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E.R.

(Emerjensu Romusu)

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Las puertas de la sala de emergencia se abrieron de golpe. La camilla ingresó con sus ruedas rechinando violentamente sobre la cerámica, al ser empujada por varios paramédicos y enfermeras. Una de las enfermeras dejó el grupo para correr por otro pasillo buscando ayuda.

Frente a una máquina de café instantáneo, dos jóvenes y apuestos médicos, de delantales abiertos, conversaban muy animadamente.

—¿Qué insinúas, Saotome? —el doctor Hibiki gruñó y bruscamente cogió al doctor Saotome por la camisa—. ¿Te atreves a insultarme?

—No necesito hacerlo —el doctor Ranma Saotome lo evitó mirando hacia el costado con una malévola sonrisa de burla—, lo haces tú solo.

—Tú…

—Demonios, Ryoga, no te hagas ahora el ofendido. ¿Cómo pudiste confundir las amígdalas de un paciente con su riñón?

El doctor Hibiki perdió el ímpetu y lo soltó mirando el piso, jugando con los dedos.

—B-Bueno, un error lo comete cualquiera.

—¿Un error? ¿Y cómo entonces le terminaste sacando la próstata a ese desafortunado paciente?

—Ah, bien, eso… —el doctor Hibiki se rascó la nuca desesperado sudando ante la acusadora mirada del doctor Saotome.

—¡Doctor Saotome! ¡Doctor Saotome!... ¡Ranma!

—¿Akane?

La enfermera en jefe Akane Tendo llegó a ellos jadeando. En sus ojos se podía ver la angustia.

—Calma, Akane —el doctor Saotome la cogió por los brazos intentando dejarla respirar, con una confiada sonrisa en los labios—, ¿qué sucede? ¿Ya asfixiaste a otro paciente por intentar ponerle una venda en la cabeza?

—¡No bromees! ¡Oh! Oh, no, perdón, doctor Saotome. Es…

—Ya lo tengo —Ranma golpeó la mano empuñada contra la palma—, quisiste inyectar a un niño y se te escapó al ver lo bruta que eres con el resto...

—No… ¡Claro que no! —Akane apenas conseguía hablar por la falta de aliento—, no,no, es…

—¡Lo tengo!... No, Akane, ¿otra vez te da vergüenza ponerle un termómetro rectal a un paciente?...

—¡Idiota! —Akane, enrojecida, le zurró suavemente por el hombro con la ficha médica que traía en la mano.

—¡Auch! Eres una bruta, ¿por qué me golpeas?

—Ranma, déjate de tonterías. Perdón, digo, doctor Saotome —fingió un ligero tono de respeto antes de seguir regañándolo—, ¡ha llegado otra víctima de sanguijuelas fandómicas!

—¿Otro caso de sanguijuelas fandómicas?

—Sí, Ran… doctor Saotome. Otro caso de sanguijuelas fandómicas, ¡y es muy grave!

—No es posible —Ranma adoptó una dramática pose mirando hacia el pasillo empuñando la mano en alto. Akane se dejó llevar por la tensión abrazando su ficha médica sin quitarle los ojos.Y tras ellos, el doctor Ryoga Hibiki se asomaba por los lados del cuadro no comprendiendo nada, sintiéndose olvidado—, no es posible, otra vez esas malditas sanguijuelas fandómicas.

—Por favor, doctor — Akane le rogó cogiéndolo desesperada por el delantal—, tiene que hacer algo.

Ranma giró cogiendo las manos de Akane. La muchacha se sonrojó retrocediendo un paso antes de sentirse atrapada, no pudiendo creer lo que sucedía, cuando el joven doctor Saotome acercó su rostro seriamente.

—Akane… —susurró casi sobre los labios de Akane.

—¿Doc… Doctor?

—¿Akane…? —susurró más cerca casi sintiendo como se mezclaban sus alientos.

—D-Doc… ¿Ranma?

—Akane… ¿Qué son las sanguijuelas fandómicas?

El golpe resonó por todo el hospital dejando quieto a los trabajadores y pacientes que miraron hacia todos lados confundidos. Akane le había dado con la ficha médica por la cabeza cogida con ambas manos. Ranma, apenas en pie con la cabeza casi rozando el piso, se enderezó al momento quejándose.

—¡De nuevo, por qué me golpeaste!

—¿Puedes dejar de jugar? Estoy hablando seriamente, Ranma.

—Y eso es lo que hago, no estoy jugando, soy un profesional.

—Oh, sí, se nota.

—Disculpen —Ryoga los interrumpió—, yo sí sé lo que son las…

—¡Silencio, no te metas! —gritaron ambos profesionales a la vez volviendo a enfrentarse, como si ignoraran su existencia, dejando al pobre doctor Hibiki clavado en la pared por culpa del miedo.

Akane se dio un suave golpe en la frente volviendo en sí.

—Ranma, digo, doctor Saotome, debemos darnos prisa. Es un caso grave, de vida o muerte.

—Pero…

—Ranma, por favor, ¡te necesitan! El doctor Kuno lo va a intervenir, sabes lo que eso significa.

La mirada seria y al borde de las lágrimas de Akane provocó un fuerte remordimiento en Ranma. Estúpida Akane, pensó, ¿por qué tiene que tomarse todos los casos de manera tan personal? Es una tonta sentimental… A pesar de sus pensamientos asintió, no podía hacer otra cosa y tomando el brazo de Akane la arrastró de regreso al área de emergencias. Esperaba que el imbécil de Kuno no hubiera comenzado, o seguramente ya habrían perdido al paciente.

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Ranma salió de la sala de cirugías. Cabizbajo, agotado, respirando agitado al borde de sus fuerzas. No habló con nadie, siquiera con Akane que lo había esperado todo ese tiempo y la dejó con la pregunta atascada en su garganta como si no la hubiera visto. Tras Ranma apareció la arsenalera Konatsu. Akane y el doctor Hibiki, que también estaba allí esperando, observaron atentamente a Konatsu. Y esta respondió entristecida con un leve movimiento de cabeza. Akane se llevó las manos al rostro. Ryoga se pasó la mano por el cabello cabizbajo en un gesto de impotencia.

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Akane tocó suavemente la puerta. No hubo respuesta. Luego entró decidida a la oficina del doctor Ranma Saotome. Lo encontró echado en el pequeño sofá con los pies sobre la mesita de centro, siquiera se había cambiado de ropa y miraba una pequeña televisión que tenía en su oficina, la que se encontraba apagada.

—Ranma… —susurró. No obtuvo respuesta.

Se acercó depositando una taza de té y abrazó la bandeja con timidez sentándose a su lado.

—Ranma, háblame —insistió. El joven doctor torció los labios e insolente miró hacia la ventana—. Ay, Ranma, yo… Ranma, no fue tu culpa, hiciste todo lo posible.

—Pero no fue suficiente.

—No fue tu culpa.

Volvieron a guardar silencio. Ranma suspiró cansado, luego lanzó un bufido y recogiendo las piernas apoyó los pies en el piso. Se enderezó para luego doblar el cuerpo hacia adelante apoyando los brazos en las piernas.

—¿Qué estoy haciendo mal, Akane?

—Ranma…

—He hecho todo lo posible durante treinta y ocho tomos… y un estúpido animé donde se la pasaban inventándonos reacciones que no… no…

—No fue tu culpa, yo lo sé, hiciste lo mejor. Siempre diste lo mejor.

—Me han maldecido, golpeado, estafado, maltratado, chantajeado…

—A mí también, Ranma, a los dos. Hemos estados juntos desde el principio, desde el primer número en que nos conocimos…

—¿Qué hice mal, acaso no basta?

—Ya te dije que no es tu culpa, Ranma. Solo que nosotros… ya estamos pasados de moda.

—¡Me niego!

—Ranma…

—¡Me niego, me niego, y me niego a creerlo! No puede ser que perdamos día tras día a tantos buenos escritores.

—Ranma, no te tortures más, sabes que no basta con que nosotros hagamos nuestro mejor esfuerzo.

—Pero, Akane…

—Es distinto ahora, nuestro tiempo pasó, ya solo depende de ellos mantenernos con vida.

Ranma no respondió, pasó sus manos por el rostro y las dejó apoyando su cabeza.

—Ranma, no te tortures más, no te hace bien. Además, fue un caso de sanguijuelas fandómicas, sabes lo grave que es, cómo se comen el ánimo y la fe del autor. Ningún escritor serio, que se toma tantas horas escribiendo, investigando, esforzándose para que su fic sea lo mejor posible, puede soportar el que trabajos pésimos, mal hechos, donde nos hagan sufrir situaciones clichés y estúpidas, o nos torturen con dramas y tragedias escalofriantes que no van con la esencia alegre de lo que somos, reciban tantos comentarios alabándolos. Incluso cuando esos autores confiesan abiertamente como si fuera un logro el que plagian obras y nos hacen actuar en roles que no son los nuestros, apenas cambiando nuestros nombres. Es espantoso.

—No, Akane, yo…

—Y esos pobres autores que trabajan tan duro y apenas reciben comentarios; una situación injusta que no importando lo buena persona que sean, la paciencia con la que escriban, los termina cansando y enfermando todas sus buenas ilusiones. Son humanos también, merecen halagos por sus obras. Y cuando ya están enfermos de falta de atención, tan injusta, vienen… —Akane se pasó la mano por los ojos intentando mantener el control—, vienen las sanguijuelas fandómicas, que succionan la poca sangre que le queda al autor. Y el autor ve cada día como estos lectores silenciosos los agregan a sus favoritos o siguen sus historias, sin siquiera animarse a poner un comentario, ¡un solo comentario! Como si la obra por la que tanto trabajaron, con tanto cariño, no fuera más que un mero producto de supermercado que cogen y se van. ¿Es que no saben que el pago de un autor por su esfuerzo son sus comentarios felicitándolos y corrigiéndolos, haciéndolo sentir que todo lo que hacen es útil?

—Akane, lo siento, te he fallado.

—No me has fallado, Ranma, no tú. Es culpa del tiempo, nuestro tiempo que se agota, ya somos parte del pasado.

—¿Pero tendremos que ser víctimas de pésimos fics? ¿Hasta cuándo, Akane? ¿Hasta cuándo?

—Hasta que nos olviden del todo, Ranma —Akane cogió las manos de Ranma con ternura.

—Pero les hemos fallado a esos buenos autores, ya no conseguimos entusiasmarlos. Es nuestra culpa…

—No —Akane lo detuvo con un dedo en sus labios—, no es nuestra culpa. Los buenos autores no se han perdido. Ellos viajarán a otros lugares, crearán personajes propios, como nosotros nacimos un día, llenos de vida y entusiasmo. Los buenos autores encontrarán su lugar, porque un escritor jamás deja de escribir aunque prometa no más hacerlo. Y nosotros desapareceremos orgullosos de haber sido los primeros personajes con los que compartieron tantas aventuras. Nosotros…

—Debemos quedar atrás —murmuró Ranma resignado.

—Sí, Ranma, debemos quedar atrás como un bonito recuerdo en la vida de esos futuros autores.

Ranma hizo una triste mueca acariciando los dedos de Akane.

—Supongo que debo aceptar mi derrota, Akane. Finalmente he perdido…

Akane inclinó su cabeza recostándose en el hombro de Ranma. Y así se quedaron hasta que terminó esta escena.

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