Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 17-

Julio de 1969

El sábado 26 de julio los Inequals celebramos una fiesta en honor a la publicación de nuestro nuevo álbum que había visto la luz cinco días antes. Se trataba de una cena y de un encuentro entre amigos y gente muy importante del gremio musical, aunque no faltaron actores, escritores ni humoristas conocidos que no quisieron perderse la ocasión. Esa celebración tuvo lugar en una de las salas privadas del hotel W New York – Times Square donde se congregaron más de cuarenta personas entre las que nos encontrábamos nosotros tres junto a Marcus. Nuestros amigos nos felicitaron por ese nuevo álbum que por el momento parecía venderse bien y tener buenas críticas, y la gente que no nos conocía se acercó para hacerlo, también elogiándonos por lo que habíamos conseguido en esos años.

En el ambiente todavía se podía notar la emoción vivida cuando el astronauta Neil Amstrong pisó la luna hacía ya seis días, pues se trataba de un tema que parecía no acabarse nunca; siempre había alguien que lo recordaba, y a partir de ahí la conversación giraba en torno al Apolo XI, a Amstrong y a las imágenes que todos habíamos visto ya por la televisión en repetidas ocasiones.

Mi ánimo había mejorado un poco desde el rechazo de Alice, pero cada vez que escuchaba Miss (lo había hecho demasiado últimamente) no podía evitar entristecerme y acordarme de ella. Pero me decía que Alice no quería tener nada que ver conmigo, así que lo mejor y más saludable que podía hacer era pensar en otra cosa y despejarme. Por eso decidí que conocer gente nueva y empaparme de la música de los Inequals iba a ser lo mejor, así que me tomé con ganas esa fiesta y hablé animadamente con todos los presentes.

Esa noche conocimos a Michael Lang, Artie Kornfeld y Joel Rosenman, tres jóvenes que se consideraban promotores de giras y que nos hablaron de un festival que iba a celebrarse en una granja de Bethel, en Sullivan Country, en agosto. Necesitaban recaudar dinero para financiar un estudio de grabación de discos en Woodstock y habían decidido producir un festival que duraría casi cuatro días invitando a músicos de la talla de The Who, Joe Cocker o Jimmy Hendrix entre muchos otros. Estaban seguros de que iba a ser todo un éxito, pero se sintieron mal al no habernos propuesto antes participar en el festival, pues ya habían cerrado el contrato y no se les permitía incluir a ningún artista o grupo más.

—No os preocupéis, en agosto seguramente estaremos viajando por el país presentando el nuevo álbum, así que tampoco habríamos podido aceptar vuestra oferta —les comentó Edward apesadumbrado.

—Bueno, de todas maneras esperamos que sepáis que estáis invitados a asistir al festival de Woodstock —insistió Michael estrechando nuestras manos.

—Por supuesto, muchas gracias.

Me parecía una gran idea, pues todo lo que tuviera que ver con fomentar la música me atraía, pero lo que había dicho Edward era cierto. En los próximos meses los Inequals íbamos a estar recorriendo el país ofreciendo conciertos y actuaciones para presentar el nuevo álbum, por lo que apenas tendríamos tiempo para divertirnos ni para pensar en otra cosa.

Más tarde, esa misma noche, conocí a María de Santiago, una actriz mexicana que llevaba cinco años viviendo en Los Ángeles y que se había desplazado a Nueva York porque había escuchado nuestra música desde nuestros inicios. Había estado a las órdenes de directores como John Huston y había compartido escenas junto a actores de la talla de Paul Newman o Gregory Peck, aunque siempre en papeles secundarios.

—Sin embargo no me siento mal. Sé que mi gran momento llegará pronto —me comentó mientras se pasaba una mano por su largo y bonito cabello negro.

Llevaba un vestido que se ajustaba perfectamente a su figura, de color marfil y adornado con pequeñas y delicadas estampas de flores, de tirantes muy finos y escotado en el pecho. Muy sensual y provocativo, sin duda.

—Seguro, nunca se sabe cuándo llegará el éxito.

— ¿Habla por experiencia, señor Whitlock?

—Sí. Nosotros también tardamos años en publicar nuestro primer álbum y no fue tan bien como esperábamos. Pero años después… aquí estamos.

—En uno de los hoteles más caros de Nueva York, tomando champán y codeándose con la alta sociedad cultural; todo un éxito, sin duda.

—Desde luego.

María era una mujer hermosa, no podía negarlo, pues tenía unos ojos negros penetrantes que no se apartaron de mí en ningún momento de la velada y que me hicieron incluso sentir incómodo. Su cabello oscuro recogido en un elegante moño invitaba a deshacerlo y a que un hombre se perdiera en él, acariciándolo durante toda la noche. Su atrayente rostro me indicaba lo que deseaba, y su sonrisa seductora me incitaba en silencio a acompañarla a una delirante noche de pasión, pero no estaba interesado en ella. Pues no eran esos ojos en los que quería perderme. Echaba de menos unos ojos grises traviesos y seguros, un dulce rostro que se ruborizaba preso de la timidez y del ardor al que habíamos sucumbido aquella noche de tormenta, un cabello corto y rebelde que me encantaba acariciar y una sonrisa sincera que adoraba besar. Pero todo aquello había terminado para siempre.

—Señor Whitlock, ¿se encuentra bien? —me preguntó María colocando una mano en mi brazo.

—Sí, sí, no se preocupe. Me he distraído durante un segundo —me excusé sintiéndome imbécil.

—Espero no estar aburriéndole.

—No, por favor, nada de eso. Es simplemente que estoy algo abrumado y cansado; esta semana ha sido dura y no he descansado como es debido.

—Vaya… ¿Sabe lo que necesita? Un buen masaje —se acercó un poco más a mí y, acercando sus labios a mi oreja, susurró—: Soy experta en darlos. Si le apetece, puedo demostrárselo esta misma noche.

Apreté los labios y la copa de champán que tenía en las manos y, dando un paso atrás, me alejé de ella.

—Lo siento mucho, señorita de Santiago, pero me temo que esta noche no soy muy buena compañía para nadie.

Frunció sus turgentes labios pintados de un tono coral muy atractivo y se encogió de hombros con simulado desánimo.

—Es una lástima. Quizá en otro momento.

—Sí, quizá.

—Gracias por la conversación, señor Whitlock, y enhorabuena por su nuevo disco.

—Muchísimas gracias. Espero que tenga mucha suerte.

Con una sonrisa algo artificial en el rostro María se alejó y se fue a hablar con otra persona, dejándome solo en una de las esquinas de la sala. Emmett, al verme desacompañado, se acercó a mí con el ceño fruncido.

— ¿Qué haces aquí arrinconado?

—Estaba hablando con María de Santiago.

— ¿La actriz?

—Sí.

—Está buenísima. Tal vez vaya a hacerme amigo suyo más tarde.

Me eché a reír sin poder evitarlo, pensando que Emmett no tenía remedio.

—Creo que necesita algo de compañía porque acabo de rechazarla.

La mirada fulminante de mi amigo me hizo sonreír.

— ¿Estás majara o qué? ¿Tú le has visto la delantera?

Puse los ojos en blanco.

—También le he visto la trasera y aun así la he rechazado.

Emmett se apoyó en la pared que teníamos detrás y bebió un largo trago de su copa de champán.

—Tendrías que hacer algo con Alice.

Apreté los dientes y esperé unos segundos para responderle porque no quería ser grosero con él. No tenía la culpa de nada.

— ¿Algo como qué?

—O hablar con ella u olvidarla de una maldita vez. Antes de conocerla te llevabas a las mujeres de calle, y ahora…

—Ahora no tengo ni ganas.

—Eso mismo. Tendrías que pasar página.

—No me veo con fuerzas. Seguro que para ti es una gilipollez, pero no se me va de la cabeza. Joder, me duermo pensando en ella, sueño con ella y me despierto con su rostro en la cabeza. Parezco un imbécil.

—Lo pareces.

—Gracias.

—Un imbécil muerto de amor, si me permites especificar—no le respondí—. De veras me sabe mal verte así, compañero.

—Acabará pasando, no te preocupes —le aseguré con una débil sonrisa—. No permitiré que afecte al grupo.

—No es el grupo lo que me preocupa; eres tú. El grupo ha sufrido malas épocas y siempre hemos terminado solucionando cualquier problema. Pero no quiero que te vengas abajo, porque tarde o temprano conocerás a una mujer que te complementará y que te querrá lo suficiente como para aceptar la vida que llevas.

Asentí en silencio aunque en aquel instante me parecía imposible lo que Emmett me decía.

—Supongo que el problema es que yo ya me había hecho a la idea de que esa mujer era Alice.

—Si quieres que te sea sincero… yo también.

Respiré hondo, pues que Emmett también lo pensara me indicaba que no me lo había imaginado, que lo que pasé con Alice realmente sucedió y que no era el único que le había visto futuro a nuestra relación.

.

.

.

Me encontraba medio tendida en el sofá tomándome un zumo de naranja fresquito mientras veía la televisión. Acababa de llegar de trabajar y lo único que me apetecía era relajarme hasta el día siguiente, pues el calor y la tristeza que se empeñaba en no abandonarme no me dejaban descansar como era debido, así que pensé que me merecía un respiro después de todo.

James llevaba todo aquel mes intentando hablar conmigo, pero yo no se lo había permitido. Tenía pensado no volver a dirigirle la palabra, pues ya que no podía darle su merecido por la vía legal porque me era imposible denunciarle sin pruebas, había decidido ignorarle para lo que me quedaba de vida. Y nunca me había sentido tan bien con su ausencia.

A punto estaba de quedarme dormida cuando el sonido del timbre me sobresaltó, por lo que me levanté deprisa y corrí para responder por el interfono.

— ¿Diga?

Hola… ¿Alice Brandon? —se trataba de una voz masculina que me sonaba, pero no sabía de qué.

—Sí, soy yo.

Ah, soy Emmett Mccarthy, de los Inequals. ¿Puedo subir?

Fruncí el ceño y permanecí unos segundos en silencio, sin entender nada de nada.

—Eh… Sí.

Le abrí la puerta tanto de abajo como la de mi piso y esperé hasta que estuvo parado en medio de mi salón. Era un hombre enorme, alto y corpulento, y me sorprendió tanto porque ya ni siquiera me acordaba de su tamaño. Me estrechó la mano con una sonrisa amable.

— ¿Puede decirme cómo ha sabido dónde vivo? —le pregunté, nerviosa, sin saber a qué debía atenerme.

—Si no te importa, tutéame; que me traten de usted me hace sentir viejo. Y respondiendo a tu pregunta, te diré que soy un hombre de recursos y al ser el batería de Inequals las cosas son algo más sencillas para mí.

Genial, no había entendido nada.

— ¿Te ha enviado Jasper?

—No. Ni siquiera sabe que he venido, así que no ha sido él quien me ha dado tu dirección.

Me mordí el labio inferior, sin comprender nada de nada.

— ¿Te apetece beber algo? —le ofrecí, recordando al instante cómo ser cortés.

—No, gracias, solo he venido a charlar contigo un segundo.

—De acuerdo. Tú dirás.

—Ya sé que no soy nadie para meterme en tu relación con Jasper, pero es mi amigo, casi mi hermano, y me duele ver por lo que está pasando —Desvié la mirada, queriendo decirle por una parte que, efectivamente, él no tenía por qué inmiscuirse en aquel asunto, aunque por la otra deseando escuchar lo que me tenía que decir—. No sé exactamente por qué decidiste dejar de verle, Jasper apenas nos ha hablado de vosotros, pero si fue por el tema de Nettie Dulain, puedo asegurarte que entre ellos no hay nada.

Me humedecí los labios resecos y me crucé de brazos, sintiéndome indefensa, aunque decidida a ser sincera.

—Fue por muchas cosas… Pero una de ellas es que fui una estúpida y no le di ningún voto de confianza. Solo me hizo falta leer que se había besado con esa mujer para condenarle.

—No se besaron, ella le besó a él.

Miré a Emmett detenidamente, sorprendida por esa nueva información.

— ¿Qué?

—Nettie había estado toda la noche detrás de Jasper, pero él no tenía ningún interés en ella. Después de cenar le pidió que la acompañara al jardín, y justamente yo me encontraba hablando con un periodista francés…

— ¿Demetri Chardin? —lo interrumpí, nerviosa.

—Sí, ¿cómo lo sabes?

—Porque fue él quien aseguró que se estaban besando apasionadamente.

—Será cerdo —lo maldijo Emmett con los puños apretados—. No fue así. Chardin y yo estábamos hablando junto a la puerta del jardín y vimos claramente que fue Nettie quien besó a Jasper, pero él no tardó ni dos segundos en apartarla —me aseguró de manera exaltada—. Y si necesitas más pruebas de que está enamorado de ti como un loco, te voy a explicar algo que sucedió hace dos días. Antes de ayer asistimos a una fiesta en la que celebramos la publicación de nuestro nuevo álbum, y Jasper conoció a María de Santiago.

— ¿La actriz? —pregunté. No sabía mucho de ella, pero últimamente aparecía en todas las revistas y periódicos pues se rumoreaba que iba a terminar convirtiéndose en una gran estrella de Hollywood.

—La misma. Es una mujer preciosa, muy sensual y atractiva, y te puedo asegurar que el Jasper de hace tres meses no habría dudado en pasar con ella una desenfrenada noche de pasión. Pero el Jasper actual apenas la miró, ni se fijó en ella, y no porque María no pusiera empeño, créeme —me aseguró con fiereza—. No hace más que pensar en ti, Alice. Durante la gira europea compuso Miss para ti, nunca había hecho nada parecido por ninguna mujer.

Respiré entrecortadamente, sintiendo cómo me temblaban los labios, sin saber qué debía hacer.

—Yo… estuve muy afectada cuando se publicaron nuestras fotos.

—Jasper también, pero porque no sabía cómo te estabas sintiendo tú. Estaba medio loco, nervioso y exasperado. Enfadado porque se hubiera destapado vuestra relación y molesto con los periodistas por no dejarte en paz. Pero el tener que lidiar con la prensa es nuestro pan de cada día; nosotros ya estamos acostumbrados a ello. Tú no.

Asentí en silencio, sobrecogida por todo lo que acababa de decirme Emmett.

—Pero si realmente le quieres, me parece que poner como excusa a la prensa para dejarle fue algo… cobarde.

—Sí —concordé con él, avergonzada y dolida—. Fui una cobarde. Es cierto que lo pasé muy mal con las fotografías; no solo me afectaron a mí sino también a mi familia, y me enfadé por eso aunque Jasper no tuvo la culpa. Bueno, podríamos haber sido más discretos, pero eso ahora ya no importa —le quité importancia al asunto—. Después leí la noticia de Chardin y… lo único que pensé fue que todo lo que Jasper me había dicho era mentira, que poco había tardado en echarse a los brazos de otra.

—Ahora sabes la verdad.

—Sí, ahora que ya no tengo manera de remediar el daño que le hice —susurré intentando que no se desbordaran las lágrimas que se habían acumulado en mis ojos—. No quise ser tan cruel… Me precipité diciéndole todas aquellas cosas, y…

—Alice —me interrumpió Emmett—. Sí que puedes remediarlo. Aún no es tarde porque Jasper sigue queriéndote.

—Pero le hice mucho daño.

—Sí, pero si le dices a él lo que me estás diciendo a mí, no creo que tarde en perdonarte. Se está muriendo por tenerte cerca, por estar contigo. Creo que al menos deberías intentar hablar con él.

Volví a morderme el labio inferior y me sequé los ojos con las manos, pensando en las palabras de Emmett.

— ¿Realmente crees que debo intentarlo?

—Si le quieres de verdad, sí. En cambio, si lo que le dijiste es cierto y no estás dispuesta a aceptar que su vida privada no lo es siempre y que los periodistas son una parte fundamental de su día a día, deberías dejarle estar.

—No era cierto. Solo estaba aterrada por lo que sentía… por lo que siento por él.

Emmett me sonrió, agradecido, y me colocó una mano en el hombro.

—Entonces no lo dudes —sacó de su bolsillo las llaves de un coche y me las mostró—. Yo te llevo.


¡EMMETT AL RESCATE, SEÑORES Y SEÑORAS! Ahora sí que la cosa se va a poner buena y vais a dejar de "odiarme" tanto, jajajajaja. Pero no digo ni adelanto nada, que luego siempre la termino liando xD

Espero que os haya gustado mucho el capítulo de hoy y que me digáis qué creéis que va a pasar en el siguiente. ¡Nos leemos el martes! Xo