NdA: este capi se lo quiero dedicar a alguien que ni siquiera conozco, pero que siempre está ahí, prácticamente incondicional en cada una de mis historias: Claudia, no sé quién eres, pero gracias. El gustazo, como siempre dices, es mío, no te creas XDDD
También a Riatha, claro, que el fic nació por y para ella. Si Pansy está OoC, toda la culpa es mía. No es un personaje al que le tenga especial afecto o con el que me haya parado a teorizar sobre su personalidad. Pero bueno. Lo he intentado. Las reclamaciones al "GO", que también está para eso aunque a veces no lo parezca.
Capítulo 2
-Tierra-
Draco es como un disco rayado. Repite una y otra vez ese mantra de la pureza de sangre, de los que han nacido con estrella y los que deberían haberse estrellado. Y aunque Pansy está de acuerdo con todos sus puntos de vista (asiente con la cabeza porque no sabe hacer otra cosa: es lo que le han enseñado desde que tenía uso de razón), hay algo dentro de ella que le impide reír como lo hacía antes. Es un dolor agudo que no tiene localizado, como si le hubieran extirpado algo en un lugar desconocido de su cuerpo y que le obliga a apretar los puños cada vez que alguien hace la enésima gracia sobre la Sangre Sucia.
Pansy disimula lo mejor que puede y todavía se ríe a veces, pero lo cierto es que el sonido despiadado de su risa se atasca en su garganta. Ha perdido esa vibración casi animal que acojonaba a todos los estudiantes de primer año, y es lógico que los demás estén empezando a notarlo.
-Voy a dar un paseo –afirma mientras se levanta en medio de la quinta broma sobre la sabelotodo.
Sus amigos la miran sorprendidos. Draco alza una ceja peligrosamente y Pansy recibe su mirada fría con expresión desafiante. Lo hace por si acaso, aunque no sea necesario: ninguno de ellos se atreverá a pedirle explicaciones antes de que cruce la puerta de las mazmorras. Los Slytherin son suficientemente inteligentes para no preguntar aquello que es mejor no saber. En realidad ninguno quiere descubrir lo que le ocurre a Pansy, porque todo lo que se pronuncia en voz alta se vuelve real, terrenal. Mientras no se haga, uno puede seguir engañándose a sí mismo. Todo el tiempo que quiera. Hasta que la cuerda de equilibrista se tense y acabe rompiéndose.
Tras esta pequeña victoria, se da cuenta de lo furiosa que está con aquel juego de la maldita Sangre Sucia cuando comienza a caminar por el sendero que conduce al lago: está dando saltitos (que sólo ella nota). Saltitos de idiota. Saltitos que daría una entrañable Hufflepuff con trenzas, pero no ella. Y comprende que nunca en su vida se ha sentido menos Slytherin y más viva, algo que la cabrea hasta el punto que quiere demostrarse a sí misma que todavía puede ser una perra sin corazón.
Podría humillar a ese Gryffindor de primer año que camina unos pasos por delante de ella. Sí, podría. Imagina que le aparta de un manotazo, que cae al suelo y le deja allí llorando. ¿Pero para qué? Ni siquiera eso le haría olvidar el cosquilleo en las yemas de sus dedos, cuando esa mañana Hermione se sentó justo delante en la clase de Transfiguraciones y ella fantaseaba con enredar sus manos en su pelo.
Es entonces cuando trata de convencerse de que puede evitarlo. De que pensar en ella no es más que un pasatiempo, un deporte de minusválidos mentales (tendrá que mirárselo) o una obra de caridad en el Día Internacional de Apiadémonos de los Sangre Sucia. Y a ratos casi lo consigue. Pero al final siempre regresa al lugar donde quiere estar: donde puede mirarla y sonreírle como quien dice "yo sé algo que tú no sabes (pero quieres saberlo)".
-¿Qué es lo que quieres, Pansy?
-Verte –contesta con sequedad. No es que quiera ser un perro sabueso precisamente en ese momento, es sólo que no está en la naturaleza de Pansy pedir las cosas. Menos aún rogarlas. Antes preferiría tragarse su propia lengua.
Pero como siempre consigue lo que quiere, al final se ponen en marcha camino del cuarto de las escobas, a varios metros la una de la otra para que no descubran que van juntas. Pansy camina delante y se detiene tan pronto llegan a la puerta. Mira a Hermione con desdén, como tiene que ser: de arriba abajo, aunque sus ojos se demoren un segundo en esos labios que espera besar tan pronto crucen la puerta. Y, aún así, se esfuerza en decir lo más Slytherin que se le ocurre, porque una cosa es traicionarse por un buen polvo y otra muy diferente es dejarle saber al polvo que hace semanas que ya no lo es:
-Será mejor que te peines, Sangre Sucia. Aunque estemos en el cuarto de las escobas, no tengo intención de follar con una de ellas.
Y es lo de siempre: Hermione fingirá no haberla oído porque sabe que sólo está jugando a comportarse como una bruja (literalmente).
-Perfecto, Pansy, porque yo no follo.
Hermione la aparta de un manotazo y entra en la habitación. Así de fácil.
Y Pansy se queda unos segundos fuera, tensa como un alambre aunque pronto respire aliviada. Al menos no lo ha DICHO. Al menos Hermione le ha ahorrado el trago de ponerle los pies en la tierra, obligándole a aceptar lo que los Slytherin no se atreven a preguntar: que hace tiempo que ya no folla con ella. Porque, mundo mágico o no, en mi pueblo a eso se le llama hacer el amor.
