se podía establecer contacto de ningún otro modo. Entre una pila de papeles arrugados encontró uno en el que tenía anotado el número del apartado. Metió la cinta de vídeo en un sobre acolchado, se puso una chaqueta y salió a pie, llevando el paquete consigo.
Estaba a sólo dos calles de la tienda más cercana, donde también había un buzón, pero incluso esa distancia representaba más ejercicio del que Marco estaba acostumbrado a hacer.
Compró cigarrillos, un paquete de seis latas de cerveza, suficientes sellos para enviar el sobre -y, si no, que Harry pagara la diferencia- y lo metió en el buzón. El aviso pegado fuera decía que habría recogida a medianoche. Harry recibiría la cinta, como mucho, a la mañana siguiente.
De todos modos, tenía pensado seguir telefoneando cada cinco minutos hasta localizarlo. El envío del duplicado era sólo una medida de seguridad.
¿En dónde podía estar ese viejo bobo a esas horas, de no encontrarse en casa ni en la emisora? Tarde o temprano tenía que aparecer. Luego, ambos decidirían cómo advertir a Bella o lo seria que era la amenaza a Cullen.
Bebiéndose una de las cervezas por el camino, regresó sin prisas a su piso, entró, se quitó la chaqueta y volvió a su sitio frente al aparato de vídeo. Volvió a cargar una de las cintas que le habían permitido resolver el misterio y empezó a visionarla de nuevo.
A mitad de la cinta, descolgó el teléfono y marcó el número de Harry. Sonó cinco veces antes de oír un chasquido que interrumpió la conexión. Miró rápidamente al teléfono y vio una mano enguantada sobre el aparato. Alzó la mirada y se encontró con una cara que sonreía afablemente.
-Muy interesante, señor Volturi -dijo suavemente su visitante, haciendo un gesto en dirección a la pantalla-. No recordaba bien dónde lo había visto antes.
A continuación, alzó una pistola y disparó a quemarropa a la frente de Marco.
Harry entró corriendo a su casa y descolgó el auricular a la sexta llamada, justo cuando colgaban al otro lado.
¡Maldita sea!
Se había quedado hasta tarde en la redacción, ocupándose de los preparativos para el infierno que los esperaba al día siguiente. Había andado revisando una y otra vez los horarios y las tareas, y reuniéndose con los presentadores para asegurarse de que todos supieran qué hacer y adónde ir. Era el tipo de día lleno de noticias que le gustaba a Harry; pero también el tipo de día que acababa con su estómago. No debía haberse parado a comer ese plato de enchiladas de camino a casa.
Bebió un vaso de antiácido y volvió al teléfono. Llamó a Marco, pero colgó después de que el teléfono sonara una docena de veces. Si Marco estaba por ahí de juerga, drogándose con alguna sustancia, lo mataría. Lo necesitaba despierto y alerta por la mañana.
Enviaría a Marco con un periodista a grabar a los Cullen votando y, luego, lo destinaría al Palacio del Río el resto del día, mientras esperaban a los resultados de las estadísticas.
Harry no estaba convencido de que pudiese haber alguien lo bastante estúpido como para perpetrar un asesinato en pleno día de elecciones, pero Bella creía que estaba preparado para ese día. Si ver a Marco entre la multitud aliviaba su ansiedad, entonces Harry lo quería allí, visible y a mano por si se lo llegaba a necesitar. Contactar con ella por teléfono era imposible. Ya había intentado llamar antes, pero le dijeron que la señora Cullen no se sentía bien. Al menos ésa era la versión que dieron en el cuartel general de los Cullen para explicar su ausencia en la última gira de campaña por el norte de Texas.
En un último intento de hablar con ella, se le dijo que la familia había salido a cenar. Intranquilo aún, camino de casa se detuvo en el correo y miró en el apartado. No encontró nada, lo que disminuyó en algo su preocupación. Supuso que la ausencia de noticias significaba buenas noticias. Si Bella lo necesitaba, sabía dónde encontrarlo. Se preparó para acostarse. Después de rezar, telefoneó nuevamente a Marco. Aún no estaba.
Bella pasó la víspera de las elecciones atormentada por las preocupaciones. Edward le dijo con tono autoritario que no lo acompañaría en la última gira de la campaña, y lo cumplió, indiferente a sus ruegos.
Cuando volvió a salvo, su alivio fue tan grande que se sintió débil. Al reunirse para cenar, Emmett se acercó a ella y le dijo: -¿Te sientes mejor?
-¿Cómo?
-Edward nos dijo que no viniste con nosotros porque te vino el período.
-Ah, sí -asumió ella la mentira-. No me sentía bien por la mañana, pero ahora estoy bien, gracias.
-Asegúrate de que estés bien mañana por la mañana. -Emmett no estaba en absoluto interesado por su salud, sino en cómo su presencia o su ausencia podía influir en el resultado de las elecciones-. Tienes que estar en inmejorables condiciones.
-Lo intentaré.
A Emmett lo reclamó entonces Rosalie, que no había tocado una copa en varias semanas. Eran evidentes los cambios operados en ella. Ya no parecía asustada y frágil, y cuidaba su aspecto. Más agresiva, rara vez perdía de vista a Emmett y menos aún cuando Bella andaba cerca. Aparentemente, aún consideraba a Jessica un peligro, pero un peligro que estaba dispuesta a combatir por el afecto de su marido.
Gracias al natural encanto de Edward, Bella dudaba de que alguien hubiese notado la ruptura de sus relaciones. La familia se trasladó en grupo a un restaurante, donde fueron atendidos en un salón privado.
Durante la cena, Edward la trató con suma cortesía. Ella lo importunó con preguntas sobre el día y sobre cómo lo recibieron en cada ciudad. Él respondió cortésmente, pero sin proporcionar detalles. La frialdad metálica de su mirada la dejó helada.
Edward jugó con Nessie, refirió anécdotas del viaje a sus atentos padres, le tomó amablemente el pelo a Alice y la involucró en la conversación, escuchó el último par de consejos de Emmett y discutió con Jasper sobre la ropa que se pondría el día de las elecciones.
-No me voy a vestir especialmente para ir a votar, no más que cualquier persona normal, y sólo me pondré traje y corbata si tengo que dar un discurso de agradecimiento.
-Entonces, más vale que ordene a la mucama que planche tu traje por la noche -intervino Bella con convicción.
-¡Eso, eso! - Carlisle descargó enérgicamente el puño sobre la mesa.
Edward la miró con severidad, como queriendo revelar la farsa. Si sospechaba una traición de alguien en el alegre círculo familiar, era de ella. Si abrigaba alguna duda sobre la lealtad y la devoción de su familia, la ocultaba bien. Para ser un hombre cuya vida se podía ver radicalmente alterada al día siguiente, parecía absurdamente tranquilo.
Sin embargo, Bella creía que su compostura era una fachada. Rezumaba confianza porque quería que todos se sintieran cómodos. Era algo típico en Edward.
Ella anhelaba un momento de privacidad con él al volver al hotel, y se alegró de que su reunión con Emmett y Jasper concluyera rápidamente.
-Voy a dar un paseo por la ribera -les comentó Emmett, poniéndose la chaqueta-, Rosalie y Alice están en la habitación, viendo una película por la tele. Es el tipo de melodrama sentimental que no aguanto, así que me voy a esfumar hasta que termine.
-Bajaré en el ascensor contigo -dijo Jasper-. Quiero echar un vistazo al kiosko del vestíbulo por si nos hemos perdido alguna información en los periódicos.
Salieron. Nessie ya estaba dormida en su habitación. Bella pensó que así tendría tiempo para alegar su inocencia ante Edward. Quizás esa vez su sentencia no fuera tan dura. Sin embargo, para su consternación, Edward tomó la llave de la habitación y se dirigió a la puerta.
-Voy a visitar un rato a papá y a mamá.
-Edward, ¿viste a Marco en el aeropuerto? Intenté llamarle a casa, pero aún no había llegado. Quería que trajese las cintas para...
–Pareces cansada. No me esperes despierta.
Salió de la suite y permaneció fuera largo rato. Finalmente, y puesto que había sido un día largo y pesado, durante el que había permanecido confinada en la habitación, se acostó.
Edward no volvió. Ella se despertó durante la noche y, al echar de menos su calor y asustada por no oír su respiración, cruzó rápidamente la habitación y abrió de golpe la puerta.
Estaba durmiendo en el sofá del recibidor. Se le rompió el corazón.
Durante meses había estado distanciado de ella por el engaño de Jessica; ahora se distanciaba de ella por su propio engaño.
El primer soldado caído en esta batalla fue Marco, pero, ¿quien lo mato?
Pobre Bella, ahora tiene que lidiar con la frialdad de Edward pero ahora con justa, o no, razón.
凸(^_^)凸
Subo otro capítulo más!
๑۩۞۩๑
#Andre!#
