—Por tu culpa ahora tenemos que ir a comprar materiales. —dijo Levy alzándose de puntillas mientras caminaba junto al dragón slayer.

—¿Pero qué dices? Has sido tú la que va lanzando pintura como una enana loca.

—¡Imbécil!

Levy le propinaba pequeños golpes en el brazo, el intento de castigarle con sus pequeños puñitos sólo despertó una sonora carcajada por parte del joven. La chica lo miró ofendida y con la cabeza alta se adelantó en el camino, pegando grandes zancadas con sus cortas piernas para intentar no ser alcanzada por el dragón slayer. Este comportamiento todavía acentuó más su risa y decidió ralentizar su paso para darle algo de ventaja. «Bueno Gajeel, no mientas. Para darle ventaja y poder observar ese precioso trasero que tanto te gusta», murmuró una voz en su subconsciente.

Eran los últimos días de verano, hacía mucha calor y Levy se había ataviado con prendas veraniegas que dejaban a la luz gran parte de su pequeña anatomía. Llevaba un top de tirantes de color amarillo con volantes en la parte del pecho, que dejaba a la vista su ombligo y unos shorts blancos que resaltaban las curvas de su cadera y trasero, dejando al descubierto sus pequeñas pero firmes piernas sujetadas por unas veraniegas sandalias. Desde que la había visto salir con ese conjunto, no había podido quitarle la vista de encima y disimuladamente, la miraba de reojo siempre que la ocasión lo permitía. Se dejó llevar por sus pensamientos lascivos enrojeciendo todo su rostro.

—CALLA. —gritó el de la melena azabache para callar las imágenes de su perversa cabeza. Levy paró en seco y le miró como observaría a un desequilibrado mental.

—¿A quién le hablas? —Gajeel se enrojeció aún más, su rostro estaba tan encendido que perfectamente podía citar la famosa frase de Natsu. Levy resopló, se dirigió hacia el paralizado joven y lo sujetó de la mano tirando de él— Vamos, no podemos entretenernos. —frenó su paso y miró al joven.— Por cierto Gajeel ¿dónde se supone qué tenemos que ir a comprar?

—Y yo que sé, no conozco este pueblo.

—¡Aggh! —bufó la muchacha— ¿Por qué Erza me tortura enviándome a comprar con el menos preparado?

—¡Eh! ¡Que Natsu tampoco es un lumbreras! —agarró a Levy y se la colocó cual saco en los hombros— ¡Ahora verás! ¡Pienso conseguir todos los materiales en menos de una hora! —lanzó una cachetada en el muslo del Levy, con la mala suerte de acertar en su trasero en su lugar. El chico se dio cuenta tarde y su cara se volvió del color del cabello de Scarlet, al tiempo que Levy pateaba sus piernas.

—¡Gajeeeeeeel me has dado una cachetada en el trasero, cerdo! ¡Bájameeeeee! Además, —dijo a regañadientes, pues a pesar del incidente Gajeel no estaba por la labor de dejarla de nuevo en el suelo— lo normal es que preguntemos al primer tendero que veamos dónde comprar los materiales. ¡Ah! Y aún me debes un helado... —añadió con morritos.

Entraron en el centro del pueblo ante las miradas curiosas de los habitantes, atentos a la llegada de la pareja, quienes mantenían su disputa aún con con la muchacha siendo cargada por el joven. Gajeel se arrimó a un grupo de ciudadanos para preguntarles por la tienda, pero ante sus pintas de secuestrador salieron corriendo antes de que abriera la boca. El chico los miró con malas pulgas y giró para dirigirse hacia otro grupo que actuó de igual manera que el anterior y así lo hizo en un par de ocasiones más. Levy empezaba a desesperarse ante la situación.

—Gajeel estás asustando a la gente, déjame a mí que no parezco un delincuente.

—¿De qué hablas? Voy totalmente normal. —Levy lo miró de arriba a abajo con las cejas levantadas y una expresión en el rostro que decía «¿Me lo dices en serio?». Gajeel iba con una camiseta de tirantes, pantalones, botas militares y guantes con los dedos descubiertos todo bañado por el lúgubre color de la muerte.

Antes de que pudieran iniciar una nueva discusión absurda, la voz grave de una mujer les interrumpió:

—¡Eh! Parejita, tengo unos platos deliciosos que pondrá fin a toda disputa amorosa que no pueda resolver el lecho conyugal. Pasad y disfrutar de la comida de mi restaurante.

—¡NO SOMOS PAREJA! —gritaron al unísono.

—Jajaja ¡eso es lo de menos! Venga, entrad os haré un precio especial. Pronto va a llover y será mejor que estéis resguardados.

Los jóvenes alzaron la mirada hacia el soleado y despejado cielo sin entender el pronóstico climático de la excéntrica mujer. Sin embargo, el rugir de sus tripas les recordaba que ya era medio día y habían transcurrido varias horas desde su intento de desayuno interrumpido por la llegada de Bob. Gajeel miró en el interior de su bolsillo, tenía unas pocas monedas con las que poder comprar comida para ambos y así pagarle de algún modo el dichoso helado. Bajó a Levy y entró dentro del establecimiento, seguido por los pasos de la muchacha. Dentro, estaba totalmente vacío, la mujer les ofreció una mesa para dos y les dejó la carta a disposición para que eligieran el plato.

Levy se sentía un poco cohibida. Al tratarse de un establecimiento pequeño y no tener ningún tipo de compañía, sentía una sensación de estrecha intimidad con el joven. En cierta manera, comer los dos solos en un ámbito tan privado se asemejaba a una especie de cita. Gajeel pensaba lo mismo que la joven, pero había aprovechado la carta para taparse su sonrojada cara. «Maldita sea. A este paso, voy a convertirme en un tomate», pensó el chico avergonzado.

—En-enana ¿q-quieres fideos fritos? —dijo Gajeel inseguro, pero antes de que la joven le contestara fue interrumpido por la voz más irritante que había escuchado en su vida.

—Pero ¡qué tenemos aquí! —un joven de cabello puntiagudo y azabache que parecía ser el camarero, se acercaba hacia Levy clavándole unos lascivos ojos verdes puestos en la muchacha— ¿Qué hace una chica tan bonita como tú sin una flor que realce su belleza? —Cual típico truco de magia barato, o eso pensó Gajeel, el camarero se sacó de la manga un lirio de pétalos blancos que colocó con cuidado en la cinta del pelo de la joven.— Con tu permiso, preciosa. Eso es, así resalta más la luz de esos grandes ojos que tienes.

—Gra-gracias. —musitó Levy colorada.

Gajeel volvía a estar enrojecido. Pero, en esta ocasión, su color se debía a la intensidad de la furia creciente que sentía recorrerle las venas. Sus manos apretaban con fuerza la cuchara que sujetaba, hasta estar a punto de partir por la mitad el metálico cubierto. Tenía el músculo de la mandíbula contraído y sentía hervir tanto su sangre que le daba la sensación de que en cualquier momento iba a soltar fuego por los poros de su piel. «Ahora sí que estoy encendido», pensaba al contemplar el tonteo que el camarero tenía con su enana. A punto estuvo de abrir su boca, cuando otro individuo acechó la sala.

—Hermanito, hermanito. No sabes conquistar a una dama, querida déjame que te toque una canción con el instrumento más bello. —dijo el joven con un violín en sus manos.

Gajeel no daba a crédito a lo que estaba viendo, no sólo tenía ante él a un idiota de pelo pincho tratando de llamar la atención de Levy, sino que además había otro tipejo idéntico a él luchando por conquistarla. «Vamos, no me jodas. ¿Gemelos? ¿Y qué cojones dice sobre tocarla con un instrumento?».

—¡AHHHHHHHHHHHHHHHHH! —embriagado por la ira, Gajeel había tirado la mesa por los aires y de un brinco volvió a colocarse a Levy en sus hombros, ante la atónita mirada de los gemelos.

—¡Gajeel! —Levy abofeteó indignada la cara del dragón slayer— Deja de actuar como un loco, suéltame y siéntate ahora mismo para comer como todo un buen caballero.

El joven gruñó, pero obedeció a mala gana a la chica. Recogió los desperfectos con las manos temblándole de ira y se sentó mientras observaba a los gemelos intentando seducir a la jovencita, al tiempo que ingería cabreado los cubiertos que tenía sobre la mesa sin separar sus rojos ojos de la escena. Los chicos no paraban de traerle platos y sorprenderla con toda clase de patéticos trucos, «Puff, ¿acaba de sacar un conejo de un sombrero? Gilipolleces, yo puedo ir a cazar y le traigo 8 como ese en menos de cinco minutos», pensaba el joven rabioso mientras observaba la luminosa sonrisa de la enana al sujetar al peludo animallo en brazos, aplaudiendo con sus manitas con dulzura como sólo ella sabía hacerlo.

Gajeel nunca había experimentado tantas emociones extrañas para él en tan poco tiempo. Odiaba cada segundo de esa maldita comida, se le estaba haciendo eterno el tiempo en compañía de aquel par. Le molestaba todo de ellos, desde sus estridentes voces hasta los movimientos pavorosos que realizaban para llamar la atención de Levy. También, se sentía entristecido al no poder disfrutar de aquella oportunidad que le había brindado la furia de Titania, por culpa de aquellos idiotas no podía tener por una vez a su enana sólo para él. No dejó de mover las piernas por debajo de la mesa con ansias, a la espera de que la velada se diera por finalizada y escapar con ella de nuevo entre sus brazos.

Lo que no sabía el dragón slayer, era lo bien que se lo estaba pasando la muchacha sintiendo la mirada fija del joven clavada en ella. Era el momento idóneo para castigarle por todas las veces que se metía con ella y la ocasión perfecta para disfrutar siendo el único punto de mira del moreno. Le gustaba la sensación de plenitud en su pecho cada vez que el chico pegaba un golpe a la mesa con sus temblorosas piernas, esos atisbos de cólera eran como caricias en su piel. «Quizá y sólo quizá, Gajeel vea en mí algo más que una amiga», pensó la chica complacida.

Cuando terminaron de comer, lo poco que ingirieron, uno por rabia y otra por entretenimiento, se desplazaron hacia la salida del local, no sin antes despedirse con esmero.

—Levy-swaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan, vuelve pronto. —dijeron los gemelos a la vez.

La muchacha les despedía moviendo la mano con entusiasmo ralentizando la salida, pero Gajeel ya tenía el turbo añadido en sus piernas y había salido por completo del restaurante. Se giró hacia Levy exigiéndole con sus ojos que moviera su trasero, aunque la chica parecía absorta en sus pensamientos, cosa que todavía encrespó más al joven.

La mujer del restaurante les había dado las indicaciones para llegar a una tienda que vendían todo tipo de materiales necesarios para la realización de reformas. Así que Gajeel sacó la hoja de su bolsillo donde la dueña del restaurante había garabateado las indicaciones y caminó hacia la dirección que marcaba el dibujo. Durante todo el camino, se posicionó delante de Levy sin dirigirle ni una palabra. La chica se percató de la fuerte indignación del joven y tras la diversión previa, comenzó a sentirse culpable por su comportamiento y decidió poner fin a su pequeña venganza llamando la atención del chico. Dando pequeños y alegres saltitos, alcanzó a Gajeel y emprendió el camino a su lado, aunque el joven ni tan si quiera se dignó a mirarla y la ignoró como si no estuviera.

Levy agachó la mirada dolorida, parecía que los avances que habían logrado las últimas horas habían sido borrados de un plumazo debido a una pequeña broma. Mientras caminaban en silencio, enfocaba sus ojos fijos en el suelo para no encontrarse con la mirada ofuscada de él, justo en el momento en el que percibió que la luz del Sol era apagada ligeramente. Alzo sus ojos al cielo y pudo observar que unos nubarrones ensombrecían el día amenazando con el despertar de la lluvia.

—Mira, la mujer no se equivocaba.. —rompió el silencio la muchacha.

—Sigue haciendo calor aunque esté nublado. Si llueve, serán unas gotas sin importancia. —contestó el chico con desdén.

«Pero, al menos vuelve a hablarme», pensó la peli azul complacida, «Puede que sea cierto eso que dicen de ¡para romper el hielo, habla del tiempo!».

Llegaron a las puertas del establecimiento, Gajeel le echó un ojo de nuevo al papel que tenía en sus manos para asegurarse de estar en la ubicación adecuada y algo más calmado entró junto a Levy en el interior de la tienda. Un señor de mediana edad les saludó con entusiasmo, invitándoles a reclamar su ayuda en cuanto fuera necesario. Los chicos contemplaron el interior asombrados, pues la tienda era mucho más grande por dentro de la impresión que daba por fuera. Tenía una gran inmensidad de estanterías plagadas de botes de pintura, brochas, productos de limpieza e incluso un apartado de carpintería, todo ello dividido en respectivas secciones. Gajeel y Levy fueron escogiendo cada uno de los materiales que les eran necesario y amontonándolos en un carrito que iban arrastrando. A la chica le pareció una situación divertida, pues no paraba de imaginarse que aquella compra era para las reformas de su futura casa con Gajeel, en lugar de tratarse de un castigo impuesto por su pelirroja amiga. Cuando tuvieron todos los objetos reunidos, pararon enfrente de la amplia cola que había para pagar, pues al ser una tienda tan completa eran muchos los que acudían a comprar en ella.

Entonces, Gajeel rebuscó en sus bolsillos el dinero para pagar y un sudor frío recorrió su columna vertebral.

Había gastado todo su dinero en aquel intento de comida que había tenido con Levy, no le quedaba ni una mísera moneda para pagar. Sabía a la perfección que Levy no llevaba nada encima, ya que se había dejado el bolso en el cuarto y no podría ayudarle a salir del apuro. También, conocía a la perfección el carácter de Titania y si ya habían invertido más tiempo del que la pelirroja consideraría necesario en aquella visita al pueblo, sólo faltaba que regresaran con las manos vacías. Tragó saliva imaginando la paliza que iba a recibir cuando volvieran y acojonado por la reacción de Erza, decidió recobrar los conocimientos delictivos que había adquirido en su antiguo gremio y salir volando de aquel local. Con la mayor frialdad que pudo reunir, cargó de nuevo con la joven, esta vez con el peso añadido de los materiales y pegó grandes zancadas con el objetivo de precipitarse hacia la salida.

—¡¿Gajeel estás intentando hacer un récord de a ver cuántas veces me cargas cual saco en un día? Y... ¡¿qué haces saliendo de la tienda?! ¡Ahhhh!

Levy se estremeció al sentir en su piel las frías gotas de lluvia que empezaban a descender de los cielos. Gajeel corría desesperado, intentando no resbalarse con los charcos que empezaban a crearse ante sus pies, al tiempo que los hombres de seguridad de la tienda les pisaban los talones. La chica se sentía avergonzada del comportamiento de su amigo e intentaba ocultar su rostro en el cuerpo de él, por su parte, Gajeel no se sentía orgulloso de sus actos, pero prefería realizar un pequeño delito antes que someterse a la ira de Titania.

No conocían bien el pueblo, por lo que iban en desventaja respecto a los guardias. No obstante, un atisbo de suerte les acompañaba, pues otro grupo de ladrones se dirigía en la dirección contraria a ellos. Gajeel los supo esquivar a la perfección, provocando que chocaran con sus perseguidores, momento que aprovechó el joven para meterse en un pequeño callejón apartado donde resguardarse de la lluvia y suplicar la ayuda de la joven. Ya buscaría el modo de hallar sus mejores ojitos de corderito para que ella sintiera compasión hacia él. Se adentraron en el callejón hasta el final, donde un pequeño techo les ofrecía un suelo seco donde poder sentarse, Gajeel colocó las cosas y a Levy con cuidado en el suelo, aunque ella le estaba fulminando con la mirada.

—Gajeel, lo que has hecho está muy mal, nos va a traer probl...

—¡Shhhhhhhhhhhhhhh!- siseó el joven tapándole la boca con la palma de la mano y sentándose en el suelo ante ella.

El callejón era muy estrecho y le obligaba a permanecer muy pegado a la chica, por lo que Levy se ruborizó y acalló sus labios mientras observaba el perfil del chico, quien miraba hacia todos los lados en busca de una posible amenaza. Le recordó en cierta manera al Gajeel que conoció al principio, aquel chico malo que se saltaba las normas a la primera de cambio y disfrutaba siendo un rebelde. Pero, en esta ocasión, era distinto. Los ojos rojos del joven no brillaban emocionados ante el peligro, sino que dejaban ver un fragmento de preocupación en su mirada. Era evidente que a aquel joven le excitaba el riesgo, pero también era verdad que en sus años en Fairy Tail se había calmado un poco y en cierta manera, era gracias a la serena compañía que le otorgaba Levy, a pesar de que la razón principal era un misterio para la chica.

Ella fue a levantarse, justo cuando él giró su rostro para susurrarle de cerca. Entonces, los labios de ambos estuvieron a punto de rozarse por error y ambos sintieron el dulce aliento del otro muy cerca de su piel. En vez de separarse ante la sorpresa, se quedaron en esa posición, muy cerca mirándose a los ojos como embrujados por el momento. Gajeel podía sentir los latidos de su corazón con tanta fuerza, que creía que su órgano vital iba a salir disparado de su pecho en cualquier momento. Levy empezó a experimentar temblores en su fina piel, intentaba convencerse que se debían al frío que estaba cogiendo por la humedad de la lluvia que calaba en sus prendas, pero en el fondo sabía que ese temblor lo despertaba únicamente la cercanía con Gajeel.

El chico intentaba mandarle órdenes a su cuerpo desde su cerebro para que se alejara de ella y dejara de intimidarla, pero su rostro era desobediente y en lugar de distanciarse, cada vez tenía su respiración más pegada a la cara de ella. Sintió un escalofrío eléctrico recorriendo su piel al mirar la boca entre abierta de la muchacha, tan bonita y bien dibujada, con aquellos labios con los que tan a menudo soñaba. Inconscientemente, se aproximaba hasta ellos despertando una emoción florecer en el vientre de la muchacha.

Levy estaba paralizada ¿era un intento de besarla o su imaginación le jugaba una mala pasada con sus deseos? Sin saberlo muy bien, inclinó su cabeza hacia atrás dejándose llevar. Gajeel estaba hechizado, no sabía lo que hacía, pero podía contemplar como su enana acababa de inclinarse y cerraba los ojos para él.

«¿Este arrebato de pasión lo provocan mis celos, mi imprudencia robando o la lluvia? ¿Tanto me ha descolocado el miedo qué le tengo a que Titania me de muerte que actúo como un loco? ¿Qué estoy haciendo, joder? Que alguien me pare antes de que sea tarde..», suplicaba el joven por dentro.

Deseaba besar a su enana, pero temía hacerlo y que todo cambiara, él no era el tipo de hombre que merecía su pequeña hada. No sabía lidiar con la gente, no entendía los convencionalismos sociales. Pero, ahí estaban ahora los dos a una distancia nada inocente de sus labios, mientras la lluvia que había empapado sus cabellos rodaba ahora por sus ruborizadas mejillas.

—¡Ahí están! ¡Arrestadlos ahora mismo! —la llegada de los guardias acompañada de los policías rompió la magia del momento, evitando la llegada de aquel primer beso.

Nota de autora: Soy malvada, lo sé. Pero, espero que os guste xD