· Peter Pettigrew ·

Peter corría por los pasillos de Hogwarts convertido en rata.

Se acercó al despacho de McGonagall con cuidado de no ser visto y asomó el hocico por debajo de la puerta. Había tenido suerte: parecía no haber nadie. Miró hacia atrás; el pasillo estaba vacío. No había ni un alma; nadie quería estar dentro del colegio en una tarde tan agradable como la de aquel sábado. Nadie, excepto los merodeadores; el castigo de McGonagall aún duraría tres días más, tres días en los que se veían obligados a quedarse en un aula estudiando (o fingiendo que estudiaban).

Con un pensamiento, Peter volvió a su forma humana. Humana y desnuda. Entró rápidamente al despacho de la profesora de Transformaciones.

—Mierda, mierda, mierda… —maldecía mientras rebuscaba (sin ropa) entre los papeles de McGonagall—. ¿Por qué accedí? ¿POR QUÉ? —se lamentaba en voz baja.

A sus amigos les había parecido buena idea robar uno de los exámenes de Transformaciones. Tenían dos semanas para estudiar, pero nooooo, ellos preferían ir con las preguntas ya aprendidas. ¿Y quién era el tonto que pringaba? Él, cómo no.

—Eres el que tiene menos probabilidades de ser pillado, Peter —había argumentado James—. ¡Imagínate que Minnie se encuentra con un hombre–lobo en su despacho! ¡Le da algo! —Hasta Remus rió con aquello, pero a Peter no le hacía ni gracia.

Como ni Remus, que normalmente era el más sensato, se opuso al plan (‹‹Yo no me hago responsable de esta locura››, habían sido sus palabras exactas), Peter al final se dejó convencer.

—Si lo llego a saber, elijo a un elefante para ser animago —musitó mientras abría el último cajón del escritorio.

Allí, como si del Santo Grial se tratara, estaban, en una perfecta columna, los exámenes de séptimo. Peter sonrió con alivio. Cogió uno y empezó a leer la primera pregunta, pero antes de que terminara, oyó unos pasos en el pasillo. Comenzó a sudar, mirando frenéticamente a su alrededor. ¿Qué coño hacía ahora? Cerró los ojos un segundo, sabiendo que iba a arrepentirse de aquello. Dobló a toda prisa la hoja y se la puso entre los dientes. Volvió a convertirse en rata justo en el momento en que la puerta del despacho se abría.

‹‹¡Ahora!››, se dijo. Se coló entre las piernas de la profesora. McGonagall soltó un chillido que hizo que Peter diera un brinco. Corrió todo lo rápido que sus pequeñas patas permitieron, huyendo de la mujer, que lo perseguía al grito de ‹‹¡RATA!››, intentando pisarlo. Peter tuvo el pie de McGonagall tan cerca que temió un par de veces por la integridad de su pobre cola.

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Cuando por fin la profesora desistió en su caza (Peter daba gracias al cielo porque no lo hubiera perseguido en su forma gatuna), el muchacho se dirigió al lugar de encuentro que había acordado con sus amigos: la Casa de los Gritos. Una vez allí, volvió a convertirse en su yo humano y pudo sacarse el papel de la boca. Se vistió rápidamente y pasó al ‹‹salón››, la sala quejumbrosa en la que habían instalado un par de sillas y un sofá roto, donde se reunían cuando se aburrían de la escuela o Remus necesitaba un lugar tranquilo para sus transformaciones.

—¡Lo tengo! —dijo, levantando el examen con un gesto triunfal.

Los demás se levantaron y aplaudieron. James pasó un brazo por su hombro y revolvió su pelo rubio.

—¡Lo sabía! ¡Eres el mejor, Colagusano!

Peter se dejó caer en una de las sillas, exhausto.

—La última vez que hago esto, ¿me oís? ¡Me da igual si a McGonagall le da un infarto por ver a un puñetero ciervo en su despacho!

Todos rieron, incluido Peter.