Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Epílogo-

Verano de 2013

Sentí la ausencia de Ben en cuanto entré en casa. No era un niño ruidoso, pero en esos cuatro días me había hecho mucha compañía y en aquel instante en el que solo estaba yo empecé a echarle de menos. Cené viendo la televisión y me fui a dormir poco después porque estaba algo cansado tras tantas emociones. Recordar a mi Alice siempre me llenaba de felicidad, aunque también de tristeza porque ya no la tenía conmigo, pero sabía que ella me estaría vigilando estuviera donde estuviera.

Hacía un rato que me había quedado dormido, pero aun así lo sentí. Sabía que era un sueño, tenía que serlo. Me pesaban mucho los párpados pero de todas formas me esforcé por abrir los ojos cuando percibí una figura que me era muy conocida sentada en el borde de la cama, a mi lado. Me sonreía. Tan joven como cuando nos conocimos, tan bonita como la recordaba. Llevaba el mismo vestido con un estampado de flores azules que se puso la primera noche que salimos a cenar. Y cuando vio que la miraba, sonrió todavía más.

—Hola, Jasper.

Su voz era la misma de siempre, tan musical y suave.

—Alice —susurré con miedo a que se desvaneciera en cuanto pronunciara su nombre. No lo hizo, solo continuó sonriendo—. ¿Estoy soñando?

—Puede ser.

Pensé deprisa lo que iba a decirle, pues tenía tanto que contarle y había tantas cosas que quería que supiera… Pero en el fondo ya las sabía, siempre las había sabido. Sin embargo, un extraño temor se instaló dentro de mí:

— ¿Has venido a llevarme contigo?

Se rio entre dientes justo antes de negar suavemente con la cabeza.

—Todavía no, aún es pronto. Solo he venido a verte para que sepas que nunca estás solo. Yo siempre estoy aquí, a tu lado, aunque no me veas.

El corazón me latió muy deprisa en el pecho al escuchar sus palabras.

—Eso ya lo sé, pero aun así tu ausencia me duele.

Dejó de sonreír y pude ver en su rostro una sombra de tristeza.

—Lo sé —musitó entrelazando sus manos en su regazo—. Has hecho un gran trabajo con Ben estos días.

— ¿Lo has visto?

—Claro, ya te he dicho que siempre estoy aquí. Jamás me voy a marchar de tu lado, Jasper.

Cerré los ojos un segundo, agradecido, pero los volví a abrir en el momento en el que me di cuenta de que quizá Alice habría desaparecido por culpa de ese gesto. Pero no, continuaba sentada en la cama frente a mí.

—Tenemos un nieto maravilloso —prosiguió.

—Sí, así es. Igual que tú.

—También se parece a ti —me recordó. De pronto algo en su rostro cambió y se mordió el labio inferior, entristecida—. Tengo que irme ya.

—Pero… has dicho que siempre estás aquí.

—Y lo estoy, solo que no de esta forma —se señaló con el dedo justo antes de sonreír—. Te amo Jasper. Lo he hecho y lo haré siempre.

—Y yo a ti, Alice. No lo olvides nunca, cariño.

Negó con la cabeza suavemente y después, poco a poco, se acercó a mí. Cerré los ojos en el mismo instante en el que sentí sus labios como si fuera el toque de una pluma en mi frente, y en un instante los volví a abrir para descubrir que no había nadie en la habitación. Se había desvanecido. Tenía la respiración agitada y me temblaban las manos, pero era consciente de que todo había sido un sueño. Un sueño hermoso en el que Alice me había venido a visitar.

Respirando hondo me puse de costado y sonreí cuando vi el retrato que tenía de Alice en la mesita de noche. Me sonreía igual que en mi sueño, igual que lo haría cuando nos volviéramos a ver. Sabía que no estaba solo, porque siempre, siempre, la tendría a ella.

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Verano de 2026

Bajé del coche y contemplé con el corazón encogido la gran casa blanca que tenía frente a mí. El sonido del mar, los graznidos de las gaviotas y la sal en el aire me hicieron viajar trece años al pasado, cuando me bajé del coche de mi padre con el ceño fruncido y los nervios atenazándome el estómago. Por aquel entonces era un chaval de doce años algo arisco que no tenía ningún interés en conocer a su abuelo. En aquel instante era un hombre de casi veintiséis que habría dado cualquier cosa por poder despedirse de él.

Mi madre me había llamado dos semanas atrás para darme la terrible noticia de que mi abuelo había fallecido. Su muerte nos había tomado por sorpresa a todos porque no habíamos tenido ningún indicio de ella; Jasper era un hombre sano, no sufría del corazón ni padecía ninguna enfermedad. Sin embargo, y por lo que nos habían dicho los médicos que le hicieron la autopsia clínica, murió de forma natural. Lo habían encontrado unos vecinos sentado en el porche con una fotografía de mi abuela entre las manos. Cuando mi madre me lo explicó lo primero que pensé fue que había estado con ella hasta el final de sus días, literalmente.

Entré en la casa, acongojado y lleno de tristeza, y de repente sentí el olor a cerrado procedente de ella, por lo que me apresuré a abrir las ventanas para dejar que se ventilara. Acto seguido me senté paseando mi mirada por el salón y por cada uno de los detalles impregnados todavía del recuerdo de mi abuelo. Annie entró poco después y cuando me vio sentado en el sillón que había pertenecido a Jasper se acercó a mí y me colocó una mano en el hombro, intentando confortarme. La miré e intenté sonreír, pero la tristeza fue mayor, por lo que no lo conseguí.

—Ni siquiera me despedí de él.

—Tu abuelo sabía lo mucho que le querías.

—Sí, pero… en estos últimos años no he pasado con él tanto tiempo como me hubiese gustado.

Desde que estuve aquella semana de 2013 en Montauk no había dejado de visitar a mi abuelo cada verano durante seis años. Además, él solía venir en Navidad a Nueva York a pasar las fiestas con nosotros, por lo que llegué a tener con Jasper una gran relación que no había hecho más que crecer en todo ese tiempo. Aparte de eso, gracias a mi abuelo y a esos interminables y calurosos veranos, volví a ver a Annie cada año y fui dándome cuenta poco a poco de lo bonita que era a medida que íbamos creciendo y de lo mucho que me gustaba pasar tiempo a su lado. A los dieciocho años empecé a estudiar Periodismo en la universidad de Nueva York, y un año más tarde ella entró en la carrera de Medicina en el mismo centro. Decidió estudiar en Nueva York porque allí tenían un mejor programa universitario y mejores profesores, por lo que nuestra amistad terminó convirtiéndose de manera natural en algo más. Siempre había sentido una conexión especial con ella, y el paso de los años nos demostró lo real que era. Mi abuelo no pudo alegrarse más por ello cuando se enteró; por eso solíamos ir a verle a Montauk aprovechando que los tíos de Annie continuaban viviendo también allí.

Sin embargo, el verano pasado no pude ir a visitar a mi abuelo porque estaba trabajando y Annie continuaba estudiando, así que la última vez que le vi fue en Navidad, seis meses atrás. Charlaba con Jasper semanalmente por teléfono, pero no era lo mismo. Me encantaba escucharle hablar, sentarme a su lado y sumergirme con él en su juventud y en la de mi abuela, en ese amor tan profundo que había superado tantos obstáculos y tantos años. Y a pesar de todo no había podido despedirme de él.

Tomé la mano de Annie cuando el nudo en mi garganta se hizo más profundo y respiré hondo al alzar la cabeza y ver todos los marcos de fotos que aún estaban sobre la repisa de la chimenea apagada. Me puse en pie y me acerqué a ellos, sin poder evitar sonreír al ver la fotografía del día que mis abuelos se casaron. Habían sido tan felices juntos y se habían querido tanto… como pocas personas llegaban a hacerlo; por eso estaba tan orgulloso de ellos.

Me fijé también en que mi abuelo había enmarcado la fotografía que nos hicimos con mi móvil el último día que estuve con él en Montauk trece años atrás. La calidad no era muy buena, pero ahí estábamos los dos, sonrientes y más jóvenes, empezando esa relación abuelo-nieto que finalmente lograría unirnos tanto.

Todos nos habíamos sorprendido al leer su testamento, pues mi abuelo había sido precavido y había decidido vender el que había sido su apartamento en Nueva York y había dividido lo que le habían dado en dos partes, una para mi padre y una para mi tía Claire. La casa de Montauk, sin embargo, me la había dejado a mí, a su único nieto, para que hiciera con ella lo que considerara mejor. Jamás pensé que sería capaz de ponerla a mi nombre, pero ahí estaba el contrato con su firma, dejándome claro que desde ese mismo instante era su propietario legal. Todavía no había hablado con Annie sobre qué íbamos a hacer con ella, pero era consciente de que no iba a venderla. Jamás podría hacerle eso a mi abuelo, y menos después de haber pasado tantos buenos momentos allí.

Tras suspirar ladeé la cabeza y vi que Annie se encontraba a mi lado contemplando las fotografías. Continuaba llevando el cabello largo, pero no tanto como cuando nos conocimos de niños; en aquel instante le llegaba justo por los hombros. Una de las cosas que más me gustaba de ella eran esos ojos azules tan serenos y tranquilos que conseguían apaciguarme en casi cualquier momento. Rodeé sus hombros con uno de mis brazos y la acerqué a mí, sonriendo cuando la noté apoyar su cabeza en mi hombro.

—Eran una pareja preciosa —murmuró sin apartar la vista de las imágenes de mis abuelos.

—Lo eran.

—Me habría gustado conocer a tu abuela.

—A mí me habría gustado hacerlo más.

Con uno de sus brazos Annie me rodeó la cintura y después alzó la cabeza para besarme la mejilla, intentando alejar la tristeza de mi mente.

—Ahora están juntos después de tantos años.

Asentí en silencio con una pequeña sonrisa.

—Siempre lo han estado, Annie. La muerte de mi abuela solo supuso una separación física, pero después de conocerse sus corazones se convirtieron en uno solo. Como me pasó a mí contigo.

Mi novia me miró en silencio y sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Y a mí contigo, Ben.

La apreté un poco más contra mí y le devolví la sonrisa, sintiéndome en aquel instante tranquilo. Con la mano que me quedaba libre sujeté uno de los marcos de fotos, uno en el que salían mis abuelos de jóvenes sentados el uno junto al otro mirando a la cámara sonrientes. Sonreí también.

—Gracias por todo, abuelo. Ya es hora de que te reúnas con ella.

Dejé el marco de nuevo en su sitio y respiré hondo, sintiendo cómo la tristeza menguaba poco a poco. Sabía que, a pesar de que no los viera, mis abuelos estarían siempre ahí, con nosotros, entre fotografías y discos de vinilo.

Fin…


Bueno, bueno, bueno, personitas... Hemos llegado al final de esta historia que espero que os haya gustado muchísimo y que la hayáis disfrutado tanto como lo hice yo mientras la escribía. De verdad que tengo que agradeceros todos los reviews, alertas y, por supuesto, todo el apoyo que me habéis dado en estos meses.

Algunas de vosotras me habéis preguntado si tengo otro fic preparado y bueno, os voy a poner en situación: tengo un OS que escribí hace unos días pero quiero pulirlo y perfeccionarlo, así que lo subiré la semana que viene o la otra (para no avasallaros con publicaciones mías) y, aparte de eso, el año pasado empecé a escribir otro fic largo pero lo abandoné, así que ahí lo tengo, solo necesito ganas y ánimos para terminarlo. Lo haré, os lo aseguro, pero no sé cuándo. Además, ayer empecé a trabajar en un supermercado (no es el sueño de mi vida, pero por ahora es lo que hay) así que mi tiempo se ha visto bastante reducido, por lo que no voy a tener mucho para escribir. Pero acabaré el fic largo, os lo prometo :3

Y nada, de nuevo millones de gracias por todo, de verdad que aprecio todas y cada una de las palabras que me dedicáis y el tiempo que os tomáis para dedicármelas. Espero de verdad que volvamos a leernos pronto. ¡Un besito a todas/os!