Ranma 1/2 no me pertenece... aunque debería.

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Caperucita Escarlata

Parte 2

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Había una vez una niña boba llamada Caperucita Escarlata, que fue enviada por su mamá, la que más se parecía a su hermana mayor, a llevarle comida a su abuelita, la que se veía todavía más joven que su mamá, y que vivía en lo más profundo del bosque donde le daba mucho miedo ir.

—No soy una niña boba. Además, no le tengo miedo a nada.

Dijo obcecada, adentrándose en el bosque oscuro, muy oscuro, donde la luz no entraba jamás, las ramas susurraban con voces espectrales, y como brisa fría rozaba su cabello y sus hombros, obligándola a voltear cada dos pasos...

—Ya d-dije que no tengo m-miedo...

¡Los arbustos hicieron ruido!

—¡Iahhh! —chilló como loca—... ¡Aléjate, fuera, fuera de aquí!

La muy torpe abanicó con violencia la canasta como si fuera su bokken, con los ojos cerrados sin parar de gritar amenazas como si estuviera loca.

Unos matorrales junto al camino se agitaron con fuerza.

—¡No te acerques!

Caperucita Escarlata dio otro grito y lanzó la pesada canasta hacia los matorrales. Al instante estos dejaron de moverse...

—¿Hola? —dio un paso al frente, estaba asustada, con las manos empuñadas sobre su pecho—. ¿Hay alguien ahí?... ¡Ay!

Se quejó asustada, cuando el viento levantó un manto de hojas secas que le dio en la cara. Al abrir los ojos, casi le dio hipo al descubrir que no estaba sola.

Una figura apareció cruzándose en mitad del camino.

—¿Quién eres?... ¿E-Eres acaso el l-lobo feroz?

El ridículo imbécil, con la pesada canasta de comida puesta de sombrero, arqueó un brazo haciendo un estúpido y exagerado gesto con la manos.

—¿Feroz, dices, mi bella doncella que recorre mis dominios con descuidada y dulce ignorancia? —movió las orejas y la cola como un perro feliz, creyéndose la gran cosa, aunque su anticuado kimono estaba sucio, cubierto de hojas y ramas—. Yo soy el que derribó las casas de los tres puercos con un leve esfuerzo de mi admirable aliento.

—¿Y que no eran sólo dos casas las que pudo derribar? —preguntó con razón Caperucita. Aunque con lo poco que seguramente se lavaba los dientes el lobo, no era de extrañar que ninguna casa se salvara de «su aliento»—... ¡Uh, qué asco!

Al lobo le tembló una ceja, pero lamentablemente continuó con su aburrida perorata.

—Haré como que no he escuchado tan impropia narración, que no está a la altura de presentar a un personaje de mi profundidad y gravitante importancia...

Bla, bla, bla.

—Porque no existe un lobo más...

Bla, bla, bla, bla.

—Con mi encanto...

Bla, bla, bla.

—... y mis...

Bla, bla, bla, bla.

—... talentos...

... y más bla, bla, bla.

—Porque...

Bla, bla.

—Yo...

Bla, bla, bla...

—¡Soy...!

¡Bla!

—Grrr... ¡El relámpago azul del bos...!

¡Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla ,bla ,bla ,bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla... y bla!

—¡Ya basta! —reclamó la entrometida de Caperucita, a la que nadie le preguntó su opinión—. ¿Podemos parar de una vez y continuar con la historia? Ya estoy cansada.

—Oh, hermosa Caperucita Escarlata del pequeño dojo en la colina, agradezco tu intención de ayudarme, movida por los puros sentimientos que seguramente han despertado en tu corazón al apreciar la gallardía e inequívocas virtudes de este tu lobo feroz.

—... ¿Qué?

... ¿Bla?

—Pequeña niña, no seas tímida, ni retengas la irrefrenable pasión que hierve en tu sangre al verme ante ti; porque cuando veo mi reflejo cada mañana al espejo, puedo imaginar a la perfección lo que has de estar sufriendo.

—No, yo no, te lo aseguro, no sé de lo que estás hablando...

—Cuánta timidez... ¡No te resistas más, Caperucita, ven a los brazos de tu lobo feroz!

—¡¿Cómo?!... ¡Espera, no te me acerques!

—¡No huyas, recatada Caperucita!

—¡Ah, no, auxilio!... ¡No!

—Deja de correr, deja que el bosque sea el secreto testigo de nuestro amor.

—¡Nunca! La historia no era así... ¿Por qué tengo que pasar por esto?

—Ven, oh, dulce Caperucita. ¡Ven que te quiero mostrar por qué tengo tan grande mi...!

Un rayo fulminó al lobo.

Caperucita se acercó insegura al humeante cuerpo del lobo feroz. Miró al cielo incrédula de su suerte, pues estaba completamente despejado.

... Pero el idiota del lobo se volvió a mover, y con descaro extendió el brazo queriendo alcanzar a Caperucita.

—¿Qué cosa? —Caperucita por fin reaccionó y miró hacia abajo. Retrocedió de un brinco aterrada—. ¡Ah, está vivo, está vivo!

Eso fue lo que dije.

—Ven..., mi hermosa...

Un árbol crujió y se desplomó sobre el camino aplastando al lobo.

—Por kami, qué espantoso. Ay, pero que mala suerte tiene el pobre. ¿Estará bien? —preguntó pasándose de ingenua.

—Caperucita...

—¡Todavía se mueve!

Un viejo y libidinoso duende salió de entre los árboles, seguido por una muchedumbre de doncellas del pueblo armadas con palos y escobas. El duende rebotó sobre la cabeza del lobo, hundiéndosela en el lodo, y dejándole de regalo un enorme calzón medieval.

Caperucita retrocedió nerviosa cuando el grupo de mujeres se detuvo un momento alrededor del lobo, ¡y lo apalearon a destajo!, para luego salir corriendo tras el duende.

—Oh... Eso fue muy extraño.

—Caperucita, mi amada...

—¡¿Aun respira?!

Una banda de juglares pasó tocando con pesados instrumentos, usando al lobo de alfombra.

—Caperucita...

Los ejércitos del rey pasaron montando por encima del degenerado lobo feroz.

—Ca... pe...

Una estampida de elefantes pasó por encima del lobo, a las doce en punto, seguidos también por una pequeña cebra.

—Ca...

¡Una gigantesca roca cayó del cielo, quién sabe venida de dónde, aplastándolo del todo!

Y así acabó el idiota que quiso molestar a Caperucita... Digo, el terrible lobo feroz que asolaba los bosques con su estúpidas y aburridas salidas.

—Eh, disculpe —preguntó la obviamente agradecida Caperucita Escarlata, con un dedo en los labios, mirando la gran roca en el camino—, entonces, el lobo feroz... ¿murió?

Muerto, aplastado, sepultado, triturado, olvidado, despedido y nunca más en esta historia nombrado.

—En ese caso, ¿la historia se acabó?

Caperucita preguntó con una extraña e incomprensible mirada.

—Digo, que si el lobo fue derrotado, el cuento llega a su final, ¿o no?

... Oh, mierda.

—Ah, lo supuse.

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Fin

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Notas del autor:

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La brisa mecía las vitrinas. Los dedos dejaron el teclado con torpeza. Giró, con las piernas recogidas y cruzadas sobre la silla, el cursor parpadeando todavía en la pantalla tras la última palabra, la trenza de cabello rojo siguiendo el ritmo de las cortinas, los dedos en alto formando una V y una traviesa sonrisa de triunfo.

—¡Esto de escribir es pan comido!

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R.S.

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