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Los patos también besan ahí

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¡Muak!

¡Muak! ¡Muak! ¡Muak!

¡Muak!

¡Muak! ¡Muak! ¡Muak!

¡Muak! ¡Muak! ¡Muak! ¡Muak!

¡Muak!

¡Muak, muak, muak, muak muak…!

… ¡Muaaaaaaak! ¡Muaaaak! ¡Muuuaaaak! ¡Muak!

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Cologne regresaba de madrugada a su habitación. A su edad ya la vejiga no funcionaba tan bien como en otrora años. Una molestia sentirse más vieja cada día, pronto tendría que usar pañales si quería combatir sin perder la concentración ni pasar vergüenzas. Se relamió, qué mal. Se detuvo al percibir un sonido extraño, un suave aleteo. ¿Sería Mouse?

Ocultándose detrás de la pared esperó. La puerta de la habitación de Shampoo se abrió levemente.

Y escuchó un parpado —sí, el graznido de un pato—, pero era el más extraño, empalagoso, viscoso, como si estuviera chapoteando con el pico en algo muy húmedo.

Vio salir al pato con los anteojos empañados de la habitación de su bisnieta, pasándose el ala por el pico, suspirando un suave ¡cuac! La curiosidad pudo más y evitando a Mouse para que no la descubriera al cruzarse, se acercó a la puerta mirando por la rendija. Vislumbró entre las penumbras a su bisnieta de espaldas en la cama, despeinada, agitada, con las sábanas medio tapando sus desnudas piernas que tenía dobladas como montañas, y una enorme sonrisa de satisfacción en sus sensuales labios, respirando con agitados suspiros que alzaban sus casi destapados senos.

Cologne volvió a su habitación. No podía ser eso, no, realmente no. No, no, no, no y no. ¡No! Seguramente lo estaba imaginando y sacaba conclusiones precipitadas y demasiado perversas para su edad. Meneó la cabeza. Esto de volverse tan vieja…

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