Disclaimer: Nurarihyon No Mago y esta historia no me pertenecen.
Capítulo 10: Epilogo.
— ¡Amo, amo, amo, despierte! —le gritó una voz fuertemente. Con dificultad Rikuo abrió lentamente sus ojos, para después cerrarlos de nueva cuenta gracias a que la intensa luz que había en ese instante lo cegó algunos segundos.
Planeaba seguir así durante algún tiempo, pero de un momento a otro sintió cómo es que alguien lo jalaba de su brazo. Se vio forzado a abrir sus orbes cafés de nuevo, y la vio.
Era Tsurara la autora del crimen.
— ¿Qué sucede, Tsurara? —le preguntó, tallándose los ojos levemente.
— ¡Amo, se ha quedado dormido en medio de su trabajo! —le respondió ella, apuntando hacia la mesa.
Rikuo dirigió su vista hacia dicho punto y en ese momento se aterrorizó. Su tasa se había caído, por ende el té había empapado todo.
— ¡Maldición! —gritó él mientras intentaba salvar su trabajo, pero ya era demasiado tarde.
Tsurara suspiró con resignación, se inclinó para tomar los papeles que estaban en el suelo y congeló los que más empapados estaban.
— Tenga —le dijo, extendiéndole las hojas a su amo.
Rikuo parpadeó un segundo y después las tomó, maldiciendo un poco al hacerlo. Tsurara miraba cómo es que su amo intentaba pensar en alguna solución para todo aquello, pero parecía no tener mucho éxito.
Volvió a suspirar y le dijo— Le ayudaré —comentó, sentándose a su lado.
— ¿Eh? ¿Lo harás? —le preguntó él, alzando su ceja sorprendido.
— Claro. Escribiré lo que había en estas hojas de nuevo, mientras que usted continúa en donde se quedó antes de caer dormido —le explicó mientras tomaba un lápiz y comenzaba a copiar.
El Nura solamente se quedó observándola un instante antes de volver a centrar su atención en el trabajo. Tenía que terminar.
— Ha pasado casi un año desde lo que pasó… —pensó para sí mismo, mientras veía a su guardiana—. Después de eso el tema de Isana del Norte, o cualquier tema relacionado con aquel incidente, no se ha vuelto a tocar. Tsurara se ve como siempre, pero estoy seguro de que algo ha cambiado en su interior… —se volvió a comentar internamente, mientras contemplaba a la joven que estaba a su lado.
La Yuki Onna en ese instante se sintió observada y posó su mirada en la de su amo.
— ¿Sucede algo malo? —le preguntó a Rikuo, el cual ante esa pregunta salió abruptamente de sus pensamientos y negó con su cabeza.
— No, no pasa nada —le respondió, enfocándose nuevamente en su trabajo.
La Oikawa se quedó mirándolo durante algunos minutos con los ojos muy abiertos. Cerró sus ojos y suspiró de nueva cuenta mientras negaba con la cabeza.
— Amo Rikuo… —lo llamó con confianza. Rikuo al escuchar su nombre alzó su mirada y volteó a verla, logrando así que las miradas de ambos se perdieran en la del otro.
El silencio duró un breve momento. ¿Cuánto? A saber… Pero Rikuo quiso romperlo, o al menos hizo el intento. Abrió la boca, como queriendo decir algo, pero en ese momento se escucharon algunos pasos apresurados.
— ¡Amo Rikuo! —gritó Aotabo mientras entraba en la habitación.
La sorpresa en la mirada de Rikuo no se podía ocultar. Tanta fue la impresión que no pudo evitar caer en el suelo, llevándose la mesa con él. Aotabo y Tsurara lo miraron con preocupación mientras que todas las hojas se esparcían por toda la habitación, las cuales se encargaron de atrapar.
— ¿Qué sucede Ao? —le preguntó, levantándose del suelo y acomodándola mesa.
— ¡Oh, cierto! Estaba buscando a Yuki Onna —le respondió, viendo a Tsurara.
— ¿Eh? ¿A mí? ¿Por qué? —le preguntó ella sorprendida.
Rascándose la cabeza, contesta— Es la primera nevada del año, así que pensé que tú… —comenzó Aotabo, pero no tuvo la necesidad de continuar debido a que Tsuara ya había salido de la habitación, regando de nueva cuenta las hojas que ya había recogido y que ahora a Aotabo le tocó levantar.
Rikuo únicamente la observó irse con curiosidad antes de caminar hacia la puerta de la habitación. Habiendo salido pudo ver a Tsurara contemplando el cielo. No supo por qué, pero había algo ese día que hacía lucir a su guardiana más bella que nunca…
Tan sumido estaba observándola que no se percató en qué momento Aotabo se acercó a él.
— Será mejor que se siente también, amo —le comentó Aotabo, señalando el lugar que estaba a su lado. Rikuo obedeció sin decir nada y se dedicó a mirar a Tsurara.
Repentinamente el aire a su alrededor se tornó frio y la nieve comenzó a caer del cielo. Tsurara movió sus manos en círculos y después comenzó a saltar alrededor del patio, balanceando su cuerpo y sus manos con armonía.
A diferencia de los que se iban acercando a ellos para ver a Tsurara, al joven amo de la casa le tomó un poco de tiempo el darse cuenta de lo que la Yuki Onna estaba haciendo, pues se había maravillado con todo aquello.
— Está… bailando…. —susurró de pronto.
— Sí, lo está —fue lo que dijo una nueva voz.
Rikuo se giró y vio a otro de sus más fieles subordinados, Kurotabo. Gracias a él también se dio cuenta de que tanto como Kubinashi, Kejoro y muchos otros estaban observando a Tsurara.
— Esa chica aún sabe cómo hacerlo… —comentó Kejoro impresionada.
— ¿A qué te refieres? —le preguntó el castaño.
Kejoro lo miró y le sonrió—Esa es la danza de la primera nevada de los youkai de hielo —respondió, explicándole a su amo lo que su helada amiga hacía.
— ¿Danza de la primera nevada? —volvió a cuestionar Rikuo, eso era algo nuevo para él.
— Así es. Cada año, cuando la primera nevada viene, los youkai de hielo bailan esa danza, como si fuera un rezo —explicó la mujer, fijando su vista en Tsurara de nueva cuenta.
Parpadeante, el joven vuelve a cuestionar— Si hacen eso cada año, ¿por qué no lo vi antes? —preguntó el heredero.
— Porque Tsurara no volvió a hacer esto después de unirse al Clan Nura —comentó Kurotabo—. Pero este año prometió que lo haría. Es por eso que hemos estado esperando la primera nevada —comentó el monje asesino viendo a Tsurara.
Después de aquellas explicaciones ya nadie dijo más nada, tan sólo se quedaron observando a Tsurara bailar por todo el patio.
Mientras la observaba, Rikuo pudo ver la verdadera apariencia de la Yuki Onna, y por alguna extraña razón supo que nadie más la pudo ver.
Ese show era… únicamente para él.
Sin despegar su mirada de ella sintió algo muy cálido en su interior, eran los sentimientos de su otra forma. Sonrió. Ambos vieron la verdadera apariencia de Tsurara.
— Qué lindo espectáculo el que hiciste hace rato —le comentó Rikuo a su acompañante mientras caminaban por la calle.
— Gracias… —respondió Tsurara con una sonrisa, logrando con ese gesto que las mejillas de Rikuo se tornaran rojas y que viera hacia otro lado.
Después de aquella danza, Tsurara le había pedido a su amo que la acompañara a caminar durante algunos minutos. Pero de lo que no se dieron cuenta es que ya llevaban más de una hora fuera de la mansión.
— ¿Y a dónde vamos exactamente? —preguntó Rikuo de nuevo.
— Ya casi estamos ahí —dijo ella muy animada. Estaban ahora subiendo una gran colina.
Rikuo no entendía muy bien hacia dónde se estaban dirigiendo, pero prefirió no decir nada y seguirla. Caminaron durante algunos minutos hasta que finalmente llegaron a la cima de la colina. Tsurara se dio la vuelta y observó a su amo con una sonrisa, la cual confundió al Nura.
— ¿Qué pasa? —le preguntó él. Tsurara apuntó hacia atrás de Rikuo y este se giró.
Su respiración se detuvo.
Lo que estaba frente a él era la ciudad entera… y se veía realmente hermosa. Era la vista nocturna más… preciosa que había visto jamás. La combinación de las luces y la nieve sólo hacían que el espectáculo fuera mucho más maravilloso.
Rikuo se giró hacia Tsurara para ver su expresión nuevamente, esta estaba llena de alegría. El joven Nura respiró hondo y tomó la mano de la Yuki Onna, logrando sí que esta se sorprendiera y mirara al chico confundida.
— Yo… —intentó decir, pero tan rápido como el valor le llegó se esfumó, por lo que soltó su mano—. No puedo decirlo. Simplemente no puedo… —pensó para sí.
— ¿Te estás acobardando? — preguntó una voz dentro de su cabeza.
— Bueno, tal vez tú puedas decirlo… —se respondió a sí mismo, frustrado. Y antes de que el otro pudiera responder, este ya había efectuado el cambio a su forma nocturna.
Tsurara lo observó un tanto o más confundida de lo que ya estaba. El de mirada carmín, ya no pudiendo hacer mucho posó su mirada sobre la de ella. Este abrió la boca también dispuesto a decir algo pero, nada salió de ella. Frustrado volvió a bajar la mirada.
Para él esto no estaba bien, sentía que no debía ser él quien se lo dijera.
La Yuki Onna solamente sonrió ante sus acciones. Dio unos cuantos pasos lejos de él y se dio la vuelta, dándole la espalda a Rikuo.
Rikuo seguía debatiéndose internamente lo que él sentía con su otra apariencia, pero repentinamente sintió cómo es que una gran energía se liberaba, por lo que alzó su rostro. Sus orbes color carmín se abrieron completamente, se había quedado sin habla por lo que tenía frente a él.
Una mujer de largos cabellos negros se encontraba frente a él. Al ella girarse sus orbes doradas se encontraron con los orbes carmín, los cuales no dejaban de asombrarse por la belleza y el porte de quien lo miraba. Y es que no era para más, si ya Tsurara le parecía alguien realmente linda y encantadora… esta versión adulta de ella lo era mucho más.
— ¿Tiene algo que decirme, tercer heredero? —le preguntó Tsurara.
El Nura no respondió su pregunta, lo único que este hizo fue cerrar sus manos en un puño y caminó hacia ella. Se detuvo a tan sólo centímetros de la joven mujer y la miró por unos cuantos segundos, contemplándola, así como de la misma forma en que ella lo hacía con él.
Sin decir nada, Rikuo desvaneció el espacio que había entre ellos al inclinarse hacia Tsurara y posar sus labios sobre los de ella, lo cual sorprendió a la mujer de las nieves.
El beso fue corto, por lo que la dama no tuvo tiempo ni de responderle.
Tsurara observó a Rikuo sin decir nada, viendo cómo es que él volvía a intentar decirle algo.
— Se supone que debía decirte algo… pero mi forma diurna no tuvo el coraje para decírtelo —comenzó—. Yo me escuchaba más seguro que él, por lo que cambió de forma para que así yo pudiera… —dijo Rikuo rápidamente, aún nervioso. Tomó un poco más de aire y continuó— decírtelo… —finalizó, enfatizando mucho el "decírtelo". Tsurara se quedó callada durante algunos segundos, pero pocos después sonrió.
Rikuo respiró profundo y volvió a mentalizarse para poder hablar de nueva cuenta.
— ¡Me siento ridículo, maldita sea! ¡Jamás me he sentido así! Esto es estúpido… —pensó para sí mismo.
— Sólo di lo que sientes… — le respondió Rikuo diurno calmadamente.
— ¡Ya lo sé! —le dijo el de ojos carmín mientras veía a Tsurara, quien seguía esperando pacientemente a que su amo terminara de hablar—. Tsurara, yo… —comenzó, pero se detuvo un momento, nervioso. Se mordió la lengua y continuó—. T-Te amo… —se confesó.
¡Al fin! Finalmente había dicho lo que sentía. Qué duro era todo eso. Mientras que él sentía un alivio inmenso, Tsurara no sabía bien cómo sentirse en ese momento. Estaba sorprendida, pero a la vez un poco confundida.
De un momento a otro, la Yuki Onna tomó su rostro con sus manos y volvió a posar sus labios sobre los de su amo. Esto tomó desprevenido a Rikuo, pero aún así pudo corresponder el gesto al mismo tiempo que rodeaba su cintura con sus brazos, acercándola más a él.
El beso duró unos cuantos segundos más que el otro, pero para ellos duró mucho más, parecía como si se hubiera detenido el tiempo para que así ambos pudieran disfrutar de dicha caricia.
Lentamente Tsurara se fue alejando de él y lo miró a los ojos con sus orbes doradas, los cuales estaban llenos de alegría y amor.
— Yo también te amo —le dijo sonriéndole.
Lo único que obtuvo por respuesta fue la unión de sus labios nuevamente, haciendo que ella alejara sus manos de su rostro y rodeara su cuello con sus brazos mientras que él volvía a ejercer fuerza sobre su cintura, uniéndola más a él.
¿Cuánto tiempo estuvieron así? ¿Cuánto fue que duró el beso en esta ocasión? Eso a ellos no les importaba. Lo único que ellos querían…
Era estar a su lado para siempre.
Fin.
Suki: Y bueno, finalmente fui capaz de terminar la re-edición de esta historia. Espero que les haya gustado y pues… nos vemos en alguna otra entrega. ¡Nos vemos!
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Suki90, presentó.
