Capitulo 1: Las semillas del amor
Un corazón roto puede tardar años en sanar, y este era el caso de Candy, había renunciado al amor aquel día de invierno, jurandose nunca permitirse ser herida de la misma forma. En su rostro siempre dibujaba una sonrisa, mas cuando sentía su fortaleza flaquear ante los recuerdos, se refugiaba en las ramas del padre árbol para llorar sin miedo. Nadie se animaba a preguntarle por el amor, sus amigos sabían bien que evadía el tema, pero Albert, siendo su consejero, le recordaba que había prometido ser feliz.
Candy conocío a Cedric Fairchild por medio de Patty, enlazando una fuerte amistad desde el primer momento, el había servido en la guerra años atrás, y regreso a su hogar en Virginia donde su padre le esperaba con una posición en su empresa y una esposa de vitrina; pero Cedric había visto a la muerte de cerca durante su servicio, y estaba decidido a vivir con sencillez, queriendo dedicar sus días a la agricultura y la vida de campo; la rabieta de su familia fue larga, pero el mantuvo su posición y se marcho en un tren con destino a Illinois, lugar de grandes prados listos para ser explotados por su agradable clima.
Candy logro que su amigo Tom le diera un empleo mientras conseguía el dinero para tener su propia tierra, y él como agradecimiento se encargaba de ayudar en reparar los techos y maderos sueltos del hogar. Aquella chica de ojos verdes cual primavera fresca le había arrebatado el sueño, se pretendía su amigo con la esperanza inútil de conquistar su corazón, le gustaba estar cerca de ella, ser su complice, adorar su amor por la vida en silencio, pero sabía bien que debía ser paciente y no usar engaños o promesas burdas con ella.
Para todos era obvio que entre ellos había una complicidad especial, Annie le insitía a Candy en cada visita que le diera la oportunidad al amor que aquel joven alto de cabellos castaños y piel bronceada le ofrecía
-No puedes temer siempre Candy-
-Annie, por favor no insistas, Cedric es maravilloso y tierno, pero...-
-Pero que?, no puedes seguir derramando lagrimas por el pasado, debes buscar tu felicicdad Candy, y él se ve esta dispuesto a darte el alma-
-Pero...yo...yo no puedo darle la mia- Respondio Candy mirando hacía el horizonte con los ojos cargados de lagrimas
-Aún...le amas? A Terry quiero decir-
-No lo se, aveces creo que mis heridas nunca dejaran de sangrar-
-Candy- Dijo Annie mirando como los ojos de su querida amiga se ensombrecían a pesar del paso del tiempo.
Las palabras de aquellos que le apreciaban habían logrado calar en la mente de Candy, ella merecía tener a alguien que le amase y estuviese dispuesto a luchar por ella, el amor era capaz de surgir como una semilla en la tierra cuando se le cuida con dedicación y ternura le decía la hermana Maria y Cedric era justamente ese tipo de amor. Ella disfrutaba de su compañía, de las suaves caricias que él le propinaba cuando salían a pasear, de como le llenaba de mimos y detalles; Cedric era el hombre adecuado para hacerle feliz.
Así fue como después de un año, Candy se permitió ser cortejada por primera vez en mucho tiempo, gustosa de recibir aquel cariño. Cedric empeñado en borrar los fantasmas de su amada rubia había puesto todo su ser en ser dueño de unas pequeñas tierras en las que él y Candy pudieran vivir felices; le visitaba cada tarde, llevando siempre con él tiernos detalles, una flor, un chocolate, algo que hiciera a Candy sonreir.
Aquellos fueron meses tranquilos y felices para todos, Candy y Annie celebraron su cumpleaños numero veintiuno rodeadas de sus amigos, Albert le regalo a cada una de ellas una hermosa peineta de oro y plata con sus iniciales grabadas, la hermana María y la Señorita Pony les bordaron una esplendida colcha con la imagen de la vieja casona donde ambas crecieron; eran días de risas y un verano fantastico que anunciaba el final de la guerra, pero una pandemia amenazadora se acercaba, la misma que iba a cambiar sus vidas por siempre.
