· Remus Lupin ·
Cuando terminó Transformaciones, la última clase del día, Remus se dirigió hacia su sala común, como la mayoría de los Gryffindor. Una sonrisa discreta se asomó a sus labios, sabiendo qué lo esperaba cuando llegara. Un guiño de Sirius y un gesto triunfal de James cuando McGonagall no miraba dejaba claro que su idea había funcionado. En realidad no había sido muy difícil de planificar, pero llevarlo a cabo era harina de otro costal. Le hubiera encantado poder realizar los hechizos él mismo, pero como Prefecto, no podía verse involucrado directamente en todo el escándalo que surgiría dentro de exactamente cinco minutos, lo que tardarían en subir las escaleras hasta la entrada a la sala común de Gryffindor.
Una lástima.
Oyó el tumulto antes incluso de llegar al centro del problema. Sonrió para sus adentros al ver los intentos inútiles de algunos alumnos por sobrepasar su barrera de bloqueo.
—¿¡Pero qué demonios es esto!? —gritó un alumno, golpeando con furia la barrera invisible.
De repente, justo cuando todo el último curso de Gryffindor estaba allí reunido, aparecieron unas letras flotando en el aire.
‹‹¿Quieres ir conmigo a Madam Pudipié este sábado, Evans?››
—¡POTTER, VOY A MATARTE! —El rostro de la aludida se había vuelto del mismo color que su pelo, y sus ojos desprendían chispas de pura ira mientras miraba a James.
James, milagrosamente recuperado de su ‹‹enfermedad››, se encogió de hombros con una sonrisa rebelde en los labios.
—A mí no me mires, Evans… Pero si fuera tú, respondería pronto… No parece que esto —Señaló las letras brillantes— vaya a desaparecer hasta que no respondas…
—¿Alguien puede explicarme qué pasa aquí?
Se hizo un silencio mortal en todo el pasillo. Remus se mordió el labio y puso cara de preocupación. Quizás no había sido tan buena idea después de todo. McGonagall tardaría tres segundos en relacionar la ausencia de James y Sirius y aquella gamberrada.
—¿Señor Potter? —La voz de McGonagall era fría como un témpano de hielo.
—¿Sí, profesora McGonagall? —respondió su amigo inocentemente.
—Veo que ya está recuperado. ¿Por qué no vienen usted y su amigo Black —Sirius puso cara de fastidio— a mi despacho?
James y Sirius siguieron arrastrando los pies a la profesora. A medio camino de las escaleras, la mujer se detuvo.
—Creo que será más productivo si traen con ustedes a Lupin y Pettigrew.
Remus resopló. No sabía por qué había tenido por un instante la inocente creencia de que se librarían del castigo aquella vez. Peter y él siguieron a sus amigos castillo abajo.
~~~ · · · ~~~
Ya en el despacho, los cuatro amigos se sentaron en sendas sillas mientras McGonagall los observaba con severidad desde detrás de su mesa. Se inclinó hacia el frente y juntó las manos delante del rostro.
—Bien, como desde que se hicieron amigos se han convertido en un dolor de cabeza para el colegio en general y para mí en particular… No, señor Black, no tiene permiso para interrumpirme. —Sirius, que había levantado un dedo para objetar algo, bajó la mano lentamente y volvió a recostarse en su silla, frustrado—. ¿Por dónde iba? —La mujer se quitó las gafas con un suspiro cansado—. Ah sí, su más reciente invención. Llevamos siete años de estresante, por llamarlo así, convivencia, así que corríjanme si me equivoco: usted —señaló a James— tuvo la idea, instigada, por supuesto, por el señor Black —Sirius sonrió de forma indolente—. Señor Pettigrew, me temo mucho que se ha visto arrastrado por sus ingeniosos amigos. Y usted, señor Lupin, ha sido el… creador, por llamarlo de alguna manera. —Remus mantuvo su expresión imperturbable, pero en el interior se llenó de orgullo porque la profesora hubiera pensado en él como artífice del plan.
—¡Sí, joder! ¡Tres hurras por nuestro Prefecto!
Nadie secundó la propuesta, pero para vergüenza ajena de Remus, Sirius levantó un puño y no lo bajó hasta que él lo chocó. La profesora McGonagall se cubría los ojos con la mano y meneaba la cabeza.
—¿Qué voy a hacer con ustedes?
—Creo que…
—Usted no cree nada, señor Potter —cortó McGonagall. Miró a los cuatro muchachos—. Dos semanas de castigo. —La mujer se levantó y abrió su puerta con un movimiento de varita—. Espero que aprovechen para estudiar para el examen teórico de la semana que viene.
—¿¡Qué!? ¿Y nadie nos avisa? ¡Esto debería ser ilegal! —protestó James.
—El examen se puso hace dos semanas —intervino Remus, poniendo los ojos en blanco. ¿Es que sus amigos nunca prestaban atención en clase?
Salieron del despacho de McGonagall, James aun protestando por la ‹‹injusticia que se había cometido con ellos››. Cuando Remus se disponía a seguir a sus amigos, McGonagall lo detuvo. Lo miró por encima de sus gafas.
—Por curiosidad… ¿Cómo lo hizo, señor Lupin?
Remus pensó en negarlo, pero luego se encogió de hombros. ¿Qué más daba ya?
—Una barrera, un hechizo de invisibilidad y un identificador de voz —explicó.
—O sea, que a menos que la señorita Evans no responda…
—Nadie de Gryffindor dormirá hoy —terminó Remus, sintiéndose ligeramente culpable.
McGonagall suspiró.
—Bien hecho, hijo, bien hecho. —Remus sonrió y se marchó. Antes de doblar la esquina, oyó la voz de la profesora—. Dele al señor Potter mi enhorabuena, al final parece que conseguirá su maldita cita.
Cuando llegó junto a sus amigos, estos estaban discutiendo sobre algo. Remus mucho se temía que ese ‹‹algo›› no iba a gustarle nada.
—Venga, Colagusano, sacrifícate por el grupo —Sirius tenía a Peter sujeto por los hombros.
—Ni hablar. —Peter fruncía el ceño—. Quiero tener alguna tarde libre sin estar castigado, muchas gracias.
—¿Qué pasa? —preguntó Remus.
James sonrió.
—Se nos acaba de ocurrir un plan.
—Que seguramente implica que terminaremos todos con un mes más de castigo. —No hacía falta ni que Remus preguntara.
—Exacto.
—En ocasiones me sorprende lo inteligente que soy —suspiró Remus.
