Ranma ½ no me pertenece.

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Engaño

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Tenía que estar a la hora.

Si esperaba más seguramente se arrepentiría. También pudiera ser que él se cansara de aguardar creyéndola una mentirosa a pesar de haber empeñado su palabra de artista marcial.

Posó los ojos en el fino reloj en su delgada muñeca, notó en cambio sus propias rodillas. Temblaban chocando entre ellas. Hacía tiempo que no acostumbraba a usar uno de sus viejos vestidos tan juveniles y reveladores. Deslizó los talones de sus bonitos y coquetos zapatos juntándolos con fuerza, al igual que sus piernas casi desnudas intentando contener el involuntario escalofrío por lo que recordó estaba por suceder.

Miró hacia un extremo del carro del tren. Dos estudiantes simulaban leer una historieta cuando en realidad la espiaban. Del otro lado algunos oficinistas eran un poco menos cuidadosos para tallarla con sus ansiosos ojos desde los talones hasta sus muslos... Evitó ambos lados inclinando el rostro mirando fijamente el piso, la saliva se acumuló en su boca y tragó con dificultad. ¿Estaba haciendo lo correcto?

La cabeza le pesaba, sentía que ardía su rostro como si tuviera fiebre, la fuerza en sus propias manos fallaban a la hora de apretar algo tan frágil como la cinta de su cartera, cuando intentaba sostenerse en algo que pudiera calmar sus violentos temblores. Respiraba agitada no consiguiendo dominar su propio corazón mientras esperaba en el más alejado rincón de la estación de tren de Shibuya.

Estaba asustada.

¿Qué pensarían si se enteraban en casa de lo que estaba haciendo? ¿Qué sucedería si algún conocido la descubría por accidente a pesar de haberse alejado de Nerima?… ¿Y si se le ocurría a su hermana mayor hacer algunas llamadas telefónicas y descubría que su viaje de ex alumnas del Furinkan era solo una tapadera?

Como fuera, más complicado lo tendría explicárselo a su esposo Ranma Saotome. No quería ni imaginárselo si eso llegaba a saberse. Sufrió un violento escalofrío.

Su corazón dio un brinco y dolió cuando una gran mano se posó sobre su hombro. Mano cubierta por un guante blanco. Al principio no atinó a moverse, paralizada sus labios se entreabrieron dejando escapar un suspiro que más pareció el quejido de un apuñalamiento.

—Viniste.

—Yo… Y-Yo siempre cumplo lo que d-digo…

—Calma, Tendo, estás muy nerviosa. Parece que fueras a desmayarte —el hombre, vestido con el uniforme de un guardia de la estación, hizo una media sonrisa ajustándose el sombrero.

—Es Saotome ahora —respondió Akane con el último atisbo de voluntad y valor que le quedaba.

—Eso no me importa, Akane —la cogió bruscamente por el brazo—, ¿te arrepientes?

—No…

—¿Faltarás a tu palabra?

—¡C-Claro que no!

Él lo sabía, ella no podía negarse, era lo único que podía hacer para salvar su matrimonio, aunque pareciera que estuviera haciendo lo contrario. Seguramente de enterarse le dirían que era una boba que se dejó engañar, ¡pero ellos no sabían! Este asunto era solamente de ella… y de Ranma. Lo estaba haciendo por él, sí, por él, aunque pareciera que lo estuviera traicionando todo lo hacía por él. Ella haría lo que fuera necesario.

Dejó de forcejear y se dejó guiar. El sujeto se sonrió otra vez, ajustó su gorra y tirándola de la muñeca la llevó fuera de la estación. Las calles, los edificios, las decenas de transeúntes eran solo ruido blanco a su derredor. Akane apenas alzó el rostro tras la enorme espalda del maldito que la guiaba contra su voluntad. Entonces vio el edificio que los esperaba. Era un hotel del amor.

No dijo nada cuando la llave cayó por el receptáculo bajo la pantalla. Tampoco ella habló cuando entraron por la puerta de la habitación. No emitió susurro hasta que escuchó que ese sujeto tiró la chaqueta lejos, dejó caer el sombrero a sus pies y la envolvió con un fuerte abrazo.

—No sabes lo que esperé, Tendo.

—Es… Es… Saotome… ¡Ah!

Sintió cómo el fuego se apoderó de ella cuando aquella mano, sin el guante, se deslizó por debajo de su falda. Las piernas no le respondieron y las manos, antes empuñadas, se abrieron víctimas de debilidad, miedo y rendición.

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Notas de autor: armar un nuevo hogar es algo realmente difícil. Pero muy divertido cuando se hace junto a la persona que uno ama. Aunque, debo reconocer que si no fuera por el sentido común de mi Romi que sabe detenerme, hace rato que hubiera prendido fuego a la cocina. Casarse es en la realidad mucho mejor que en las historias, puedo dar fe de ello.

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Sr. Noham Theonaus.-

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