Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 31-

Verano de 2013

Ben sonreía cuando terminé de explicarle esa parte.

— ¿Papá era un llorón?

—Lo era. Pero también era un bebé muy bonito, así que no se lo teníamos en cuenta —bromeé haciéndole reír.

— ¿Y qué más pasó?

—Pensaba que ya habías oído bastante.

—Pero hay más cosas. ¿Cuándo dejaste Inequals? ¿Cuánto tiempo tardasteis en tener a la tía Claire? ¿Qué pasó con los demás?

Miré el reloj. Eran las once y media y tenía entendido que Liam vendría a recoger a Ben al mediodía. Sin embargo, aún me quedaba tiempo para terminar de explicarle a mi nieto todo lo que quisiera saber.

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Edward, Emmett y yo decidimos dejar Inequals casi a la vez. No nos enfadamos, ni tampoco tuvimos ningún problema, al contrario. Lo que sucedió fue que Edward se casó con Bella, Emmett le pidió matrimonio a mi hermana y yo me moría por pasar tiempo con mi esposa y mi hijo que, a mediados de 1972, con diecinueve meses, ya corría por toda la casa e intentaba escalar todos los muebles que se le pusieran por delante. A los Inequals se nos hacía más difícil cada día pasar horas interminables encerrados en un estudio y desde hacía un tiempo apenas componíamos nuevas canciones, solo editábamos las sobrantes que jamás habían sido incluidas en ninguno de nuestros álbumes y eso no nos llenaba. Por eso decidimos que lo mejor sería darnos un tiempo, grupalmente hablando, para estar con nuestras familias y disfrutar de los nuestros, pero ese tiempo se alargó indefinidamente.

A mí me sabía mal no ser capaz de concentrarme en mi música, en lo que me había llenado de adolescente y lo que me había hecho continuar día a día luchando por mi sueño, pero en ese instante solo deseaba estar con Alice y con Liam. Mi esposa no quiso ni oír hablar del tema cuando le comenté que podría dejar de trabajar si quisiera, pues yo tenía dinero de sobra ahorrado para vivir con tranquilidad unos cuantos años. Pero Alice se cerró en banda respecto a esa decisión respetando la mía de mantener la distancia con Inequals y continuó trabajando en la revista. Por eso mientras ella se iba a trabajar yo me quedaba con Liam, que era un terremoto al que le encantaba gritar y reírse a carcajadas consiguiendo que me partiera de risa con él. A veces se me quedaba mirando fijamente y soltaba una retahíla enorme de palabras, algunas con sentido y otras no, para después echarse a reír como un loco, y a mí me encantaba verle feliz.

En agosto de ese mismo año fuimos a la boda de Edward y de Bella, y al año siguiente al enlace de Emmett y mi hermana, quienes nos sorprendieron con la noticia de que en unos ocho meses más iban a ser padres, por lo que yo me convertiría en tío.

Los años siguientes pasaron entre nacimientos de bebés, enlaces matrimoniales (porque finalmente Garret se decidió a pedirle matrimonio a Kate) y poca música. Los periodistas pasaron largo tiempo preguntándonos siempre que nos veían por la calle cuándo regresarían Inequals, pero jamás pudimos darles una fecha concreta. Por el momento éramos felices llevando la vida que llevábamos y no la íbamos a cambiar.

Marcus, que se tomó un par de años sabáticos, empezó a representar a otro grupo de jóvenes que alcanzaron pronto el estrellato y continuó con el trabajo que siempre le había hecho feliz.

No fue hasta finales del verano de 1974 que Alice y yo nos enteramos de que volveríamos a tener otro bebé. En setiembre de ese mismo año Liam iba a empezar el parvulario y estaba tan excitado que incluso nos contagió a su madre y a mí de ese sentimiento. Era lo más preciado que tenía junto con Alice, y verle cada día sano y sonriente me llenaba de una calidez maravillosa de la que jamás quería desprenderme. Le había comprado a mi hijo una guitarra de juguete a pesar de que estaba más interesado en la mía real, y aunque en algún momento quise enseñarle algunos acordes, todavía era muy pequeño para eso. A Liam le encantaba hacer lo que a todos los niños: jugar, ensuciarse, reír y saltar, pero también disfrutaba estando con nosotros, a veces haciéndole compañía a su madre mientras esta revisaba o corregía artículos o contemplarme atentamente mientras me afeitaba. Alice y yo le dábamos todo el cariño del mundo y ambos estábamos locos con él, por lo que cuando mi esposa me dio la noticia de que volvía a estar embarazada y de que íbamos a darle un hermanito a Liam, solo pude sentirme feliz.

Era de noche, hacía un par de horas que habíamos acostado a nuestro hijo y Alice y yo habíamos decidido irnos a la cama para poder disfrutar de nuestra intimidad. Nos pasábamos el día con Liam, por lo que las noches se habían convertido en el único momento del día en el que podíamos estar solos y mínimamente tranquilos.

Mi esposa me había rodeado con sus brazos y me había colocado sobre ella antes de que nos desnudáramos mutuamente. No teníamos ninguna prisa a pesar de que nuestro hijo podía despertarse y levantarse en cualquier momento, pero no solía hacerlo con frecuencia. La abracé contra mí, queriendo que supiera que continuaba queriéndola tanto o más que el primer día, mientras la besaba con suavidad, perdiéndome en ella con los ojos cerrados. Nos movimos juntos con mucha lentitud, disfrutando del contacto, de los besos y de las caricias, y apoyé la frente en la de Alice cuando todo empezó a desbordarse. Nuestras respiraciones, ya de por sí erráticas, se descontrolaron hasta que el placer fue tan intenso que solo pude apretar a Alice contra mí mientras sentía sus dedos clavados en la piel de mi espalda. Tras unos largos segundos en los que intenté recuperar el aliento me incorporé y me di cuenta de que mi esposa sonreía, feliz, por lo que volví a besarla con dulzura y después rodé hasta que me coloqué a su lado.

—Hay algo que tengo que decirte —susurró ella ladeando la cabeza para mirarme, y yo apoyé mi codo en la almohada para poder mirarla mejor.

— ¿El qué?

—He ido al médico esta tarde.

— ¿Por qué? ¿Te encuentras mal? —le pregunté preocupado acariciándole la mejilla con mi mano.

—No. Solo necesitaba confirmar algo.

—Podría haberte acompañado.

—Tenías clases y no ibas a dejar a tus alumnos tirados.

Desde hacía unos meses me había convertido en profesor de música para niños de entre ocho y doce años, pues a pesar de que no necesitaba el dinero, tampoco me gustaba pasar los días sin hacer nada. En apenas tres años mi estilo de vida había cambiado mucho, pero jamás me había arrepentido y sabía que no iba a hacerlo.

—Pero no me has dicho nada sobre que ibas a ir al médico —volví a protestar sin entender nada.

—Es que no quería que te ilusionaras antes de tiempo.

— ¿Que me ilusionara con qué?

—Con volver a ser padre.

El aire se me quedó atascado en la garganta cuando la vi sonreír, y en apenas un instante esa idea se clavó en mi pecho.

— ¿Has ido al ginecólogo?

—Bueno, he ido al hospital porque mi ginecóloga no podía darme hora hasta pasado mañana y yo necesitaba confirmarlo ya. No quería esperar. Hace como una semana que tengo los mismos síntomas que cuando me quedé embarazada de Liam y… —se encogió de hombros—. Parece que otra vez.

Se me disparó el corazón cuando finalmente Alice me lo confirmó, y solo pude sonreír ampliamente como un idiota.

— ¿Otra vez?

—Sí. Vamos a tener otro bebé.

Me eché a reír sin poder evitarlo y abracé de nuevo a mi esposa, haciéndola reír también. Íbamos a ampliar la familia y Liam se pondría loco de contento cuando lo supiera.

Claire nació ocho meses más tarde (esta vez sin ningún sobresalto), en una tarde lluviosa de finales de abril. Era muy pequeñita y en su cabello tenía una pequeña mata de pelo oscuro como el de Alice. Cuando la sostuve en brazos por primera vez no pude evitar sonreír de oreja a oreja sintiéndome el hombre más feliz del mundo. Liam se sintió algo amenazado por ella al principio, no quería conocerla porque decía que íbamos a dejar de quererle por su culpa, pero poco a poco, y a medida que Alice y yo intentamos hacerle participar en sus cuidados, fue haciéndose con su nueva hermana.

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Verano de 2013

—Tu padre se parecía mucho a ti de pequeño —rememoré sin poder evitar una sonrisa melancólica.

— ¿Ah, sí?

—Sí. Cuando te vi en el hospital el día que naciste pensé que estaba teniendo un deja vu porque a pesar de que al crecer fuiste adquiriendo los rasgos de tu madre, al nacer eras igual que tu padre.

— ¿Estuviste en el hospital cuando nací? — me preguntó Ben sorprendido.

—Desde luego, con tu abuela. Nos pusimos locos de contentos cuando tus padres nos dijeron que íbamos a ser abuelos —me puse en pie y me dirigí a la estantería de las fotos, sujetando entre mis manos uno de los marcos. Se lo mostré a Ben, que observó con detenimiento y asombro la imagen en la que aparecía Alice a sus cincuenta y siete años sentada en una silla sujetando un pequeño bebé envuelto en una mantita azul. Yo me encontraba detrás de ella mirando a nuestro nieto recién nacido con una sonrisa boba en el rostro—. Fuiste una gran alegría para nosotros.

Vi cómo mi nieto tragaba saliva y sus nudillos se ponían blancos sujetando el marco de fotos. Supuse que le debía a Ben una disculpa a pesar de que hubiera esperado a ese último día para hacerlo.

—Ben, ya sé que no hemos tenido mucho contacto últimamente y que de alguna manera he sido un desconocido para ti en estos años. Quiero pedirte perdón por ello… y me gustaría que a partir de ahora, si tú quieres, claro, consideraras tenerme en tu vida como tu abuelo que soy.

Levantó la cabeza poco a poco y me miró, con una sonrisa muy leve en los labios y los ojos brillantes. Asintió en silencio y después sorbió por la nariz antes de carraspear y secarse los ojos con el antebrazo. Feliz me acerqué a él y le acaricié el cabello con cariño, teniendo ganas de abrazarle pero sin atreverme a hacerlo todavía. Ben y yo habíamos avanzado muchísimo desde que vino a casa cuatro días atrás, pero sin embargo no quería excederme con él y hacerle sentir incómodo.

—Puedes quedarte esa foto, si quieres —le dije sin dejar de acariciarle el cabello.

—Pero… Tú te vas a quedar sin ella.

—Nada de eso, tengo copias de todas en el desván. Además, tengo muchas fotografías tuyas y de tu abuela, y espero aumentar la colección ahora que vamos a vernos más a menudo.

Mi nieto asintió de nuevo, esta vez con una amplia sonrisa en el rostro, y casi sin darme tiempo a reaccionar, sacó su teléfono móvil del bolsillo.

— ¿Nos hacemos una?

—Por supuesto.

Me puse a su lado, agachado para quedar a su altura pues él continuaba sentado a la mesa, y, tras tocar unos cuantos botones de su teléfono, le dio la vuelta, sonreímos y esperamos hasta que el móvil hizo un sonido de obturación.

—Ha quedado muy bien —me enseñó la pantalla y yo la alejé para verla mejor, pues no llevaba las gafas puestas.

—Muy guapos.

Ben se rio y se guardó el móvil de nuevo en el bolsillo.

— ¿Qué pasó con los demás? Con Edward y Bella, Emmett y Rosalie, Kate y Garret…

Suspiré y volví a sentarme a la mesa, con las manos cruzadas.

—Edward y Bella tuvieron una niña en 1973 llamada Renesmee, y se marcharon a vivir otra vez a Nueva Jersey diez años más tarde. Mi hermana se quedó embarazada también, como ya te he contado, y ella y Emmett tuvieron mellizos. Por lo visto la genética es muy traviesa —añadí con un guiño que hizo sonreír a mi nieto—. Se quedaron a vivir en Nueva York con sus hijos y nos llamamos casi cada semana. Por lo que sé los cuatro están bien, cada uno con sus males propios de la edad, pero felices y llenos de vida. Kate y Garrett, sin embargo, murieron en un accidente de coche hará unos veinte años. Fue una noticia espantosa para todos, pero sobre todo para tu abuela, que seguía manteniendo el contacto con Kate a pesar de los años.

—Vaya… —musitó Ben entristecido de repente.

—Cosas que pasan. Cosas tristes y horribles, pero al parecer inevitables —susurré sin poder evitar recordar a mi Alice—. Igual que pasó con tu abuela.

Sabía que Ben estaba ansioso por preguntar de qué había fallecido, pero era consciente de que le daba reparo y angustia hacerlo.

—Le detectaron leucemia en 2004. Para mí fue un mazazo terrible, pero tu abuela continuó llena de esperanza, optimismo y de vida hasta sus últimos momentos, como siempre. Lo que peor le supo fue no poder disfrutar tanto de ti como le habría gustado, pero ella te quiso con locura, Ben. Y lo que a mí más me consuela es que se marchó de este mundo sin sufrir, durmiendo. Ni siquiera se enteró —rememoré sintiendo un nudo en la garganta que solo se agrandó cuando vi a mi nieto limpiarse una lágrima que le descendía por la mejilla con rapidez—. Pero sé que dondequiera que esté estará feliz, porque sabe que estamos bien, tú, yo, Liam y Claire, y todos los demás. Seguro que nos estará cuidando desde el cielo.

En aquel instante escuché el sonido del timbre y Ben se apresuró a enjugarse los ojos para que sus padres no le vieran llorar. No obstante, antes de ir a abrir la puerta, me acerqué a mi nieto y volví a acariciarle el cabello, deseando que no se sintiera mal. Después me dirigí al vestíbulo y abrí la puerta, encontrándome a Liam y a Emmeline al otro lado.

—Hola, Jasper.

—Hola, papá.

Me saludaron a la vez, y yo les recibí con una amplia sonrisa. Los abracé a los dos, feliz de volver a verles, indicándoles que podían pasar dentro.

— ¿Cómo se ha portado tu nieto? —me preguntó Liam una vez en el salón, ansioso por ver a su hijo.

—De maravilla. No me ha dado ningún problema.

— ¿En serio?

—Tenéis un hijo estupendo y yo no puedo sentirme mejor al ser su abuelo —lo alabé, haciendo sonreír a Emmeline y también a Liam.

—Pero si está aquí mi niño —comentó mi nuera al ver a Ben bajando las escaleras con la maleta. Sin que yo me diera cuenta había subido al segundo piso, supuse que para tener unos minutos de intimidad después de la conversación sobre Alice—. ¿Cómo estás, cariño?

Sin decir nada se abrazó a su madre, hundiendo el rostro en su cuerpo y rodeándola con fuerza para después incluir a su padre en ese gesto. Sonreí al ver esa estampa y me sentí tremendamente feliz al darme cuenta de que eran una familia que se quería con locura a pesar de que no lo demostraran con frecuencia.

Liam me miró sin entender la actitud de Ben y yo me limité a encogerme de hombros, dejando que fuera él quien se diera cuenta de lo mucho que le quería su hijo.

Se quedaron a comer y cuando Ben se recuperó de aquella repentina tristeza les explicó a sus padres lo que habíamos hecho esos días; que había conocido a Annie a quien le escribiría cartas si se acordaba y también que yo le había regalado una fotografía muy especial. Sin embargo, hubo un comentario por su parte que me enorgulleció sin que pudiera remediarlo. Su padre me estaba contando que Ben llevaba meses pidiendo una videoconsola que había salido al mercado hacía unos años llamada Wii, algo de lo que yo no entendía demasiado, cuando mi nieto le interrumpió y dijo:

—Ya no quiero la Wii.

— ¿Ah, no? Después de darnos la brasa con la Wii, ¿ahora ya no la quieres?

—No. Ahora quiero el Guitar Hero.

Sus padres se miraron entre sí para después mirarme a mí y echarse a reír. Por lo visto ese cambio de actitud era culpa mía.

Sobre las cuatro de la tarde Liam decidió que ya era hora de marcharse. Tanto él como Emmeline estaban cansados de sus viajes y les apetecía llegar pronto a casa, por lo que se despidieron de mí con un abrazo prometiendo que me llamarían pronto e invitándome a ir a su casa cuando quisiera. Cuando sus padres estuvieron en el coche, Ben se colocó frente a mí y me miró fijamente con esos ojos grises que tenía, tan parecidos a los de Alice.

—Gracias por todo, abuelo.

—Solo faltaría, Ben. Me lo he pasado muy bien contigo.

—Y yo contigo. Me ha gustado mucho conocer tu historia.

—También es la tuya.

Mi nieto asintió con una sonrisa y después se mordió el labio inferior justo antes de desviar su mirada de la mía.

—Eh… ¿Te… parecería bien que viniera el verano que viene a pasar unos días contigo?

Sonreí ante su titubeo y le coloqué la mano en el cabello.

—Por supuesto que sí, me encantará volver a tenerte aquí un tiempo. ¿Y a ti te parece bien que vaya a Nueva York en Navidad?

—Me encantaría.

Justo antes de que pudiera esperármelo, mi nieto avanzó el paso que nos separaba y me rodeó con sus brazos, abrazándome con mucha fuerza. Emocionado le devolví el gesto, sintiendo cómo aquel nudo que había aparecido antes en mi garganta volvía a la vida. Apreté el cuerpo de mi nieto contra mí y, sintiéndome atrevido, le di un beso en la coronilla.

—Sé bueno con tus padres y estudia mucho, ¿de acuerdo? —le pregunté con la voz contenida antes de dejarle ir.

—Sí. Hasta pronto, abuelo.

Se despidió de mí con la mano para después subirse en el asiento trasero del coche. Se volteó y volvió a decirme adiós sonriente, igual que sus padres, hasta que el vehículo se perdió por la carretera y volví a quedarme solo. Pero nunca había estado solo y jamás lo estaría.


¡Holaa! Ahora sí que estamos en la recta final de esta historia porque solo nos queda el epílogo. Espero que os haya gustado mucho el capítulo de hoy (que ha sido una especie de batiburrillo de historias) y que no os haya entristecido demasiado conocer ciertos detalles :(

Antes de irme me gustaría dedicarle este capítulo a mi buena amiga Luisa (Ali-Lu Kuran Hale) porque hoy es su cumpleaños y qué mejor forma de celebrarlo, ¿verdad? ;P Espero que pases el día maravilloso que te mereces y que cumplas muchísimos años más!

Ahora sí, me marcho ya. De nuevo mil gracias por estar siempre ahí, al pie del cañón :3 ¡Nos leemos el martes! Xo