Capitulo 8: El encuentro.

El puerto estaba casí vacío, era Lunes por la mañana y Candy miraba a su mejor amigo desde el enorme transatlántico, estaba lista para hacer el viaje de su vida, Albert le sonreía asintiendo con la cabeza, sabía que ella sería feliz desde ese momento y hasta el final de sus días.

Candy trataba de no llorar, estaba enfundada en un hermoso vestido carmesí que resaltaba su melena rubia y el esmeralda de sus ojos, sus manos temblaban con insistencia, tenía de frente un viaje de almenos quince días.


Una semana había pasado y el Atlántico parecía sonreirle, Candy pasaba la mayor parte de sus días encerrada en el camarote, las cartas aquel que tanto amaba viajaban con ella, les leía una y otra vez, se enamoraba un poco mas con cada una, una de ellas en especial causaba estragos con su paciencia, era reciente, el impecable blanco del papel, las palabras en ella

Candy,

Susana ha muerto, no se si deba sentir culpa, pero si así es, me perdonaran los dioses porque no la hay, ella me ha pedido buscarte, ser feliz a tu lado, cuanto quisiera poder serlo, tenerte junto a mi. Pero he de confesar que el miedo es mi dueño una vez mas, no quisiera mas que correr a tus brazos, pasar los días junto a tí en la colina de Pony, Candy, por que sigo siendo tan cobarde si lo unico que quiero es tenerte aquí.

Mi madre me ha pedido que viaje con ella a Escocia, no se si sea lo correcto, ese lugar guarda mis recuerdos mas sagrados a tu lado, y no se si pueda resistir aquella casona, los caminos que recorrimos aquel verano, quiza sea hora de enfrentar a mis demonios, de verles a la cara de una vez por todas, quisiera derrotar a este maldito orgullo que siempre me hace perder lo que quiero.

No se si Edimburgo sea la salida a todo esto, pero si Diciembre me encuentra en aquellas tierras, rezare por olvidarte, se que hay alguien mas en tu vida, me he enterado por Tom, ahora se que has encontrado un mejor camino, y yo tratare de honrar tu recuerdo dejandole ir con una sonrisa.

Siempre tuyo, Terrence.


Las primeras semanas en Escocia habían sido alegres, madre e hijo compartían cada día, esperando como niños la navidad, la nieve se había apoderado de todo cubriendole de una palidez delicada. Salían a cabalgar cada tarde, ambos a su manera buscando despejar de reclamos sus corazones; por las noches leían junto a la chimenea las obras de teatro mas emblematicas, se turnaban, imitaban las voces, reían, dejando todo atrás.

Eleanor aún no recibía noticias de America, de alguna forma se había dado por vencida en su campaña de reunir a su hijo con la mujer que amaba, pero con el mismo esmero buscaba darle al menos un poco de consuelo.


Candy arribo a Edimburgo cerca de las diez de la noche, la nieve caía sin misericordía, pasaría la noche en una pequeña posada, a la mañana tomaría un coche con rumbo a su destino.

No logró conciliar el sueño, su cuerpo era un manojo de nervios, su mente una tempestad de ideas, cerraba sus ojos y le veía con claridad, sus ojos azules, su sonrisa un poco retorcida, sus cabellos castaños jugueteando con el viento, estaba tan cerca de él que le era dificíl respirar.


Después de desayunar Eleanor y Terry descansaban en el salón, afuera nevaba con insistencia.

Candy se aferraba al asiento del coche, estaba a escasos cinco minutos de la Villa de los Granchester, se mordía los labios para no desfallecer.


-Señora, disculpe les moleste, pero alguien ha venido a visitarles- Anunciaba la mucama desde la puerta

-Quien podra ser?- Pregunto Terry a su madre un poco desconcertado

-No lo se hijo, pero supongo que no podemos negarnos- Dijo Eleanor con un ápice de esperanza -hagale pasar por favor-


La joven mucama cerró la puerta tras ella, los segundos de espera fueron el mismo infierno para Candy quien esperaba ansiosa en el vestíbulo.

La joven regreso después de recibir la respuesta de los señores

-Adelante joven, el señor Grandchester y la señora Baker le esperan en el salón-

El momento había llegado


La puerta se abrío con fuerza y el rostro de Terry perdío el color cuando miro a la rubia que le miraba un poco cabizbaja desde el umbral.

El corazón de Candy parecía escapar de su pecho, allí estaba él, mirandole desconcertado y hermoso.

Los ojos de Eleanor no creían lo que veía, ella estaba ahí, justo ahí frente a ellos.


-Candy- Dijo Terry tratando de no tropezar, de creer lo que veía, era acaso un sueño?, ella le sonrío con dulzura

-Terry, yo...yo he venido a buscarte-

Esbozando una enorme sonrisa él se acerco a la joven de ojos esmeralda

-Candy, yo...como-

-Creo que esto te pertenece- Le dijo ella acercandose, en sus manos un puñado de cartas amarillas

-Pero, como?- Preguntó Terry aún mas confundido

-He sido yo hijo- Dijo la mujer mirandoles desde la puerta

-Madre, tú, de donde has sacado esas cartas?-

-Perdoname hijo, no quise faltarte el respeto, las encontré en tu apartamento, las leí, y decidí que Candy debía saber lo que estabas sintiendo, yo, yo se las envie con Albert-

-Es eso verdad Candy?- En su voz parecía colarse el enojo

-Lo es Terry, Albert me las entregó hace unas cuantas semanas, él...-

Terry suspiro y cambio su rumbo hacía el ventanal, trataba de no perder los estribos, aquellas malditas cartas eran privadas, eran su alma desnudam nadie debía leerles

-Terry, hijo...yo, lo siento tanto, solo quiero que seas feliz- Dijo Eleanor acercandose a su hijo

Los ojos de Terry se habían cerrado al igual que sus puños, una batalla se llevaba a cabo en su mente, Eleanor y Candy le miraban con terror, conocían bien su carácter, los segundos corrían lentos, el unico sonido perceptible en la habitación era el fuego chispeando sobre los maderos secos

Se volteo mirando a su madre, los ojos cargados, el alma libre

-Gracias- Dijo abrazandole con la mas grande ternura -Gracias por ser mi madre-

Eleanor dejo rodar dos grandes lagrimas abrazando a su hijo

-Te quiero- le susurro en su oido -Ahora, puedes ser feliz- Y sin mas salío corriendo de la habitación

Candy lo miraba con ojos llorosos, él con la mayor de las alegrias.


-Candy, me amas?- Se atrevio a preguntar despues de unos instantes

-Mas que a mi vida- Le dijo ella con una sonrisa

Terry por primera vez en muchos años se dejo ver llorar, se acerco a ella cubriendola con sus brazos -Mi querida Candy- susurraba con la cara hundida en su cuello. Ella también lloraba, pero por primera vez en su vida, era de felicidad, Terry tomo su rostro entre sus manos, enjuagando sus lagrimas con la punta de sus pulgares

-Te amo- Le dijo inclinandose para depositar sobre los labios de la rubia un intenso beso, el segundo de sus vidas, fundiendo así aquellas dos almas una vez perdidas en la eternidad del amor.


Epílogo

Albert había recibido una carta de Eleanor con las buenas nuevas y sonreía emocionado mirando hacía el jardín, su querida Candy era feliz.

Los días transcurrieron felices en aquella vieja casona que parecía sonreir al ver en su interior tanto amor, una familia reunida junto al fuego, Candy y Terry entrelazaban sus manos a cada instante, compartiendo complicidad y ternura, Eleanor estaba junto a ellos siempre que fuera prudente, le gustaba mirarlos compartir besos, caricias, era su paz ver la dicha que una vez mas brillaba cual chispa en los ojos de su hijo.

Las copas de champagne tintineaban emocionadas, El nacimiento de 1919 en sus puertas traía consigo los lazos de la felicidad, Terry abrazado a la cintura de su unico amor susurraba

Siempre tuyo, siempre mia Candy.

Fin.


Gracias por leerme, espero este fic haya sido de su agrado.! n_n