Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 29-

Verano de 2013

En el instante en que el abuelo dejó de hablar recordé que había visto una fotografía de su boda en alguna parte de la casa… en la estantería que se encontraba encima de la chimenea. Sin decir nada me puse en pie y me acerqué a la repisa, tomando la fotografía en la que salían ambos con las narices juntas. La llevé a la mesa en la que estábamos desayunando y la contemplé mientras me sentaba de nuevo, viendo lo guapa que había sido mi abuela y la versión joven de mi abuelo.

—Parecíais muy felices —murmuré sintiendo una opresión extraña en el pecho.

—Lo éramos. Y lo fuimos durante muchos años.

Alcé la cabeza y vi que mi abuelo sonreía con tristeza. Era consciente de que recordar esos momentos felices con la abuela le entristecía por lo que, sintiéndome algo afligido, le dije:

—Abuelo, no hace falta que me sigas contando más.

— ¿No quieres que te hable del día que nació tu padre? —me preguntó con el ceño fruncido. Seguramente le extrañaba que, después de haberme pasado los días pidiéndole que me hablara de su pasado, ahora que quedaba tan poco por conocer no quisiera saber más.

—Sí, pero… no quiero que estés triste.

Volvió a sonreír, esta vez con más alegría que antes, y me acarició el cabello con la mano para confortarme.

—No te preocupes, Ben. Me entristece y a la vez me alegra hablar de esos recuerdos. Son lo más bonito que tengo.

Sonreí un poco y asentí, dejando el marco de fotos a mi lado en la mesa.

— ¿Qué pasó el día que nació mi padre?

—Fue un día de locos y aunque al final todo salió bien, tu abuela y yo pasamos mucho miedo.

— ¿Por qué?

Tenía algún vago recuerdo de que mi padre me había explicado algo que sucedió el día que nació, pero en aquel instante no lo recordaba, por lo que puse toda mi atención en las palabras de mi abuelo.

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Diciembre de 1970

Aprovechando que solo quedaba una semana para Navidad se iba a celebrar en el hotel Waldorf Astoria (el mismo lugar donde Jasper y yo nos vimos por primera vez hacía ya casi dos años) una fiesta organizada por el mentor de María de Santiago, quien finalmente había conseguido convertirse en una actriz en alza, muy bien considerada y casi mimada por la crítica cinematográfica. El caso es que, seguramente influenciado por ella, su preceptor había invitado a la fiesta al grupo Inequals, a Marcus y, cómo no, a sus parejas, por lo que a Jasper y a mí nos tocó asistir para no hacer el feo. Lo cierto era que yo no tenía ningunas ganas de asistir porque me faltaban solo dos semanas para salir de cuentas y lo único que me apetecía era descansar, pero me dije que por un día no sucedería nada.

Y allí estábamos los dos junto a Bella y Edward, quienes ya tenían fecha para su boda, y Emmett y Rosalie, quienes finalmente habían decidido darse una oportunidad para estar juntos y parecía que la cosa iba para largo. Por mi parte, hacía meses que no me sentía cómoda conmigo misma por el embarazo, pero no porque me viera fea ni nada por el estilo, sino porque se me había metido en la cabeza que todo el mundo se reía de mí porque seguramente parecía un muñeco de nieve, bajito y regordete. Y ese complejo no me ayudó en absoluto cuando me encontré en una de las salas del mejor hotel de Nueva York llevando una camiseta roja de manga larga, de cuello alto y un vestido sin tirantes de patrón tartán encima. Me sentía como un pastel de cumpleaños sin velas.

Por suerte Jasper se encontraba a mi lado con su mano en mi espalda, dándome ánimos en todo momento porque sabía cómo me sentía.

—Cariño, estás adorable —me había asegurado en casa cuando le mostré mi elección de vestuario.

— ¿Seguro? ¿No parezco estúpida?

—No —se acercó a mí y me dio un beso en la nariz en un intento de relajarme—. Pareces una mujer embarazada y preciosa.

—Eso lo dices porque eres mi marido —me enfurruñé cruzándome de brazos. Me sentía fatal por comportarme como una niña con una pataleta porque era consciente de que así entristecía a Jasper, pero sentía que mis hormonas no me dejaban actuar de otro modo.

—Y aunque no lo fuera también lo diría. Además, ¿qué más da lo que opine la gente? Nunca te ha importado.

—Porque jamás en la vida había estado tan enorme.

—Alice, llevas un bebé dentro al que le faltan dos semanas para nacer. Es normal que estés así.

Me pasé una mano por el rostro y suspiré.

—Lo siento mucho, Jazz. Estoy insoportable.

Riéndose entre dientes me abrazó y me besó en la coronilla, demostrándome por enésima vez en esos meses que no merecía que fuera tan bueno conmigo.

—No te preocupes, nos dejaremos ver un rato por allí y después volveremos aquí para apoltronarnos en el sofá y comer porquerías mientras vemos películas tristes navideñas, ¿te parece?

Sonreí ampliamente y asentí.

—Me parece un plan estupendo.

Pero ya llevábamos media hora en la fiesta y a mí lo único que me apetecía era irme porque sentía que se me estaban hinchando los pies. Y la cosa empeoró cuando vi a María de Santiago abrir mucho los ojos al interceptar a Jasper con la mirada. Casi corrió para acercarse a él y le dio dos besos en las mejillas que por poco me hicieron sacar humo por la orejas y rechinar los dientes.

—Cuánto tiempo desde la última vez que nos vimos, señor Whitlock —ronroneó batiendo las pestañas como si le fuera la vida en ello. Con ese rostro bañado en maquillaje y perfume, y su precioso cabello negro recogido a un lado dejando su arrogante cuello a la vista. Desgraciada.

—Pues sí, lo cierto es que sí. Deje que le presente a mi esposa, Alice Whitlock.

Fingí que sonreía de tal manera que solo pude formar una mueca en mi rostro, y acto seguido le tendí la mano a esa arpía que solo era capaz de comerse a mi marido con los ojos.

—Me alegro mucho de conocerla. Deje que le diga que el embarazo le sienta de maravilla, querida —me aduló ella estrechando mi mano a pesar de que un brillo en su mirada me indicó que no creía ni una de las palabras que estaba diciendo.

—Gracias —susurré deseando alejarme de ella cuanto antes—. Cariño, ¿podemos ir a sentarnos? Me duele un poco la espalda.

No era mentira del todo, pues desde hacía unos minutos sentía una presión extraña en los riñones y necesitaba sentarme.

—Claro. ¿Te encuentras mal? —me preguntó Jasper preocupado, y yo sonreí negando con la cabeza.

—No es nada, solo necesito descansar un minuto.

—Vamos. Me alegro de volver a verla, señorita de Santiago —se despidió Jasper de ella amablemente y yo me volteé justo cuando la vi fulminarme con la mirada antes de cambiar su expresión por una de cortesía.

—Igualmente, si necesita cualquier cosa estoy aquí —le recordó María con sonsonete.

Alejándome de ella me apresuré y me senté en la primera silla libre que vi. Jasper se sentó a mi lado y en la distancia pude ver que Rosalie me preguntaba en silencio qué ocurría. Estaba al lado de Emmett mientras este charlaba animadamente con un cantante que yo no conocía. Le aseguré a mi cuñada que todo iba bien con una sonrisa y un movimiento de cabeza, y después miré a mi marido.

— ¿Seguro que estás bien? —insistió él, preocupado, y yo le acaricié la mejilla.

—No te preocupes, estamos bien —le aseguré colocando mi mano en mi vientre abultado—. Espero que no te haya alegrado demasiado ver a la tal señorita de Santiago —le dije con retintín.

—No me digas que estás celosa.

— ¿Yo? ¿Celosa de ella? Con ese cuerpo tan esbelto que tiene y ese precioso vestido carísimo que le queda con un guante, ¿de qué voy a estar celosa?

—Por favor —me pidió Jasper con seriedad—. No volvamos a eso.

—Pero te tiró los tejos en el pasado y hoy se te estaba comiendo con los ojos. Si no llego a estar delante… —pensé que lo había hecho de todas formas, sin importarle que la esposa de Jasper se encontrara a su lado. Dichosa actriz.

—Alice, antes de hoy solo la había visto una vez, en julio del año pasado, cuando tú y yo ni siquiera estábamos juntos. Nunca he tenido nada con ella y ni ganas.

—No creo que ella pueda decir lo mismo.

—Me da igual lo que quiera María, a mí solo me importa lo que quieres tú. Ni siquiera sé por qué discutimos sobre ella.

—No discutimos, solo charlamos.

Jasper suspiró y se pasó una mano por el cabello, cansado.

— ¿Quieres beber algo? Tengo un poco de sed.

—Si me traes un refresco te lo agradeceré mucho, cariño.

Se levantó al instante pero antes de que pudiera dar un paso alargué mi mano y tomé la suya, haciendo que me mirara. Hice un puchero y le insté a que se acercara a mí otra vez.

—No te enfades —le pedí en voz baja, consiguiendo que sonriera.

—No me enfado. Solo me molesta que digas ciertas cosas.

—No las diré más, te lo prometo.

Después de volver a sonreír me dio un beso fugaz en los labios antes de marcharse a buscar nuestras bebidas. Yo me acomodé en la silla acolchada pero no pude relajarme demasiado porque al cabo de unos segundos María se sentó donde antes había estado Jasper y me miró con una sonrisa que no me gustó nada.

—Eres una mujer muy afortunada —me dijo, y yo di por hecho que había dejado los formalismos a un lado cuando la escuché tutearme.

—Lo soy. Tengo un marido excepcional y en breves tendremos un hijo precioso.

Hacía un par de meses que sabíamos que el bebé iba a ser un niño y habíamos decidido que se llamaría Liam, como el abuelo materno de Jasper.

—Has jugado muy bien tus cartas, debo admitirlo. Yo también lo habría hecho así si no hubieras estado de por medio.

Fruncí el ceño sin poder creer lo que esa bruja estaba insinuando.

— ¿Perdón? —me hice la desentendida.

—No finjas no entenderme, querida. Cuando conocí a Jasper se encontraba en un momento delicado porque tenía el corazón roto por tu culpa. Confieso que esa noche podría haberme acercado más a él, pero me descuidé y al final volvió contigo. Tenía la esperanza de volver a encontrarle en alguna fiesta y terminar de seducirle, pero ya estaba demasiado deslumbrado por ti y tus patrañas.

—Yo amo a Jasper. Más que a nadie en el mundo.

—Sí, claro. Has sido muy astuta todos estos meses, y por si no tuviste bastante con casarte con él, al final conseguiste quedarte preñada para mantenerle a tu lado.

Sentí un pinchazo en el costado que ignoré a pesar de que a punto estuve de perder el aliento por el intenso dolor que se instaló en mi vientre.

—Nada de lo que dices es cierto —conseguí responderle con la voz entrecortada, pero ella pareció no escucharme:

—Incluso dudo que el bastardo que llevas dentro sea de Jasper… Pero seguro que él ni siquiera lo sabe. Si no, ¿a santo de qué iba a querer estar contigo? —Continuó metiendo el dedo en la llaga, y yo no pude más que seguir escuchándola sin poder creer toda la maldad que había dentro de esa mujer—. Solo tienes que mirarte. Jamás serás digna de un hombre como él.

De repente un dolor agudo me traspasó el cuerpo entero y me doblé sobre mí misma en el instante en el que me resbalé de la silla y quedé tendida en el suelo con los ojos llenos de lágrimas y mis manos en el vientre. Algo no iba bien. Comencé a temblar en el instante en que sentí la voz de Jasper a mi lado.

— ¡Alice! ¿Qué ha pasado? —gritó mirando a María, que se había puesto en pie y tenía los ojos muy abiertos.

Casi todos los presentes nos rodearon sin querer perderse nada de lo que sucedía, y entre espasmos y dolores vi los rostros preocupados y asustados de Marcus, Edward, Bella, Emmett y Rosalie.

— ¡Que alguien llame a una ambulancia! —rugió Jasper intentando incorporarme. Sentí que se me empapaban los muslos y supe que acababa de romper aguas.

—El bebé —dije en voz baja y casi sollozando—. He roto aguas.

Jasper se puso nervioso y repitió como diez veces que alguien llamara a una maldita ambulancia.

—No te preocupes, cariño, todo va a salir bien. Respira hondo e intenta tranquilizarte.

Quise decirle que daba la sensación de que estaba él más nervioso que yo, pero solo era capaz de ver a Rosalie discutiendo con María, increpándole que qué me había dicho y echándole la culpa de lo que sucedía.

La ambulancia llegó cinco minutos más tarde en los que pensé que las contracciones iban a partirme en dos, y Jasper subió conmigo en el vehículo quedando en que tanto Emmett y Rosalie como Edward y Bella se reunirían con nosotros en el hospital.

Estaba muerta de miedo.

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Estaba aterrado.

Jamás en la vida había pasado tanto terror como en ese instante en el que pensé que Alice o el bebé podrían correr peligro. La ambulancia llegó en apenas diez minutos al hospital y después todo pasó muy deprisa. Metieron a Alice en la sala de partos y cuando las enfermeras vieron lo nervioso que estaba yo me pidieron que esperara fuera, al menos hasta que me tranquilizara. No convenía que entrara con ella estando tan agitado, y a pesar de que me parecía horrible dejarla sola en aquel momento, entendí que Alice necesitaba tranquilidad. Iban a ser solo unos minutos.

— ¡Jasper! —escuché la voz de mi hermana detrás de mí y me volteé justo para verla a ella y a Emmett acompañados de Edward y Bella llegando a la sala en la que me encontraba—. ¿Qué sucede?

—Se la han llevado a la sala de partos, me dejarán entrar cuando me tranquilice.

Sentía mi corazón latiendo a mil por hora por lo que mis palabras en aquel instante me parecieron, como poco, estúpidas.

—Dios, qué locura —dijo Emmett antes de darme una palmada en el hombro—. Todo irá bien, Jazz.

—Sí, Alice es muy fuerte, no te preocupes —dijo Edward.

—Piensa que en muy poco tiempo tendréis a vuestro bebé en brazos —lo secundó Bella intentando sonreír a pesar de la tensión del momento.

—Sí, pero aún le faltaban dos semanas para salir de cuentas.

—Ha sido culpa de esa zorra —apuntó Rosalie cruzándose de brazos, furiosa.

— ¿Qué? —preguntamos todos, sin comprender.

—Alice estaba hablando con María justo cuando le ha sucedido esto. Seguro que la muy golfa le ha dicho algo que la ha preocupado y se le ha adelantado el parto. Si me llego a quedar en la fiesta os juro que la hubiera dejado calva.

— ¿Crees que ha sido María? —pregunté yo estupefacto con esa información.

—No lo creo, lo sé. ¿No has visto cómo la miraba? Como si tuviera delante a un insecto, sonriéndole con esa cara de suficiencia que tiene.

—Maldita sea —mascullé secándome el sudor de la frente con el antebrazo.

—Señor, si quiere puede pasar —me avisó de repente una enfermera que asomó la cabeza por la puerta—. Su hijo está a punto de nacer.

—Sí. Después os veo, chicos —me apresuré a entrar detrás de la enfermera y dejé que me ayudara a ponerme la bata, la mascarilla, los guantes y el gorro antes de reunirme de nuevo con Alice, quien estaba tumbada en una camilla con la piel empapada en sudor—. Ya estoy aquí, cariño.

Tomé su mano y la apreté contra la mía, aprovechando con la otra para secarle las lágrimas causadas por el dolor.

—Jazz, tengo miedo.

—No te preocupes, todo va a salir bien —le aseguré intentando transmitirle toda la seguridad que era capaz—. Te amo como no te haces una idea —le susurré al oído solo para que ella lo escuchara y vi cómo volvían a desbordarse las lágrimas de sus ojos.

—Y yo a ti. Muchísimo.

Le sonreí antes de darle un beso en la frente y después respiré hondo.

—Muy bien, señora, cuando le diga, empuje, ¿de acuerdo? —intervino el doctor situado entre sus piernas, concentrado.

Alice asintió con firmeza y cogió aire.

—Ahora. Empuje.

Al segundo siguiente mi esposa hizo lo que el doctor le pidió, apretándome la mano en el proceso con tanta fuerza que llegué a pensar que me la arrancaría de cuajo. Pero no me importó en absoluto. Los siguientes minutos pasaron entre empujones y gritos de Alice causados por el dolor, consiguiendo estrujarme el corazón en el proceso y poniéndome los nervios de punta. Jamás en la vida había vivido una escena tan tensa y a la vez tan emocionante, por lo que cuando escuché el llanto entrecortado de un bebé sentí que me iba a desmayar allí mismo. Alice todavía estrujaba mi mano entre la suya y cuando al final nuestro hijo estuvo fuera, se permitió relajarse en la camilla y soltar un largo suspiro. El doctor se aseguró de que el bebé estuviera bien y, después de limpiarlo un poco y envolverlo con una toalla, se lo entregó a Alice, quien lo recibió con los brazos abiertos y los ojos llenos de lágrimas. Liam, que no había dejado de llorar en ningún momento, se tranquilizó en cuanto sintió el contacto con la piel de su madre y se durmió casi al instante sobre su pecho.

Temblando me incliné para contemplarlo y, con un dedo, como si tuviera miedo de hacerle daño, le acaricié la cabecita y las suaves mejillas. Sin poder evitarlo me acerqué más y le di un beso, emocionado, sintiendo cómo una lágrima fugaz se deslizaba por mi rostro. Era perfecto.


¡Holi! ¿Asesinamos ya a María? ¿Os esperabais que volviera a aparecer? Soy así de mala y no me quedé tranquila hasta que la volví a meter en el fic, no tengo perdón ;P

Espero que os haya gustado mucho el capítulo de hoy y que me lo contéis en vuestros reviews, que ya estamos en la recta final de la historia (si no me equivoco quedan dos capítulos más y el epílogo).

¡Nos leemos el martes! Xo