Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 18-

Julio de 1969

Insegura le pedí a Emmett que esperara y me dirigí a mi habitación para ponerme algo más adecuado que el pijama, pero tampoco tardé demasiado en elegir: una camisa blanca sin mangas con botones que se anudaba al final con un lazo, unos pantalones vaqueros que me llegaban a la mitad de las pantorrillas y unas sandalias. Estaba muy nerviosa por lo que iba a hacer, pero necesitaba pedirle perdón a Jasper y sabía que no me bastaría con una llamada telefónica. Tenía que ser en persona.

Cuando estuve lista acompañé a Emmett hasta su coche, un Aston Martin V8 de color borgoña muy elegante a pesar de que apenas me fijé en él, y me senté en el asiento del copiloto sintiendo el olor a cuero del interior del vehículo.

—No sé qué voy a decirle —admití con las manos entrelazadas, sintiendo el estómago revuelto.

—La verdad —me aclaró Emmett arrancando.

—Sí, pero… Jamás me había sentido tan mal por hacer sentir mal a una persona. Entendería que me odiara.

—No te odia, al contrario. Por eso lo está pasando tan mal, y ni Edward, ni Marcus, ni yo soportamos verle así. Jasper es un gran tipo y se merece ser feliz.

Lo miré de reojo y respiré hondo, asintiendo.

—Tú eres un gran amigo. Has sido muy valiente al venir a mi casa.

Emmett se encogió de hombros con una amplia sonrisa en el rostro.

—Tenía que intentarlo y no me iba a quedar tranquilo hasta que lo hiciera. Jazz es uno de mis mejores amigos y me preocupo por él.

—Ya se ve.

—Tú no me pareces mala chica, y si has conseguido atrapar su corazón en tan poco tiempo… Algo especial tienes que tener.

Sonreí un poco, pero los nervios que me invadían en aquel momento eran demasiado intensos.

—Supongo que gracias.

En quince minutos Emmett aparcó el coche frente a un edificio blanco en uno de los barrios más caros y exclusivos de Nueva York. Me dijo cuál era el piso en el que vivía Jasper y me deseó mucha suerte.

—Gracias por todo, Emmett.

—No se merecen. Ve y hazle feliz, anda.

Asentí en silencio, llenándome de valor para bajar del vehículo, y cuando estuve sola en la calle alcé la cabeza para ver el edificio. Era tan alto y parecía tan nuevo que miedo me daba saber cuánto costaría el alquiler en aquella zona, pero supuse que poco importaba porque jamás tendría que preocuparme de tal cosa. Subí los escalones que separaban la puerta principal de la calle y repasé los timbres hasta que di con el de Jasper. Lo pulsé durante unos segundos y apreté los puños después, sin saber qué iba a decirle.

¿Diga?

Su voz amortiguada por el interfono me hizo respirar agitadamente, pero me obligué a hablar.

—H-hola —musité como una tonta.

¿Quién es?

—Soy… Alice.

El silencio fue lo único que escuché en los siguientes segundos hasta que llegué a pensar que me había colgado, pero el sonido que indicaba que me estaba abriendo la puerta me señaló que no era así. Entré en el edificio y me sobresalté al ver a un portero muy bien vestido que me miró de arriba abajo sentado en una especie de garita.

—Buenas tardes.

—Buenas. Yo… vengo a ver a…

—Suba —me interrumpió—. Si le han abierto la puerta significa que alguien la está esperando.

Asentí de nuevo en silencio y me apresuré a llegar hasta el ascensor, pues Jasper vivía en un octavo piso y no me apetecía subir todas esas escaleras a pie. El interior de aquel edificio era impresionante, luminoso, con el suelo de mármol y las paredes laminadas con el mismo material. Todo muy elegante. Hasta el ascensor era casi más amplio que mi cuarto de baño, e incluso tenía un pequeño banco para que la gente se sentara. Jamás había visto tal cosa, pero estaba tan preocupada que casi ni me percaté de aquellos detalles. Lo que sí vi fue mi reflejo en el espejo que había dentro del ascensor. Vi mis mejillas sonrojadas por los nervios, mis labios trémulos y mi pecho ascendiendo y descendiendo con rapidez a causa de mi respiración agitada.

En cuanto las puertas se abrieron salí del ascensor y busqué con la mirada la puerta de Jasper, pero no me hizo falta encontrarla porque él estaba allí, expectante, con los brazos cruzados.

—Pensaba que se trataba de alguien que me estaba gastando una broma —fue lo primero que me dijo con una seriedad que jamás había mostrado ante mí.

—No —le respondí sencillamente.

—Pasa, aquí fuera no tendremos mucha intimidad.

Se dio la vuelta y entró por la puerta que quedaba justo frente al ascensor y yo lo seguí deprisa, impresionada por la amplitud y la elegancia de su piso. El vestíbulo era un encanto, todo blanco y muy ordenado, pero el salón era una maravilla. Un ventanal enorme mostraba todo el horizonte de Nueva York y se podían apreciar todos los edificios y rascacielos que ya empezaban a iluminarse con la llegada del crepúsculo. El suelo estaba revestido de parqué y las paredes color crema llenas de cuadros célebres (supuse que réplicas), algunos de Klimt, otros de Van Gogh e incluso de Cézanne. En algunos detalles se notaba que era el piso de un hombre, pero no por eso dejaba de ser bonito. Tenía también un sofá de varias plazas recubierto con muchos cojines de colores neutros, situado frente a un televisor el triple de veces más grande que el mío.

—Tú dirás —murmuró Jasper apoyándose en una de las sillas colocadas detrás de una barra americana. Aparte de eso, en el centro de la estancia también había una mesa de madera con cuatro sillas alrededor—. Pero antes me gustaría que me dijeras cómo has averiguado dónde vivo. No recuerdo que te diera mi dirección.

—No lo hiciste—tragué saliva y respiré hondo cuando me tembló la voz—. Ha sido Emmett quien me ha dado tu dirección y quien me ha traído.

— ¿Emmett?

—Sí. Ha venido a mi piso para hablar conmigo.

Jasper se rio sin ganas y se pasó una mano por el cabello. Llevaba una camiseta de manga corta de color gris claro, unos pantalones anchos y negros que parecían de algodón e iba descalzo.

—Mañana lo mataré.

—Lo ha hecho con la mejor intención —sentí la necesidad de defenderle.

— ¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho? ¿Que me voy arrastrando por mi casa como si fuera un gusano, llorando todo el día?

—No. Me ha contado lo que sucedió con Nettie Dulain.

—Vaya, ¿a él sí le has creído a la primera? —me preguntó sarcásticamente—. Y eso que le conoces menos que a mí.

—Tú no me dijiste toda la verdad. No me contaste que fue ella quien te besó a ti.

—Porque me habría gustado que cuando te expliqué que todo fue un malentendido, me hubieras creído sin más. Pero claro, como la señorita Brandon había leído en una revista que el mujeriego Jasper Whitlock se había besado con otra mujer, se lo creyó con los ojos cerrados.

—Deja de tratarme así —le pedí con los puños apretados—. Sé que me comporté como una imbécil, y por eso estoy aquí.

— ¿Y no has pensado que quizá yo ya no quiero tener nada contigo? ¿Que ya tuve bastante aquel día en tu casa cuando me dejaste claro que no me querías?

El corazón me rebotó en el pecho ante sus palabras.

—Sí que lo he pensado, y si es así lo entenderé. Pero solo he venido a pedirte perdón.

Sus ojos verdes estaban clavados en mí de tal forma que era capaz de sentir su fuerza por todo mi cuerpo.

— ¿Perdón por qué?

—Por haberte tratado como lo hice. Por haberte colgado el primer día que me llamaste cuando estabas de gira, por haberte preocupado. Por haberte herido con mis palabras y por haberte echado de mi vida como si fueras un perro.

Jasper se cruzó de brazos y asintió en silencio.

—Te perdono. Te perdono por todo. Ahora podrás continuar tranquilamente con tu vida.

Me mordí el labio inferior y cerré los ojos cuando una lágrima acusadora se deslizó por mi mejilla. Era normal que no quisiera saber nada de mí después de cómo me porté con él.

—También quiero pedirte perdón por haberte mentido —susurré sin mirarle, pues tras lo que me quedaba por decirle me alejaría para siempre de él, pero por lo menos lo haría sintiéndome algo mejor conmigo misma—. Te mentí cuando te dije que no te quería. Pero estaba asustada. Me aterraba sentir lo que sentía por ti en tan poco tiempo y… se mezcló todo, y en aquel momento me pareció lo más correcto mentirte para alejarte de mí. Le hice caso a mi cabeza cuando debí hacerle caso a mi corazón, pero… me equivoqué. Así que lo siento. Espero que… alguna vez puedas perdonarme.

Sin esperar respuesta, aunque en realidad me había dejado claro que ya no sentía nada por mí, me di la vuelta y me dirigí deprisa a la puerta de su piso secándome las lágrimas con los dedos. En cuanto la abrí una mano masculina apareció por encima de mi cabeza y la cerró con fuerza. Sentí a mis espaldas el cuerpo de Jasper y supe que me encontraba acorralada entre él y la puerta, por lo que empecé a temblar sin entender lo que estaba ocurriendo.

—Ese último día me mentiste mucho —escuché su voz baja detrás de mí y fui capaz de notar su aliento en mi nuca. Tenía la cabeza agachada y mi mano aún reposaba en el pomo de la puerta, pero asentí en silencio, temerosa—. Tendría que estar muy enfadado contigo.

—Ya… Yo…

—Silencio —me pidió, y yo me callé al instante, sin comprender—. Realmente debería estar muy cabreado contigo, Alice. Pero acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.

Alcé un poco la cabeza, confundida, cuando noté una de sus manos en mi cintura. La otra, la que aguantaba la puerta, se deslizó por mi brazo hasta posarse en el mismo lugar que la primera, y al poco noté la frente de Jasper en mi cabello. Me estaba abrazando desde atrás, pegando su pecho a mi espalda y estrechándome entre sus brazos.

—Dios, Alice, gracias por mentirme —susurró apoyando los labios en mi nuca, consiguiendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Con temor coloqué mis manos sobre las suyas y sus dedos se entrelazaron con los míos casi al instante, como si estuviera deseando tocarme.

Poco a poco me fui dando la vuelta hasta que pude apoyar mi espalda contra la puerta y lo miré a los ojos. Brillaban tan verdes como aquella noche de tormenta en mi casa, aquella primera y única noche que pasamos juntos.

—Nunca me había sentido tan feliz porque una mujer me hubiera mentido —me aclaró secándome la mejilla con su pulgar al percatarse de que continuaba llorando.

—Pero… te hice mucho daño —le dije en voz baja, como si temiera romper la burbuja de intimidad que nos rodeaba.

—Sí, es cierto. Pero me hiciste daño porque me hiciste creer que no me querías, y acabas de decir que era mentira.

—Lo era. Lo es. Yo… estaba aterrada por todo lo que sentía por ti cuando no hacía ni un mes que nos conocíamos. Me hacías tan feliz que pensé que no podía ser tan fácil y preferí herirte antes que dejar que conocieras mis verdaderos sentimientos. Fui una egoísta —volví a agachar la cabeza, pero Jasper colocó su mano bajo mi barbilla y me hizo volver a alzarla.

—Yo también tenía miedo, pero estoy tan enamorado de ti que ya no me importa. Siempre he sido sincero, Alice, y lo único que quiero es compartir mi vida contigo. Fue así desde que aceptaste salir conmigo aquel día que te llevé a Central Park.

Sonreí, temblorosa, y le acaricié la mejilla con una de mis manos, notando que hacía días que no se afeitaba.

Estaba enamorado de mí.

—También fue así para mí. Pero ya no quiero tener más miedo. Ahora solo quiero… estar contigo, y que pase lo que tenga que pasar —por él estaba dispuesta a lanzarme al vacío sin mirar, porque sabía que él iba a estar allí para sostenerme.

— ¿Lo dices en serio?

—Sí. Nunca he hablado tan en serio como ahora.

Jasper desvió su mirada de la mía durante un segundo y después suspiró.

—Alice… ya sabes cómo es mi vida. Pasaré muchos días en el estudio, apenas podremos salir sin que los periodistas nos sigan, y… —coloqué una de mis manos en sus labios y sonreí.

—Estoy dispuesta a pagar ese precio solo para poder despertarme a tu lado cada día.

Con suavidad, Jasper apartó mi mano de su boca y sonrió ampliamente, haciendo que sus ojos brillaran todavía más. Sin embargo, aún no se lo había dicho todo:

—Te quiero, Jasper. Te quiero todos los días de mi vida, todas las noches y todas las horas. Todo lo demás me da igual.

Su sonrisa se hizo más amplia que antes y acto seguido inclinó la cabeza para besarme, consiguiendo que un millón de sacudidas reverberaran en mi estómago de manera alocada. Enredé mis dedos en sus cabellos, como había deseado hacer desde que lo vi en la televisión el día de mi cumpleaños y lo besé con ansia, deseando perderme en su sabor y no volver a encontrarme jamás. Sus brazos apretaron la caricia que tenían alrededor de mi cintura y, alzándome por los glúteos, me hizo rodear sus caderas con mis piernas. Sin separarse ni un segundo de mis labios me llevó por su piso hasta, supuse, su habitación y, una vez allí, me dejó de nuevo en el suelo.

—Yo también te quiero, señorita Brandon. Como jamás he querido ni querré a ninguna otra mujer —susurró sobre mis labios, poniéndome los pelos de punta.

Lentamente recorrió mi boca con la suya, dándome suaves besos y juguetones mordiscos que hicieron que mi cabeza diera vueltas, pero le devolví todas y cada una de las caricias en un intento por demostrarle que lo que le había dicho era cierto.

Se separó de mí poco a poco, deslizando sus ojos por todo mi rostro, y después apartó mis manos de su cabello. Las besó una a una con suavidad y a continuación las colocó a mis costados. Sin ninguna prisa deshizo el lazo que anudaba mi camisa y, en un movimiento ascendente, desabrochó todos los pequeños botones hasta que la tuvo abierta y la hizo resbalar por mis brazos. En seguida soltó el botón de mis vaqueros y, tras bajar la cremallera, los deslizó por mis piernas hasta que salí de ellos, quedándome en ropa interior frente a él, nerviosa y turbada.

Respirando hondo se sentó en la gran cama de matrimonio que tenía detrás y, colocando sus manos en mis caderas, apoyó la frente en mi estómago, justo encima de mi ombligo. Aquel gesto me pareció tan tierno y mostraba tanta vulnerabilidad que lo único que pude hacer fue colocar mis manos en su cabello y acariciarlo suavemente. Me estaba diciendo sin palabras lo mucho que significaba para él.

Poco a poco fue alzando la cabeza hasta que posó sus labios en mi vientre, haciéndome cosquillas y erizándome la piel, en una caricia ascendente. Después sus ojos se clavaron en los míos y yo sentí la imperiosa necesidad de acercarme más a él, de sentirle, por lo que me coloqué a horcajadas sobre sus muslos y volví a besarle, entregándole en ese beso todo el amor que había mantenido escondido en esas semanas por temor a dejarlo salir. Pero en aquel momento nada importaba, solo el hombre al que besaba y que me rodeaba con fuerza con sus brazos, indicándome en silencio que no me dejaría ir jamás.

Minutos más tarde me tendió en la cama y, despojándose de la ropa que lo cubría para después hacer lo mismo conmigo, se colocó sobre mí hasta que nuestras pieles se tocaron finalmente. Fue como si en aquel instante todo el dolor hubiese desaparecido porque al fin todo estaba en su lugar. Nos besamos durante mucho tiempo, sintiéndonos como si fuera la primera vez, redescubriéndonos y dejando que nuestros cuerpos se recordasen de nuevo. Las manos de Jasper recorrieron mi piel por entero y yo hice lo propio sin ninguna prisa, pues me encantaba sentir que teníamos todo el tiempo del mundo para querernos sin que nada se interpusiera entre nosotros. Sus labios buscaron lunares, huecos y recovecos nuevos que no hubiera saboreado antes, consiguiendo que me arqueara y que gimiera, deseando más y más. Los míos no se quedaron atrás, pues aproveché un momento de distracción por su parte y conseguí colocarme encima, dedicándole una sonrisa llena de amor cuando se dio por vencido.

Besé su cuerpo hasta que ninguno de los dos pudo más, hasta que nuestras ansias fueron más grandes que nuestras intenciones, y volviendo a colocarse sobre mí, Jasper entró en mi cuerpo con cuidado, despacio y asegurándose de que estaba bien. Pero jamás en la vida había estado mejor. Nos movimos juntos, muy lentamente, disfrutando el uno del otro como jamás lo habíamos hecho hasta ese instante en el que éramos plenamente conscientes de que nos queríamos, de que lo nuestro iba mucho más allá de lo físico. Y llegué al orgasmo casi sin darme cuenta, cuando mi corazón se aceleró al mismo tiempo que sus empujes y sentí que mi cuerpo se deshacía en un millón de fragmentos. Lo mismo le sucedió a Jasper, que terminó desplomándose sobre mí, agotado y empapado en sudor, susurrando en mi oído:

—Te quiero, Alice.

Una lágrima de felicidad se deslizó por mi mejilla, silenciosa, porque en aquel instante todo estaba como debía estar.


¿Ya no merezco la muerte, verdad? ¿Verdad? *Pone los ojitos del Gato con botas de Shrek*. Bueeeeeeeeeeno, al final se han perdonado, pero porque estaban ya que estallaban, jajajaja.

¿Qué os ha parecido? Espero que me contéis vuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos en los reviews, así sé si vamos por buen camino. Y desde luego espero que os haya gustado mucho el capítulo y que lo hayáis disfrutado tanto como disfruté yo escribiéndolo :3

¡Nos leemos el sábado! Xo