Ranma ½ no me pertenece.
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Engaño parte dos
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Sintió cómo el fuego se apoderó de ella cuando aquella mano, sin el guante, se deslizó por debajo de su falda. Las piernas no le respondieron y las manos, antes empuñadas, se abrieron víctimas de debilidad, miedo y rendición. Aquel hombre se estaba dando un descarado gusto al apretujarle en un violento bamboleo sus blancos muslos, dejando marcas en su piel. La falda corta se levantaba y bajaba por los movimientos que las manos de ese extraño hacían entre sus piernas. Y los dedos fueron subiendo y bajando, al ritmo de los jadeos de ese hombre que la manoseaba como un sediento que condenado a la muerte en el desierto bebía el agua de un milagroso oasis. Era un sonido repugnante, como si tuviera la boca entreabierta al respirar con fuerza, no tenía delicadeza alguna, temía que en cualquier momento comenzaría a lamerla como un perro; porque no era humano, sino un animal ese hombre que la estaba masajeando con el único fin de devorarla.
Los dedos rozaron el inicio de sus piernas, por encima de la tela que protegía su más preciada virtud, aquella que debía pertenecer en fidelidad únicamente a un hombre. Ella lo sintió, el roce, rápido y casi accidental, como si hubiera tocado su más secreta intimidad encontrándose desnuda y un suspiró escapó de sus labios, fuerte, casi un gemido. Tal fue la vergüenza de su propia acción que Akane cubrió su boca con ambas manos. Los ojos los tenía humedecidos, cristalizados en una mezcla de vergüenza y rabia. Pero sus mejillas habían enrojecido revelando el morbo que superaba su razón y aún sus sentimientos.
Eso estaba mal, muy mal, pero su cuerpo estaba respondiendo contra su propia voluntad cada vez más débil.
Aquel hombre se detuvo también al escucharla. Sorprendido quizás por la reacción que no esperaba en ella, no así, no tan rápido.
Y se sonrió de vanidosa satisfacción.
Para alivio y a la vez contraproducente desilusión que se dibujó en el confundido rostro de Akane, aquel hombre la dejó, para levantarse lentamente de donde se había arrodillado tras ella colocando sus pesadas manos en la pequeña cintura. Al pararse apoyó su espalda como si quisiera abrazarla. Akane opuso débil resistencia, porque su cuerpo cedía cuando su mente ya no ordenaba, sino que suplicaba moverse inútilmente, como una condenada camino al patíbulo. Pero reaccionó cuando ese hombre susurró de forma hiriente su nombre con una posesión indebida.
«Akane…»
Ella giró y lo empujó con fuerza. Intentó abofetearlo. Estaba harta de ese juego. El hombre retrocedió la cabeza evitando la fiera mano, pero su sombrero de guardia de seguridad fue alcanzado tirándolo al piso. Se sonreía sin arrepentimiento. Enderezó la cabeza. Era un gesto de deseo atemorizante.
—No puedo… ¡No puedo hacerlo! —suplicó Akane, aún a sabiendas de lo que significaría su negativa: el final de su matrimonio.
—No lo es, Akane Tendo —susurró Tatewaki Kuno, pasándose la manga por la boca y el mentón, húmedos de su propia saliva—, ¡Akane Tendo, ven a mis brazos!
—¡No…!
Akane fue interrumpida por el abrazo de Kuno. Antes de poder protestar Kuno atrapó sus pequeños labios. Los ojos de Akane se abrieron de miedo, sus manos y brazos se aflojaron, sus piernas temblaron, aquel beso la sorprendió y descolocó enormemente. Entonces ella sintió como ese vulgar hombre introducía su lengua en su boca y ella se sintió incapaz de rechazarlo. Todo su cuerpo se convirtió en una asustada muñequita de trapo incapaz de negarse a ese maldito sujeto que de pronto inundó su corazón de fuego nacido de un morbo que ella no desconocía del todo, pero que esperaba, anhelaba, deseaba, como si toda la situación equivocada hubiera alimentado su pasión de una manera que jamás hubiera podido antes dentro de su matrimonio. Tan intenso, que el solo pensarlo lastimó su mente de locura, intentando quedar inconsciente a lo que hacía, para que la culpa no la destruyera por dentro ni aplastara su pobre corazón por lo que significaba escuchar ese nombre de labios de Kuno con una vulgaridad prohibida a medida que la comenzaba a besar por su cuello, escote, desabotonaba su blusa. Jaló dolorosamente de su fino sostén de encajé liberando sus senos, besándolos con locura. Ella solo balbuceaba un débil «no» a medida que sentía como ese demente y asqueroso pervertido robaba cada una de sus esperanzas y con cada susurro de su nombre, lo poco de pureza que le quedaba.
Cayeron sobre la cama, ella aplastada por él. La falda corta fue arrancada desde su cintura. Su ropa interior la recordó cuando ya estaba enrollada en su tobillo. Akane quiso negarse. Estaba mal, tan mal. Ella no lo quería así. ¿Qué sería de su matrimonio? ¿Realmente iba a salvarlo de esa forma tan grotesca? Y la que nunca lloró en toda esa asquerosa escena quiso llorar entonces por lo boba que había sido.
Era repugnante.
Como un lodo que ensuciaba su alma.
Un grito de dolor y placer.
Ser invadida por ese hombre que repetía incesantemente el nombre de «Akane». ¿Era ella Akane? Ya no lo recordó tras el primer embiste que la hizo gritar de rabia. Luego el segundo, el tercero, no podía luchar contra él. Sus piernas en lugar de empujarlo con las rodillas como había querido hacerlo, lo rodearon abrazándolo con su cuerpo, facilitándole su corrupta acción. Y sus brazos rodearon los hombros de ese maldito de Kuno, que la invadía una y otra vez hasta que sintió cómo golpeaba lo más profundo de su intimidad, como jamás lo sintió antes en todo su matrimonio.
Y cómo siempre deseó ser tomada, poseída y empalada de vergonzoso placer.
Pero estaba mal, muy mal, ella no era así.
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Kuno jadeaba tendido de espaldas sobre gran parte de la cama. Sudado, satisfecho, con una sonrisa en su somnoliento rostro. No fue una, sino muchas veces en que cantó el nombre de «Akane» a lo largo de toda esa noche, cuando ella ya no había sido más que una simple muñequita que respondía a todos sus deseos.
Akane estaba sentada en el otro extremo de la cama mirando a ese hombre. Lo odiaba con todo su ser, sus ojos afilados eran dos llamas. Pero más se odiaba a sí misma por lo que había hecho. Gimoteó débilmente. Se pasó la mano por los ojos. Ella no iba a llorar.
Se frotó con las manos el rostro. Todo su cuerpo dolía, ese monstruo no había tenido piedad de ella, de su cuerpo frágil, débil en comparación. Subió las manos por su frente y por el cabello oscuro jalándoselo con fuerza.
Arrancándose la peluca de melena corta.
Nabiki Kuno se pasó otra vez la mano por el rostro dejando caer la peluca oscura entre sus piernas por encima de la sábana.
Después de todo, no había otra manera de salvar su matrimonio.
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Notas del autor: ¡buenos días, FF…!
(Noham se agacha escondiéndose de la lluvia de armas mortales)
… por eso los quiero tanto. Jejeje. Espero que no hayan sufrido mucho con esta pequeña joda de dos partes. Pero si no fuera así, esta joda no sería una joda.
See ya!
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Noham «ser maligno» Theonaus.-
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